Reseñas
La herencia invisible
Diario El Faro, Cartagena (Murcia), 17 de mayo de 2008
La grácil lírica de Sebastián Mondéjar
Santiago Delgado
Con su libro La Herencia Invisible, Sebastián Mondéjar ha conseguido el Accésit del prestigioso Premio de Poesía Los Odres (2008), de la Fundación López Rejas. Un libro que sabe a naturaleza, pero con lo humano dentro.
Andamos calles y playas, carreteras lluviosas, terrazas con macetas, junto al poeta, pero siempre notamos su mano en la nuestra. Mondéjar busca mostrarse a sí mismo, como humano y poeta, para llegar a nosotros. Es un poeta que no autodestina sus poemas, para que, por simpatía con ese otro, nosotros podamos acceder a gustar sus poemas. Esa poesía endogámica, no es la suya. Sebastián busca que la expresividad sea compatible con la comunicación. Y se lanza a abrazar al lector. Y empieza por sus amigos, a los que dedica prácticamente todos sus poemas: Pepe Rubio, Pedro Marín, Sánchez Rosillo, García Montalvo… Luego, continúa por cada uno de sus lectores, a los que invita en esos dísticos breves característicos del libro.
Hay un Mondéjar meditativo, casi filosófico, que encara, sobre todo, el paso del tiempo, preferentemente circular, y un Mondéjar narrativo, en donde nos asomamos a un realismo encantado. Es el poeta que canta a sus hijos, ternura inmediata, o a su viejo amigo que eligió irse… Y es un poeta que no descree de su realidad ciudadana, y hace verso al Malecón murciano, tan de todos.
Estamos ante poemario de diversos registros. Descifrando sus logros más sencillos, y luego, volviendo a esos poemas breves, crípticos en apariencia como haikús, podemos exprimir todo su zumo lírico al libro.
Esperemos que la Editorial Calambur, honestidad y prestigio, haga buena difusión de esta poesía hecha desde Murcia, pero con la hondura precisa para ser universal. Vale.
La grácil lírica de Sebastián Mondéjar
Santiago Delgado
Con su libro La Herencia Invisible, Sebastián Mondéjar ha conseguido el Accésit del prestigioso Premio de Poesía Los Odres (2008), de la Fundación López Rejas. Un libro que sabe a naturaleza, pero con lo humano dentro.
Andamos calles y playas, carreteras lluviosas, terrazas con macetas, junto al poeta, pero siempre notamos su mano en la nuestra. Mondéjar busca mostrarse a sí mismo, como humano y poeta, para llegar a nosotros. Es un poeta que no autodestina sus poemas, para que, por simpatía con ese otro, nosotros podamos acceder a gustar sus poemas. Esa poesía endogámica, no es la suya. Sebastián busca que la expresividad sea compatible con la comunicación. Y se lanza a abrazar al lector. Y empieza por sus amigos, a los que dedica prácticamente todos sus poemas: Pepe Rubio, Pedro Marín, Sánchez Rosillo, García Montalvo… Luego, continúa por cada uno de sus lectores, a los que invita en esos dísticos breves característicos del libro.
Hay un Mondéjar meditativo, casi filosófico, que encara, sobre todo, el paso del tiempo, preferentemente circular, y un Mondéjar narrativo, en donde nos asomamos a un realismo encantado. Es el poeta que canta a sus hijos, ternura inmediata, o a su viejo amigo que eligió irse… Y es un poeta que no descree de su realidad ciudadana, y hace verso al Malecón murciano, tan de todos.
Estamos ante poemario de diversos registros. Descifrando sus logros más sencillos, y luego, volviendo a esos poemas breves, crípticos en apariencia como haikús, podemos exprimir todo su zumo lírico al libro.
Esperemos que la Editorial Calambur, honestidad y prestigio, haga buena difusión de esta poesía hecha desde Murcia, pero con la hondura precisa para ser universal. Vale.
No es nada
Revista Espacios de Creación
NO ES NADA
Kepa Murua
Edit. Calambur
Leer la poesía de Kepa Murua no es sólo sentirse reconocido en lo que habla y reconocer, en cada poema, los diferentes sentimientos de amor, dolor, pérdida, soledad, traición, olvido y hacerlos tuyos. También es disfrutar de su estilo rápido, casi siempre corto y de su ritmo a golpes, aunque esta vez más suaves, que lo hacen todavía más profundo.
No es nada es el título elegido para su último poemario y sin embargo es mucho lo que el lector encontrará en estos más de doscientos poemas que nos obligan a pensar sobre el tiempo que pasa y las verdades que llegan y que deja entrever detrás, la mano nerviosa, sabia, peculiar y complicada de este poeta.
Kepa Murua (1962) combina su actividad como escritor con la editor de Bassarai. Su obra comprende varios libros de poesía: Abstemio de honores; Cavando la tierra con tus sueños; Siempre conté diez y nunca apareciste; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante y Cantos del dios oscuro. Asimismo han visto la luz libros de ensayo como Del interés del arte por otras cosas y La poesía si es que existe; así como el libro de aforismos La poesía y tú, y varios libros de artista, entre los que destacan Cuando cierras los ojos, Itxina y Flysch.
Beatriz Celaya
Nº 1. Segundo Trimestre de 2008
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Espacio Luke
Reseña escrita por Iñaki Beti, profesor de literatura de la Universidad de Deusto. Por su extensión, remitimos al enlace:http://www.espacioluke.com/2008/Mayo2008/beti.html
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El auténtico uso de la palabra
Kepa Murua publica el poemario 'No es nada'
La madurez, la enfermedad del padre o los amigos ausentes marcan el nuevo trabajo del zarauztarra
Carlos González
DONOSTIA. Tal vez sea complicado saber cuándo habla el editor de Bassarai y cuándo el poeta. Lo más seguro es que ambos no se puedan diferenciar. Y tampoco importa mucho. A estas alturas, Kepa Murua (Zarautz, 1962) no necesita, ni en un lado ni el otro, mayores presentaciones. Los libros de otros que publica y las palabras que nacen de su mente ya se encargan de ello. Ahora, el autor afincado en Gasteiz vuelve a encontrarse con el lector gracias a sus versos de la mano de su último poemario, un trabajo amplio, tan sencillo como complicado, vivo y a la vez calmado. No es nada (Calambur) es el título detrás del que se esconden uno y mil mundos. "El ser humano, el hombre y la mujer, pasamos a lo largo de las 24 horas de cada día por sentimientos contradictorios. El amor, el desamor, la alegría, la tristeza, la soledad... están aquí. La única constante en todo el poemario es el título, que funciona como algo filosófico que sirve para diluir la pena, para no acusar a nadie, para relativizar lo que pasa. Es un libro con los pies en la tierra", explica el autor, seguro de haber construido páginas interesantes, maduras, divertidas, conceptuales, dramáticas... Lo cierto es que hay unos 200 escritos en esta nueva propuesta que acaba de ver la luz. pasado y presente Hay una mirada al pasado, a esa generación perdida de la que algunos nombres ya se han descolgado pero que merecen el homenaje del escritor. Existe también un presente, un ahora en el que el juego sentimental también quiere tener su partida en esta demostración de que Murua es capaz de dominar todos los campos de la escritura en verso. Después, cada uno obtiene del poemario lo que le interesa, lo que le estimula, ya sea una reflexión, una imagen, un pensamiento. "Me gustaría que al final del texto, la persona que lo tenga entre las manos, en primer lugar, se sorprendiera por lo que le cuento y por cómo lo hago. Y que descubra que aquí no hay artificio, que de la misma forma que el poeta es capaz de ponerse en el dolor del otro también muestra su propio dolor. Ahí está la verdad", apunta el autor. La madurez marca este nuevo trabajo, así como vivencias como la enfermedad del padre o los amigos que ya no están. Pero la esperanza no escapa a No es nada, porque, como recuerda Murua, la vida sigue por momentos malos que existan. Y en este punto, el poeta reivindica la soledad y el silencio como esos huecos donde cada uno se siente de verdad él o ella, donde no hay nadie que diga cómo se tienen que hacer las cosas o cuál es la manera de sentir. Incluso el humor toma el protagonismo en ciertos momentos, una risa que mira al creador de la palabra, del que Murua llega a escribir la fecha de su muerte. Por no hablar del sexo o el erotismo. "Cada uno de mis libros siempre ha sido diferente al anterior, pero de la misma forma que siempre hay algo distinto, Kepa Murua está en todos ellos. La voz es la misma aunque haya evolucionado", describe el creador de obras como Siempre conté diez y nunca apareciste, Un lugar por nosotros, Cardiolemas , Del interés del arte por otras cosas , La poesía y tú y La poesía si es que existe . libros que viven. "Tengo la suerte de que mis libros viven, no paran de reeditarse, y ello hace que los lectores se acerquen. No es nada es mi última tarjeta de presentación y creo que quien me conoce va a disfrutar, mientras que el que no sabe de mí se va a sorprender todavía más". Andando sobre la belleza y la ternura, el autor va dando pasos tranquilos y pausados. Ni siquiera el lanzamiento del poemario le ha conseguido alterar. Tal vez porque ha llegado a ese punto en el que sabe que no hay vuelta atrás pero sin estar de vuelta de todo. Con este libro, además, el poeta regresa a una editorial que conoce bien, Calambur, pues a Murua no le gusta sacar sus creaciones en Bassarai. "Es la firma que me lanzó y tengo una relación especial con ella, aunque también trabaje con otras empresas", recuerda.
Diario de Noticias de Álava. lunes 17 de marzo de 2008
http://www.noticiasdealava.com/ediciones/2008/03/17/mirarte/cultura/d17cul73.867287.php
Noticias de Gipuzkcoa, lunes 24 de marzo de 2008
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/ediciones/2008/03/24/mirarte/cultura/d24cul66.969894.php
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Diario El Correo, 12 de marzo de 2008
Kepa Murua aborda la experiencia vital en su poemario 'No es nada'
NO ES NADA
Kepa Murua
Edit. Calambur
Leer la poesía de Kepa Murua no es sólo sentirse reconocido en lo que habla y reconocer, en cada poema, los diferentes sentimientos de amor, dolor, pérdida, soledad, traición, olvido y hacerlos tuyos. También es disfrutar de su estilo rápido, casi siempre corto y de su ritmo a golpes, aunque esta vez más suaves, que lo hacen todavía más profundo.
No es nada es el título elegido para su último poemario y sin embargo es mucho lo que el lector encontrará en estos más de doscientos poemas que nos obligan a pensar sobre el tiempo que pasa y las verdades que llegan y que deja entrever detrás, la mano nerviosa, sabia, peculiar y complicada de este poeta.
Kepa Murua (1962) combina su actividad como escritor con la editor de Bassarai. Su obra comprende varios libros de poesía: Abstemio de honores; Cavando la tierra con tus sueños; Siempre conté diez y nunca apareciste; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante y Cantos del dios oscuro. Asimismo han visto la luz libros de ensayo como Del interés del arte por otras cosas y La poesía si es que existe; así como el libro de aforismos La poesía y tú, y varios libros de artista, entre los que destacan Cuando cierras los ojos, Itxina y Flysch.
Beatriz Celaya
Nº 1. Segundo Trimestre de 2008
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Espacio Luke
Reseña escrita por Iñaki Beti, profesor de literatura de la Universidad de Deusto. Por su extensión, remitimos al enlace:http://www.espacioluke.com/2008/Mayo2008/beti.html
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El auténtico uso de la palabra
Kepa Murua publica el poemario 'No es nada'
La madurez, la enfermedad del padre o los amigos ausentes marcan el nuevo trabajo del zarauztarra
Carlos González
DONOSTIA. Tal vez sea complicado saber cuándo habla el editor de Bassarai y cuándo el poeta. Lo más seguro es que ambos no se puedan diferenciar. Y tampoco importa mucho. A estas alturas, Kepa Murua (Zarautz, 1962) no necesita, ni en un lado ni el otro, mayores presentaciones. Los libros de otros que publica y las palabras que nacen de su mente ya se encargan de ello. Ahora, el autor afincado en Gasteiz vuelve a encontrarse con el lector gracias a sus versos de la mano de su último poemario, un trabajo amplio, tan sencillo como complicado, vivo y a la vez calmado. No es nada (Calambur) es el título detrás del que se esconden uno y mil mundos. "El ser humano, el hombre y la mujer, pasamos a lo largo de las 24 horas de cada día por sentimientos contradictorios. El amor, el desamor, la alegría, la tristeza, la soledad... están aquí. La única constante en todo el poemario es el título, que funciona como algo filosófico que sirve para diluir la pena, para no acusar a nadie, para relativizar lo que pasa. Es un libro con los pies en la tierra", explica el autor, seguro de haber construido páginas interesantes, maduras, divertidas, conceptuales, dramáticas... Lo cierto es que hay unos 200 escritos en esta nueva propuesta que acaba de ver la luz. pasado y presente Hay una mirada al pasado, a esa generación perdida de la que algunos nombres ya se han descolgado pero que merecen el homenaje del escritor. Existe también un presente, un ahora en el que el juego sentimental también quiere tener su partida en esta demostración de que Murua es capaz de dominar todos los campos de la escritura en verso. Después, cada uno obtiene del poemario lo que le interesa, lo que le estimula, ya sea una reflexión, una imagen, un pensamiento. "Me gustaría que al final del texto, la persona que lo tenga entre las manos, en primer lugar, se sorprendiera por lo que le cuento y por cómo lo hago. Y que descubra que aquí no hay artificio, que de la misma forma que el poeta es capaz de ponerse en el dolor del otro también muestra su propio dolor. Ahí está la verdad", apunta el autor. La madurez marca este nuevo trabajo, así como vivencias como la enfermedad del padre o los amigos que ya no están. Pero la esperanza no escapa a No es nada, porque, como recuerda Murua, la vida sigue por momentos malos que existan. Y en este punto, el poeta reivindica la soledad y el silencio como esos huecos donde cada uno se siente de verdad él o ella, donde no hay nadie que diga cómo se tienen que hacer las cosas o cuál es la manera de sentir. Incluso el humor toma el protagonismo en ciertos momentos, una risa que mira al creador de la palabra, del que Murua llega a escribir la fecha de su muerte. Por no hablar del sexo o el erotismo. "Cada uno de mis libros siempre ha sido diferente al anterior, pero de la misma forma que siempre hay algo distinto, Kepa Murua está en todos ellos. La voz es la misma aunque haya evolucionado", describe el creador de obras como Siempre conté diez y nunca apareciste, Un lugar por nosotros, Cardiolemas , Del interés del arte por otras cosas , La poesía y tú y La poesía si es que existe . libros que viven. "Tengo la suerte de que mis libros viven, no paran de reeditarse, y ello hace que los lectores se acerquen. No es nada es mi última tarjeta de presentación y creo que quien me conoce va a disfrutar, mientras que el que no sabe de mí se va a sorprender todavía más". Andando sobre la belleza y la ternura, el autor va dando pasos tranquilos y pausados. Ni siquiera el lanzamiento del poemario le ha conseguido alterar. Tal vez porque ha llegado a ese punto en el que sabe que no hay vuelta atrás pero sin estar de vuelta de todo. Con este libro, además, el poeta regresa a una editorial que conoce bien, Calambur, pues a Murua no le gusta sacar sus creaciones en Bassarai. "Es la firma que me lanzó y tengo una relación especial con ella, aunque también trabaje con otras empresas", recuerda.
Diario de Noticias de Álava. lunes 17 de marzo de 2008
http://www.noticiasdealava.com/ediciones/2008/03/17/mirarte/cultura/d17cul73.867287.php
Noticias de Gipuzkcoa, lunes 24 de marzo de 2008
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/ediciones/2008/03/24/mirarte/cultura/d24cul66.969894.php
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Diario El Correo, 12 de marzo de 2008
Kepa Murua aborda la experiencia vital en su poemario 'No es nada'
http://www.elcorreodigital.com/alava/20080312/cultura/kepa-murua-aborda-experiencia-20080312.html
Biblioteca de Autógrafos Españoles I (Siglos XVI-XVII)
Edad de Oro-Biblioteca Nacional
Dir.: Pablo Jauralde
Biblioteca de Autógrafos Españoles I (Siglos XVI-XVII)
Colección: Biblioteca Litterae, 15
Madrid, 2008. 256 páginas
ISBN: 978-84-8359-025-6
22,00 euros (con IVA)
Diario Público, 26 de marzo de 2008
Se reúnen los autógrafos de los literatos del siglo XVI
P.C.MADRIDHay quien sueña con los autógrafos de los futbolistas o los actores más famosos. Sin embargo, mientras que los de los deportistas y artistas todavía no están recopilados, en la editorial Calambur sí han reunido los de los literatos más famosos del siglo XVI, desde Lope de Vega a Fray Luis de León pasando por Garcilaso. Una joya.
El libro, cuyo título exacto es Biblioteca de Autógrafos Españoles, ha sido elaborado por el equipo de investigación de la Biblioteca Nacional dirigido por Pedro C. Rojo (se trata de una confusión; debería decir Pablo Jauralde Pou), y en él se inlcuyen no sólo las firmas, sino también textos con los que evaluar las diferentes caligrafías. Así, se constata que la letra de Fray Luis de Granada “acusa aún la pervivencia de la escritura humanística cursiva, con el tamaño uniforme de las grafías”. También se resalta la claridad de la escritura de San Juan de la Cruz y todo lo contrario en Santa Teresa de Jesús, cuya caligrafía era “de trazo rápido, con abundantes abreviaturas y algo descuidada”.
Lope de Vega tampoco pareció contar con una gran caligrafía, puesto que sus textos y su propio autógrafo “tienen una presentación descuidada, con márgenes derecho e izquierdo variables y con el superior ausente”. En definitiva, un trazo nervioso, quizá acorde con una personalidad que dio lugar a varias obras maestras en el XVI y XVII.
Dir.: Pablo Jauralde
Biblioteca de Autógrafos Españoles I (Siglos XVI-XVII)
Colección: Biblioteca Litterae, 15
Madrid, 2008. 256 páginas
ISBN: 978-84-8359-025-6
22,00 euros (con IVA)
Diario Público, 26 de marzo de 2008
Se reúnen los autógrafos de los literatos del siglo XVI
P.C.MADRIDHay quien sueña con los autógrafos de los futbolistas o los actores más famosos. Sin embargo, mientras que los de los deportistas y artistas todavía no están recopilados, en la editorial Calambur sí han reunido los de los literatos más famosos del siglo XVI, desde Lope de Vega a Fray Luis de León pasando por Garcilaso. Una joya.
El libro, cuyo título exacto es Biblioteca de Autógrafos Españoles, ha sido elaborado por el equipo de investigación de la Biblioteca Nacional dirigido por Pedro C. Rojo (se trata de una confusión; debería decir Pablo Jauralde Pou), y en él se inlcuyen no sólo las firmas, sino también textos con los que evaluar las diferentes caligrafías. Así, se constata que la letra de Fray Luis de Granada “acusa aún la pervivencia de la escritura humanística cursiva, con el tamaño uniforme de las grafías”. También se resalta la claridad de la escritura de San Juan de la Cruz y todo lo contrario en Santa Teresa de Jesús, cuya caligrafía era “de trazo rápido, con abundantes abreviaturas y algo descuidada”.
Lope de Vega tampoco pareció contar con una gran caligrafía, puesto que sus textos y su propio autógrafo “tienen una presentación descuidada, con márgenes derecho e izquierdo variables y con el superior ausente”. En definitiva, un trazo nervioso, quizá acorde con una personalidad que dio lugar a varias obras maestras en el XVI y XVII.
Diez poetas, diez músicos
ABCD de las Artes y las Letras, 20 de marzo de 2008
Por Luis García Jambrina.
Hace seis meses, tuve ocasión de reseñar aquí el libro Poesía visual española (Antología incompleta), preparado por Alfonso López Gradolí y publicado, por cierto, por la misma editorial que acaba de dar a la luz el que ahora me ocupa. Si aquel ponía de relieve las formas de poesía que rechazan el verso como unidad rítmico-formal y se mezclan con la pintura y otras artes visuales o se aproximan de alguna forma a ellas, la muestra recogida en Diez poetas, diez músicos nos recuerda que hubo un tiempo en que la poesía se componía para ser cantada -lírica viene de lira-; para el oído, y no para la vista; para ser palabra en el tiempo, y no para el espacio de la página en blanco. Al fin y al cabo, los grandes poetas siempre han aspirado a desentrañar en sus versos el sentido del mundo reproduciendo en ellos la música de las esferas.
Métrica tradicional. Este libro-disco pretende reconciliar la palabra poética y la música, en este caso la clásica contemporánea. Los poetas elegidos para ello pertenecen a muy diferentes estéticas y generaciones: María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Ilia Galán, Antonio Gamoneda, Félix Grande, Clara Janés, José Jiménez Lozano, Vanesa Pérez-Sauquillo y Diego Valverde Villena. Diez son también los compositores actuales encargados de musicar los poemas: Ramón Barce, Zulema de la Cruz, Carlos Cruz de Castro, Consuelo Díez, Jacobo Durán Loriga, Carlos Galán, Tomás Marco, Claudio Prieto, Juan Manuel Ruiz y Mercedes Zavala. Mientras que los intérpretes son la soprano Raquel Lojendio, el barítono Alfredo García y el pianista Jorge Robaina. Tomás Marco, además, desempeñó un importante papel en la organización, gestión y seguimiento del proyecto.
Tal y como explica Ilia Galán en la presentación, el sistema de trabajo seguido para llevar a cabo este reencuentro fue que cada autor entregara siete poemas o fragmentos a su correspondiente compositor -que son los que ahora se recogen en el libro-, con el fin de que éste eligiera uno o varios de ellos, según los casos, para desarrollar su música. Por lo general, los textos seleccionados por los poetas son más bien breves y, en muchas ocasiones, próximos a la canción; unos se acogen a la métrica tradicional, otros al verso más o menos libre. «Que hoy se escriba de forma generalizada en verso libre -puntualiza Galán- no implica que no haya música ni ritmo interno. Que no haya tonalidad o melodía en sentido clásico no impide la misma música». No en vano los propios conceptos de poesía y de música han cambiado mucho a lo largo del tiempo.
