Reseñas
La aldea de sal
La aldea de sal
Trad. a cargo de Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre
192 págs., 2009
ISBN: 978-84-8359-146-8
15,00 € (con IVA)
Leer, septiembre de 2009
Con selección y traducción de otros dos poetas, Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre, que en hermoso escrito liminar glosan con intrépido brío lírico al “ayudante de mentiroso”, Calambur publica La aldea de sal, una amplia antología bilingüe del brasileño Lêdo Ivo (1924), uno de los máximos exponentes de la Generación del 45, movimiento que revisó la poesía de vanguardia y el Modernismo brasileño. Entre dos títulos, Las imaginaciones (1944) y Réquiem (2008), transcurre una poesía planteada como actitud solidaria y como exploración de lo inefable, como conocimiento de lo que vive sólo en el poema y como diálogo imaginativo con la realidad. “Felices los que parten./ No los que llegan a los puertos que se pudren./ Felices los que parten y no regresan nunca”, comienza el canto V de Réquiem. Y termina: “Felices los que viven en las islas periféricas y una nube de hormigas voladoras los rodea al llegar el crepúsculo./ Felices los sedentarios que un día se fueron”. En palabras de Grande y Mestre: “En la aldea de sal, nadie, todos los otros que son él mismo, espera una semejante y unánime mañana: la bella justicia de su asombro, la posible realidad de la memoria”.
Odiel Información, 23 de agosto de 2009
“Como una fruta entre dos estruendos”. La aldea de sal.
“Una puerta cerrada no es suficiente para que un hombre / esconda su amor. También necesita una puerta abierta / para poder partir y perderse entre la multitud cuando ese amor estalle / como una barril de pólvora en el arsenal alcanzado por el rayo. / No basta un techo para que un hombre se proteja / del calor y de la tempestad. Para huir del relámpago, / cuando la lluvia cae en el silencio del mundo / abierto como una fruta entre dos estruendos, / él necesita un cuerpo tendido sobre la cama, / un cuerpo al alcance de su mano / todavía temerosa de avanzar en la oscuridad. / En la noche que declina, en el día que nace, / el hombre necesita de todo: del amor y del rayo”. Lêdo Ivo (Halagaos, Brasil, 1924) publica en España su poemario La aldea de sal (en traducción e Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre para Calambur) al que pertenecen los versos del inicio. Los editores presentan al autor como poeta, narrador (Premio de novela Graça Aranha), cronista, ensayista (Premio Nacional de Ensayo) y uno de los máximos exponentes de la generación del 45, movimiento clave en la vanguardia literaria en su país. La Academia Brasileña de las Letras le otorga el Premio Mario de Andrade a toda su obra, cuyo primer libro: Las imaginación (1944) ilumina ya un gozoso camino creativo; entre su veintena de títulos citan Ode e elegia, Estaçao central, Finisterra, Curral de peixe o Réquiem. Claro referente en las letras brasileñas, el poeta encaja su figura en su marco: “Mi patria no es la lengua portuguesa. / Ninguna lengua es una patria. / Mi patria es la tierra tierna y untuosa donde nací / y el viento que sopla en Maceió. / Son los cangrejos que corren en el lodo de los manglares / y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño. / Mi patria son los murciélagos colgados de la techumbre de las iglesias carcomidas, / los locos que danzan al atardecer en el hospicio junto al mar, / y el cielo encorvado por las constelaciones. / Mi patria son las bocinas de los navíos / y el faro en lo alto de la colina. / Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante. / Son los astilleros podridos / y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos no paran de toser y temblar en las noches frías / y la fragancia del azúcar en los almacenes portuarios / y las tencas que se debaten en las redes de los pescadores / y las ristras de cebolla enroscadas en la tiniebla / y la lluvia que cae sobre los corrales de peces. / La lengua de que me valgo no es ni nunca ha sido mi patria. / Ninguna lengua engañosa es una patria. / Tan solo sirve para que celebre mi gran y pobre patria muda, / mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario, / mi patria sin lengua y sin palabras”. Trazar unas líneas anunciando el nacimiento de un libro ha de ser una transparencia. Los versos son los que han de hablar del autor, no otra voz: “Mi vida es como una ventana abierta sobre Asia. / Profeso lo imaginario y, en ese rito, / renazco para contemplar lo inexistente / que resplandece a la luz de mi trópico de agua / como esas islas ficticias que no se ciñen a las horas triviales de los navegantes, / tierras no nacidas, horizontes pensados. / Los países son hipótesis de secretos / que emergen y se hunden ante el asombro de la Tierra. / Inmóvil o caminando, veo siempre los polos / con sus rápidas lluvias y sus esfinges entre andamios, / y sobre todo, amigos míos, con esa atmósfera de última estación / que intriga a todos los que nacieron en el centro del mundo. / Más allá de mis párpados, donde el pensamiento es de sal / como si lo hubiera ungido una lágrima, / habrá un país claro y perfecto, de tan dulce perfil / como las piedras femeninas de la noche”. Grande y Mestre cierran: “He aquí al más joven de los ancianos poetas que habitan la aldea de sal. En una aldea de sal caben los sueños pendientes de ser soñados. Cabe la delicadeza y cabe la tempestad. Hay sitio para el reflejo de una moneda perdida y lugar para lo abundante e incierto del océano. No es Ulises, aunque se le parece; no es Noé, aunque recuerda al ebrio patriarca. Está ahí, aturdido por el ruido del universo y el engranaje de las galaxias. Es alto como una pequeña conversación oída por el dios que sostiene los cimientos podridos de las iglesias y los mástiles que todavía no tienen navío. Es Lêdo Ivo”.