Estructuras musicales. Recordemos, por otra parte, que algunos de estos poetas han tenido relación con la música. Félix Grande es guitarrista, letrista y un conocido flamencólogo. Luis Alberto de Cuenca fue, en su día letrista, de la Orquesta Mondragón y de otros grupos y cantantes. Y Clara Janés ha escrito un «Planto», en doce partes, por la muerte de su padre, para ser cantado; de hecho, se ha editado con una partitura en su libro Vivir (1983 y 2006), del que también procede, por cierto, el texto aquí musicado. Otros son conocidos por haber experimentado en sus poemas con formas y estructuras musicales, como es el caso de Antonio Gamoneda, en Blues castellano, escrito entre 1961 y 1966, o el del ya citado Félix Grande, en Blanco spirituals (1969).
Los resultados de este interesante proyecto se presentaron en un concierto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 5 de octubre de 2007 y se registraron en un CD, con la colaboración de la Fundación Autor. Gracias a esta grabación, podemos escuchar el temblor de «Aún nieva», de Antonio Gamoneda/Mercedes Zavala; la elegía celebratoria de «El precio», de José Jiménez Lozano/Consuelo Díez; la infinita capacidad de sugerencia de «Círculo de Hai Ku», de Luis Alberto de Cuenca/Tomás Marco; la delicadeza de «Canción para Clara», de Antonio Colinas/Zulema de la Cruz; la intensidad de «Parábola op. 29», de Félix Grande/Carlos Galán; el misterio de «Luz muriente», de María Victoria Atencia/Claudio Prieto; la materialidad de «Convite», de Clara Janés/Carlos Cruz de Castro; el dramatismo y la exaltación de «Iconos», de Diego Valverde Villena/Juan Manuel Ruiz; la emoción a duras penas contenida de «El contestador», de Vanesa Pérez-Sauquillo/Jacobo Durán Loriga; o el esplendor de «Frutos», de Ilia Galán/Ramón Barce.
He aquí, pues, un libro que canta. Ojalá la experiencia se repita, con otros autores y compositores, para que al menos una parte de la poesía vuelva a sonar en alas de la música.
_______________________________
El Mundo, 21 de febrero de 2008
Tomás Marco coordina un libro-disco en el que la poesía y la música contemporánea se dan la mano
Luis ALberto Álvarez
MADRID.- Salvar la brecha que existe entre los compositores y los poetas. Ésa es la intención de los artistas que han particpado en el libro y el CD 10 poetas, 10 músicos, presentado ayer en la Fundación Autor de Madrid. El maestro Tomás Marco, crítico de música clásica de EL MUNDO y uno de los impulsores del proyecto, cree que rapsodas y sinfonistas han vivido de epaldas después de la estrecha colaboración de la Generación del 27 con los músicos de la época”. El resultado de la iniciativa ha sido un volumen y una grabación donde 10 autores españoles de música contemporánea de primer nivel, como el propio Tomás Marco, Ramón BArce, Carlos Cruz de Castro, Juan MAnuel Ruiz o Carlos Galán, componen las estrofas de otros 10 poetas, como Antonio Gamoneda, Clara Janés, Luis Alberto de Cuenca o Diego Valverde. El lied es la estructura elegida para la ejecución musical: la soprano Raquel Lojendio y el barítono Alfredo García interpretan los versos con el acompañamiento al piano de Jorge Robaina. Luis Alberto de Cuenca dijo que “la canción alemana está muy de moda en España”, lo que proviocó en el poeta ilia Galán la apreciación, no exenta de un cierto tono burlón, de que con este proyecto vamos a poner de moda el lied español”. 10 poetas, 10 músicos fue presentado como recital el pasado octubre en el Círculo de Bellas Artes de Madrid antes de editarse el disco y el libro. “La intención era haber grabado el disco allí, pero ahbía much oruido de fondo”, apuntó Tomás Marco, quien indicó que el concierto “se va a repetir este verano en la Semana de la Música de Ronda y en Nueva York”.
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Encuentros de lectura y lectores. Revista de literatura (http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2008/03/poesa-y-msica.html), 2 de marzo de 2008 Santos Domínguez
Poesía y música
En un reciente libro-disco, coordinado por Ilia Galán, Calambur reúne la palabra de diez poetas y la armonía de diez compositores actuales que pusieron música a diez de sus textos.
Interpretadas en el CD Diez autores con diez obras (Fundación Autor) por Raquel Lojendio (soprano), Alfredo García (barítono) y Jorge Robaina (piano), las partituras de Tomás Marco, Ramón Barce o Claudio Prieto han tomado como punto de partida poemas de María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Gamoneda, Félix Grande o Clara Janés.
Los poetas seleccionaron de entre su obra aquellos textos que por su levedad, su tono o su estructura ofrecían más posibilidades como eje de una partitura.
Con esa base, cada uno de los compositores le ha puesto música a un poema, pero el libro va más allá de las diez pistas del disco y ofrece una selección de textos de los diez poetas.
Se trata de una iniciativa que pretende el reencuentro de dos actividades artísticas que nacieron juntas para irse separando progresivamente desde que la imprenta y el libro empezaron a favorecer la recepción solitaria y callada, no oral ni memorística, de la poesía.
Unidas poesía y música en Homero y en los orígenes de la lírica, en el Cancionero de Palacio y en el Romanticismo alemán que aunaba a Goethe o a Schiller con Beethoven y daba sus mejores frutos en las óperas de Wagner, la famosa definición de Verlaine (la poesía como música con palabras) era también una declaración autosuficiente de independencia.
Este proyecto de integración que se ha hecho realidad en las diez composiciones del álbum mira hacia atrás, toma como referencia la colaboración de músicos y poetas en el 27, y tiene voluntad de futuro. Es sólo el primer paso de un recorrido que requiere continuidad y talento en la aproximación de las dos artes.
El primer resultado es este CD de palabras con música o de música con palabras.
Por Luis García Jambrina.
Hace seis meses, tuve ocasión de reseñar aquí el libro Poesía visual española (Antología incompleta), preparado por Alfonso López Gradolí y publicado, por cierto, por la misma editorial que acaba de dar a la luz el que ahora me ocupa. Si aquel ponía de relieve las formas de poesía que rechazan el verso como unidad rítmico-formal y se mezclan con la pintura y otras artes visuales o se aproximan de alguna forma a ellas, la muestra recogida en Diez poetas, diez músicos nos recuerda que hubo un tiempo en que la poesía se componía para ser cantada -lírica viene de lira-; para el oído, y no para la vista; para ser palabra en el tiempo, y no para el espacio de la página en blanco. Al fin y al cabo, los grandes poetas siempre han aspirado a desentrañar en sus versos el sentido del mundo reproduciendo en ellos la música de las esferas.
Métrica tradicional. Este libro-disco pretende reconciliar la palabra poética y la música, en este caso la clásica contemporánea. Los poetas elegidos para ello pertenecen a muy diferentes estéticas y generaciones: María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Ilia Galán, Antonio Gamoneda, Félix Grande, Clara Janés, José Jiménez Lozano, Vanesa Pérez-Sauquillo y Diego Valverde Villena. Diez son también los compositores actuales encargados de musicar los poemas: Ramón Barce, Zulema de la Cruz, Carlos Cruz de Castro, Consuelo Díez, Jacobo Durán Loriga, Carlos Galán, Tomás Marco, Claudio Prieto, Juan Manuel Ruiz y Mercedes Zavala. Mientras que los intérpretes son la soprano Raquel Lojendio, el barítono Alfredo García y el pianista Jorge Robaina. Tomás Marco, además, desempeñó un importante papel en la organización, gestión y seguimiento del proyecto.
Tal y como explica Ilia Galán en la presentación, el sistema de trabajo seguido para llevar a cabo este reencuentro fue que cada autor entregara siete poemas o fragmentos a su correspondiente compositor -que son los que ahora se recogen en el libro-, con el fin de que éste eligiera uno o varios de ellos, según los casos, para desarrollar su música. Por lo general, los textos seleccionados por los poetas son más bien breves y, en muchas ocasiones, próximos a la canción; unos se acogen a la métrica tradicional, otros al verso más o menos libre. «Que hoy se escriba de forma generalizada en verso libre -puntualiza Galán- no implica que no haya música ni ritmo interno. Que no haya tonalidad o melodía en sentido clásico no impide la misma música». No en vano los propios conceptos de poesía y de música han cambiado mucho a lo largo del tiempo.
Estructuras musicales. Recordemos, por otra parte, que algunos de estos poetas han tenido relación con la música. Félix Grande es guitarrista, letrista y un conocido flamencólogo. Luis Alberto de Cuenca fue, en su día letrista, de la Orquesta Mondragón y de otros grupos y cantantes. Y Clara Janés ha escrito un «Planto», en doce partes, por la muerte de su padre, para ser cantado; de hecho, se ha editado con una partitura en su libro Vivir (1983 y 2006), del que también procede, por cierto, el texto aquí musicado. Otros son conocidos por haber experimentado en sus poemas con formas y estructuras musicales, como es el caso de Antonio Gamoneda, en Blues castellano, escrito entre 1961 y 1966, o el del ya citado Félix Grande, en Blanco spirituals (1969).
Los resultados de este interesante proyecto se presentaron en un concierto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 5 de octubre de 2007 y se registraron en un CD, con la colaboración de la Fundación Autor. Gracias a esta grabación, podemos escuchar el temblor de «Aún nieva», de Antonio Gamoneda/Mercedes Zavala; la elegía celebratoria de «El precio», de José Jiménez Lozano/Consuelo Díez; la infinita capacidad de sugerencia de «Círculo de Hai Ku», de Luis Alberto de Cuenca/Tomás Marco; la delicadeza de «Canción para Clara», de Antonio Colinas/Zulema de la Cruz; la intensidad de «Parábola op. 29», de Félix Grande/Carlos Galán; el misterio de «Luz muriente», de María Victoria Atencia/Claudio Prieto; la materialidad de «Convite», de Clara Janés/Carlos Cruz de Castro; el dramatismo y la exaltación de «Iconos», de Diego Valverde Villena/Juan Manuel Ruiz; la emoción a duras penas contenida de «El contestador», de Vanesa Pérez-Sauquillo/Jacobo Durán Loriga; o el esplendor de «Frutos», de Ilia Galán/Ramón Barce.
He aquí, pues, un libro que canta. Ojalá la experiencia se repita, con otros autores y compositores, para que al menos una parte de la poesía vuelva a sonar en alas de la música.
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El Mundo, 21 de febrero de 2008
Tomás Marco coordina un libro-disco en el que la poesía y la música contemporánea se dan la mano
Luis ALberto Álvarez
MADRID.- Salvar la brecha que existe entre los compositores y los poetas. Ésa es la intención de los artistas que han particpado en el libro y el CD 10 poetas, 10 músicos, presentado ayer en la Fundación Autor de Madrid. El maestro Tomás Marco, crítico de música clásica de EL MUNDO y uno de los impulsores del proyecto, cree que rapsodas y sinfonistas han vivido de epaldas después de la estrecha colaboración de la Generación del 27 con los músicos de la época”. El resultado de la iniciativa ha sido un volumen y una grabación donde 10 autores españoles de música contemporánea de primer nivel, como el propio Tomás Marco, Ramón BArce, Carlos Cruz de Castro, Juan MAnuel Ruiz o Carlos Galán, componen las estrofas de otros 10 poetas, como Antonio Gamoneda, Clara Janés, Luis Alberto de Cuenca o Diego Valverde. El lied es la estructura elegida para la ejecución musical: la soprano Raquel Lojendio y el barítono Alfredo García interpretan los versos con el acompañamiento al piano de Jorge Robaina. Luis Alberto de Cuenca dijo que “la canción alemana está muy de moda en España”, lo que proviocó en el poeta ilia Galán la apreciación, no exenta de un cierto tono burlón, de que con este proyecto vamos a poner de moda el lied español”. 10 poetas, 10 músicos fue presentado como recital el pasado octubre en el Círculo de Bellas Artes de Madrid antes de editarse el disco y el libro. “La intención era haber grabado el disco allí, pero ahbía much oruido de fondo”, apuntó Tomás Marco, quien indicó que el concierto “se va a repetir este verano en la Semana de la Música de Ronda y en Nueva York”.
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Encuentros de lectura y lectores. Revista de literatura (http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2008/03/poesa-y-msica.html), 2 de marzo de 2008 Santos Domínguez
Poesía y música
En un reciente libro-disco, coordinado por Ilia Galán, Calambur reúne la palabra de diez poetas y la armonía de diez compositores actuales que pusieron música a diez de sus textos.
Interpretadas en el CD Diez autores con diez obras (Fundación Autor) por Raquel Lojendio (soprano), Alfredo García (barítono) y Jorge Robaina (piano), las partituras de Tomás Marco, Ramón Barce o Claudio Prieto han tomado como punto de partida poemas de María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Gamoneda, Félix Grande o Clara Janés.
Los poetas seleccionaron de entre su obra aquellos textos que por su levedad, su tono o su estructura ofrecían más posibilidades como eje de una partitura.
Con esa base, cada uno de los compositores le ha puesto música a un poema, pero el libro va más allá de las diez pistas del disco y ofrece una selección de textos de los diez poetas.
Se trata de una iniciativa que pretende el reencuentro de dos actividades artísticas que nacieron juntas para irse separando progresivamente desde que la imprenta y el libro empezaron a favorecer la recepción solitaria y callada, no oral ni memorística, de la poesía.
Unidas poesía y música en Homero y en los orígenes de la lírica, en el Cancionero de Palacio y en el Romanticismo alemán que aunaba a Goethe o a Schiller con Beethoven y daba sus mejores frutos en las óperas de Wagner, la famosa definición de Verlaine (la poesía como música con palabras) era también una declaración autosuficiente de independencia.
Este proyecto de integración que se ha hecho realidad en las diez composiciones del álbum mira hacia atrás, toma como referencia la colaboración de músicos y poetas en el 27, y tiene voluntad de futuro. Es sólo el primer paso de un recorrido que requiere continuidad y talento en la aproximación de las dos artes.
El primer resultado es este CD de palabras con música o de música con palabras.
Lo mejor de la poesía amorosa china
Selección y traducción de Guonjian Chen. Colección: Poesía, 75
Madrid, 2007. 208 páginas
ISBN: 978-84-8359-022-5
16,00 euros (con IVA)
La Razón, 14 de febrero de 2008, sección Cultura (página 46)
Amor y desamor
Los libros se amontonan en la mesa de trabajo llegados no se sabe cómo, enviados muchas veces no se sabe por quién. Esta vez sí conozco su origen, lo remite Guojian Chen, un conocido traductor al español de la poesía china.
Leo sus páginas de modo asistemático y encuentro un poema curiosamente titulado «En contestación a mi esposo», escrito por una poetisa del siglo XVI conocida como La Esposa de Guo Hui: «Bajo la ventana de verde gasa / abro tu carta con gran alegría. / Me quedo con la boca abierta: / no encuentro ni una sola letra. // Pero no tardo en comprender tu idea: / la hoja del todo blanca dice más, / ya que no existen palabras humanas / para expresar tu amor y tus añoranzas».
Una amenaza
Es un hermoso poema de amor que, como es habitual, se escribe desde la ausencia. La felicidad no es una situación poética. Por eso son tan extraños los poemas de amor matrimonial. Llaman la atención, por ejemplo, las «Cancioncillas del amor honesto», que gustaba escribir un poeta español contemporáneo, ideológicamente nada conservador, por cierto: Ramón de Garciasol.
Cuando se escribe desde la felicidad pareciera que una amenaza se cierne sobre el poeta y la tragedia, hecha abandono, desamor o traición, suele efectivamente producirse.
La obra literaria gusta de plantear el deseo de la traslación desde una situación insatisfactoria a otra que pudiera colmar los deseos. Se busca el paso desde el no ser (no amar, no experimentar felicidad, no compartir) a ser plenamente, amorosamente, compartidamente. Para la estructura profunda del texto literario, que el paso conlleve o no una crisis matrimonial resulta irrelevante.
Los esposos de Guo Hui no pueden disfrutar de la compañía uno del otro y, como el amor que se tienen es inexpresable, se envían cartas en blanco. Las cartas importan en cuanto signo de presencia o de recuerdo. Qué diferencia con Enma Bovary quien supondrá, en cambio, que su vida sería más satisfactoria con el noble hacendado vecino. La ausencia de amor se significa en este caso, precisamente, por la presencia del esposo.
Jorge Urrutia
ABC, 4 de febrero de 2008
A esta página no le es ajena la poesía china. En más de una ocasión ha llegado hasta aquí gracias a la porfiada tarea con la que Guojian Chen -nacido en Vietnam en una familia de chinos- se entrega a ese género literario. Traductor, hispanista y profesor de español, reside en nuestro país desde 1991. Lo mejor de la poesía amorosa china (Calambur) es el nuevo libro con el que ahora acerca a los lectores una primorosa selección de poemas procedentes de una de las naciones en las que surgieron, según expertos, en el siglo XVIII a.C., cuando reinaba la dinastía Xia. Para abundar en esta opinión, Chen cita al célebre sinólogo británico Robert Payne, que aseguró que «los chinos han escrito más poesía que todas las demás naciones de la tierra juntas». No está mal, pero el interés aumenta si la cantidad no ha ahuyentado la calidad. Creadores como Goethe, Rubén Darío, Alberti o Paz se encuentran entre sus entusiastas. Tanto lo fueron que se aplicaron a la tarea de traductores. La abundancia poética puede deberse, en parte, a la circunstancia que señala que, desde el siglo VII, para aprobar en los exámenes imperiales y obtener un cargo público era imprescindible conocer bien la poesía y saber versificar. Aún hoy, en la China del siglo XXI, hay 230 portales dedicados a ella en Internet. Como dice Chen, la poesía ha penetrado en la vida social de la población. El primer libro dedicado a ella, Shi Jing, tiene precisamente como motivo principal el amor y el matrimonio. Señala, también, que la poesía amorosa oriental tiene peculiaridades que la diferencian de la occidental, sobre todo, en cuanto a la poesía clásica. ¿Cuáles? «Por regla general, se expresa de manera moderada, sugerente y elíptica, sin que deje por ello de ser profunda y emotiva. El carácter chino -poco apasionado, tranquilo y reacio a exteriorizar sus sentimientos en público- influye en los resultados, ya que lo erótico se consideraba a menudo como algo inmoral, impropio en un género literario ennoblecido y venerado». De ahí que el lector deba recurrir a la imaginación. No hay que pasar por alto que las ideas confucionistas predicaban la superioridad del hombre sobre la mujer. Así pues ellas tenían menos espacio para la creatividad, aunque a costa de eso, los varones adoptaban la actitud de la mujer enamorada. Chen ha decidido sacarlas de la sombra, aunque, desdichadamente, no figuran con sus nombres propios sino como «esposa o señora de». El libro reúne 126 poemas de 90 autores y abarca desde el siglo XIV a.C. hasta el siglo XX. Chen puntualiza que su labor está dirigida al lector común aficionado a la poesía de amor, razón por la cual ha intentado evitar alusiones y metáforas propias de la lengua china. «Mi traducción es libre, pero no por ello deja de ser fiel». No obstante, compara unos versos de Bécquer y Fen Menglong con el fin de mostrar que los sentimientos igualan a todos los seres humanos sean de donde sean.
Trinidad de León-Sotelo
Madrid, 2007. 208 páginas
ISBN: 978-84-8359-022-5
16,00 euros (con IVA)
La Razón, 14 de febrero de 2008, sección Cultura (página 46)
Amor y desamor
Los libros se amontonan en la mesa de trabajo llegados no se sabe cómo, enviados muchas veces no se sabe por quién. Esta vez sí conozco su origen, lo remite Guojian Chen, un conocido traductor al español de la poesía china.
Leo sus páginas de modo asistemático y encuentro un poema curiosamente titulado «En contestación a mi esposo», escrito por una poetisa del siglo XVI conocida como La Esposa de Guo Hui: «Bajo la ventana de verde gasa / abro tu carta con gran alegría. / Me quedo con la boca abierta: / no encuentro ni una sola letra. // Pero no tardo en comprender tu idea: / la hoja del todo blanca dice más, / ya que no existen palabras humanas / para expresar tu amor y tus añoranzas».
Una amenaza
Es un hermoso poema de amor que, como es habitual, se escribe desde la ausencia. La felicidad no es una situación poética. Por eso son tan extraños los poemas de amor matrimonial. Llaman la atención, por ejemplo, las «Cancioncillas del amor honesto», que gustaba escribir un poeta español contemporáneo, ideológicamente nada conservador, por cierto: Ramón de Garciasol.
Cuando se escribe desde la felicidad pareciera que una amenaza se cierne sobre el poeta y la tragedia, hecha abandono, desamor o traición, suele efectivamente producirse.
La obra literaria gusta de plantear el deseo de la traslación desde una situación insatisfactoria a otra que pudiera colmar los deseos. Se busca el paso desde el no ser (no amar, no experimentar felicidad, no compartir) a ser plenamente, amorosamente, compartidamente. Para la estructura profunda del texto literario, que el paso conlleve o no una crisis matrimonial resulta irrelevante.
Los esposos de Guo Hui no pueden disfrutar de la compañía uno del otro y, como el amor que se tienen es inexpresable, se envían cartas en blanco. Las cartas importan en cuanto signo de presencia o de recuerdo. Qué diferencia con Enma Bovary quien supondrá, en cambio, que su vida sería más satisfactoria con el noble hacendado vecino. La ausencia de amor se significa en este caso, precisamente, por la presencia del esposo.
Jorge Urrutia
ABC, 4 de febrero de 2008
A esta página no le es ajena la poesía china. En más de una ocasión ha llegado hasta aquí gracias a la porfiada tarea con la que Guojian Chen -nacido en Vietnam en una familia de chinos- se entrega a ese género literario. Traductor, hispanista y profesor de español, reside en nuestro país desde 1991. Lo mejor de la poesía amorosa china (Calambur) es el nuevo libro con el que ahora acerca a los lectores una primorosa selección de poemas procedentes de una de las naciones en las que surgieron, según expertos, en el siglo XVIII a.C., cuando reinaba la dinastía Xia. Para abundar en esta opinión, Chen cita al célebre sinólogo británico Robert Payne, que aseguró que «los chinos han escrito más poesía que todas las demás naciones de la tierra juntas». No está mal, pero el interés aumenta si la cantidad no ha ahuyentado la calidad. Creadores como Goethe, Rubén Darío, Alberti o Paz se encuentran entre sus entusiastas. Tanto lo fueron que se aplicaron a la tarea de traductores. La abundancia poética puede deberse, en parte, a la circunstancia que señala que, desde el siglo VII, para aprobar en los exámenes imperiales y obtener un cargo público era imprescindible conocer bien la poesía y saber versificar. Aún hoy, en la China del siglo XXI, hay 230 portales dedicados a ella en Internet. Como dice Chen, la poesía ha penetrado en la vida social de la población. El primer libro dedicado a ella, Shi Jing, tiene precisamente como motivo principal el amor y el matrimonio. Señala, también, que la poesía amorosa oriental tiene peculiaridades que la diferencian de la occidental, sobre todo, en cuanto a la poesía clásica. ¿Cuáles? «Por regla general, se expresa de manera moderada, sugerente y elíptica, sin que deje por ello de ser profunda y emotiva. El carácter chino -poco apasionado, tranquilo y reacio a exteriorizar sus sentimientos en público- influye en los resultados, ya que lo erótico se consideraba a menudo como algo inmoral, impropio en un género literario ennoblecido y venerado». De ahí que el lector deba recurrir a la imaginación. No hay que pasar por alto que las ideas confucionistas predicaban la superioridad del hombre sobre la mujer. Así pues ellas tenían menos espacio para la creatividad, aunque a costa de eso, los varones adoptaban la actitud de la mujer enamorada. Chen ha decidido sacarlas de la sombra, aunque, desdichadamente, no figuran con sus nombres propios sino como «esposa o señora de». El libro reúne 126 poemas de 90 autores y abarca desde el siglo XIV a.C. hasta el siglo XX. Chen puntualiza que su labor está dirigida al lector común aficionado a la poesía de amor, razón por la cual ha intentado evitar alusiones y metáforas propias de la lengua china. «Mi traducción es libre, pero no por ello deja de ser fiel». No obstante, compara unos versos de Bécquer y Fen Menglong con el fin de mostrar que los sentimientos igualan a todos los seres humanos sean de donde sean.
Trinidad de León-Sotelo
Los puentes rotos
Pedro A. González Moreno
Los puentes rotos Colección: Narrativa, 34
Madrid, noviembre, 2007. 296 páginas
ISBN: 978-84-8359-023-2
18,00 euros (con IVA) Ganadora del IX Premio Río Manzanares de Novela
NUESTRO PEDRO A. GONZÁLEZ Y SUS PUENTES ROTOS
“¿Qué ríos y qué recuerdos y qué campos limitan con la infancia?... La memoria no tiene geografía.” Esta es una de las numerosas, bellísimas y profundas reflexiones que el escritor Pedro Antonio González Moreno nos regala en su novela Los puentes rotos, (Editorial Calambur). Es la primera que escribe y ha sido galardonada con el prestigioso premio “Río Manzanares” de Novela de la Comunidad de Madrid. Los certámenes siempre suponen un reconocimiento importante de una obra y un impulso para el autor, por supuesto. Pedro Antonio ya está acostumbrado, también fue finalista, por ejemplo, del Premio Adonáis de poesía, entre otros. Aunque, en este caso, quien debe sentirse complacido y obsequiado con esta novela, es el lector. Por eso hay que agradecerle a este escritor, natural de Calzada de Calatrava, que nos haya dado la posibilidad de cruzar estos puentes, deteniéndonos e introduciéndonos de lleno en sentimientos y aspectos de la vida tan reales y cotidianos como la búsqueda del triunfo, la inconformidad laboral, la adolescencia, los caminos tan gratos como amargos que puede atravesar la amistad, el desamor, los amores tardíos pero posibles, las relaciones familiares y el desarraigo que pueden conllevar muchas veces, la esclavitud que pueden suponer los recuerdos... En estos tiempos en que la banalidad es un “valor en alza” tanto en los medios de comunicación como en la literatura, y en los que tanta gente, de la noche a la mañana se convierte en un escritor, es aún más loable que se escriban y publiquen obras tan necesarias y hermosas como Los puentes rotos. En esta sociedad con tantas prisas, es indispensable pararnos a reflexionar sobre esta vida que tan rápido habitamos, para quizás así aprovecharla de un modo más adecuado. Pedro Antonio, desde esas páginas, nos enciende esas luces del alma que a veces apagamos, para hablarnos, por ejemplo del “traje, o la armadura, o la máscara: todo eso que uno necesita para saberse invulnerable, para sentirse protegido cuando cierra la puerta de la calle o se ve de reojo en el espejo del ascensor.” Y seguro que todos nos hemos puesto esa máscara alguna vez o quizás la llevemos todos los días, aunque no nos hayamos parado a pensarlo. Así, en estos personajes que el autor retrata con una magistral destreza y con grandes dosis de lirismo, el lector puede verse fielmente reflejado, porque la vida no es otra cosa que un conjunto de puentes que debemos atravesar, sorteando todos los obstáculos que dificultan nuestra llegada hasta esa orilla final, tan llena de incertidumbre. Con esta novela Pedro Antonio González Moreno se reafirma como uno de los grandes escritores que ha dado nuestra provincia, capaz de asomarse a la realidad y describirla con una perspectiva distinta y bellísima. En resumen, él es uno de nuestros tesoros, de esos de los que es necesario presumir.
Elisabeth Porrero La Tribuna de Ciudad Real (7-I-08)
PUENTES ROTOS
Los puentes rotos es el título de la novela con la que Pedro Antonio González Moreno, natural de Calzada de Calatrava (Ciudad Real), ha conseguido el IX Premio Río Manzanares, siendo editada por Calambur. Es su primera novela publicada, pues los anteriores libros son de poesía, cuatro en total, que han obtenido otros tantos premios importantes, incluso un accésit del Adonáis. Pero aunque hasta ahora era más conocido como poeta que como narrador, él reivindica ambas facetas, incluso afirma que sus primeras imágenes literarias las plasmó en prosa. Los puentes siempre fueron elementos evocadores en la historia de la literatura, del cine..., y se consideraron en sus distintos aspectos: Elementos objeto de contemplación, útiles de acercamiento, salida hacia mundos diferentes, incitación para llegar a lo desconocido, simple tránsito o, como ahora, plasmación de una ruptura vital. En Los puentes rotos, Pedro Antonio nos aproxima a su mundo, sus mundos, que intenta unir o dejar irremediablemente superados ante la imposibilidad de integrar lo vivido en su hábitat rural de infancia y adolescencia con lo encontrado o intuido en su más tardío escenario urbano, que se concreta en Madrid y su realidad cotidiana de trabajo, relaciones personales, desencuentros, rebeldías... A los dos mundos pertenece el autor, como Pablo, el protagonista principal de la novela y, como él, se mueve en los ambientes de poetas más o menos exitosos que nos ofrecen todo el repertorio clásico de las tertulias literarias en donde se conjugan envidias, recelos, amistades sinceras y triunfos compartibles. Aspiración de gloria y cruda realidad cotidiana en donde es necesario ganarse el pan en quehaceres más prosaicos: funcionario, enseñante..., a la vez que siguen buscando el norte definitivo que les redima de su desorientación permanente y que, en ocasiones, sólo encuentran puentes rotos que no conducen a ninguna parte. Los personajes principales están bien dibujados, definidos, y ayudan a que el protagonista adquiera unas aristas y contornos claros. En presente, o rememorando tiempos vividos, vamos conociendo el ambiente rural, poblado de tradiciones y costumbres, de esperanzas y temores, de repetición de roles que pasan de padres a hijos y la misma muerte parece rubricar el mimetismo. Queda claro que de poco vale rebelarse contra la fuerza de la vida y las tendencias que ésta marca en el carácter de cada una de las personas. La cadena familiar puede romperse y no sirve ejercer la violencia para conjurar peligros. Cambian los tiempos, los medios, las aspiraciones y los compromisos asumidos. Puede haber viajes de ida y vuelta en los que se ajusten cuentas con el pasado, se clarifiquen recuerdos difusos, o se afronten situaciones inaplazables. Lo hace Pablo y, con dolor, emprende de nuevo la marcha en busca de lo que cree ha de encontrar, desea conseguir. En ese peregrinar personal van quedando cadáveres en el camino, plásticos, como el de su padre, que cierra violentamente la línea sucesoria de los antepasados, o referenciales, como su anciana madre, “dejada” en el asilo; como Laura, la novia eterna e inédita, o como tantos otros. Tal vez sea inevitable, pero con ellos perdemos jirones de nosotros mismos, si damos el salto de personalizar lo novelado. No existen demasiados personajes en esta novela, pero sí los suficientes como para configurar un retablo significativo en donde los ambientes de cada lugar y contexto queden definidos. Es la vida misma que discurre, como el agua del río, bajo los puentes, útiles o rotos, posibiliatores o para configurar barreras infranqueables. Compañeros de trabajo, amores circunstanciales, amigos de juventud, contertulios, tiranos a los que combatir y neutralizar antes de que logren su objetivo, arribistas, perdedores... Todas las máscaras necesarias para el reparto de la representación. Pedro Antonio González Moreno ha abierto un nuevo cajón de su desván particular y nos hace partícipes de una entrega diferente. Tal vez sea sólo el principio y, en el futuro, podamos encontrar un doble cauce, maneras diferentes de plasmar imágenes, pensamientos, historias...
Esteban Rodríguez Ruiz La Tribuna de Ciudad Real (14-I-08)
FELICIDAD Y OTROS PUENTES
Este artículo me ha sido inspirado en la lectura de Los puentes rotos (1), libro que le proporcionó a su autor el IX Premio de Novela Río Manzanares. En él el escritor y poeta manchego, Pedro A. González Moreno, nos presenta magistralmente y con un lenguaje bellísimo unos personajes que, infructuosamente, buscan la felicidad.
Hemos de comenzar afirmando que la sociedad actual, con su entramado de conflictos humanos, la proliferación mediática hacia niveles inferiores del hombre, el rechazo de miras elevadas y espirituales, así como la alocada búsqueda del hedonismo a ultranza, entre otras nubes, tormentas y sombras, hace cada vez más difícil hallar la felicidad humana que en la tierra puede encontrarse. No es extraño que los tres personajes principales de la novela, que no son sino fiel retrato de tantos y tantos hombres y mujeres con quienes convivimos a diario, o somos nosotros mismos, anden descarriados y solitarios por las calles y casas de las grandes ciudades.
Dejando a un lado la pretensión de entrar en las diversas teorías filosóficas sobre felicidad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no hay felicidad sin placer. Mas surge otra cuestión y es ver qué entendemos cada uno por placer, o mejor, qué placeres pone cada hombre en el punto de mira de su consecución. Así, aunque la realidad del hombre es hedónica, no en todos se da la uniformidad en el fin ni en los actos para conseguirlos.
La mayor parte de las veces, ponemos expectativas vitales tan enormes que ni siquiera la vida puede darnos, y ello nos lleva a la frustración, lo que es lo mismo que decir infelicidad. La vida es como naranja cogida a comienzo de temporada: agridulce. En ella hay luces y sombras, amaneceres y atardeceres, risas y lágrimas, éxitos y fracasos. Para alcanzar la felicidad que el mundo puede darnos es necesario tener conciencia de hasta dónde puede ofrecernos. No exigirle más de lo que nos puede dar. De lo contrario seremos “como puentes rotos que no llevan a ninguna orilla”. Porque la auténtica felicidad también es un puente que nos lleva a la consecución de la Perfección, del Bien Supremo, dicho con palabras del de Aquino.
Los bienes de la vida son finitos, limitados. No satisfacen plenamente. Es como un agua que no quita la sed. Lo que la vida da de sí sume, por tanto, en el descontento, incluso cuando todo nos haya salido bien, por lo que la felicidad intrahumana es esencialmente problemática, sin contar con la muerte que se vislumbra en el horizonte. Por lo que es necesario poner el objetivo del logro de la feliciad en el plano de lo espiritual y, si me apuran, diría que en lo sobrenatural. Hay que descartar los bienes materiales. Lo que nos lleva al Ser Infinito, al Sumo Bien es otro camino muy distinto.
Los hombres y mujeres de nuestra sociedad actual, que son los que aparecen en la novela que da pie a estas reflexiones, no creen en nada y esto los convierte en puentes rotos que conducen a ninguna parte. Todo esto dicho sin pretensiones dogmáticas. Son nada más que teorías, creencias, esperanzas fundadas en experiencias intrínsecas nunca basadas en las ciencias positivas. Sin embargo es de agradecer que escritores como González Moreno, pongan el dedo en la llaga del diario acontecer y nos motiven estas reflexiones.
Francisca Mena Cantero Lanza Digital de la Mancha (www.lanzadigital.com)
(1) González Moreno, Pedro A., Los puentes rotos, Ed. Calambur, Madrid, 2007.
Los puentes rotos Colección: Narrativa, 34
Madrid, noviembre, 2007. 296 páginas
ISBN: 978-84-8359-023-2
18,00 euros (con IVA) Ganadora del IX Premio Río Manzanares de Novela
NUESTRO PEDRO A. GONZÁLEZ Y SUS PUENTES ROTOS
“¿Qué ríos y qué recuerdos y qué campos limitan con la infancia?... La memoria no tiene geografía.” Esta es una de las numerosas, bellísimas y profundas reflexiones que el escritor Pedro Antonio González Moreno nos regala en su novela Los puentes rotos, (Editorial Calambur). Es la primera que escribe y ha sido galardonada con el prestigioso premio “Río Manzanares” de Novela de la Comunidad de Madrid. Los certámenes siempre suponen un reconocimiento importante de una obra y un impulso para el autor, por supuesto. Pedro Antonio ya está acostumbrado, también fue finalista, por ejemplo, del Premio Adonáis de poesía, entre otros. Aunque, en este caso, quien debe sentirse complacido y obsequiado con esta novela, es el lector. Por eso hay que agradecerle a este escritor, natural de Calzada de Calatrava, que nos haya dado la posibilidad de cruzar estos puentes, deteniéndonos e introduciéndonos de lleno en sentimientos y aspectos de la vida tan reales y cotidianos como la búsqueda del triunfo, la inconformidad laboral, la adolescencia, los caminos tan gratos como amargos que puede atravesar la amistad, el desamor, los amores tardíos pero posibles, las relaciones familiares y el desarraigo que pueden conllevar muchas veces, la esclavitud que pueden suponer los recuerdos... En estos tiempos en que la banalidad es un “valor en alza” tanto en los medios de comunicación como en la literatura, y en los que tanta gente, de la noche a la mañana se convierte en un escritor, es aún más loable que se escriban y publiquen obras tan necesarias y hermosas como Los puentes rotos. En esta sociedad con tantas prisas, es indispensable pararnos a reflexionar sobre esta vida que tan rápido habitamos, para quizás así aprovecharla de un modo más adecuado. Pedro Antonio, desde esas páginas, nos enciende esas luces del alma que a veces apagamos, para hablarnos, por ejemplo del “traje, o la armadura, o la máscara: todo eso que uno necesita para saberse invulnerable, para sentirse protegido cuando cierra la puerta de la calle o se ve de reojo en el espejo del ascensor.” Y seguro que todos nos hemos puesto esa máscara alguna vez o quizás la llevemos todos los días, aunque no nos hayamos parado a pensarlo. Así, en estos personajes que el autor retrata con una magistral destreza y con grandes dosis de lirismo, el lector puede verse fielmente reflejado, porque la vida no es otra cosa que un conjunto de puentes que debemos atravesar, sorteando todos los obstáculos que dificultan nuestra llegada hasta esa orilla final, tan llena de incertidumbre. Con esta novela Pedro Antonio González Moreno se reafirma como uno de los grandes escritores que ha dado nuestra provincia, capaz de asomarse a la realidad y describirla con una perspectiva distinta y bellísima. En resumen, él es uno de nuestros tesoros, de esos de los que es necesario presumir.
Elisabeth Porrero La Tribuna de Ciudad Real (7-I-08)
PUENTES ROTOS
Los puentes rotos es el título de la novela con la que Pedro Antonio González Moreno, natural de Calzada de Calatrava (Ciudad Real), ha conseguido el IX Premio Río Manzanares, siendo editada por Calambur. Es su primera novela publicada, pues los anteriores libros son de poesía, cuatro en total, que han obtenido otros tantos premios importantes, incluso un accésit del Adonáis. Pero aunque hasta ahora era más conocido como poeta que como narrador, él reivindica ambas facetas, incluso afirma que sus primeras imágenes literarias las plasmó en prosa. Los puentes siempre fueron elementos evocadores en la historia de la literatura, del cine..., y se consideraron en sus distintos aspectos: Elementos objeto de contemplación, útiles de acercamiento, salida hacia mundos diferentes, incitación para llegar a lo desconocido, simple tránsito o, como ahora, plasmación de una ruptura vital. En Los puentes rotos, Pedro Antonio nos aproxima a su mundo, sus mundos, que intenta unir o dejar irremediablemente superados ante la imposibilidad de integrar lo vivido en su hábitat rural de infancia y adolescencia con lo encontrado o intuido en su más tardío escenario urbano, que se concreta en Madrid y su realidad cotidiana de trabajo, relaciones personales, desencuentros, rebeldías... A los dos mundos pertenece el autor, como Pablo, el protagonista principal de la novela y, como él, se mueve en los ambientes de poetas más o menos exitosos que nos ofrecen todo el repertorio clásico de las tertulias literarias en donde se conjugan envidias, recelos, amistades sinceras y triunfos compartibles. Aspiración de gloria y cruda realidad cotidiana en donde es necesario ganarse el pan en quehaceres más prosaicos: funcionario, enseñante..., a la vez que siguen buscando el norte definitivo que les redima de su desorientación permanente y que, en ocasiones, sólo encuentran puentes rotos que no conducen a ninguna parte. Los personajes principales están bien dibujados, definidos, y ayudan a que el protagonista adquiera unas aristas y contornos claros. En presente, o rememorando tiempos vividos, vamos conociendo el ambiente rural, poblado de tradiciones y costumbres, de esperanzas y temores, de repetición de roles que pasan de padres a hijos y la misma muerte parece rubricar el mimetismo. Queda claro que de poco vale rebelarse contra la fuerza de la vida y las tendencias que ésta marca en el carácter de cada una de las personas. La cadena familiar puede romperse y no sirve ejercer la violencia para conjurar peligros. Cambian los tiempos, los medios, las aspiraciones y los compromisos asumidos. Puede haber viajes de ida y vuelta en los que se ajusten cuentas con el pasado, se clarifiquen recuerdos difusos, o se afronten situaciones inaplazables. Lo hace Pablo y, con dolor, emprende de nuevo la marcha en busca de lo que cree ha de encontrar, desea conseguir. En ese peregrinar personal van quedando cadáveres en el camino, plásticos, como el de su padre, que cierra violentamente la línea sucesoria de los antepasados, o referenciales, como su anciana madre, “dejada” en el asilo; como Laura, la novia eterna e inédita, o como tantos otros. Tal vez sea inevitable, pero con ellos perdemos jirones de nosotros mismos, si damos el salto de personalizar lo novelado. No existen demasiados personajes en esta novela, pero sí los suficientes como para configurar un retablo significativo en donde los ambientes de cada lugar y contexto queden definidos. Es la vida misma que discurre, como el agua del río, bajo los puentes, útiles o rotos, posibiliatores o para configurar barreras infranqueables. Compañeros de trabajo, amores circunstanciales, amigos de juventud, contertulios, tiranos a los que combatir y neutralizar antes de que logren su objetivo, arribistas, perdedores... Todas las máscaras necesarias para el reparto de la representación. Pedro Antonio González Moreno ha abierto un nuevo cajón de su desván particular y nos hace partícipes de una entrega diferente. Tal vez sea sólo el principio y, en el futuro, podamos encontrar un doble cauce, maneras diferentes de plasmar imágenes, pensamientos, historias...
Esteban Rodríguez Ruiz La Tribuna de Ciudad Real (14-I-08)
FELICIDAD Y OTROS PUENTES
Este artículo me ha sido inspirado en la lectura de Los puentes rotos (1), libro que le proporcionó a su autor el IX Premio de Novela Río Manzanares. En él el escritor y poeta manchego, Pedro A. González Moreno, nos presenta magistralmente y con un lenguaje bellísimo unos personajes que, infructuosamente, buscan la felicidad.
Hemos de comenzar afirmando que la sociedad actual, con su entramado de conflictos humanos, la proliferación mediática hacia niveles inferiores del hombre, el rechazo de miras elevadas y espirituales, así como la alocada búsqueda del hedonismo a ultranza, entre otras nubes, tormentas y sombras, hace cada vez más difícil hallar la felicidad humana que en la tierra puede encontrarse. No es extraño que los tres personajes principales de la novela, que no son sino fiel retrato de tantos y tantos hombres y mujeres con quienes convivimos a diario, o somos nosotros mismos, anden descarriados y solitarios por las calles y casas de las grandes ciudades.
Dejando a un lado la pretensión de entrar en las diversas teorías filosóficas sobre felicidad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no hay felicidad sin placer. Mas surge otra cuestión y es ver qué entendemos cada uno por placer, o mejor, qué placeres pone cada hombre en el punto de mira de su consecución. Así, aunque la realidad del hombre es hedónica, no en todos se da la uniformidad en el fin ni en los actos para conseguirlos.
La mayor parte de las veces, ponemos expectativas vitales tan enormes que ni siquiera la vida puede darnos, y ello nos lleva a la frustración, lo que es lo mismo que decir infelicidad. La vida es como naranja cogida a comienzo de temporada: agridulce. En ella hay luces y sombras, amaneceres y atardeceres, risas y lágrimas, éxitos y fracasos. Para alcanzar la felicidad que el mundo puede darnos es necesario tener conciencia de hasta dónde puede ofrecernos. No exigirle más de lo que nos puede dar. De lo contrario seremos “como puentes rotos que no llevan a ninguna orilla”. Porque la auténtica felicidad también es un puente que nos lleva a la consecución de la Perfección, del Bien Supremo, dicho con palabras del de Aquino.