MANUEL GARRIDO PALACIOS
27 de junio de 2009
http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2009/06/la-aldea-de-sal.html
Con selección y traducción de otros dos poetas, Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre, Calambur publica La aldea de sal, una amplia antología bilingüe del brasileño Lêdo Ivo (1924), uno de los poetas más importantes en lengua portuguesa. Ivo es autor de una amplia obra que no se limita a la poesía y se desarrolla en otros géneros como la novela y el ensayo. Y sin embargo ha sido muy poco editado en España. Aparte de los textos aparecidos en revistas y antologías, la agencia española del ISBN sólo registra un título de Lêdo Ivo, La moneda perdida, que apareció hace veinte años en Olifante y circuló de forma muy restringida. La poesía de Lêdo Ivo plantea un constante duelo entre la inspiración y el diccionario, equilibra conciencia ética y ambición expresiva, compasión y potencia visionaria. Entre dos títulos significativos, Las imaginaciones (1944) y Requiem (2008), transcurre una poesía construida sobre la capacidad verbal de las imágenes y la dimensión telúrica de la mirada, una poesía planteada como actitud solidaria y como exploración de lo inefable, como conocimiento de lo que vive sólo en el poema y como diálogo imaginativo con la realidad. En forma de elegía o de oda, de lamento o celebración de la vida y la ruina del tiempo, sus textos oscilan entre la iluminación y la búsqueda del sentido, con referencias constantes a la memoria, el mar, la infancia, la fugacidad o la soledad. A su primer libro, Las imaginaciones, pertenece este poema memorable en el que aparecen ya muchas de las claves de toda su obra: Vals fúnebre de Hermengarda Aquí estoy, junto a tu sepultura, Hermengarda, para llorar tu pobre y pura carne que ninguno de nosotros vio pudrirse. Otros vendrán lúcidos y enlutados, pero yo vengo bebido, Hermengarda, yo vengo borracho. Y si mañana encontráramos la cruz de tu fosa tirada en el suelo, no fue la noche, Hermengarda, ni tampoco fue el viento. Fui yo. Quise amparar mi embriaguez bajo tu cruz y rodé hacia la tierra donde reposas triste, aunque cubierta de flores. Aquí estoy, junto a tu tumba, Hermengarda, para llorar nuestro amor de siempre. No es la noche, Hermengarda, no es el viento. Soy yo. Los poemas de Lêdo Ivo están llenos de ventanas abiertas al mundo, de descubrimientos y de revelaciones a través de una mirada que se hace palabra y conciencia del lenguaje, de su capacidad creativa y sus limitaciones. Lo explica en uno de sus textos más justamente famosos: Mi patria Mi patria no es la lengua portuguesa. Ninguna lengua es una patria. Mi patria es la tierra tierna y untuosa donde nací y el viento que sopla en Maceió. Son los cangrejos que corren en el lodo de los manglares y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño. Mi patria son los murciélagos colgados de la techumbre de las iglesias carcomidas, los locos que danzan al atardecer en el hospicio junto al mar y el cielo encorvado por las constelaciones. Mi patria son las bocinas de los navíos y el faro en lo alto de la colina. Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante. Son los astilleros podridos y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos no paran de toser y temblar en las noches frías y la fragancia del azúcar en los almacenes portuarios y las tencas que se debaten en las redes de los pescadores y las ristras de cebolla enroscadas en la tiniebla y la lluvia que cae sobre los corrales de peces. La lengua de que me valgo no es ni nunca ha sido mi patria. Ninguna lengua engañosa es una patria. Tan sólo sirve para que celebre mi gran y pobre patria muda, mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario, mi patria sin lengua y sin palabras. Lêdo Ivo, con su voz cercana y su mirada creadora y piadosa, es uno de esos pocos poetas con los que el lector tiene la impresión de que la poesía es una actividad indispensable, que está ahí, descendiendo sobre los hombres.
SANTOS DOMÍNGUEZ
La canción donde ella vive
Daninel Ruiz
Calambur: Narrativa, 43
ISBN: 978-84-8359-131-4
2009, 200 págs.
12,50 € (con IVA)
El País, Sevilla, 7 de septiembre de 2009 http://www.elpais.com/articulo/andalucia/Cazador/metaforas/rompedoras/elpepiespand/20090907elpand_16/Tes/ Cazador de metáforas rompedoras
Daniel Ruiz publica dos arriesgadas novelas sobre la marginalidad y el rock
“La calle también está llena de canciones, toda ella es una enorme canción, deliciosa y aberrante, deforme y excesiva, un tremendo sampleado de susurros y gritos y risas y llantos y otras canciones, en cada callejón se esconde una melodía, en cada portal hay un acorde”. Pero aunque las melodías sobrevuelen las aceras, para cazarlas hace falta un oído presto y la capacidad de hacerse invisible. Meterse en las tripas de las bandas callejeras y los quinquis, los bares de la noche, y hacerlo con estilo, un estilo poético que desarma al lector, es de nota. Daniel Ruiz (Sevilla, 1976) ha publicado dos obras, Perrera y La canción donde ella vive, que coinciden en las librerías pese a haberse escrito con anterioridad y en distintos años. Son dos dardos que describen mundos como la marginalidad y la noche con un estilo poético, mezclado con metáforas rompedoras aplicadas a la vida canalla. “No pidas buen gusto a un hotel del extrarradio, no le exijas sencillez ni paredes desnudas ni mesillas de noche sin centros de flores de plástico, no busques recepcionistas sin bocas congeladas en sonrisas impecables, no quieras evitar ese horripilante hilo musical que contamina los pasillos plagados de du-du-a y de la-la-la, tampoco intentes sortear a los grupos de ancianos parapetados con gorras y guayaberas dispuestos a someterse a cualquier tortura disfrazada de actividad de ocio”, desgrana Ruiz en La canción donde ella vive. Habla a la velocidad del rayo. Con pasión y retranca, explica cómo se dirige a un lector especial, minoritario, que saborea las palabras y comparte la calle como ágora de las pandillas. “Tengo un problema: soy supercotilla y me pasaba horas escuchando desde mi balcón, que daba a un callejón donde todos los quinquis se paraban a beber y fumar. Me atrapaba la forma áspera de relacionarse entre ellos. Conceptos como la caricia y el beso los sustituían por el mordisco o la bofetada. Y sabía que ahí había una novela”. A partir de ahí, Ruiz parió Perrera, una radiografía de esa generación perdida. La trama funciona al relatar el sombrío día a día de adolescentes rebeldes, pero lo que hace despuntar a la novela es un estilo trepidante e inconfundible que aplica metáforas de altura al chapero, a los canutos, al rock. “Para que mi estilo sea sórdido, necesita urgencia. Creo que tiene que tener el sentido de la inmediatez. Mi concepto de la literatura se sustenta en dos pivotes: la rabia y la reflexión sobre la fealdad”, explica. Ruiz mezcla voces y juega a los contrastes impúdicos con conversaciones que el lector, más que leer, bebe. No hay puntos y aparte. Sólo se respira entre capítulo y capítulo. Puso su lupa sobre los adolescentes difíciles al escribirla en 2004, en la línea de películas de estreno posterior como la sevillana Siete vírgenes. “Quizá se ha publicado un poco tarde”, apunta. El joven escritor ganó con su primera novela, Chatarra, el I Premio del Certamen de Novela de la Universidad Politécnica de Madrid, y luego basada en esta historia se rodaría un corto preseleccionado para los Oscar en 2007. Su segunda novela, Perrera, ha sido publicada por la editorial gaditana Dum Spiro Ediciones. La tercera obra es La canción donde ella vive (Calambur, Narrativa), en la que Mario, un pinchadiscos, cuenta la historia de su relación de amor fatal. De fondo, suenan melodías de The Beatles, The Rolling Stones, The Who y The Beach Boys. Las referencias son musicales pero también cinéfilas. La musa de esta historia es una mujer fatal más cercana a Marianne Faithful y Patti Smith que a Lauren Bacall. “Más enfangada”, matiza. “Pretendo que mi literatura se lea como si fueran canciones. Se bebe y se lee de un tirón aunque, por supuesto, a veces la literatura necesita un parón para paladearla”. El tono onírico que respiran sus novelas tiene su explicación. Ruiz amanece y se sienta cada día para fabular de cinco de la madrugada a ocho, cuando acude a su trabajo como periodista. “La vigilia tiene más profundidad y una bellaquería que no se me ocurriría a las 12.00, ya desayunado”. JAVIER MARTÍN-ARROYO ABCD, 12 de septiembre de 2009 Esta novela de Daniel Ruiz García juega con algo que debería ser más frecuente en la temática de nuestra joven narrativa y que, sin embargo, escasea: la deuda con el rock y su manera de enfrentarse al mundo. Conozco pocas, casi ninguna de calidad, salvo dos debidas a Francisco J. Satué, escritas hace años, a las que hay que añadir Deseo de ser punk, de Belén Copegui; de ahí que estas páginas, plagadas de referencias casi exclusivas al mundo de la canción me hayan llamado la atención. Pero su aportación no es sólo sociológica, sino que mantienen una calidad literaria sobresaliente en este tipo de literatura. Se podría decir que el tono de La canción donde ella vive es demasiado lírico y reiterativo, lo que es cierto, pero también que es lo que conviene a una narración que juega desde le primer momento con la idea del Paraíso, ni que decir tiene que conformado con el espíritu del rock de la década de los sesenta. Además, da una idea del tono del libro de la ausencia total de diálogos, en justa coherencia con lo que se quiere contar, pero que nos habla también de cierto coraje ante lo que se lleva.
JUAN ÁNGEL JURISTO
La canción donde ella vive
La canción donde ella vive
Daniel Ruiz
«Lo peor para un autor es que el lector se aburra con su obra»
El ritmo y la musicalidad confluyen en el nuevo libro de Daniel Ruiz, La canción donde ella vive (Calambur), que cuenta la historia de Lucía, icono de mujer fatal que ha sufrido mucho, su descenso a los infiernos y su salvación a través de la música. El libro se presentará este sábado a las 20.00 en la Feria del Libro.
-¿Cómo se consigue sacar dos novelas en tan poco tiempo?
-Mi anterior publicación, Perrera, la íbamos a publicar el año pasado, pero se retrasó. Ahora se ha juntado con La canción donde ella vive y he publicado dos novelas en menos de tres meses. Realmente es un espejismo, entre la elaboración de las dos hay mucho tiempo.
-¿Es diferente su novela de las anteriores?
-Supone un cambio considerable en el tono y la escritura. Un estilo muy diferente a las dos anteriores, que sí que tenían más en común. Hay numerosos cambios de ritmo que lo hacen parecido a un disco de música, que siempre ha estado muy presente en todos mis libros, La canción donde ella vive me gustaría que se leyese como escuchando un disco.
-¿Qué podemos encontrar en La canción donde ella vive?
-Hay un cruce de las referencias musicales más contemporáneas con el género fantástico. Un homenaje a la literatura de terror y un guiño a la música, con un ritmo rápido para que la gente no se aburra. Eso es lo que más me asusta, que a una persona se le caiga la novela de las manos, que le aburra. Por eso intento hacerlas entretenidas.
-Se dice que se hace una apología de la cerveza...
-Es un tema secundario, pero está presente. La cerveza siempre ha estado más considerada en la literatura, no como el vino, y al ser una novela muy urbana los personajes beben mucha cerveza. -¿Qué recomiendas para esta feria del libro?