Los bienes de la vida son finitos, limitados. No satisfacen plenamente. Es como un agua que no quita la sed. Lo que la vida da de sí sume, por tanto, en el descontento, incluso cuando todo nos haya salido bien, por lo que la felicidad intrahumana es esencialmente problemática, sin contar con la muerte que se vislumbra en el horizonte. Por lo que es necesario poner el objetivo del logro de la feliciad en el plano de lo espiritual y, si me apuran, diría que en lo sobrenatural. Hay que descartar los bienes materiales. Lo que nos lleva al Ser Infinito, al Sumo Bien es otro camino muy distinto.
Los hombres y mujeres de nuestra sociedad actual, que son los que aparecen en la novela que da pie a estas reflexiones, no creen en nada y esto los convierte en puentes rotos que conducen a ninguna parte. Todo esto dicho sin pretensiones dogmáticas. Son nada más que teorías, creencias, esperanzas fundadas en experiencias intrínsecas nunca basadas en las ciencias positivas. Sin embargo es de agradecer que escritores como González Moreno, pongan el dedo en la llaga del diario acontecer y nos motiven estas reflexiones.
Francisca Mena Cantero Lanza Digital de la Mancha (www.lanzadigital.com)
(1) González Moreno, Pedro A., Los puentes rotos, Ed. Calambur, Madrid, 2007.
El día, los días
Autora: Marifé Santiago Bolaños
Col. Calambur Poesía, 72
ISBN: 978-84-8359-013-3
Revista Leer, nº 189, febrero de 2008
Entrevista de Aurelio Loureiro a Marifé Santiago Bolaños El día, los días (Calambur), reciente entrega poética de Marifé Santiago Bolaños, coloca una pieza más en la formación de un mundo literario muy personal donde se imbrican sin fisuras las raíces de la memoria y la filosofía con las materias del sueño y la imaginación; pasado, presente y futuro; tierra, mar y fuego.
A. L. ¿De dónde es uno; de donde nace o de adonde le arrastra la memoria?
M. F. S. Uno es de lo que va siendo con él y él va siendo con el tiempo y con el espacio. Y en ese tiempo y en ese espacio, evidentemente, está la memoria. La memoria que no siempre es memoria propia; a veces es memoria de otros, en el sentido de que somos quienes somos, pero también somos el cúmulo de ideas, sensaciones, sentimientos, frustraciones y gozos que otros nos ofrecen. No sé si como patrimonio o como lacra, pero, desde luego, no estamos solos. En cualquier caso, la memoria no es sólo la memoria personal, sino la memoria compartida en una Historia, en un país, en una familia, en unas lecturas, en unas vivencias, que a veces son vivencias interiores, no exteriores...
A. L. ¿Qué aporta su formación filosófica a su actividad literaria?
M. F. S. Yo elegí estudiar Filosofía, precisamente, porque quería ser escritora. Y entendía que la Filosofía podía ofrecerme (si es que hay una oferta en el saber, y no una entrega y un regalo más que una oferta) el ser consciente de que todo es importante, que las cosas y las personas se definen no por lo que uno a veces quiere, sino por lo que se te exige. La Filosofía es un inmenso baño de humildad y, por lo tanto, de búsqueda. En el momento en el que hilvanas la humildad y la búsqueda lo que brota es la palabra, que es donde yo quería estar, donde yo quería encontrarme.
A. L. ¿En qué territorio literario se encuentra más a gusto?
M. F. S. En el de la belleza en general. Pasa desde el territorio literario de los grandes poetas al territorio literario de los grandes narradores y al territorio literario de los grandes autores dramáticos. Es el territorio de la belleza y en él hay a veces nacionalidades que se llaman teatro, narrativa, incluso ensayo. No creo como vivencia personal en las clasificaciones, salvo para entendernos y simplificar todo lo que tendríamos que decir detrás y dar explicaciones. Me pasa igual como ciudadana que lee, y como escritora, exactamente igual.
A. L. Supongo que la trastienda intelectual es la misma; pero ¿tiene algún clip secreto que le dice cuándo debe hacer novela o entregarse a la poesía o al pensamiento puro y duro?
M. F. S. Mandan las palabras. Son ellas las que deciden qué es lo que quieren ser y, sobre todo, cómo quieren ser. Y yo en eso soy muy obediente. Creo que parte del gozo absoluto que la creación supone en todas sus manifestaciones es que es el reino de la libertad total y por eso las reglas valen para el que lo está viviendo en ese momento. Es
exactamente igual que el amor. De hecho pienso que es una demostración de nuestra capacidad de amar, porque amamos y también creamos, inventamos y soñamos.
A. L. ¿Qué ha significado María Zambrano en su evolución creativa?
M. F. S. A mi generación, educada en democracia, le ha sucedido un fenómeno dolorosísimo respecto a los grandes maestros, como es el caso de María Zambrano, y es que consideró que el hecho de que regresaran, más que un logro, era una especie de culpa que tendríamos que expiar entre todos. A María Zambrano la empecé a leer con ese sentimiento y la sorpresa surge cuando empecé a descubrir que muchas de las vías que tu propia sensibilidad te exige descubrir estaban ya en ella. Es un poco fuerte, porque hemos llegado a ella en diferido. Hemos llegado a ella a través de lecturas, no ya de traducciones y reflexiones, sino de las lecturas de los grandes filósofos que nos interesaban y que hablaban de ella. Yo llego a María Zambrano agradeciendo que ofrezca la posibilidad de que también la forma sea un componente vivencial de convivencia y creación y no sólo el fondo: que la forma es también ya crear, que hay algo que se llama cuerpo en el que estamos o es lo único que tenemos y que se piensa con el cuerpo y que, dado que se piensa con el cuerpo, todo lo que ocurre alrededor de los sentimientos y la sensiblidad es importante.
A. L. Para una doctora en Filosofía que transita con tanta naturalidad entre el ensayo, la novela y la poesía, ¿qué es más importante: la palabra exacta o la metáfora?
M. F. S. La metáfora nos lleva de un lado para otro. Es lo que quiere decir la palabra. La metáfora te hace viajar, te saca del espacio concretoen que te encuentras y te ofrece la posibilidad de que haya otros itinerarios posibles. De tal manera que, transportándote, te saca de tu ensimismamiento. Ese es el componente misterioso, terapéutico y grande que tiene la palabra poética. Hace ya mucho tiempo que la Filosofía supo que no podía estar sola y que la división, incluso entendida como lucha, entre lo que aporta el dios Dionisos y lo que aporta el dios Apolo o la diosa Atenea era un error y no llevaba más que a la frustración y la desesperación. La palabra exacta no existe más que dentro de un código determinado. Y la metáfora es quizá la máxima aliada del pensamiento, porque el pensamiento es justamente el gran misterio de superar lo que tienes en el instante en el que se te ofrece y concebir la posibilidad de otra cosa y trabajar por ella.
A. L. ¿Nos redime la palabra o hay que buscar otras soluciones?
M. F. S. Nos empeñamos, probablemente porque no nos queda otro remedio dado lo efímeros que somos, en buscar asideros. A veces esas balsas de náufrago se llaman prestigio o atesoramiento de muchas cosas, colecciones, víveres de todo tipo, una especie de almacén donde vamos acumulando cosas por si alguna vez nos vemos solos y desamparados. ¿La palabra redime? Digamos que redime saber que podemos intervenir en el mundo, que por mucho que nos dé la impresión de que las circunstancias son algo que se impone, un cierto esfuerzo hace que las cosas puedan variar. María Zambrano decía que una actitud cambia el mundo.
A. L. ¿Qué nos libra del naufragio?
M. F. S. Supongo que mirarnos al espejo y reconocernos con nuestrascarencias y con nuestros logros. Y quizá también saber que no nos podemos librar y no estar todo el tiempo tratando de superar cuestiones que, a lo mejor, una vez que te apropias de ellas, es mejor convivir con ellas, porque se convierten en tus aliados naturales.
A. L. ¿Qué es el hombre: un ser de regresos o de huídas deliberadas?
M. F. S. El ser humano es un complejo ser vivo que tiene la capacidad de inventar y, en ese sentido, puede escribir grandes obras y escribir otras mediocres, que pasen a la Historia, que decidan qué tiene que ser esa Historia o, evidentemente, que sean intrascendentes.
A. L. La memoria es la gran seductora de los escritores; pero ¿se aparece de improviso o hay que buscarla, seducirla a ella también?
M. F. S. Yo creo que la memoria es nuestro ADN creativo. Somos lo que somos y lo que nos dan y lo que vamos inventando y eso hace memoria. No nacemos con esa tábula rasa a la que se referían los optimistas racionalistas franceses. Nacemos con un montón de elementos de otros, que nos ceden como el regalo de los cuentos de hadas: el regalo bueno o malo, porque a veces es un regalo envenenado, precisamente es esa memoria. Esa memoria tiene que ver contigo y a veces no tiene que ver contigo, pero es tuya también.
A. L. ¿Es la enfermedad, más que un argumento, un acicate literario?
M. F. S. La enfermedad, como todo lo que son acontecimientos, es la constatación de que la inmortalidad, que todos nos suponemos durante nuestra vida, es un invento u otra tabla de náufrago. La enfermedad te hace tomar conciencia, si no la tenías todavía, de algunas preguntas que has demorado responder o incluso hacerte, algunas preguntas que nunca te
habías hecho.
Aurelio Loureiro
ABCD Las Artes y las Letras, semana del 18 al 24 de junio de 2007
Palabra sanadora
Marifé Santiago Bolaños (Madrid, 1962) es autora de una extensa obra literaria que abarca varios géneros y que tiene un importante elemento unificador: el diálogo entre pensamiento y creación artística, entre filosofía y literatura. De eso hablan sus ensayos sobre María Zambrano y Buero Vallejo o los titulados Lo que guardan las musas: literatura y filosofía (2002) y Mirar al dios: el Teatro como camino de conocimiento (2005). Y a eso apuntan los poemarios Tres Cuadernos de Bitácora (1996) y Celebración de la espera (1999), y las novelas El tiempo de las lluvias (1999), Un ángel muerto sobre la hierba (2001) y El jardín de las favoritas olvidadas (2001), que sin duda podríamos encuadrar dentro de la tradición de la novela lírica.
El día, los días es un libro de carácter fragmentario compuesto por textos de largos versículos, por lo general, y poemas en prosa. Estructurado externamente como si se tratara del diario de una semana, su doble título alude, por un lado, a una dimensión temporal, referencial y existencial y, por otro, a una dimensión mítica, sagrada y trascendente, inseparable de la anterior. El «Primer día» se inicia con una especie de epístola en la que se funden diversos planos temporales («Acaso esta carta la estés escribiendo tú, / hace siglos»), mientras que en otro fragmento se habla de un tiempo mítico y originario: «Llego de un tiempo -dices- donde los pasos no dibujan huellas, donde las aves cantan silencios y la sonrisa no se ve con los ojos».
En los pequeños fragmentos del «Segundo día», se reflexiona sobre el cuerpo y la enfermedad, la identidad y la alteridad: «¿Cómo explicarlo? Es como si el cuerpo estuviera formado por restos de otros; como si fueras una suma de experiencias ajenas a tu biografía». El «tercero» gira en torno a la ciudad como escenario de la infancia y la memoria, esa ciudad del alma -real y onírica, a la vez- que cada uno lleva dentro: «Hay un regreso al vientre de la ciudad más mía: donde fuimos niños y soñamos; donde los libros ilustraban los sueños con ojos llenos de manos y de torres y de dedos amantes».
El sur del mundo. El «Cuarto día» está formado, a su vez, por cuatro «jornadas» y constituye un homenaje a las mujeres ancestrales, en primer término las de la Maragatería, una tierra vinculada a la infancia y a la familia de la autora («Voy a hablarte de aquellas mujeres de la infancia de mi abuela maragata, de su primera juventud, que iban juntas al río para bañarse, para lavarse el pelo»), pero también las de Nairobi y otros lugares del «sur del mundo»: «Oh, sacerdotisas sin dientes, mujeres sabias que tejéis para nosotras felicidades íntimas / (...) / Oh, mujeres cuya riqueza es serlo: con cuánta generosidad lo comparten».
En el «Quinto día», complementario del precedente, nos encontramos con uno de los momentos más emotivos del libro, un extenso poema en tres partes y una coda titulado «Retrato de la dulce Dulcinea». En él, se hace una relectura del mito de Don Quijote y su célebre amada, al tiempo que se va dando voz a diferentes mujeres o encarnaciones de ese símbolo universal que es Dulcinea («Hablo en ti, mujer que eres todas las mujeres»): una judía errante y perseguida a lo largo de los siglos -llamada Ruth y Fátima y Ella-, una emigrante condenada a la prostitución y una mujer maltratada. En la parte final, retoma la palabra Dulcinea para dirigirse a su enamorado.
Humo y oscuridad. El «Sexto día», dedicado al poeta indio Subhro Bandyopadhyay, tiene un tono evocador y elegíaco -marcado por la figura del padre ausente/presente en el poema- y una atmósfera misteriosa y ritual («Cada noche abro la ventana y apago, entonces, la vela: dejo que el humo sueñe con la oscuridad»). Por último, el «Día séptimo» se cierra con un final expectante y esperanzador: «Agradeces el canto del pájaro que, cada mañana, descubre tu rostro. En días como hoy, esa voz conocida salva la Casa del Sueño... / ...¡Tan atroz ha sido el Viento esta Noche!...» Ese canto del pájaro es la poesía, esto es, la palabra sanadora, redentora y salvífica.
Pero lo más importante es que esa profunda mirada ética y trascendente es inseparable de un riguroso planteamiento estético. A este respecto, destacan, entre otras cosas, la fuerza y la musicalidad de su peculiar aliento rítmico, basado en la reiteración de elementos y estructuras (anáforas, paralelismos, aliteraciones...), así como el carácter visionario de una buena parte de sus imágenes, rasgos que nos hacen pensar en Antonio Gamoneda, una de las principales referencias poéticas de la autora. El resultado es un libro de una gran madurez, intensidad y belleza.
Luis García Jambrina
Ver más reseñas y entrevistas:
- http://www.abc.es:80/hemeroteca/historico-25-06-2007/abc/Cultura/los-poetas-logran-que-el-olvido-no-venza-jamas-marife-santiago-_-poeta_1633901124160.html
Col. Calambur Poesía, 72
ISBN: 978-84-8359-013-3
Revista Leer, nº 189, febrero de 2008
Entrevista de Aurelio Loureiro a Marifé Santiago Bolaños El día, los días (Calambur), reciente entrega poética de Marifé Santiago Bolaños, coloca una pieza más en la formación de un mundo literario muy personal donde se imbrican sin fisuras las raíces de la memoria y la filosofía con las materias del sueño y la imaginación; pasado, presente y futuro; tierra, mar y fuego.
A. L. ¿De dónde es uno; de donde nace o de adonde le arrastra la memoria?
M. F. S. Uno es de lo que va siendo con él y él va siendo con el tiempo y con el espacio. Y en ese tiempo y en ese espacio, evidentemente, está la memoria. La memoria que no siempre es memoria propia; a veces es memoria de otros, en el sentido de que somos quienes somos, pero también somos el cúmulo de ideas, sensaciones, sentimientos, frustraciones y gozos que otros nos ofrecen. No sé si como patrimonio o como lacra, pero, desde luego, no estamos solos. En cualquier caso, la memoria no es sólo la memoria personal, sino la memoria compartida en una Historia, en un país, en una familia, en unas lecturas, en unas vivencias, que a veces son vivencias interiores, no exteriores...
A. L. ¿Qué aporta su formación filosófica a su actividad literaria?
M. F. S. Yo elegí estudiar Filosofía, precisamente, porque quería ser escritora. Y entendía que la Filosofía podía ofrecerme (si es que hay una oferta en el saber, y no una entrega y un regalo más que una oferta) el ser consciente de que todo es importante, que las cosas y las personas se definen no por lo que uno a veces quiere, sino por lo que se te exige. La Filosofía es un inmenso baño de humildad y, por lo tanto, de búsqueda. En el momento en el que hilvanas la humildad y la búsqueda lo que brota es la palabra, que es donde yo quería estar, donde yo quería encontrarme.
A. L. ¿En qué territorio literario se encuentra más a gusto?
M. F. S. En el de la belleza en general. Pasa desde el territorio literario de los grandes poetas al territorio literario de los grandes narradores y al territorio literario de los grandes autores dramáticos. Es el territorio de la belleza y en él hay a veces nacionalidades que se llaman teatro, narrativa, incluso ensayo. No creo como vivencia personal en las clasificaciones, salvo para entendernos y simplificar todo lo que tendríamos que decir detrás y dar explicaciones. Me pasa igual como ciudadana que lee, y como escritora, exactamente igual.
A. L. Supongo que la trastienda intelectual es la misma; pero ¿tiene algún clip secreto que le dice cuándo debe hacer novela o entregarse a la poesía o al pensamiento puro y duro?
M. F. S. Mandan las palabras. Son ellas las que deciden qué es lo que quieren ser y, sobre todo, cómo quieren ser. Y yo en eso soy muy obediente. Creo que parte del gozo absoluto que la creación supone en todas sus manifestaciones es que es el reino de la libertad total y por eso las reglas valen para el que lo está viviendo en ese momento. Es
exactamente igual que el amor. De hecho pienso que es una demostración de nuestra capacidad de amar, porque amamos y también creamos, inventamos y soñamos.
A. L. ¿Qué ha significado María Zambrano en su evolución creativa?
M. F. S. A mi generación, educada en democracia, le ha sucedido un fenómeno dolorosísimo respecto a los grandes maestros, como es el caso de María Zambrano, y es que consideró que el hecho de que regresaran, más que un logro, era una especie de culpa que tendríamos que expiar entre todos. A María Zambrano la empecé a leer con ese sentimiento y la sorpresa surge cuando empecé a descubrir que muchas de las vías que tu propia sensibilidad te exige descubrir estaban ya en ella. Es un poco fuerte, porque hemos llegado a ella en diferido. Hemos llegado a ella a través de lecturas, no ya de traducciones y reflexiones, sino de las lecturas de los grandes filósofos que nos interesaban y que hablaban de ella. Yo llego a María Zambrano agradeciendo que ofrezca la posibilidad de que también la forma sea un componente vivencial de convivencia y creación y no sólo el fondo: que la forma es también ya crear, que hay algo que se llama cuerpo en el que estamos o es lo único que tenemos y que se piensa con el cuerpo y que, dado que se piensa con el cuerpo, todo lo que ocurre alrededor de los sentimientos y la sensiblidad es importante.
A. L. Para una doctora en Filosofía que transita con tanta naturalidad entre el ensayo, la novela y la poesía, ¿qué es más importante: la palabra exacta o la metáfora?
M. F. S. La metáfora nos lleva de un lado para otro. Es lo que quiere decir la palabra. La metáfora te hace viajar, te saca del espacio concretoen que te encuentras y te ofrece la posibilidad de que haya otros itinerarios posibles. De tal manera que, transportándote, te saca de tu ensimismamiento. Ese es el componente misterioso, terapéutico y grande que tiene la palabra poética. Hace ya mucho tiempo que la Filosofía supo que no podía estar sola y que la división, incluso entendida como lucha, entre lo que aporta el dios Dionisos y lo que aporta el dios Apolo o la diosa Atenea era un error y no llevaba más que a la frustración y la desesperación. La palabra exacta no existe más que dentro de un código determinado. Y la metáfora es quizá la máxima aliada del pensamiento, porque el pensamiento es justamente el gran misterio de superar lo que tienes en el instante en el que se te ofrece y concebir la posibilidad de otra cosa y trabajar por ella.
A. L. ¿Nos redime la palabra o hay que buscar otras soluciones?
M. F. S. Nos empeñamos, probablemente porque no nos queda otro remedio dado lo efímeros que somos, en buscar asideros. A veces esas balsas de náufrago se llaman prestigio o atesoramiento de muchas cosas, colecciones, víveres de todo tipo, una especie de almacén donde vamos acumulando cosas por si alguna vez nos vemos solos y desamparados. ¿La palabra redime? Digamos que redime saber que podemos intervenir en el mundo, que por mucho que nos dé la impresión de que las circunstancias son algo que se impone, un cierto esfuerzo hace que las cosas puedan variar. María Zambrano decía que una actitud cambia el mundo.
A. L. ¿Qué nos libra del naufragio?
M. F. S. Supongo que mirarnos al espejo y reconocernos con nuestrascarencias y con nuestros logros. Y quizá también saber que no nos podemos librar y no estar todo el tiempo tratando de superar cuestiones que, a lo mejor, una vez que te apropias de ellas, es mejor convivir con ellas, porque se convierten en tus aliados naturales.
A. L. ¿Qué es el hombre: un ser de regresos o de huídas deliberadas?
M. F. S. El ser humano es un complejo ser vivo que tiene la capacidad de inventar y, en ese sentido, puede escribir grandes obras y escribir otras mediocres, que pasen a la Historia, que decidan qué tiene que ser esa Historia o, evidentemente, que sean intrascendentes.
A. L. La memoria es la gran seductora de los escritores; pero ¿se aparece de improviso o hay que buscarla, seducirla a ella también?
M. F. S. Yo creo que la memoria es nuestro ADN creativo. Somos lo que somos y lo que nos dan y lo que vamos inventando y eso hace memoria. No nacemos con esa tábula rasa a la que se referían los optimistas racionalistas franceses. Nacemos con un montón de elementos de otros, que nos ceden como el regalo de los cuentos de hadas: el regalo bueno o malo, porque a veces es un regalo envenenado, precisamente es esa memoria. Esa memoria tiene que ver contigo y a veces no tiene que ver contigo, pero es tuya también.