-Recomendaría los clásicos. La educación sentimental o Madame Bovarie, de Gustave Flaubert. También Servidumbre humana, de Somerset Maugham.
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-18-05-2009/sevilla/Cultura/lo-peor-para-un-autor-es-que-el-lector-se-aburra-con-su-obra-_92980317135.html
ANA JURADO
5 de mayo de 2009, El Correo de Andalucía
Daniel Ruiz vuelve con La canción donde ella vive
Apenas un mes después de que viera la luz su anterior novela, Perrera, el sevillano Daniel Ruiz García regresa a la mesa de novedades con La canción donde ella vive (Calambur), una de esas novelas que, más que leerse, se escuchan, pues está llena de referencias musicales de The Beatles, Rolling Stones, los Who, Jimi Hendrix o los Beach Boys. “La coincidencia entre las novelas se debe a un retraso de la anterior, no soy César Vidal [risas]. De hecho, entre el proceso de escritura hay una diferencia de cinco años. Mientras que Perrera tiene cierta continuidad con la primera novela, Chatarra, y ambas eran más de nervio, más poéticas y menos intelectuales. Ahora me he metido por otros vericuetos, hay mucha metaliteratura, búsqueda de otros lenguajes, para otro público”, dice el autor. El protagonista de esta obra es Mario, pinchadiscos que cuenta una relación amorosa como pretexto para emprender un verdadero viaje a la infancia, a los veranos interminables, los primeros besos y las bolas de chicle. “Realmente son dos motivos distintos, uno profundizar en un territorio transitado por la literatura, el de la mujer fatal, salvaje e indómita; y otro, el regreso a la juventud como el territorio perdido, que simboliza la eternidad y lo que se pierde. Y es una novela con vocación musical, pero también cercana a la literatura fantástica... ¡y no cuento más, que la reviento!”.
ALEJANDRO LUQUE
Diario de Sevilla, 17 de mayo de 2009
"Mi literatura tiene que sudar rabia"
El autor publica 'La canción donde ella vive', una historia de amor agónica y brutal con el pop como rumor de fondo Ha caído la noche y Mario, pinchadiscos y severo crítico musical, se entrega a un "simulacro de exorcismo", a una confesión agónica en la que examina las postales ya borrosas de su relación con una joven inescrutable, una historia brutal e inquietante que araña con uñas sucias el corazón del joven. Necesita desesperadamente ser comprendido, pero tiene poco tiempo, y la confesión debe ser también frenética: a veces parece –a veces casi ocurre– que el único punto y seguido es el último del capítulo. En La canción donde ella vive (Calambur), su tercera novela, la segunda publicada apenas dos meses por carambolas editoriales, el sevillano Daniel Ruiz García se adentra en el reverso tenebroso del amor mientras sacude su gramola sentimental, los Stones, Hendrix, Love, Clapton y sobre todo los Beach Boys, una banda sonora soleada para un descenso a los infiernos. Ayer presentó el libro en la feria junto al periodista y crítico Jesús Morillo y hoy (a las 11:00 en la caseta de Bibliodiversidad) firmará ejemplares.
-La novela es un homenaje al pop y también a la literatura fantástica. ¿Cómo surgió la idea de mezclar ambos universos?
-Siempre me ha maravillado, porque me inspira sentimientos asociados a la juventud y la felicidad, la música de los Beach Boys, que ha sido muy despreciada pero ahora ha entrado en un periodo de revisión. Leí la historia de Dennis Wilson, el segundo espíritu creativo del grupo; fue amigo de Charles Manson, aunque saltó del barco antes del asesinato de Sharon Tate. Me llamó la atención el contraste entre su música –él componía– y esta parte oscura de su vida. En la historia de la música popular hay muchas conexiones con esa parte telúrica del ser humano: Marianne Faithfull está convencida de que su vida de degradación absoluta se debe a que es descendiente de Sacher-Masoch, a quien el sadomasoquismo debe su nombre; El maestro y Margarita, tan diabólica, inspiró Sympathy for the Devil de los Stones; Anita Pallenberg, amante de Brian Jones y luego de Keith Richards, se reivindicaba como bruja; los Beatles sacaron a Aleister Crowley en la portada del Sgt. Pepper's... A partir de ahí me planteé una revisión de la literatura de terror, de la literatura gótica, del mito del vampiro, que partiera de un concepto musical, en este caso puramente estético.
-La prosa es tan nerviosa que parece a veces fruto de un proceso de escritura automática. ¿Es así?
-Cuando escribo anoto ideas y tengo un esquema del argumento en la cabeza, pero para mí son más importantes el tono y la cadencia; si no los tengo no escribo, porque le doy mucha importancia a la improvisación. Corrijo mucho, pero prefiero sacrificar la corrección absoluta ante el ritmo. En ese sentido puede que sea un poco punk, valoro la espontaneidad, la sinceridad.
-Sus novelas son muy distintas, pero todas muy viscerales. ¿Por qué le interesa este tipo de literatura?
-Comencé a escribir como desahogo. Y luego siguió interesándome la rabia como resorte literario. Hago una literatura muy expresiva, me interesa ser hiperbólico, me gustan los ambientes sórdidos, degenerados, el feísmo, esos márgenes. Para escribir una cosa complaciente, para hacer literatura de salón, prefiero no escribir. Y está también la tradición española de lo oscuro, de la sangre y de la mala leche: muchos episodios del Quijote, del Libro del buen amor, o Goya, que es el pintor de lo siniestro y de la pesadilla. Para mí, la parte más potente de la obra de Goya es la que surge después del 2 de mayo, de esa rebelión. Yo me considero heredero, muy lejano evidentemente y dentro de mis limitaciones, de esa tradición. En mi programa estético la literatura tiene que sudar rabia.
http://www.diariodesevilla.es/article/ocio/425825/quotmi/literatura/tiene/sudar/rabiaquot.html
FRANCISCO CAMERO
La canción donde ella vive
http://www.laventanaarteyculturamadrid.blogspot.com/ 29 de junio de 2009 La canción donde ella vive, una novela con una fuerte vocación rítmica y expresiva, es una crónica cercana y sin tapujos de una relación marcada por la intensidad, donde lo humano convive con el odio y la crueldad, hacia un final tan abrupto como impredecible. Con La canción donde ella vive, Daniel Ruiz García ha querido componer «una sintonía literaria», una novela que puede leerse como si se escuchara un disco, con momentos de gran intensidad lírica y otros llenos de melancolía, con instantes de rabia y otros de humor distanciado. «Pretendo volcar sobre la literatura mi frustración de músico que nunca llegó a cuajar por cuestión de mera ineptitud e incapacidad», bromea Daniel Ruiz, un autor con una obra de marcada voluntad expresiva y con una preocupación constante por el ritmo. El propio título es una declaración de intenciones de lo que puede encontrar el lector entre sus páginas: la novela es una celebración lírica de una ausencia y la crónica de un amor intempestivo y lleno de altibajos: desde el odio y la oscuridad más sórdida hasta la belleza y la plenitud de lo sagrado. Todo ello narrado a través de un estilo marcadamente musical y trufado de referencias, no sólo procedentes de la música rock sino también literarias y cinematográficas. La geografía de esta novela urgente no está trazada sobre calles sino sobre canciones. Canciones eternas, inolvidables, únicas, en las que se pierden como en un laberinto los dos protagonistas de la historia. A lo largo de una madrugada, consciente de que el tiempo se le está acabando, Mario, pinchadiscos e implacable crítico musical, cuenta la historia de su relación. Es una crónica dolorosa y aberrante, como una pesadilla, pero también es hermosa como la infancia. Volver a la infancia, a la felicidad perdida de las bolas de chicle y los veranos eternos, de la radiofórmula y el primer amor, es el camino que Mario debe recorrer para componer la canción de Lucía, la sinfonía donde ella vivirá eternamente. El Autor Daniel Ruiz García (Sevilla, 1976) es licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. En 1998, cuando contaba 20 años, obtuvo el I Premio en el II Certamen de Novela de la Universidad Politécnica de Madrid por la obra Chatarra, que le valió la publicación por parte de Calambur. En estos últimos años, ha obtenido diversas distinciones y galardones, entre los que se encuentran el I Premio del Certamen Literario Hernando Colón, finalista en el Certamen de Relatos Breves de la Fundación Cultural Saramago y finalista en el Certamen de Novela de Palomares del Río. En 2006, el cineasta Rodrigo Rodero adaptó Chatarra a cortometraje cinematográfico. Dicho corto, homónimo y con guión de Daniel Ruiz García, ha obtenido hasta la fecha más de 50 galardones nacionales e internacionales, y fue preseleccionado para los Oscars de Hollywood de 2007 en la categoría de cortometrajes. En 2008, Daniel Ruiz García publicó la novela Perrera (Dum Spiro Ediciones), una reflexión sobre la marginalidad, la juventud y la violencia, que ha arrancado los elogios de autores como Montero Glez, ganador del Premio Azorín de Novela 2008 con Pólvora Negra, o de Fernando Royuela, autor que prologa la novela.
Aquí en Sevilla, 4 de junio de 2009
A ratos parece Houllebecq. A ratos recuerda a Edgar Allan Poe. Otras veces, simplemente, parece un ángel caído, un borracho que se lame las heridas, o un guitarrista desahuciado entonando un blues roto a las puertas del metro. El estilo de Daniel Ruiz García en la novela La canción donde ella vive (Editorial Calambur), la tercera de su carrera, se antoja más bien una balada, un cántico desesperado y amargo, plagado de referencias literarias, cinematográficas y musicales (sobre todo musicales), y siempre dominado por el nervio. Una novela valiente, arrolladora, instintiva, un antídoto contra el aburrimiento que no te dejará indiferente, y que te apasionará si te gustan el rock y la cerveza.