A. L. ¿Es la enfermedad, más que un argumento, un acicate literario?
M. F. S. La enfermedad, como todo lo que son acontecimientos, es la constatación de que la inmortalidad, que todos nos suponemos durante nuestra vida, es un invento u otra tabla de náufrago. La enfermedad te hace tomar conciencia, si no la tenías todavía, de algunas preguntas que has demorado responder o incluso hacerte, algunas preguntas que nunca te
habías hecho.
Aurelio Loureiro
ABCD Las Artes y las Letras, semana del 18 al 24 de junio de 2007
Palabra sanadora
Marifé Santiago Bolaños (Madrid, 1962) es autora de una extensa obra literaria que abarca varios géneros y que tiene un importante elemento unificador: el diálogo entre pensamiento y creación artística, entre filosofía y literatura. De eso hablan sus ensayos sobre María Zambrano y Buero Vallejo o los titulados Lo que guardan las musas: literatura y filosofía (2002) y Mirar al dios: el Teatro como camino de conocimiento (2005). Y a eso apuntan los poemarios Tres Cuadernos de Bitácora (1996) y Celebración de la espera (1999), y las novelas El tiempo de las lluvias (1999), Un ángel muerto sobre la hierba (2001) y El jardín de las favoritas olvidadas (2001), que sin duda podríamos encuadrar dentro de la tradición de la novela lírica.
El día, los días es un libro de carácter fragmentario compuesto por textos de largos versículos, por lo general, y poemas en prosa. Estructurado externamente como si se tratara del diario de una semana, su doble título alude, por un lado, a una dimensión temporal, referencial y existencial y, por otro, a una dimensión mítica, sagrada y trascendente, inseparable de la anterior. El «Primer día» se inicia con una especie de epístola en la que se funden diversos planos temporales («Acaso esta carta la estés escribiendo tú, / hace siglos»), mientras que en otro fragmento se habla de un tiempo mítico y originario: «Llego de un tiempo -dices- donde los pasos no dibujan huellas, donde las aves cantan silencios y la sonrisa no se ve con los ojos».
En los pequeños fragmentos del «Segundo día», se reflexiona sobre el cuerpo y la enfermedad, la identidad y la alteridad: «¿Cómo explicarlo? Es como si el cuerpo estuviera formado por restos de otros; como si fueras una suma de experiencias ajenas a tu biografía». El «tercero» gira en torno a la ciudad como escenario de la infancia y la memoria, esa ciudad del alma -real y onírica, a la vez- que cada uno lleva dentro: «Hay un regreso al vientre de la ciudad más mía: donde fuimos niños y soñamos; donde los libros ilustraban los sueños con ojos llenos de manos y de torres y de dedos amantes».
El sur del mundo. El «Cuarto día» está formado, a su vez, por cuatro «jornadas» y constituye un homenaje a las mujeres ancestrales, en primer término las de la Maragatería, una tierra vinculada a la infancia y a la familia de la autora («Voy a hablarte de aquellas mujeres de la infancia de mi abuela maragata, de su primera juventud, que iban juntas al río para bañarse, para lavarse el pelo»), pero también las de Nairobi y otros lugares del «sur del mundo»: «Oh, sacerdotisas sin dientes, mujeres sabias que tejéis para nosotras felicidades íntimas / (...) / Oh, mujeres cuya riqueza es serlo: con cuánta generosidad lo comparten».
En el «Quinto día», complementario del precedente, nos encontramos con uno de los momentos más emotivos del libro, un extenso poema en tres partes y una coda titulado «Retrato de la dulce Dulcinea». En él, se hace una relectura del mito de Don Quijote y su célebre amada, al tiempo que se va dando voz a diferentes mujeres o encarnaciones de ese símbolo universal que es Dulcinea («Hablo en ti, mujer que eres todas las mujeres»): una judía errante y perseguida a lo largo de los siglos -llamada Ruth y Fátima y Ella-, una emigrante condenada a la prostitución y una mujer maltratada. En la parte final, retoma la palabra Dulcinea para dirigirse a su enamorado.
Humo y oscuridad. El «Sexto día», dedicado al poeta indio Subhro Bandyopadhyay, tiene un tono evocador y elegíaco -marcado por la figura del padre ausente/presente en el poema- y una atmósfera misteriosa y ritual («Cada noche abro la ventana y apago, entonces, la vela: dejo que el humo sueñe con la oscuridad»). Por último, el «Día séptimo» se cierra con un final expectante y esperanzador: «Agradeces el canto del pájaro que, cada mañana, descubre tu rostro. En días como hoy, esa voz conocida salva la Casa del Sueño... / ...¡Tan atroz ha sido el Viento esta Noche!...» Ese canto del pájaro es la poesía, esto es, la palabra sanadora, redentora y salvífica.
Pero lo más importante es que esa profunda mirada ética y trascendente es inseparable de un riguroso planteamiento estético. A este respecto, destacan, entre otras cosas, la fuerza y la musicalidad de su peculiar aliento rítmico, basado en la reiteración de elementos y estructuras (anáforas, paralelismos, aliteraciones...), así como el carácter visionario de una buena parte de sus imágenes, rasgos que nos hacen pensar en Antonio Gamoneda, una de las principales referencias poéticas de la autora. El resultado es un libro de una gran madurez, intensidad y belleza.
Luis García Jambrina
Ver más reseñas y entrevistas:
- http://www.abc.es:80/hemeroteca/historico-25-06-2007/abc/Cultura/los-poetas-logran-que-el-olvido-no-venza-jamas-marife-santiago-_-poeta_1633901124160.html
La prisión delicada
Autora: Beatriz Russo
Col. Calambur Poesía, 74
ISBN: 978-84-8359-019-5
Adamar. Revista de creación
http://www.adamar.org/ivepoca/node/395
LA QUE PUDO HABER SIDO OPHELIA
Un encuentro inesperado y grato para este final de 2007 que no acaba de despedirse…
Pequeño y denso poemario nada común en los últimos tiempos entre las publicaciones líricas en España. Poema extenso en apenas cuarenta y cinco páginas de distancia corta, de confidencia, de secreto, de reserva que, sin embargo, se desborda como si de una cascada caudalosa se tratase.
Lizzie Siddal –la que pudo haber sido Ophelia-, protagoniza cada verso; pero Lizzie Siddal era tan solo la poeta, la hermosísima mujer/esposa enamorada de Dante Gabriel Rossetti pintor y poeta “Prerrafaelista”, no demasiado atento o consciente de las emociones y sentimientos de su amante compañera, y antes modelo inspirador del magistral retrato de Ophelia del pintor Sir John Everett Millais (1829-1896), que finalizaría su no muy dichosa vida con una sobredosis de láudano, y siendo enterrada junto a su colección de sonetos por expreso deseo de su esposo, Rossetti, quien años más tarde llegaría a profanar la tumba de Lizzie para recuperar y editar sus poemas.
Al comienzo de la lectura de La prisión delicada, Beatriz Russo me llevó a un retroceso en el tiempo de movimiento poético, y de alguna forma creí estar reencontrándome con sedimentos del preciosismo y erudición de “Novísimos” y “Venecianos” –más estos últimos con sus características y rasgos-; y algún segmento, también, de la primera Blanca Andreu en su manejo del surrealismo, aunque de menor evidencia que en “la niña de provincias que habitó el Chagall”.
A lo largo de la lectura esas primeras impresiones fueron debilitándose, y aunque no niego por completo esas sustancias en su escritura, es cierta en Beatriz Russo una voz, un decir personalísimo, que ha sabido crear una forma y un fondo sutil, comprometido, transparente y a la manera de Rimbaud: “absolutamente moderno”.
Beatriz Russo (Madrid, 1971) con esta su tercera obra poética, creo abre caminos que sin duda tendrán piernas dispuestas a recorrerlos, y a recrearse en ese paisaje, sobre todo sugestivo e insinuante, que con trazo sólido y estable nos da cita.
C. Dolores Escudero
Esta es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Tengo algo que evocar.
________________________________________
Blog “Escritores”: http://escritores.wordpress.com
Con setenta y cuatro títulos en el mercado, Calambur Editorial va haciéndose cada vez más su sitio en el panorama editorial. Ese prestigio se consigue gracias, en parte, a la publicación de textos necesarios para la correcta interpretación de lo amplia que puede ser la diversidad poética de nuestros días. En ese contexto, la edición de La prisión delicada, de Beatriz Russo (Madrid, 1971) supone un nuevo intento de sacar a la luz voces no suficientemente conocidas, en permanente estado de construcción.
El poemario, en efecto, reivindica una voz propia a través de voces muy diversas, del rescate de figuras que, gracias a la atmósfera que sabe crear la autora, puedan expresar aquello que tiene intención de decirse. Construido bajo el signo de la amplificación, La prisión delicada nos ofrece un continuado discurso poético (a modo de long poem) en el que se entrecruzan diversos caminos, resueltos en encrucijadas donde una misma estrofa con pequeños cambios da paso a un nuevo estadio del poema, propiciando así su continuación. Cada una de estas estrofas estructurantes introduce un cambio no sólo temático sino tonal, un sutil cambio de ritmo que conduce dignamente hacia el final, hacia el “descanso” necesario para la correcta intelección del poema.
A través de estos jalones, Russo propicia una poesía no de certezas sino de ambigüedades, dotada de una lectura abierta, o, lo que es lo mismo, de una lectura múltiple que concede la última palabra al lector.
Respecto del lenguaje, el magisterio de Juan Carlos Mestre es indudable y se revela a cada paso. Su brillantez y recursividad así lo indican. Es notable también la introducción de formas dialogales en el discurso que acercan el poemario a la hibridez, a los géneros fronterizos a los que es conveniente atender. Las asociaciones oníricas -de raigambre expresionista y surrealista- proporcionan imágenes de gran belleza y resuelven de manera acertada los, tal vez, excesivos paralelismos.
Nos encontramos, entonces, ante una “medida” expresión poética en la que las diversas piezas encajan una tras otra, expresando una inusitada confianza en el lenguaje como si éste pudiese expresar de manera suficiente la “realidad” a que hace referencia. Así, La prisión delicada no pone en ningún momento el lenguaje bajo sospecha, ignorando este aspecto tan importante para la poesía actual en su intento por avanzar formalmente con los escurridizos materiales de que dispone. La prisión delicada se centra, más bien, en ofrecernos una visión expandida de fenómenos necesarios para entender el devenir y lo hace desde un punto de vista periférico, como si más bien, en un intento por no deshacer la ambigüedad, por mantener la no certeza, todo fuese una cuestión –pictórica y vital- de perspectiva.
Luis Luna
Col. Calambur Poesía, 74
ISBN: 978-84-8359-019-5
Adamar. Revista de creación
http://www.adamar.org/ivepoca/node/395
LA QUE PUDO HABER SIDO OPHELIA
Un encuentro inesperado y grato para este final de 2007 que no acaba de despedirse…
Pequeño y denso poemario nada común en los últimos tiempos entre las publicaciones líricas en España. Poema extenso en apenas cuarenta y cinco páginas de distancia corta, de confidencia, de secreto, de reserva que, sin embargo, se desborda como si de una cascada caudalosa se tratase.
Lizzie Siddal –la que pudo haber sido Ophelia-, protagoniza cada verso; pero Lizzie Siddal era tan solo la poeta, la hermosísima mujer/esposa enamorada de Dante Gabriel Rossetti pintor y poeta “Prerrafaelista”, no demasiado atento o consciente de las emociones y sentimientos de su amante compañera, y antes modelo inspirador del magistral retrato de Ophelia del pintor Sir John Everett Millais (1829-1896), que finalizaría su no muy dichosa vida con una sobredosis de láudano, y siendo enterrada junto a su colección de sonetos por expreso deseo de su esposo, Rossetti, quien años más tarde llegaría a profanar la tumba de Lizzie para recuperar y editar sus poemas.
Al comienzo de la lectura de La prisión delicada, Beatriz Russo me llevó a un retroceso en el tiempo de movimiento poético, y de alguna forma creí estar reencontrándome con sedimentos del preciosismo y erudición de “Novísimos” y “Venecianos” –más estos últimos con sus características y rasgos-; y algún segmento, también, de la primera Blanca Andreu en su manejo del surrealismo, aunque de menor evidencia que en “la niña de provincias que habitó el Chagall”.
A lo largo de la lectura esas primeras impresiones fueron debilitándose, y aunque no niego por completo esas sustancias en su escritura, es cierta en Beatriz Russo una voz, un decir personalísimo, que ha sabido crear una forma y un fondo sutil, comprometido, transparente y a la manera de Rimbaud: “absolutamente moderno”.
Beatriz Russo (Madrid, 1971) con esta su tercera obra poética, creo abre caminos que sin duda tendrán piernas dispuestas a recorrerlos, y a recrearse en ese paisaje, sobre todo sugestivo e insinuante, que con trazo sólido y estable nos da cita.
C. Dolores Escudero
Esta es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Tengo algo que evocar.
________________________________________
Blog “Escritores”: http://escritores.wordpress.com
Con setenta y cuatro títulos en el mercado, Calambur Editorial va haciéndose cada vez más su sitio en el panorama editorial. Ese prestigio se consigue gracias, en parte, a la publicación de textos necesarios para la correcta interpretación de lo amplia que puede ser la diversidad poética de nuestros días. En ese contexto, la edición de La prisión delicada, de Beatriz Russo (Madrid, 1971) supone un nuevo intento de sacar a la luz voces no suficientemente conocidas, en permanente estado de construcción.
El poemario, en efecto, reivindica una voz propia a través de voces muy diversas, del rescate de figuras que, gracias a la atmósfera que sabe crear la autora, puedan expresar aquello que tiene intención de decirse. Construido bajo el signo de la amplificación, La prisión delicada nos ofrece un continuado discurso poético (a modo de long poem) en el que se entrecruzan diversos caminos, resueltos en encrucijadas donde una misma estrofa con pequeños cambios da paso a un nuevo estadio del poema, propiciando así su continuación. Cada una de estas estrofas estructurantes introduce un cambio no sólo temático sino tonal, un sutil cambio de ritmo que conduce dignamente hacia el final, hacia el “descanso” necesario para la correcta intelección del poema.
A través de estos jalones, Russo propicia una poesía no de certezas sino de ambigüedades, dotada de una lectura abierta, o, lo que es lo mismo, de una lectura múltiple que concede la última palabra al lector.
Respecto del lenguaje, el magisterio de Juan Carlos Mestre es indudable y se revela a cada paso. Su brillantez y recursividad así lo indican. Es notable también la introducción de formas dialogales en el discurso que acercan el poemario a la hibridez, a los géneros fronterizos a los que es conveniente atender. Las asociaciones oníricas -de raigambre expresionista y surrealista- proporcionan imágenes de gran belleza y resuelven de manera acertada los, tal vez, excesivos paralelismos.
Nos encontramos, entonces, ante una “medida” expresión poética en la que las diversas piezas encajan una tras otra, expresando una inusitada confianza en el lenguaje como si éste pudiese expresar de manera suficiente la “realidad” a que hace referencia. Así, La prisión delicada no pone en ningún momento el lenguaje bajo sospecha, ignorando este aspecto tan importante para la poesía actual en su intento por avanzar formalmente con los escurridizos materiales de que dispone. La prisión delicada se centra, más bien, en ofrecernos una visión expandida de fenómenos necesarios para entender el devenir y lo hace desde un punto de vista periférico, como si más bien, en un intento por no deshacer la ambigüedad, por mantener la no certeza, todo fuese una cuestión –pictórica y vital- de perspectiva.
Luis Luna
Cartas Consulares
Autor: Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
Col. Calambur Poesía, 69
ISBN: 978-84-96049-96-3
ABCD de las Artes y las Letras
Entre la duda y la esperanzaNo hace mucho, teníamos la oportunidad de leer unos textos en prosa de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán (Madrid, 1961)
incluidos en el último libro de Juan Carlos Mestre, El universo está en la noche (2006); eran comentarios de un poeta
sobre un poeta afín en los que demostraba estar familiarizado con los relatos míticos y legendarios y las literaturas ancestrales.
Tras la publicación de Una extraña tormenta (1992) y Las fronteras (2001), nos ofrece ahora su tercer poemario,
Cartas consulares. La epístola en verso, como es sabido, es un género poético que ha gozado de una gran tradición en
la literatura occidental, desde los grandes maestros, Horacio y Ovidio, pasando por Petrarca y algunos grandes poetas áureos
españoles, hasta llegar al chileno Gonzalo Rojas, por poner un ejemplo reciente y no ajeno a Muñoz Sanjuán. Las Cartas
consulares están llenas de referencias y resonancias clásicas, pero, a la vez, están escritas en un lenguaje moderno y visionario.
Como las de Ovidio, también éstas son cartas de un desterrado («Gracias por acogerme como se abraza a un desterrado»;
«consciente soy de mi condición de extranjero en esta tierra»), de un «extraño en tránsito», de un viajero, como el héroe Jasón,
condenado a vagar por el espacio y por el tiempo y a separarse de los suyos («Primera carta consular o parlamento sobre Jasón»).
De hecho, estas diecisiete epístolas conforman el relato mítico de un alma errante y en pena que quiere recordar y ser recordada,
reconocerse y ser reconocida por su familia, antes de despedirse definitivamente del mundo: «Esta es la historia que habita mi existencia;así da comienzo el silencio,y solamente él lo sabe, pues cada corazón teje su propia leyenda y describe sus desconocidas cartas topográficas». Se trata, pues, de rememorar a través de la escritura, dado que la memoria es una carta póstuma que, desde el pasado, nos envían
nuestros antepasados, para que no los olvidemos, y así no morir del todo («pues un padre nunca reside en una tumba, / su lugar son
los telares del pasado»); también para que podamos recobrar nuestra propia identidad («Si un hombre halla los restos de su propia
tumba, / y en ellos no sabe reconocer los huesos de su padre. / Si de esa arcilla se es y en ella no se desea estar, / quién es el que fui
y el que ahora me siento…»). Se trata, en cualquier caso, de «retornar», no de volver, puesto que retornar es «ser de nuevo el que
fuimos» en la memoria y en la vida de los otros. Y así ha de ser, de generación en generación:«Los muertos hablan antes de morir.Pronuncian palabras como las que mi padre dijo,como las que yo también un día pronunciaré».Los últimos versos del libro resultan, en este sentido, muy reveladores:«Aquel hombre regresó diez días después de muertopara volver a mirarlo,y su nieto lo sabe».Así pues, no es extraño que, en estas cartas, se mezclen y se superpongan el pasado y el presente, la vigilia y el sueño, la realidad y el mito,
la historia y la leyenda, y, por supuesto, la vida y la muerte; de hecho, en buena medida, podría decirse que son cartas de ultratumba
(«A la muerte hay que hablarle con sus palabras. / Mas si alguien me pregunta: qué palabras son esas, yo le diré: / soy un hombre, y traigo
a la muerte de la mano. / En el reino de Hades, la vida es un perro tratado a patadas»). En cuanto al yo que habla en estas cartas familiares,
cabe decir que es un sujeto desdoblado –en un padre y un hijo, en un yo y un otro, en el personaje y su doble– y habitado por numerosas
voces, un hombre, por tanto, que habla «como un pueblo entero». Estamos, pues, ante una poesía visionaria y elegíaca, caracterizada por un
profundo aliento épico y un tono profético u oracular. Su discurso, por lo demás, no es lineal ni lógico ni enunciativo, sino fragmentario,
irracional y autorreferencial («Y así también podría comenzar esta historia, / sabiéndose reescrita como otras muchas cartas»). Y sus poemas,
generalmente extensos y compuestos por versos largos, casi versículos, están llenos de reiteraciones rítmicas, de inquietantes antítesis y
paradojas («Qué pequeñas las Casas de la vida, / qué grande la Morada de la muerte». «Todo era extraño y por ello normal») y de
sorprendentes imágenes («Porque así son los árboles, / vestiduras sagradas para el corazón de los pájaros»). Una voz, en fin, madura y
original, y un libro que se mueve «entre la duda y la esperanza».LUIS GARCÍA JAMBRINA
Revista digital Encuentros de lecturas y lectores el día 3 de septiembre de 2007
Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, dueño de una de las voces más auténticas y limpias de la poesía española actual, acaba de publicar en Calambur Cartas consulares, un espléndido libro que confirma la excelente impresión que dejaron Las fronteras hace cinco o seis años.
Diecisiete cartas de un tono visionario, llenas de aciertos y revelaciones que nos hablan desde un territorio minado, desde un riesgo asumido y salvado con brillantez y verdad por un poeta como Muñoz Sanjuán.
Es este un libro que empieza invocando al futuro, hablándole al hijo y anunciando la separación para acabar evocando al abuelo en el pasado. Entre la invocación y la evocación, entre ese comienzo y ese final, se suceden diecisiete cartas, diecisiete intensos poemas de un tejedor de palabras, de un mensajero de la sed, el viaje de quien regresa para volver a ser quien fue.
Entre un nacimiento y una muerte, este es el rito verbal de un desterrado en tránsito, de quien habita en un territorio extranjero, un paisaje de cenizas. Una exploración verbal en la frontera del sentido, allí donde la poesía se transforma en pregunta sobre el pasado, el presente, el futuro y la identidad.
Cartas que se dirigen al pasado y al futuro que delimitan nuestro presente incierto. Cartas en las que el amor y la muerte son dos experiencias que construyen la memoria y la conciencia de la posición del poeta en un mundo que explora e ilumina con la fuerza de estas palabras de quien se confirma con este libro como uno de los poetas más verdaderos y exigentes, que plantea su ejercicio como un medio de conocimiento del mundo y de sí mismo, como una bajada a las profundidades de la memoria, la conciencia y el ser para hablarnos desde allí del tiempo y del valor de la palabra, tal vez con la idea de que la lengua es un ojo, como escribió Wallace Stevens:
Estas son las pupilas del que escribe.
SANTOS DOMÍNGUEZ
Ver enlace:
http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/
Col. Calambur Poesía, 69
ISBN: 978-84-96049-96-3
ABCD de las Artes y las Letras
Entre la duda y la esperanzaNo hace mucho, teníamos la oportunidad de leer unos textos en prosa de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán (Madrid, 1961)
incluidos en el último libro de Juan Carlos Mestre, El universo está en la noche (2006); eran comentarios de un poeta
sobre un poeta afín en los que demostraba estar familiarizado con los relatos míticos y legendarios y las literaturas ancestrales.