http://estatuasverdes.blogspot.com/2009/06/la-cancion-donde-ella-vive.html
3 de junio de 2009
Dicen que la literatura puede ser una forma de conocimiento (no racional) tan potente como otras más ortodoxas. Es una buena manera de llegar a intuiciones, y por usar la paradoja, de expresar lo inexpresable. Expresar con palabras lo que no se puede expresar con palabras es un don del verdadero poeta; para ello se sirve de cierto tipo de comparaciones especiales: el símil (A es como B), la imagen (A es B) y la metáfora (hablar de B directamente cuando me refiero a A). De entre ellas prefiero el símil y la imagen, creo que sobre todo hallar un buen símil es una de las operaciones poéticas más bonitas y dífíciles que se pueden realizar. Y ahora, os contaré una historia. Hace tres semanas andaba por una feria del libro trasteando libros de poesía de Bolaño cuando escucho por megafonía las palabras “postmodernismo” y “Beach Boys”: era la presentación de una novela. Como mínimo, ya habían captado mi atención, se trataba de un libro acerca de unos amores con trasfondo de música rock, y no cualquiera sino sesentera: la que a mí más me gusta. La novela se llamaba La canción donde ella vive (2009), el autor Daniel Ruiz García. Como quiera que -sin desvelar la trama- en la presentación se desveló que el libro trataba los temas de la mujer fatal, la metaficción, el cine y la música (con fuerte presencia de las canciones de Brian Wilson), no tuve más remedio que comprarla y pedirle al autor que me la firmara. Cuál no sería mi sorpresa cuando Daniel Ruiz (carambolas de la vida) me contó que era fiel lector de Estatuas Verdes. Va por ti, Daniel, y por tu excelente novela, sabe Dios que me cuesta hablar de ella sin revelar sus secretos, es como hablar de la serie Perdidos sin poder argumentar por qué me gusta tanto (para no aguarla). Me aseguran que con Perrera (2008) -la obra que te ha puesto en el mapa- te saliste del mapa, no la he leído pero no tardaré en hacerlo. Me aseguran que La canción donde ella vive es tu obra menos experimental, y está claro que no va a revolucionar las letras españolas, pero amigo, ¿quién necesita a Huidobro o a Joyce pudiendo tener a alguien que le cuenta una interesantísima historia? Una historia que te da arañazos, además. La canción donde ella vive es un relato confesional, formalmente es un monólogo escrito en primera y segunda persona por un narrador autodiegético (cuenta su propia historia) que en un momento puntual le cede la palabra a otra “primera persona”. El narrador, Mario, se dirige a un “tú” que es su amigo al que se está confesando, el personaje más nombrado del libro por virtud del vocativo pero que en realidad es un mero artificio literario. ¿Por qué me bajo a esta tramoya narratológica? Porque en esta novela cobra especial importancia la metaficción (“escribir sobre escribir”), hasta el punto de que se trata de una historia in the making, en proceso de construcción a medida que se va contando -o al menos este es el engaño que logra el buen Daniel Ruiz-. Y también porque sería injusto desdeñar su forma en favor del valor del contenido, siendo la forma tan interesante. El relato de Mario se convierte en una consciente carrera contrarreloj por dejar escrita la justificación de sus últimos actos y días, y desde la página 1 se nos muestra la preocupación del narrador por ordenar, seleccionar y secuenciar los materiales de su narración: sus “recuerdos”. Hay un par de metáforas muy aptas que Daniel Ruiz utiliza para capturar el proceso de construcción narrativa de Mario: de un lado una colección de postales que él debe ordenar cronológica (o al menos lógica) -mente, y del otro la recomposición cual puzzle de los fragmentos de un espejo hecho añicos. Así, a pellizcos, la historia va creciendo a medida que va persiguiendo al narrador y al propio lector, de manera tan acuciante como una arcada que nos sube por la garganta y nos impide respirar. En cuanto al contenido... era lo fácil, seguro que a Guardiola le molaría una novela acerca de los trofeos del Barça, o a Carpanta una sobre los pollos asados. Es una trampa leer un libro sobre un tema que nos mola y es muy cercano, empero: podemos salir corridos de gusto o tremendamente decepcionados. Afortunadamente, el caso de La canción donde ella vive es la primera de estas opciones. Referencias cultu-sixties no le faltan (“Voodoo Child” de Hendrix juega un papel central, al igual que los álbumes Forever Changes de Love o Smiley Smile de Beach Boys), así como tampoco referencias culturetas mainstream, de Marcel Proust a Mark Rothko, pasando por Walt Whitman, Goya, Beethoven o la mitología griega. Pero todo eso, amigos, es bien sabido que se queda en nada si no hay una historia de fuste, y en este caso el fuste lo dan los sentimientos que entran en juego.
La voluntad de no destriparos la novela me impide dar más detalles acerca de la temática principal y varios de los subtemas que trata, pero baste decir que en La canción donde ella vive conviven muchos de los fantasmas y los males que aquejan a la sociedad actual, el ennui de las parejas y de las relaciones sin amor, la voracidad inmobiliaria, las vidas sin rumbo, la autodestrucción... todo ello regado con incontables botellines de cerveza y festoneado por las canciones que más nutren el alma. Y sin embargo, lo que más me ha molado de este libro, por lo que seguramente lo recordaré, más allá del catálogo de canciones o artistas mencionados es por la manera de escribir de Daniel Ruiz. Un hombre amigo (al menos en esta obra) de la oración compleja y compuesta, de la catarata verbal, pero sin abrumar nunca al lector, siempre ofreciéndole la intuición justa. Si te puede poner dos ejemplos de algo, jamás te pondrá uno, y lo mismo sucede con los símiles e imágenes, de ahí lo que escribía en el primer párrafo de este post. De todo el libro me quedo con dos, que provocaron que me hiciera pipí encima: “ojos húmedos y oscuros como olivas flotando en un charco” y “la tarde es un enorme lienzo de Rothko”. Ah, a todo esto... ¿y la canción donde ella vive? Pues no os cuento cuál es, pero no me puedo privar de deciros que la compuso Brian Wilson...
Las rosas de la carne
Manuel Francisco Reina
Colección: Calambur Poesía (PO096)
ISBN: 978-84-8359-153-6
10,00 € (con IVA)
Leer, septiembre de 2009 Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974) es novelista, dramaturgo, crítico literario y poeta. Ha publicado los poemarios Razón del incendiario, Naufragio hacia la dicha, Del insumiso amor, Consumación de estío, Las islas cómplices, El amargo ejercicio y La lengua de los ángeles, libros por los que ha recibido diversos premios como el “Ciudad de San Fernando”, el “Ciudad de Irán”, o el “Ibn Al-Jatib”. “Nadie escapa a la desmesura de la rosa”, dice Dulce Chacón y cita el poeta. Fiel al aserto, las páginas de Las rosas de la carne están poseídas por la recreación de los topica renacentistas y barrocos, que se despliegan y confluyen en esa central y metafórica flor que en su perfume mítico y bífica existencia encierra celebración y desaparición, oda y elegía. En Las rosas de la carne lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios de una manera libertaria y subversiva. “Susurro placentero desde el fondo de nada./ Racimos de rocío por la espalda del mundo”.
ABCD, 4-10 de julio de 2009
Celebración
Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974) es autor de una obra amplia y variada que tiene a la poesía como eje y núcleo generador. Su último poemario, Las rosas de la carne, representa un importante paso en su interesante trayectoria poética. Se trata de un libro de carácter unitario en torno a ese gran símbolo de símbolos que es la rosa. Estamos, por tanto, ante un verdadero tour de force, ante un reto del que el autor sale, una vez más, victorioso. El libro aparece organizado en tres partes con una especie de poema-prólogo, “Celebración de la carne”, en el que el yo lírico deja muy clara su actitud: “Para no hacer de la vida una elegía / (...) / canto el goce vivo del espelendor de los cuerpos. / Alabo el milagro de la materia que somos...”. La primera sección, “Naturaleza de la rosa”, indaga en el alcance y el significado –plural y contradictorio– de la rosa (“Porque los símbolos son el tótem de los hombres”), en sus diferentes caras y aspectos, en sus numerosas trampas y peligros (“Cepo seductor de fieras nobles, casi extintas; / corazón omnívoro de belleza / en el que caen todos los que de veras aman”) y en su compleja genealogía. La segunda, “Las rosas de la carne (No se engañen las rosas)”, se centra en el deseo con todas sus aristas (“Teoría del deseo”), y en el amor como juego y como conocimiento carnal. Al final, ésta es la “única certeza” en medio de tantas dudas: “La única certeza de mi vida / es que mis días sean como rosas; / émulos de estas flores de verano / que arden en sí mismas como estíos”. En la tercera, “Exhumaciones”, el yo lírico se adentra, sin melancolía, en la memoria del deseo (“Con idéntico frío del forense / paso el metálico escalpelo por la memoria...”), al tiempo que se muestra consciente de las continuas mudanzas del amor y de su gufacidad (“Cadáveres de rosas”). La obra concluye, de forma significativa, con el poema titulado “La rosa resurrecta”: “Entraste en mi casa confiado y sereno / como nuevo presagio de fortuna y de dicha, / y me brotaron yemas en las ramas marchitas...”. Como en el libro anterior, La lengua de los ángeles (2006), en Las rosas de la carne ha logrado amalgamar –en síntesis armoniosa– el Renacimiento y el Barroco gongorino, el formalismo y la libertad y desnudez expresivas, lo profano y lo místico, lo mundano y lo religioso, el cuerpo y el espíritu, y, lo más importante, las grandes tradiciones amorosas y la propia indagación personal. Sus versos nos ofrecen el nombre y la carne de la rosa.
LUIS GARCÍA JAMBRINA
22/06/09
http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2009/05/equipaje-de-vacaciones-poesia.html
Porque una rosa no es una rosa, sino muchas, Las rosas de la carne, el último libro de poesía de Manuel Francisco Reina, convoca en sus versos distintas tradiciones, desde la clásica a la contemporánea pasando por el Barroco, para celebrar la rosa de la oda y la pasión o lamentar la rosa fugitiva de la elegía. En su simbología múltiple –el amor y la muerte, el tiempo y el sueño, la vida y la literatura– las presenta este libro intenso que habla en sus tres partes de la naturaleza de la rosa, de la rosa alquímica o penúltima, y de la rosa resurrecta de amor quemando el labio para contestar la tradición de la rosa barroca de ceniza y defender frente a ella el big-bang de la hermosura.
SANTOS DOMÍNGUEZ
El jardín de ajenjo
El jardín de ajenjo
XI Premio Río Manzanares de Novela
298 págs., 2009
ISBN: 978-84-8359-167-3
15,00 € (con IVA)
9 de julio de 2009
http://criticoestado.blogspot.com/2009/07/hacia-la-formula-de-la-coca-cola.html Hacia la fórmula de la Coca Cola Fenómenos como el inesperado éxito de Stieg Larsson y su noctámbula trilogía nos conducen una vez más a pensar que El Dorado que supone la confección premeditada de un bestseller es más bien un espejismo, un arcano indescifrable, inasequible y escurridizo a los manuales y los consejos de los talleres de escritura. Aun así, cabe hacer defensa de algunos recursos que, por mera observación estadística, sí parecen estar dando buenos resultados en las últimas décadas en lo que a literatura crematística se refiere. El redescubrimiento del pasado, la reescritura de la Historia en clave crítica o conspiratoria o simplemente paranormal acumula ya una larga tradición como abono de best-seller. Desde que gente como Greene, Le Carré, Forsyth o más recientemente Grisham lo impusiera como marca de éxito, la reescritura de la Historia, el ejercicio de mirar de otra forma al pasado, se ha convertido en un recurso bastante solvente para alcanzar la gloria literaria. Se me ocurren otros muchos: el empleo de un lenguaje directo y sencillo, que abunde en la plasticidad y que tenga resonancias cinematográficas en el tipo de metáforas empleadas; la abundancia de diálogos; un uso comedido pero efectivo del humor; sexo, aunque siempre contenido, sin llegar a la sicalipsis… Empiezo a identificar, frente a estos patrones clásicos de la factoría de los best-sellers, nuevas tendencias que no están funcionando nada mal en los últimos tiempos. El libro que hoy me toca abunda en una de estas tendencias: el empleo de personajes históricos de gran trascendencia que son incrustados en las tramas de forma meramente tangencial, dando realce, lustre, brillo y aval histórico a historias que realmente deambulan por otros derroteros. Se trata, para entendernos, como si contamos la historia, por ejemplo, de un primo hermano de Mozart que ejerció como serial killer victoriano. El famoso, en este caso Mozart, aparecería en la trama haciendo poco más que cameos, con algunas frases y algunas entradas y salidas que permitirían incrementar el interés por la historia, sin que nos desviáramos en exceso del quid del argumento: las miserias de un asesino en serie