Tras la publicación de Una extraña tormenta (1992) y Las fronteras (2001), nos ofrece ahora su tercer poemario,
Cartas consulares. La epístola en verso, como es sabido, es un género poético que ha gozado de una gran tradición en
la literatura occidental, desde los grandes maestros, Horacio y Ovidio, pasando por Petrarca y algunos grandes poetas áureos
españoles, hasta llegar al chileno Gonzalo Rojas, por poner un ejemplo reciente y no ajeno a Muñoz Sanjuán. Las Cartas
consulares están llenas de referencias y resonancias clásicas, pero, a la vez, están escritas en un lenguaje moderno y visionario.
Como las de Ovidio, también éstas son cartas de un desterrado («Gracias por acogerme como se abraza a un desterrado»;
«consciente soy de mi condición de extranjero en esta tierra»), de un «extraño en tránsito», de un viajero, como el héroe Jasón,
condenado a vagar por el espacio y por el tiempo y a separarse de los suyos («Primera carta consular o parlamento sobre Jasón»).
De hecho, estas diecisiete epístolas conforman el relato mítico de un alma errante y en pena que quiere recordar y ser recordada,
reconocerse y ser reconocida por su familia, antes de despedirse definitivamente del mundo: «Esta es la historia que habita mi existencia;así da comienzo el silencio,y solamente él lo sabe, pues cada corazón teje su propia leyenda y describe sus desconocidas cartas topográficas». Se trata, pues, de rememorar a través de la escritura, dado que la memoria es una carta póstuma que, desde el pasado, nos envían
nuestros antepasados, para que no los olvidemos, y así no morir del todo («pues un padre nunca reside en una tumba, / su lugar son
los telares del pasado»); también para que podamos recobrar nuestra propia identidad («Si un hombre halla los restos de su propia
tumba, / y en ellos no sabe reconocer los huesos de su padre. / Si de esa arcilla se es y en ella no se desea estar, / quién es el que fui
y el que ahora me siento…»). Se trata, en cualquier caso, de «retornar», no de volver, puesto que retornar es «ser de nuevo el que
fuimos» en la memoria y en la vida de los otros. Y así ha de ser, de generación en generación:«Los muertos hablan antes de morir.Pronuncian palabras como las que mi padre dijo,como las que yo también un día pronunciaré».Los últimos versos del libro resultan, en este sentido, muy reveladores:«Aquel hombre regresó diez días después de muertopara volver a mirarlo,y su nieto lo sabe».Así pues, no es extraño que, en estas cartas, se mezclen y se superpongan el pasado y el presente, la vigilia y el sueño, la realidad y el mito,
la historia y la leyenda, y, por supuesto, la vida y la muerte; de hecho, en buena medida, podría decirse que son cartas de ultratumba
(«A la muerte hay que hablarle con sus palabras. / Mas si alguien me pregunta: qué palabras son esas, yo le diré: / soy un hombre, y traigo
a la muerte de la mano. / En el reino de Hades, la vida es un perro tratado a patadas»). En cuanto al yo que habla en estas cartas familiares,
cabe decir que es un sujeto desdoblado –en un padre y un hijo, en un yo y un otro, en el personaje y su doble– y habitado por numerosas
voces, un hombre, por tanto, que habla «como un pueblo entero». Estamos, pues, ante una poesía visionaria y elegíaca, caracterizada por un
profundo aliento épico y un tono profético u oracular. Su discurso, por lo demás, no es lineal ni lógico ni enunciativo, sino fragmentario,
irracional y autorreferencial («Y así también podría comenzar esta historia, / sabiéndose reescrita como otras muchas cartas»). Y sus poemas,
generalmente extensos y compuestos por versos largos, casi versículos, están llenos de reiteraciones rítmicas, de inquietantes antítesis y
paradojas («Qué pequeñas las Casas de la vida, / qué grande la Morada de la muerte». «Todo era extraño y por ello normal») y de
sorprendentes imágenes («Porque así son los árboles, / vestiduras sagradas para el corazón de los pájaros»). Una voz, en fin, madura y
original, y un libro que se mueve «entre la duda y la esperanza».LUIS GARCÍA JAMBRINA
Revista digital Encuentros de lecturas y lectores el día 3 de septiembre de 2007
Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, dueño de una de las voces más auténticas y limpias de la poesía española actual, acaba de publicar en Calambur Cartas consulares, un espléndido libro que confirma la excelente impresión que dejaron Las fronteras hace cinco o seis años.
Diecisiete cartas de un tono visionario, llenas de aciertos y revelaciones que nos hablan desde un territorio minado, desde un riesgo asumido y salvado con brillantez y verdad por un poeta como Muñoz Sanjuán.
Es este un libro que empieza invocando al futuro, hablándole al hijo y anunciando la separación para acabar evocando al abuelo en el pasado. Entre la invocación y la evocación, entre ese comienzo y ese final, se suceden diecisiete cartas, diecisiete intensos poemas de un tejedor de palabras, de un mensajero de la sed, el viaje de quien regresa para volver a ser quien fue.
Entre un nacimiento y una muerte, este es el rito verbal de un desterrado en tránsito, de quien habita en un territorio extranjero, un paisaje de cenizas. Una exploración verbal en la frontera del sentido, allí donde la poesía se transforma en pregunta sobre el pasado, el presente, el futuro y la identidad.
Cartas que se dirigen al pasado y al futuro que delimitan nuestro presente incierto. Cartas en las que el amor y la muerte son dos experiencias que construyen la memoria y la conciencia de la posición del poeta en un mundo que explora e ilumina con la fuerza de estas palabras de quien se confirma con este libro como uno de los poetas más verdaderos y exigentes, que plantea su ejercicio como un medio de conocimiento del mundo y de sí mismo, como una bajada a las profundidades de la memoria, la conciencia y el ser para hablarnos desde allí del tiempo y del valor de la palabra, tal vez con la idea de que la lengua es un ojo, como escribió Wallace Stevens:
Estas son las pupilas del que escribe.
SANTOS DOMÍNGUEZ
Ver enlace:
http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/
SMS
Autor: Daniel Aldaya
Col. Calambur Poesía, 67
ISBN: 978-84-96049-95-6
Fábula, nº 23, otoño-invierno de 2007
DROGADICTO CON MONO DE SINTAXIS Daniel Aldaya Marín (Pamplona, 1976) ha publicado anteriormente dos poemarios, Poema en York, en el que reflexiona sobre los atentados del 11‑S en Estados Unidos, e Inventario de panes y peces. Y, a pesar de su juventud, ha sido galardonado en múltiples ocasiones, así, entre otros, recibió el Premio a la Creación Literaria de Navarra en 2006, el Premio Francisco Ynduráin de las Letras para Escritores Jóvenes, Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, Primer Premio ex aequo IV Concurso de Poesía El Libro.En SMS el poeta abandona la imagen tópica del creador encerrado en una habitación con la única compañía de una pluma y de una hoja en blanco para transformar el código lingüístico de los mensajes cortos en una manera de expresión poética ‑no se asusten los no iniciados en las nuevas tecnologías, pues cada SMS viene acompañado de su traducción‑. Esta característica convierte el poemario de Aldaya en una buena herramienta para atraer al mundo poético a los jóvenes no interesados por el verso, porque son quienes con mayor frecuencia utilizan esta nueva vía de comunicación.¿Pero el valor de SMS radica exclusivamente en el empleo de los mensajes cortos como vehículo poético? Sin duda, no. Y es que tras cada poema encontramos la voz profunda de un escritor capaz de comprimir una idea o un sentimiento en unos pocos versos; además, éstos vienen impregnados de ese difícil tipo de humor que no busca herir, sino provocar una sonrisa cómplice en el lector. Daniel Aldaya se dirige a su amada ‑a quien define como un “metro setenta de ojos oceánicos”‑, le habla del deseo de casarse con ella, de sus celos –“Lo que es pasado”‑. Pero también trata de asuntos menos poéticos, como la relación de poder que se establece dentro de una pareja –“Elecciones democráticas”, “Decisión inútil”‑ o de la dificultad de adquirir una vivienda –“Campanas de boda” ‑; respecto a este último apartado, no puedo obviar el guiño irónico del autor cuando nos recuerda los pisos de “treinta metros cuadrados” propuestos por la ministra de vivienda. Sin embargo, el tema preferente en el último poemario de Aldaya es el acto de la escritura y todo lo que lo rodea. Descubrimos a un creador que es, ante todo, un apasionado de la lectura ‑se define como “un drogadicto con mono de sintaxis”‑ y de la relectura, hasta el punto de personificar al libro, de cuyos “brazos” habla como si fueran los de su amada‑“...Y el libro se precipitó de la estantería”-; en esta faceta de autor‑lector reivindica la importancia de autores que, como Manuel Machado, han quedado olvidados –“Compañeros de pisó”-. Aldaya reflexiona también sobre la especial relación que se establece entre autor y lector: el poeta utiliza la escritura como medio para mostrarse a los demás –“Autoteatro”‑, pero, al mismo tiempo, sus versos esconden un retrato del lector –“Intercambio de experiencias”‑; por otro lado, el autor, que ha cedido su obra al lector –“Testamento”‑,siente una soledad enorme cuando dejan de leer su obra –“De lo que pasa cuando el libro se cierra”‑. Por último, bajo el velo de un humor que le lleva a reírse de sí mismo, trasluce el miedo al fracaso –“Venía por lo del anuncio”‑ y ala crítica –“Pena de muerte”‑. El ingenio de Daniel Aldaya lo hemos descubierto ya en la práctica del humor y en el empleo del lenguaje característico de los SMS. Pero se muestra, ademas, en otros dos puntos. En primer lugar, a lo largo del poemario el autor juega con las palabras, dotándolas, así, de un doble significado –“Autoteatro”, “Autonasia”, “crítica eléctrica”,...-. En segundo lugar, la tipografía, unas veces, acompaña a las palabras dibujando su significado ‑así ocurre, por ejemplo, con el paracaídas o los brazos en “...Y el libro se precipitó de la estantería” o la letra que se distancia al tiempo que se alarga la mano en “Pequeña diablura”‑; y, en otras ocasiones, los espacios en blanco resaltan la nota humorística o la conclusión del poema –“Elecciones democráticas”, “Pacto entre autor y lectora”, etc.-. Los últimos dos poemas del libro forman un bloque aparte del resto de la obra. Continúan presentes las nuevas vías de comunicación, aunque ya no hay traducción al código de los mensajes cortos. Y, sobre todo, aparece la profundidad de un poeta que ya intuíamos, pero que, ahora, muestra sin velos una nueva voz, más pura, más honda, que nos habla de los problemas que han acompañado siempre al ser humano ‑la búsqueda de Dios, la muerte, el dolor, la ausencia‑ y que el desarrollo tecnológico no ha sabido resolver. Ascen Jiménez
ABCD de Las Artes y las Letras, semana del 26 de febrero al 4 de marzo de 2007
Daniel Aldaya (Pamplona, 1976) es autor del poemario Inventario de panes y peces. En breve verá luz su segundo poemario, SMS, en Calambur. Premio Francisco Ynduráin de las Letras para Escritores Jóvenes, Premio a la Creación Literaria de Navarra, Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, Primer premio ex aequo IV Concurso de Poesía El libro, Mención de Honor en el María del Villar, Concurso de Poesía Joven de Alzira, y ha sido seleccionado con otros autores en la Ciudad de Getafe. En narrativa su currículum incluye el segundo premio en el VII Certamen de Cartas de Amor de Leoia, el XIII Certamen de Cartas de Desamor de Lleida, un accésit en el XI Concurso de Narraciones Cortas Villa de Torre Pacheco y el tercer premio, modalidad de castellano, en el Ciudad de Eibar; también fue finalista en el El Fungible de Alcobendas. Pertenece al Consejo de Redacción de la revista Río Arga y ha formado parte del Consejo de Redacción de la revista Luces y Sombras. Letrista del grupo de música folk Keltiar Aldea. Ha organizado recitales, colabora en diversas revistas y está incluido en varias antologías.
AMALIA IGLESIAS SERNA
Ver más reseñas:
http://www.elcultural.es/Historico_articulo.asp?c=20222
http://www.diariodenavarra.es/actualidad/noticia.asp?not=2006110817242552&dia=20061108&seccion=culturaysociedad&seccionB=navarra
Col. Calambur Poesía, 67
ISBN: 978-84-96049-95-6
Fábula, nº 23, otoño-invierno de 2007
DROGADICTO CON MONO DE SINTAXIS Daniel Aldaya Marín (Pamplona, 1976) ha publicado anteriormente dos poemarios, Poema en York, en el que reflexiona sobre los atentados del 11‑S en Estados Unidos, e Inventario de panes y peces. Y, a pesar de su juventud, ha sido galardonado en múltiples ocasiones, así, entre otros, recibió el Premio a la Creación Literaria de Navarra en 2006, el Premio Francisco Ynduráin de las Letras para Escritores Jóvenes, Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, Primer Premio ex aequo IV Concurso de Poesía El Libro.En SMS el poeta abandona la imagen tópica del creador encerrado en una habitación con la única compañía de una pluma y de una hoja en blanco para transformar el código lingüístico de los mensajes cortos en una manera de expresión poética ‑no se asusten los no iniciados en las nuevas tecnologías, pues cada SMS viene acompañado de su traducción‑. Esta característica convierte el poemario de Aldaya en una buena herramienta para atraer al mundo poético a los jóvenes no interesados por el verso, porque son quienes con mayor frecuencia utilizan esta nueva vía de comunicación.¿Pero el valor de SMS radica exclusivamente en el empleo de los mensajes cortos como vehículo poético? Sin duda, no. Y es que tras cada poema encontramos la voz profunda de un escritor capaz de comprimir una idea o un sentimiento en unos pocos versos; además, éstos vienen impregnados de ese difícil tipo de humor que no busca herir, sino provocar una sonrisa cómplice en el lector. Daniel Aldaya se dirige a su amada ‑a quien define como un “metro setenta de ojos oceánicos”‑, le habla del deseo de casarse con ella, de sus celos –“Lo que es pasado”‑. Pero también trata de asuntos menos poéticos, como la relación de poder que se establece dentro de una pareja –“Elecciones democráticas”, “Decisión inútil”‑ o de la dificultad de adquirir una vivienda –“Campanas de boda” ‑; respecto a este último apartado, no puedo obviar el guiño irónico del autor cuando nos recuerda los pisos de “treinta metros cuadrados” propuestos por la ministra de vivienda. Sin embargo, el tema preferente en el último poemario de Aldaya es el acto de la escritura y todo lo que lo rodea. Descubrimos a un creador que es, ante todo, un apasionado de la lectura ‑se define como “un drogadicto con mono de sintaxis”‑ y de la relectura, hasta el punto de personificar al libro, de cuyos “brazos” habla como si fueran los de su amada‑“...Y el libro se precipitó de la estantería”-; en esta faceta de autor‑lector reivindica la importancia de autores que, como Manuel Machado, han quedado olvidados –“Compañeros de pisó”-. Aldaya reflexiona también sobre la especial relación que se establece entre autor y lector: el poeta utiliza la escritura como medio para mostrarse a los demás –“Autoteatro”‑, pero, al mismo tiempo, sus versos esconden un retrato del lector –“Intercambio de experiencias”‑; por otro lado, el autor, que ha cedido su obra al lector –“Testamento”‑,siente una soledad enorme cuando dejan de leer su obra –“De lo que pasa cuando el libro se cierra”‑. Por último, bajo el velo de un humor que le lleva a reírse de sí mismo, trasluce el miedo al fracaso –“Venía por lo del anuncio”‑ y ala crítica –“Pena de muerte”‑. El ingenio de Daniel Aldaya lo hemos descubierto ya en la práctica del humor y en el empleo del lenguaje característico de los SMS. Pero se muestra, ademas, en otros dos puntos. En primer lugar, a lo largo del poemario el autor juega con las palabras, dotándolas, así, de un doble significado –“Autoteatro”, “Autonasia”, “crítica eléctrica”,...-. En segundo lugar, la tipografía, unas veces, acompaña a las palabras dibujando su significado ‑así ocurre, por ejemplo, con el paracaídas o los brazos en “...Y el libro se precipitó de la estantería” o la letra que se distancia al tiempo que se alarga la mano en “Pequeña diablura”‑; y, en otras ocasiones, los espacios en blanco resaltan la nota humorística o la conclusión del poema –“Elecciones democráticas”, “Pacto entre autor y lectora”, etc.-. Los últimos dos poemas del libro forman un bloque aparte del resto de la obra. Continúan presentes las nuevas vías de comunicación, aunque ya no hay traducción al código de los mensajes cortos. Y, sobre todo, aparece la profundidad de un poeta que ya intuíamos, pero que, ahora, muestra sin velos una nueva voz, más pura, más honda, que nos habla de los problemas que han acompañado siempre al ser humano ‑la búsqueda de Dios, la muerte, el dolor, la ausencia‑ y que el desarrollo tecnológico no ha sabido resolver. Ascen Jiménez
ABCD de Las Artes y las Letras, semana del 26 de febrero al 4 de marzo de 2007
Daniel Aldaya (Pamplona, 1976) es autor del poemario Inventario de panes y peces. En breve verá luz su segundo poemario, SMS, en Calambur. Premio Francisco Ynduráin de las Letras para Escritores Jóvenes, Premio a la Creación Literaria de Navarra, Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, Primer premio ex aequo IV Concurso de Poesía El libro, Mención de Honor en el María del Villar, Concurso de Poesía Joven de Alzira, y ha sido seleccionado con otros autores en la Ciudad de Getafe. En narrativa su currículum incluye el segundo premio en el VII Certamen de Cartas de Amor de Leoia, el XIII Certamen de Cartas de Desamor de Lleida, un accésit en el XI Concurso de Narraciones Cortas Villa de Torre Pacheco y el tercer premio, modalidad de castellano, en el Ciudad de Eibar; también fue finalista en el El Fungible de Alcobendas. Pertenece al Consejo de Redacción de la revista Río Arga y ha formado parte del Consejo de Redacción de la revista Luces y Sombras. Letrista del grupo de música folk Keltiar Aldea. Ha organizado recitales, colabora en diversas revistas y está incluido en varias antologías.
AMALIA IGLESIAS SERNA
Ver más reseñas:
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Signos y segmentos
Autor: Jesús Fernández Palacios
Col. Calambur Poesía, 68
ISBN: 84-96049-94-9
Cuadernos Hispanoamericanos, nº 688, octubre de 2007
Ver reseñas:
http://sevilla.abc.es/20070514/cultura-cultura/jesus-fernandez-palacios-muestra_200705140334.html
http://www.lavozdigital.es/cadiz/prensa/20070520/cultura/prefiero-esperar-viene-estar_20070520.html
http://www.diariodesevilla.com/89018_ESN_HTML.htm
http://www.diariosur.es/prensa/20070504/cultura/serio-juego-poesia_20070504.html
http://www.diariodecadiz.com/84624_ESN_HTML.htm
Col. Calambur Poesía, 68
ISBN: 84-96049-94-9
Cuadernos Hispanoamericanos, nº 688, octubre de 2007
Signos y segmentos Si nuestro panorama poético fuese algo menos turbio y no estuviera tan contaminado por apandamientos, falsas cautelas, prejuicios, ignorancia y otros condicionantes, este libro, Signos y segmentos. Segunda Antología constituiría (de cara a la galería exiguo‑pública) el relevante acontecimiento que en sí es... Lo mismo da, lo es, y basta: La buena poesía, como cualquier otro elemento signado por la categoría de la calidad siempre termina (terminará) por defenderse sola. Con el título de Signos y segmentos ya había publicado jesús Fernández Palacios (La General, Granada, 1992) una antología de su obra, hace tiempo agotada, de ahí lo de Segunda Antología. Segunda, por serlo y porque la novedad supone un incremento de casi treinta poemas, inéditos en libro, que no pudieron incluirse en aquella edición porque no habían sido escritos. El volumen se abre con una «Poética» del autor, en la que éste indica que prefiere «sean quienes lean y entienden» los que opinen al respecto. El poeta, en un ejemplar y modélico ejercicio de captatio benevolentiae enumera una serie de rasgos temáticos y formales que, en su poesía, han detectado diversos estudiosos. La obra concluye con una serie de ensayos (de varia y distinta fortuna) sobre la obra de J.F.P donde puede el lector encontrar algunos de los rasgos a los que se alude en la «Poética». Entre poética y estudios está lo que realmente importa: los poemas. Hace algún tiempo, en una presentación de la poesía de Fernández Palacios, dije sobre su obra que J.F.P prefiere la enunciación a las definiciones, la duda que genera lo impreciso a lo cómodamente aceptado. El poeta se demora en el flujo de las impresiones a la espera de que un pensamiento o una emoción exijan que se los delimite y objetivice. Sus poemas (muchos de ellos, a mi modo de ver) representan inquisiciones sobre su particular historia personal, su modo de ver el mundo, la vida y las cosas... Sigo pensando lo mismo, incluso añadiría que la perspectiva que nos otorga el contemplar los treinta años de escritura que reúne esta obra ratifica mi percepción de que tanto las conjeturas como la fantasía o el ensueño libran en los versos de Fernández Palacios una dura batalla con la expresión porque su exigencia respecto al artificio es mucha, siempre ha sido mucha. El orbe poético de J.F.P es tan elástico como amplio y por sus distintas regiones transita el poeta, moviéndose en cuerpo y alma, de sur a norte, sin sentirse extranjero en ninguna de ellas, pues tanto en su cielo como en su infierno, el autor halla el adecuado equilibrio entre habitar y comprender. J.F.P, pese a la nula ambigüedad de sus intenciones, su material poético encuentra siempre el camino adecuado, es entonces cuando los descubrimientos no previstos dan en una curiosa devoción por los objetos y sujetos que animan su trabajo. En esta posición que yo (para entendernos) denominaría de fronteriza la poesía de J.F.P se ha encontrado a sus anchas y no quisiera que la denominación fronteriza se entienda de otro sentido distinto al de su estricta significación: un lugar privilegiado, que por el sitio en que se ubica, permite el tránsito entre una y otras partes de esa línea imaginaria que denominamos frontera. La actual Signos y segmentos atestigua ese dominio de las posiciones partiendo de los poemas que inician la selección, unos poemas en los que el grito resuena con una energía que sacude y desentumece la catalepsia muda de la poesía reglada, sea cual sea el reglamento por el que se rija. Los versos finales de «Treinta monedas de pus» no dejan lugar a dudas:
Llantos histéricos Desesperación Hermenéutica sine nómine vulgus Pan espacial para los que desfallecen Los gladiolos se están marchitando
El «llanto histérico» y «los gladiolos marchitos» se diluyen en nuestra propia fiebre dejándonos con el mismo miedo que nos produce el girar de la historia y también con el convencimiento (pese a nuestra impotencia personal) de que sólo mediante la violencia podemos quedar a salvo de la violencia. Si tuviese que establecer en una gráfica la trayectoria poética de Jesús Fernández Palacios, yo iniciaría la línea en un punto de partida siempre alto, arrancando de los poemas iniciales ya mencionados y que no decaería nunca en ninguno de los puntos de su curso, sin embargo permítaseme que exprese mi personal preferencia por el núcleo de poemas que articulan su libro De un modo cotidiano (Madrid 1981), obra de una extraordinaria coherencia. Puede que al señalar esta obra como cima de la poesía de Fernández Palacios esté dejándome arrastrar por mis propias preferencias particulares... Puede ser, aunque insisto en que el arranque de su obra poética debe situarse en una preponderante posición; los ya citados «Rito en la tumba del bardo», «Treinta monedas de pus» o algunos de sus Poemas anuales: «Mil novecientos treinta y nueve» (un poema, al mismo tiempo, de extraordinaria sencillez y complejas alusiones) o «Por la metamorfosis de la fiera», etc.; sin embargo permítaseme expresar mi admirada preferencia por poemas como «Cita», «Seguiré viviendo», «Horóscopo», «De la agonía» etc., pertenecientes al ya mencionado libro De un modo cotidiano. Por el mismo tiempo en que Jesús Fernández Palacios escribe estos poemas, muchos de sus contemporáneos se debatían en juegos de estéril saturación cultural que, sin pudor, manifestaba una cierta repugnancia hacia cualquier manifestación de sinceridad poética; por eso resulta refrescante escuchar una voz (la voz de Fernández Palacios) que vuelve a decir «YO» y lo dice en su más estricto sentido literal, sin ningún tipo de subterfugios ni caretas. Una poesía que sin abandonar la realidad, la vela con la sutileza de la elusión, haciéndose más esencial, menos obvia, desprovista de algunos de los efectismos que la habrían hecho llamativa; por eso, creo yo, ni en sus momentos de mayor audacia, rompe con el referente de lo real. Fernández Palacios sabe bien que tanto lo decorativo como lo truculento dejan de ser producto único del genio y que tanto la superficie como la profundidad del discurso poético deben mostrar un mínimo equilibrio, entre lo subjetivo y la realidad, en caso contrario uno se expone a que la factura a pagar sea la del riesgo de la incertidumbre y una de las características de la escritura de Fernández Palacios, a mi modo de ver, es la de aclarar siempre, al margen del didactismo romo de los realismos elementales. En sus páginas detecto rasgos que, además de conmovernos, nos aclaran, nos iluminan, en el sentido rimbaudiano del concepto, poeta (a Rimbaud aludo) tan apreciado por el poeta Palacios. ' Los poemas últimos de Signos y segmentos. Segunda Antología muestran un surtido de posibilidades respecto al futuro transitar poético de J.F.P.; no son textos de un libro aún organizado, pero manifiestan preocupaciones nuevas y rasgos que el poeta no había tenido antes en cuenta: formas clásicas, claridad del discurso, introducción de lo cotidiano al margen de simbolismos herméticos, etc. Los poemas finales de esta antología confirman y completan la trayectoria que J.F.P. inició en sus comienzos y que ha ido afianzando más tarde. La poesía que se escribe en los últimos años considera, incluso depende en buena proporción, de una serie explícita de elementos narrativos articulando, en un mismo texto, lírica y narración de un modo que, ni en frecuencia ni en intensidad, se había utilizado antes de manera tan sintético. En esta estela situaría yo poemas como «He conocido a un ángel» o «Cita en Brest». Esa fijación en un nuevo modo de realidad me gustaría aclararla (creo que le conviene a ciertos textos de J.F.P) con una idea esclarecedora de la neofenomenología: «La realidad es actualidad y la inteligencia es actualización.» Este contraste entre actualidad y actualización me sirve muy bien para evitar simplificaciones mecanicistas, nada más... No conviene abusar de los bagajes intelectuales o de sus falsillas; Fernández Palacios sabe, como cualquier buen poeta, que la poesía es un modo de escribir y no un modo de pensar, aunque ello no suponga el que, en dosis proporcionadas, al discurso poético le deba ser ajeno el pensamiento. Luis Javier MorenoLlantos histéricos Desesperación Hermenéutica sine nómine vulgus Pan espacial para los que desfallecen Los gladiolos se están marchitando
Ver reseñas:
http://sevilla.abc.es/20070514/cultura-cultura/jesus-fernandez-palacios-muestra_200705140334.html
http://www.lavozdigital.es/cadiz/prensa/20070520/cultura/prefiero-esperar-viene-estar_20070520.html
http://www.diariodesevilla.com/89018_ESN_HTML.htm
http://www.diariosur.es/prensa/20070504/cultura/serio-juego-poesia_20070504.html
http://www.diariodecadiz.com/84624_ESN_HTML.htm
Concierto del desorden
Autor: Leopoldo Alas
Col. Calambur Poesía, 73
ISBN: 978-84-8359-010-2
Babelia, EL PAÍS, sábado 14 de Julio de 2007
Una espiritualidad laica Leopoldo Alas huye de la carne y sus pompas pero conserva el tono elegiaco y confesional en su último libro: Concierto del desorden. Un poemario en el que trata de reubicar la vida de un no creyente para conseguir espiritualidad o trascendencia
Aunque en los años ochenta apareció como una clara promesa de nuestra nueva poesía (ello le llevó a cerrar mi antología Postnovísimos), Leopoldo Alas (Arnedo, La Rioja, 1962) pareció optar desde hace algunos años por una suerte de marginalidad, si voluntaria o no siempre es difícil decirlo, que ha hecho que sus últimos libros (como El triunfo del vacío de 2004) editados además en ediciones de corta o mala circulación, modo no infrecuente en poesía, hayan pasado casi inadvertidos.
Ahora sale su último poemario, Concierto del desorden en condiciones mejores si no enteramente distintas. Y, sin embargo, Leopoldo Alas nunca ha dejado de ser un buen poeta, siendo sin duda la poesía lo mejor de su plural producción. En un tiempo jugó a desmarcarse de la etiqueta "poesía de la experiencia" por considerarla poco menos que la poesía del poder, sin embargo, es ese estilo de realismo meditativo lo que caracteriza la mayor parte de su producción: habla siempre un yo tembloroso y dolido, que hace del "miedo" una palabra-eje. Si antes no faltó una audaz poesía homoerótica, este libro se desliga (o eso parece) de la carne y sus pompas, y trata como de reubicar la vida de un no creyente con ansias de espiritualidad o trascendencia. Véase el poema El ermitaño. Considerando la crueldad de los hombres y la vanidad y horror del poder mundial, parece soñar en una fratría de amigos como manera de vivir solo. Así A salvo de la furia de los hombres (uno de los buenos poemas del libro) se complementa bien con Una lengua común, donde se habla de esa comunidad, siempre algo marginal, en la que cuentan asimismo los amigos muertos, a los que alude en varios poemas elegiacos. Confieso que he creído es la declaración de un laico que nunca ha perdido un inexplicable y peculiar atisbo de fe. Y choca con el poema más virulento del libro: Urbi et orbi, que es una descripción desde el desprecio de la muerte del papa Pacelli (Pío XII) que nunca condenó el nazismo.
Tierna, honda, llena de serena y nítida verdad humana, la poesía de Leopoldo Alas no merece el silencio. Aunque no crea mucho en los demás quien escribe: "Es mi manera de amar: tener miedo".
L. A. DE V.
Col. Calambur Poesía, 73
ISBN: 978-84-8359-010-2
Babelia, EL PAÍS, sábado 14 de Julio de 2007
Una espiritualidad laica Leopoldo Alas huye de la carne y sus pompas pero conserva el tono elegiaco y confesional en su último libro: Concierto del desorden. Un poemario en el que trata de reubicar la vida de un no creyente para conseguir espiritualidad o trascendencia
Aunque en los años ochenta apareció como una clara promesa de nuestra nueva poesía (ello le llevó a cerrar mi antología Postnovísimos), Leopoldo Alas (Arnedo, La Rioja, 1962) pareció optar desde hace algunos años por una suerte de marginalidad, si voluntaria o no siempre es difícil decirlo, que ha hecho que sus últimos libros (como El triunfo del vacío de 2004) editados además en ediciones de corta o mala circulación, modo no infrecuente en poesía, hayan pasado casi inadvertidos.
Ahora sale su último poemario, Concierto del desorden en condiciones mejores si no enteramente distintas. Y, sin embargo, Leopoldo Alas nunca ha dejado de ser un buen poeta, siendo sin duda la poesía lo mejor de su plural producción. En un tiempo jugó a desmarcarse de la etiqueta "poesía de la experiencia" por considerarla poco menos que la poesía del poder, sin embargo, es ese estilo de realismo meditativo lo que caracteriza la mayor parte de su producción: habla siempre un yo tembloroso y dolido, que hace del "miedo" una palabra-eje. Si antes no faltó una audaz poesía homoerótica, este libro se desliga (o eso parece) de la carne y sus pompas, y trata como de reubicar la vida de un no creyente con ansias de espiritualidad o trascendencia. Véase el poema El ermitaño. Considerando la crueldad de los hombres y la vanidad y horror del poder mundial, parece soñar en una fratría de amigos como manera de vivir solo. Así A salvo de la furia de los hombres (uno de los buenos poemas del libro) se complementa bien con Una lengua común, donde se habla de esa comunidad, siempre algo marginal, en la que cuentan asimismo los amigos muertos, a los que alude en varios poemas elegiacos. Confieso que he creído es la declaración de un laico que nunca ha perdido un inexplicable y peculiar atisbo de fe. Y choca con el poema más virulento del libro: Urbi et orbi, que es una descripción desde el desprecio de la muerte del papa Pacelli (Pío XII) que nunca condenó el nazismo.
Tierna, honda, llena de serena y nítida verdad humana, la poesía de Leopoldo Alas no merece el silencio. Aunque no crea mucho en los demás quien escribe: "Es mi manera de amar: tener miedo".
L. A. DE V.
El corazón cruel de la ceniza (Antología poética, 1975-2006)
Autor: Javier Villán
Col. Calambur Poesía, 71
ISBN.: 978-84-8359-014-0
El Cultural de EL MUNDO, semana del 14 al 20 de junio de 2007
Son nada menos que doce libros, uno de ellos inédito, los representados en esta antología de la poesía de Javier Villán (Torre de los Molinos, Palencia, 1942), a quien además se deben varias otras publicaciones de narrativa y que ejerce también como crítico taurino y de teatro. Y completa el volumen una selección de las reseñas que en su momento se publicaron.
Se trata, pues, de un libro de libros que pone de relieve la gran variedad de escrituras que conforman la producción de Villán, tanto en lo que se refiere a los asuntos como a las formas. Y si bien lo más característico es el verso libre y en no pocas ocasiones con una cierta diseminación dispositiva, están también los libros de sonetos, donde hay que resaltar que el poeta muestra una singular peripecia, y Memoria de insomnios, que es caso aparte al ofrecer combinaciones de prosa y verso, forma ésta de una rara originalidad, síntomas además todos ellos de una personalidad poética que se despreocupa de las modas y responde sólo a sí misma.
En cuanto a lo que se refiere a aquello de lo que se habla, Parábolas palestinas o Sonetos de la impostura son marcadamente políticos, aunque difieren en el tono: de denuncia más tradicional el primero, mientras que la colaboración del segundo es lo burlesco y, al dibujar tipos generales, sus pinturas siguen siendo actuales y de poderosa comicidad. No falta la temática taurina ni lo amoroso, y destacaré Indicios y desmemorias, done se medita sobre la construcción del individuo o la muerte, sobre la conducción humana, algo que se continúa en Memoria de insomnios, en el que también tiene su lugar la enfermedad, sin caer en ningún momento en patetismo.
En conjunto, El corazón cruel de la ceniza resulta una escritura sellada siempre por una exigencia moral, sin vanidades ni banalidades, que abarca a lo social y a la desazón, o la perpejidad, de ser y siempre evitando la grandilocuencia. La relectura, o lectura de esta obra, a la que acompaña un excelente prólogo de Jaime Siles que la sitúa en la poesía contemporánea y resalta sus valores, debería provocar un nuevo lugar para ella, injustamente ausente de las antologías generales y sin la atención de los estudios académicos que merece. Porque lo que es indudable es que aquí hay una auténtica voz poética y una resonancia moral de elevada talla.
TÚA BLESA
Ver más reseñas:
http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=7626&dia=&sec=32
Col. Calambur Poesía, 71
ISBN.: 978-84-8359-014-0
El Cultural de EL MUNDO, semana del 14 al 20 de junio de 2007
Son nada menos que doce libros, uno de ellos inédito, los representados en esta antología de la poesía de Javier Villán (Torre de los Molinos, Palencia, 1942), a quien además se deben varias otras publicaciones de narrativa y que ejerce también como crítico taurino y de teatro. Y completa el volumen una selección de las reseñas que en su momento se publicaron.
Se trata, pues, de un libro de libros que pone de relieve la gran variedad de escrituras que conforman la producción de Villán, tanto en lo que se refiere a los asuntos como a las formas. Y si bien lo más característico es el verso libre y en no pocas ocasiones con una cierta diseminación dispositiva, están también los libros de sonetos, donde hay que resaltar que el poeta muestra una singular peripecia, y Memoria de insomnios, que es caso aparte al ofrecer combinaciones de prosa y verso, forma ésta de una rara originalidad, síntomas además todos ellos de una personalidad poética que se despreocupa de las modas y responde sólo a sí misma.
En cuanto a lo que se refiere a aquello de lo que se habla, Parábolas palestinas o Sonetos de la impostura son marcadamente políticos, aunque difieren en el tono: de denuncia más tradicional el primero, mientras que la colaboración del segundo es lo burlesco y, al dibujar tipos generales, sus pinturas siguen siendo actuales y de poderosa comicidad. No falta la temática taurina ni lo amoroso, y destacaré Indicios y desmemorias, done se medita sobre la construcción del individuo o la muerte, sobre la conducción humana, algo que se continúa en Memoria de insomnios, en el que también tiene su lugar la enfermedad, sin caer en ningún momento en patetismo.
En conjunto, El corazón cruel de la ceniza resulta una escritura sellada siempre por una exigencia moral, sin vanidades ni banalidades, que abarca a lo social y a la desazón, o la perpejidad, de ser y siempre evitando la grandilocuencia. La relectura, o lectura de esta obra, a la que acompaña un excelente prólogo de Jaime Siles que la sitúa en la poesía contemporánea y resalta sus valores, debería provocar un nuevo lugar para ella, injustamente ausente de las antologías generales y sin la atención de los estudios académicos que merece. Porque lo que es indudable es que aquí hay una auténtica voz poética y una resonancia moral de elevada talla.
TÚA BLESA
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Poesía Visual Española (Antología incompleta)
Ed.: Alfonso López Gradolí
Col. Calambur Poesía, 70
ISBN: 978-84-8359-004-1
Poesía visual Modernísimo arte entre la plástica y la lírica
EL poeta Alfonso López Gradolí, autor de poemarios como El sabor del sol (1968), Los instantes (1969), El aire sombrío (1975), Una muchacha rodeada de espigas (1977), Las señales de fuego (1985) y, entre otros, Los signos de la soledad (2000), ha reunido obras de 57 artistas vivos en Poesía visual española (Antología incompleta), que la editorial Calambur ha publicado recientemente. El antólogo, arte y parte, asimismo ha creado una obra de referencia vinculada a la poesía visual: Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche (1971), compuesta por 31 collages dedicados a la escultural actriz francesa.
«El libro incluye cuatro obras elegidas por sus autores -señala López Gradolí a ABC-, que se acompañan con una nota bibliográfica y una breve «poética» en la que expresan sus planteamientos teóricos». Sólo se ha tenido en cuenta a los artistas vivos, «porque quería abordar lo que se está haciendo ahora, aunque ello me ha hecho dejar fuera a autores tan importantes como Joan Brossa o Francisco Pino». Bien es verdad que se le murieron dos de sus antologados: José María Iglesias y José Carlos Beltrán, fallecidos en 2005 y 2006, cuando la elaboración de este libro ya estaba en marcha.
Bombardeo publicitario
Aunque estamos acostumbrados al inclemente bombardeo icónico de la publicidad moderna, tan vicaria y parasitaria de la poesía visual, los orígenes de este «género», que tiene, en palabras de Gradolí, una «frontera de humo» entre las artes plásticas y la lírica, se remontan a la Edad Media: «Allí pueden señalarse un laberinto compuesto en el siglo VII por el obispo Teodulfo y una colección de poemas figurados del monje Vigilán, hecha en el siglo X y cuya intención era decorativa o laudatoria. En siglos posteriores -añade-, cabe citar los «acrósticos esféricos», cuyos versos van desgranando las letras del nombre del rey o la reina, de forma que todos finalizan en el centro de la misma letra o sílaba y cuya disposición imitaba al sol».
Más cercanos en el tiempo, «ya se cuentan los «laberintos» de letras o de versos. El poeta escribía en un papel ancho todas las letras que deseaba resaltar y dejaba unos espacios que luego iba rellenando con tercetos, octavas o redondillas». Sin embargo, es a finales del siglo XIX y en los albores del XX cuando el género se va configurando: «Sus precursores fueron los Caligramas del gran poeta francés Apollinaire (1912-17) y antes, la experimentación tipográfica de su compatriota Mallarmé en el poema Un coup de dés (Un golpe de dados)» (1897).
Por entonces puede fecharse en Cataluña, allá en 1916, su adopción en la Península, cuando Junoy publica sus primeros poemas visuales que aparecen en la revista Troços. «Aquella vanguardia catalana barajaba ideas futuristas (como el rechazo al pasado y las palabras en libertad), con otras cubistas (como el caligrama y el poema-conversación), aunque el movimiento llegó pronto a su fin con la muerte de Joan Salvat-Papasseit, en 1924», precisa Gradolí a ABC. El creacionismo, el futurismo y el ultraísmo también dieron «experimentos de naturaleza tipográfica, ahí están los poemas del chileno Vicente Huidobro».
Dadaísmo y surrealismo
Pero quizá sea con el dadaísmo y con el surrealismo, «aunque algunos teóricos, como Díez Borque, y artistas de la poesía visual lo rechazan», cuando la moderna poesía visual se configura definitivamente. «Si a los dadaístas se debe el collage (técnica que se basa en la apropiación de objetos y fragmentos de papel, cartones, telas o maderas troceadas que se incorporan a superficies muy variadas), el surrealismo dio paso a la ruptura de las leyes de la asociación significativa. Uno de sus hallazgos, la «escritura automática», supuso la liberación del poema respecto a las normas básicas de la comunicación humana».
Sin embargo, la pregunta del millón sigue siendo «¿Qué es «poesía visual»?», pregunta a la que dos grandes de sus artistas españoles han aproximado -como nos recuerda Gradolí- una tentativa de respuesta: «Para Joan Brossa, la poesía visual es «un cambio de código» y la considera «la poesía experimental de nuestro tiempo, porque en nuestra sociedad la imagen es muy importante. Me interesa la rapidez y síntesis que comporta -dice Joan Brossa-... Es una herramienta y no veo por qué el poeta ha de ser siempre prisionero del libro... La poesía se encuentra en todos los sitios». Para Bartolomé Ferrando, «integra el espacio que rodea al signo, y articula y da forma a conjuntos de éstos»», concluye el antólogo.
Soberbia de los artistas
En fin, confiesa Alfonso López Gradolí que llevar a buen puerto esta antología no ha sido camino de rosas. «Alguno de los artistas contactados se descolgó porque se había incluido a otro con el que no se hablaba. Uno exigía que el libro se publicara... ¡en papel reciclado y sin usar colas! Hubo quien rechazó la idea de compartir espacio con otro medio centenar de artistas y sólo aceptaban la compañía de cinco o seis. Creo que los artistas visuales suman, sumamos, la susceptibilidad y la pequeña soberbia de los artistas plásticos y de los literatos», concluye Gradolí con divertida ironía.
TULIO DEMICHELI
Ver más reseñas:
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070701/palencia/ojala-moda-poesia-visual_20070701.html
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070122/cultura/poetas-visuales-estamos-todo_20070122.html
http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=7900&sec=32
Col. Calambur Poesía, 70
ISBN: 978-84-8359-004-1
Poesía visual Modernísimo arte entre la plástica y la lírica
EL poeta Alfonso López Gradolí, autor de poemarios como El sabor del sol (1968), Los instantes (1969), El aire sombrío (1975), Una muchacha rodeada de espigas (1977), Las señales de fuego (1985) y, entre otros, Los signos de la soledad (2000), ha reunido obras de 57 artistas vivos en Poesía visual española (Antología incompleta), que la editorial Calambur ha publicado recientemente. El antólogo, arte y parte, asimismo ha creado una obra de referencia vinculada a la poesía visual: Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche (1971), compuesta por 31 collages dedicados a la escultural actriz francesa.
«El libro incluye cuatro obras elegidas por sus autores -señala López Gradolí a ABC-, que se acompañan con una nota bibliográfica y una breve «poética» en la que expresan sus planteamientos teóricos». Sólo se ha tenido en cuenta a los artistas vivos, «porque quería abordar lo que se está haciendo ahora, aunque ello me ha hecho dejar fuera a autores tan importantes como Joan Brossa o Francisco Pino». Bien es verdad que se le murieron dos de sus antologados: José María Iglesias y José Carlos Beltrán, fallecidos en 2005 y 2006, cuando la elaboración de este libro ya estaba en marcha.
Bombardeo publicitario
Aunque estamos acostumbrados al inclemente bombardeo icónico de la publicidad moderna, tan vicaria y parasitaria de la poesía visual, los orígenes de este «género», que tiene, en palabras de Gradolí, una «frontera de humo» entre las artes plásticas y la lírica, se remontan a la Edad Media: «Allí pueden señalarse un laberinto compuesto en el siglo VII por el obispo Teodulfo y una colección de poemas figurados del monje Vigilán, hecha en el siglo X y cuya intención era decorativa o laudatoria. En siglos posteriores -añade-, cabe citar los «acrósticos esféricos», cuyos versos van desgranando las letras del nombre del rey o la reina, de forma que todos finalizan en el centro de la misma letra o sílaba y cuya disposición imitaba al sol».
Más cercanos en el tiempo, «ya se cuentan los «laberintos» de letras o de versos. El poeta escribía en un papel ancho todas las letras que deseaba resaltar y dejaba unos espacios que luego iba rellenando con tercetos, octavas o redondillas». Sin embargo, es a finales del siglo XIX y en los albores del XX cuando el género se va configurando: «Sus precursores fueron los Caligramas del gran poeta francés Apollinaire (1912-17) y antes, la experimentación tipográfica de su compatriota Mallarmé en el poema Un coup de dés (Un golpe de dados)» (1897).
Por entonces puede fecharse en Cataluña, allá en 1916, su adopción en la Península, cuando Junoy publica sus primeros poemas visuales que aparecen en la revista Troços. «Aquella vanguardia catalana barajaba ideas futuristas (como el rechazo al pasado y las palabras en libertad), con otras cubistas (como el caligrama y el poema-conversación), aunque el movimiento llegó pronto a su fin con la muerte de Joan Salvat-Papasseit, en 1924», precisa Gradolí a ABC. El creacionismo, el futurismo y el ultraísmo también dieron «experimentos de naturaleza tipográfica, ahí están los poemas del chileno Vicente Huidobro».
Dadaísmo y surrealismo
Pero quizá sea con el dadaísmo y con el surrealismo, «aunque algunos teóricos, como Díez Borque, y artistas de la poesía visual lo rechazan», cuando la moderna poesía visual se configura definitivamente. «Si a los dadaístas se debe el collage (técnica que se basa en la apropiación de objetos y fragmentos de papel, cartones, telas o maderas troceadas que se incorporan a superficies muy variadas), el surrealismo dio paso a la ruptura de las leyes de la asociación significativa. Uno de sus hallazgos, la «escritura automática», supuso la liberación del poema respecto a las normas básicas de la comunicación humana».
Sin embargo, la pregunta del millón sigue siendo «¿Qué es «poesía visual»?», pregunta a la que dos grandes de sus artistas españoles han aproximado -como nos recuerda Gradolí- una tentativa de respuesta: «Para Joan Brossa, la poesía visual es «un cambio de código» y la considera «la poesía experimental de nuestro tiempo, porque en nuestra sociedad la imagen es muy importante. Me interesa la rapidez y síntesis que comporta -dice Joan Brossa-... Es una herramienta y no veo por qué el poeta ha de ser siempre prisionero del libro... La poesía se encuentra en todos los sitios». Para Bartolomé Ferrando, «integra el espacio que rodea al signo, y articula y da forma a conjuntos de éstos»», concluye el antólogo.
Soberbia de los artistas
En fin, confiesa Alfonso López Gradolí que llevar a buen puerto esta antología no ha sido camino de rosas. «Alguno de los artistas contactados se descolgó porque se había incluido a otro con el que no se hablaba. Uno exigía que el libro se publicara... ¡en papel reciclado y sin usar colas! Hubo quien rechazó la idea de compartir espacio con otro medio centenar de artistas y sólo aceptaban la compañía de cinco o seis. Creo que los artistas visuales suman, sumamos, la susceptibilidad y la pequeña soberbia de los artistas plásticos y de los literatos», concluye Gradolí con divertida ironía.
TULIO DEMICHELI
Ver más reseñas:
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070701/palencia/ojala-moda-poesia-visual_20070701.html
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070122/cultura/poetas-visuales-estamos-todo_20070122.html
http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=7900&sec=32
Río eterno
Autor: Ángel Rupérez
Col. Calambur Poesía, 66
ISBN: 84-96049-36-1
Babelia, EL PAÍS, sábado 28 de Julio de 2007
Un río que no se agotaEl poeta y crítico Ángel Rupérez publica un ensayo y su sexto libro de poemas. Si el primero medita sobre sentimiento y creación, el segundo es un volumen en el que la mirada se convierte en vía para construir un mundo en el que conviven la naturaleza y la memoria.
Casi una década separa Río eterno del anterior poemario de Ángel Rupérez (Burgos, 1953), Una razón para vivir, publicado en 1998. Ese paréntesis, infrecuente entre los poetas contemporáneos, pone de relieve una dedicación pausada y un acercamiento a la creación poética desprovisto de urgencias.
Estamos, como en sus libros anteriores, ante una poesía serena, meditada y reflexiva, que descansa, ante todo, en la mirada hacia (y en) la naturaleza. En una naturaleza animada por la presencia del hombre, de un hombre que descubre, recuerda y medita. En ella, el poeta encuentra las señales que hablan de la vida, de la duración, de la permanente confrontación de la vida con sus límites existenciales. Es sobre ese equilibrio frágil donde los poemas de Rupérez construyen un mundo hecho de fragmentos de memoria -una memoria más de las sensaciones que de las anécdotas, aunque éstas sean, a veces, reconocibles-, de lugares y paisajes, de interrogantes sobre el sentido de lo contemplado: tanto de aquellos elementos que remiten a la huida y a la muerte (estelas, caminos, vientos, ríos) como de los que nos hablan de la vida y de su continua renovación (la luz, las estaciones, la lluvia, los pájaros, los bosques).
Todos esos ingredientes, combinados con inteligencia en cada poema, se convierten en indicadores de estados emocionales, en escenarios hechos de palabras -de lenguaje-, en los que la vida permanece. Decir "permanece" significa que se impone en un estado nuevo, a compartir por el lector: es poema, lugar de salvación.
Desde ese punto de vista, Rupérez enlaza, de un lado, con la poesía anglosajona más implicada en indagar en los misterios de la naturaleza y en sus vínculos con la subjetividad y con la memoria (Yeats, Thomas, el primer Eliot), una poesía que ha traducido y antologado y a la que homenajea en el poema "En la biblioteca", y, de otro, con la vertiente más grave y existencial de la poesía de Claudio Rodríguez, inspirador del poema final, un poema en el que no sólo hay una afilada reflexión sobre la muerte y sobre el río como vieja metáfora de la vida (también sobre el "río duradero" claudiano), sino una apelación rotunda al poder de la poesía más allá de la propia muerte. Libro denso y complejo que ronda lo metafísico y en el que, sin embargo, apenas hay oscuridad.
Parecidas impresiones son, por otra parte, las que produce Sentimiento y creación, un ensayo que, como reza el subtítulo, indaga "sobre el origen de la literatura, un ensayo" y sobre la relación entre las artes. Y lo hace partiendo de la hipótesis romántica de que la obra literaria tiene su fuente más profunda en la experiencia interior de su autor, sea éste poeta o pintor, Keats o Morandi.
Col. Calambur Poesía, 66
ISBN: 84-96049-36-1
Babelia, EL PAÍS, sábado 28 de Julio de 2007
Un río que no se agotaEl poeta y crítico Ángel Rupérez publica un ensayo y su sexto libro de poemas. Si el primero medita sobre sentimiento y creación, el segundo es un volumen en el que la mirada se convierte en vía para construir un mundo en el que conviven la naturaleza y la memoria.
Casi una década separa Río eterno del anterior poemario de Ángel Rupérez (Burgos, 1953), Una razón para vivir, publicado en 1998. Ese paréntesis, infrecuente entre los poetas contemporáneos, pone de relieve una dedicación pausada y un acercamiento a la creación poética desprovisto de urgencias.
Estamos, como en sus libros anteriores, ante una poesía serena, meditada y reflexiva, que descansa, ante todo, en la mirada hacia (y en) la naturaleza. En una naturaleza animada por la presencia del hombre, de un hombre que descubre, recuerda y medita. En ella, el poeta encuentra las señales que hablan de la vida, de la duración, de la permanente confrontación de la vida con sus límites existenciales. Es sobre ese equilibrio frágil donde los poemas de Rupérez construyen un mundo hecho de fragmentos de memoria -una memoria más de las sensaciones que de las anécdotas, aunque éstas sean, a veces, reconocibles-, de lugares y paisajes, de interrogantes sobre el sentido de lo contemplado: tanto de aquellos elementos que remiten a la huida y a la muerte (estelas, caminos, vientos, ríos) como de los que nos hablan de la vida y de su continua renovación (la luz, las estaciones, la lluvia, los pájaros, los bosques).
Todos esos ingredientes, combinados con inteligencia en cada poema, se convierten en indicadores de estados emocionales, en escenarios hechos de palabras -de lenguaje-, en los que la vida permanece. Decir "permanece" significa que se impone en un estado nuevo, a compartir por el lector: es poema, lugar de salvación.
Desde ese punto de vista, Rupérez enlaza, de un lado, con la poesía anglosajona más implicada en indagar en los misterios de la naturaleza y en sus vínculos con la subjetividad y con la memoria (Yeats, Thomas, el primer Eliot), una poesía que ha traducido y antologado y a la que homenajea en el poema "En la biblioteca", y, de otro, con la vertiente más grave y existencial de la poesía de Claudio Rodríguez, inspirador del poema final, un poema en el que no sólo hay una afilada reflexión sobre la muerte y sobre el río como vieja metáfora de la vida (también sobre el "río duradero" claudiano), sino una apelación rotunda al poder de la poesía más allá de la propia muerte. Libro denso y complejo que ronda lo metafísico y en el que, sin embargo, apenas hay oscuridad.
Parecidas impresiones son, por otra parte, las que produce Sentimiento y creación, un ensayo que, como reza el subtítulo, indaga "sobre el origen de la literatura, un ensayo" y sobre la relación entre las artes. Y lo hace partiendo de la hipótesis romántica de que la obra literaria tiene su fuente más profunda en la experiencia interior de su autor, sea éste poeta o pintor, Keats o Morandi.
Treinta minutos de libertad
Autor: José Antonio Zambrano
Col. Calambur Poesía, 65
ISBN: 84-96049-35-3
ABC de Las Artes y las Letras, semana del 2 al 8 de diciembre de 2006
Treinta minutos de libertad
El poeta José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, Badajoz, 1946), presenta un nuevo libro al que dota de una estructura en tríptico. De esta manera, en él aparecen treinta poemas, agrupados de forma simétrica en tres partes, con diez composiciones cada una.
Treinta minutos de libertad, título que hace referencia al tiempo mínimo necesario para su lectura, combina desde reflexiones sobre su propia obra hasta comentarios sobre la importancia de la escritura, el amor, el recuerdo del pasado o el propio ser ante su devenir. A todo lo anterior hay que sumar un exquisito y prolijo cuidado en la elección de cada palabra y un gran sentido del ritmo. Sin embargo, el punto esencial de esta obra radica en la interpretación de la poesía como un espacio de libertad y de esperanza.
Como menciona en la introducción del libro José Luis Bernal: “Estos Treinta minutos… en realidad no son otra cosa que el `viaje poético de toda una vida´, treinta años con la poesía que nos remontan a aquellos lejanos versos de Al lado de nosotros, que formarían parte de la conocida antología Poesía extremeña actual”.
JUAN PATRICIO LOMBERA
Ver más reseñas:
http://www.hoy.es/prensa/20070207/sociedad/para-tiempo_20070207.html
http://www.elcultural.es/historico_result.asp
Col. Calambur Poesía, 65
ISBN: 84-96049-35-3
ABC de Las Artes y las Letras, semana del 2 al 8 de diciembre de 2006
Treinta minutos de libertad
El poeta José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, Badajoz, 1946), presenta un nuevo libro al que dota de una estructura en tríptico. De esta manera, en él aparecen treinta poemas, agrupados de forma simétrica en tres partes, con diez composiciones cada una.
Treinta minutos de libertad, título que hace referencia al tiempo mínimo necesario para su lectura, combina desde reflexiones sobre su propia obra hasta comentarios sobre la importancia de la escritura, el amor, el recuerdo del pasado o el propio ser ante su devenir. A todo lo anterior hay que sumar un exquisito y prolijo cuidado en la elección de cada palabra y un gran sentido del ritmo. Sin embargo, el punto esencial de esta obra radica en la interpretación de la poesía como un espacio de libertad y de esperanza.
Como menciona en la introducción del libro José Luis Bernal: “Estos Treinta minutos… en realidad no son otra cosa que el `viaje poético de toda una vida´, treinta años con la poesía que nos remontan a aquellos lejanos versos de Al lado de nosotros, que formarían parte de la conocida antología Poesía extremeña actual”.
JUAN PATRICIO LOMBERA
Ver más reseñas:
http://www.hoy.es/prensa/20070207/sociedad/para-tiempo_20070207.html
http://www.elcultural.es/historico_result.asp
Tratado de cicatrices
Autora: Josefa Parra
Col. Calambur Poesía, 64
ISBN: 84-96049-93-0
LA VOZ DE CÁDIZ / Sábado 18 DE NOVIEMBRE DE 2006
Josefa Parra La poeta que elogió la mala yerba Con 20 años hizo Elogio de la mala yerba y la premiaron. Muy significativo. Sus primeros poemas eran apuntes de una vida extraña, parte real y parte imaginada, y en ellos cabían la ternura, la sensualidad -cuando no el sexo-, la desgana adolescente, el vacío sucesivo, la noche ebria y el pálpito emocional.
La distancia que media entre la Josefa Parra de antes y la Josefa Parra de ahora se mide en versos. Hace diez mil versos, por ejemplo, la poesía era una herramienta personal, un camino propio, por el que acercarse a sí misma y, de paso, aproximarse también a los demás. Ahora es mucho más que eso: ahora, convencida ya del carácter medicinal de la palabra, la practica por vocación y por defecto: «Nunca me he planteado dejar de escribir. No sabría no hacerlo», reconoce, «porque a través de las claves que siembro en mis poemas recupero mi memoria personal, cada vez que lo necesito».
Acaba de rebasar la frontera (una más) de los 40 años, pero hace ya tiempo que intuyó que el camino está plagado de Lugares marcados, se entretuvo en dibujar una hermosa Geografía carnal, y acabó recalando en la calidez de su Alcoba de agua, quizá para curarse de las heridas que señalaron su alma, y que recopiló en un magnífico Tratado de cicatrices. Despertó en La hora azul, y desde ella lo cuenta «casi todo, aunque nunca de una manera excesivamente obvia».
Se alegra de hablar de cicatrices en su último poemario publicado y no de heridas abiertas. «Eso significa que dejé de sangrar, y que cerré el corte, pero que no lo olvido». ¿El poema perfecto? «El que funciona como un caleidoscopio: un puñado de pequeñas piezas que, depende de cómo se combinen, crean una figura u otra, varían de significación dependiendo de quién lo lea y del momento en que lo haga». La fórmula para conseguirlo es la progresiva depuración del lenguaje. Mientras más sencilla sea la expresión, «más eficaz resulta».
El verso, como catarsis, como remedio, como mantra para exorcizar fantasmas, como amuleto y como llave. Pero, sobre todo, «como expresión de un compromiso». Ya sea «para denunciar lo que pasa fuera, o lo que pasa dentro de uno: como reivindicación de una ética personal, política o sentimental». «¿Hay algo más ético que el amor?», se pregunta. En sus poemas brilla la respuesta.
Tiene la suerte de trabajar en la Fundación Caballero Bonald, y conocer de cerca a un maestro vivo de la experimentación con el lenguaje. Además, coordina la revista Campo de Agramante. Pero sobre todo escribe, «cuando se me enciende la bombillita, cuando llega la idea, después de que se macere y se cueza un poco...»
DANIEL PÉREZ
Col. Calambur Poesía, 64
ISBN: 84-96049-93-0
LA VOZ DE CÁDIZ / Sábado 18 DE NOVIEMBRE DE 2006
Josefa Parra La poeta que elogió la mala yerba Con 20 años hizo Elogio de la mala yerba y la premiaron. Muy significativo. Sus primeros poemas eran apuntes de una vida extraña, parte real y parte imaginada, y en ellos cabían la ternura, la sensualidad -cuando no el sexo-, la desgana adolescente, el vacío sucesivo, la noche ebria y el pálpito emocional.
La distancia que media entre la Josefa Parra de antes y la Josefa Parra de ahora se mide en versos. Hace diez mil versos, por ejemplo, la poesía era una herramienta personal, un camino propio, por el que acercarse a sí misma y, de paso, aproximarse también a los demás. Ahora es mucho más que eso: ahora, convencida ya del carácter medicinal de la palabra, la practica por vocación y por defecto: «Nunca me he planteado dejar de escribir. No sabría no hacerlo», reconoce, «porque a través de las claves que siembro en mis poemas recupero mi memoria personal, cada vez que lo necesito».
Acaba de rebasar la frontera (una más) de los 40 años, pero hace ya tiempo que intuyó que el camino está plagado de Lugares marcados, se entretuvo en dibujar una hermosa Geografía carnal, y acabó recalando en la calidez de su Alcoba de agua, quizá para curarse de las heridas que señalaron su alma, y que recopiló en un magnífico Tratado de cicatrices. Despertó en La hora azul, y desde ella lo cuenta «casi todo, aunque nunca de una manera excesivamente obvia».
Se alegra de hablar de cicatrices en su último poemario publicado y no de heridas abiertas. «Eso significa que dejé de sangrar, y que cerré el corte, pero que no lo olvido». ¿El poema perfecto? «El que funciona como un caleidoscopio: un puñado de pequeñas piezas que, depende de cómo se combinen, crean una figura u otra, varían de significación dependiendo de quién lo lea y del momento en que lo haga». La fórmula para conseguirlo es la progresiva depuración del lenguaje. Mientras más sencilla sea la expresión, «más eficaz resulta».
El verso, como catarsis, como remedio, como mantra para exorcizar fantasmas, como amuleto y como llave. Pero, sobre todo, «como expresión de un compromiso». Ya sea «para denunciar lo que pasa fuera, o lo que pasa dentro de uno: como reivindicación de una ética personal, política o sentimental». «¿Hay algo más ético que el amor?», se pregunta. En sus poemas brilla la respuesta.
Tiene la suerte de trabajar en la Fundación Caballero Bonald, y conocer de cerca a un maestro vivo de la experimentación con el lenguaje. Además, coordina la revista Campo de Agramante. Pero sobre todo escribe, «cuando se me enciende la bombillita, cuando llega la idea, después de que se macere y se cueza un poco...»
DANIEL PÉREZ
Meteoros
Autor: Antonio Pereira
Col. Calambur Poesía, 58
ISBN: 84-96049-87-6
Diario de León. 26 de Septiembre de 2007
Antonio Pereira gana el Premio Quevedo de Poesía por «Meteoros»
El autor dice que si divide su edad entre sus premios, tiene «poquísimos»
El escritor reivindica su faceta de poeta, aunque haya quedado solapada por la de narrador
El veterano escritor leonés Antonio Pereira obtenía ayer el Premio Quevedo de Poesía por los poemas inéditos incluidos en su antología Meteoros . El galardón, con el que el Ayuntamiento de Madrid trata de reconocer a los mejores profesionales de la cultura en distintos apartados, está dotado con 9.000 euros.
El jurado, presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco, estuvo integrado por los escritores Clara Janés, Jaime Siles, Juan Carlos Suñén y Amalia Iglesias, ganadora de la anterior edición del Premio Quevedo. El jurado destacó la experiencia poética de Pereira y su alta calidad. También otorgaron una mención especial a la joven escritora gaditana Cecilia Quile.
Pereira, tras reconocer su emoción por este galardón, que calificó de «muy bonito y muy suntuoso», afirmó que se sentía «encantado», porque si se ponía a dividir sus años entre los premios que ha recibido, realmente, dijo, «tengo poquísimos premios».
Nada «concursero»
El autor villafranquino, haciendo gala de su finísimo sentido del humor, puntualizó que siempre le agradaba conseguir un galardón, teniendo en cuenta que nunca ha sido «un concursero». Pereira destacó la lista de grandes poetas que han obtenido el
Col. Calambur Poesía, 58
ISBN: 84-96049-87-6
Diario de León. 26 de Septiembre de 2007
Antonio Pereira gana el Premio Quevedo de Poesía por «Meteoros»
El autor dice que si divide su edad entre sus premios, tiene «poquísimos»
El escritor reivindica su faceta de poeta, aunque haya quedado solapada por la de narrador
El veterano escritor leonés Antonio Pereira obtenía ayer el Premio Quevedo de Poesía por los poemas inéditos incluidos en su antología Meteoros . El galardón, con el que el Ayuntamiento de Madrid trata de reconocer a los mejores profesionales de la cultura en distintos apartados, está dotado con 9.000 euros.
El jurado, presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco, estuvo integrado por los escritores Clara Janés, Jaime Siles, Juan Carlos Suñén y Amalia Iglesias, ganadora de la anterior edición del Premio Quevedo. El jurado destacó la experiencia poética de Pereira y su alta calidad. También otorgaron una mención especial a la joven escritora gaditana Cecilia Quile.
Pereira, tras reconocer su emoción por este galardón, que calificó de «muy bonito y muy suntuoso», afirmó que se sentía «encantado», porque si se ponía a dividir sus años entre los premios que ha recibido, realmente, dijo, «tengo poquísimos premios».
Nada «concursero»
El autor villafranquino, haciendo gala de su finísimo sentido del humor, puntualizó que siempre le agradaba conseguir un galardón, teniendo en cuenta que nunca ha sido «un concursero». Pereira destacó la lista de grandes poetas que han obtenido el