con sangre de genio. En El Jardín de Ajenjo, novela ganadora del XI Premio Río Manzanares de Novela y publicada por Calambur Editorial, Francisco Balbuena apunta maneras de autor de best-seller nato. Y utiliza este recurso referido del cameo de forma bastante certera. En este caso, el personaje célebre invitado determina incluso el escenario espaciotemporal de la novela. Concretamente, la novela transcurre durante el periodo en el que un joven Orson Welles rueda un docudrama en Brasil, en Río de Janeiro, la película It’s All True. La historia es bastante conocida: en 1940, y guiado por su “política de buena vecindad”, el Gobierno norteamericano de Roosevelt decide poner en marcha una campaña para estrechar vínculos con Sudamérica. Para ello, se cuenta con el apoyo de Hollywood, y de algunos egregios filántropos, como Nelson Rockefeller, a la sazón accionista mayoritario de la RKO en la que el joven Welles ya viene ofreciendo sus servicios. Con Ciudadano Kane recién estrenado, Orson es enviado a Sudamérica, concretamente a México y a Brasil, a fin de que ruede una película con la que promocionar las buenas relaciones entre Yanquilandia y estos países. A caballo entre lo dramático y lo documental, lo cierto es que el guión de It’s All True salta por los aires cuando el ávido Welles se sumerge en la vida tropical. Se suceden los meses sin que del equipo desplazado surja algo de provecho. Después de año y medio de disloque, la RKO obliga a Welles a regresar. Hoy, It’s All True es una de las piezas más míticas del baúl de los proyectos inconclusos del americano. Sobre este planteamiento, Balbuena plantea una novela con nervio, ágil, enérgica, urgente. Una novela que tiene la capacidad de evocar no ya una época o un paisaje –el tropical–, sino un determinado escenario de ficción bastante transitado por la novela y el cine negro americano. Me refiero al hard boiled, a la vertiente más dura del clásico film noir, que tan popular hicieron personajes como Spade, Marlowe o Archer. Porque ese es, a mi juicio, el logro principal de El Jardín de Ajenjo, un planteamiento de trama dura, plagada de puñetazos, de alcohol seco, de sexo sucio y de incapacidad de redención. Se lee como se ve una película de cine negro de los 40, con humo y con sabor a whisky. Todo hard boiled tiene su hard boiled man, y el de Francisco Balbuena es un personaje bastante inquietante, como obliga el manual del género: Balboa, un falangista de oscuro pasado que trabaja como matón y como vividor a sueldo en la embajada española en Brasil. Su drama es enamorarse de una judía, que para más inri está casada con un austriaco que además de ser homosexual la degrada y la maltrata, completamente torturado por sus complejos antisemitas. En medio de este cuadro aparece Welles con su equipo, y a Balboa se le encomienda la misión de velar por la seguridad del cineasta durante su estancia en Brasil. Una estancia que comparte ciertos paralelismos con la que debió padecer Coppola durante el rodaje selvático de Apocalipse Now, ya que se convierte en una rueda incesante de excesos en la que Welles, algo caricaturesco –uno de los principales peros de la novela–, se desenvuelve como un animal salvaje e indómito. El cineasta se convierte de este modo en un interesante aderezo para una trama que se mueve fundamentalmente por resortes de pasión, traición y venganza. Todo muy peliculero, muy folletinesco, pero qué quieren que les diga, también tremendamente divertido. Francisco Balbuena acabará siendo un gran autor de best-seller. Tiene todas las aptitudes y actitudes para ello. Oficio –escribe todos los días cinco horas, y ésta de El jardín de Ajenjo la escribió en tres meses–, buena pluma –un best-seller puede hacer también concesiones a lo brillante a través del estilo, de las imágenes, del ritmo– y buenos enfoques –contar con Welles en su momento vital de mayor ebullición creativa, con el exuberante Carnaval de Río de Janeiro de fondo, y abordando uno de los proyectos inacabados más míticos de la Historia del Cine, abre de por sí un terreno de ficción bastante prometedor–. Gracias a todas estas competencias, Francisco Balbuena ya está rozando el limbo de los grandes premios literarios españoles. Así, aunque casi nadie lo conozca, ha sido finalista de premios como el Azorín, el Ateneo de Sevilla, el Primavera, el Fernando Lara o el Planeta. Sólo queda esperar que su tenacidad no decaiga, y que siga alimentándonos con estos divertimentos, que resultan especialmente agradables y recomendables para la canícula estival. DANI RUIZ
Liverpool
21 de marzo de 2009 Diario de La Palmas, laprovincia.es Miguel Ángel Muñoz: “Calambur rescata Liverpool de un injusto olvido” El Cabildo inicia en el Club Prensa Canaria el programa de actos de homenaje a José María Millares El borboteo oscuro de la palabra poética sonó el pasado jueves como pocas veces en el Club Prensa Canaria a través de la voz de uno de los poetas más hondos de las Islas. José María Millares leyó algunos versos de su libro Liverpool, publicado en 1949 y republicado ahora en el sello madrileño Calambur, que recupera así para los lectores de habla hispana una de las obras capitales de la poesía española. En el acto de presentación de la obra, que abarrotó la sala, participaron, junto al propio autor, la consejera de Cultura del Cabildo grancanario, Luz Caballero; los también poetas Elsa López y Miguel Ángel Muñoz, que acudió además en representación de la editorial Calambur; la coordinadora del Plan de Fomento de la Lectura del Cabildo, Zoraida Rodríguez, y el filólogo Antonio Becerra. En el transcurso de su intervención Luz Caballero celebró que junto a la nueva edición de Liverpool, Millares haya recibido hace unos días también el Premio Canarias de Literatura, un galardón que estimó muy merecido por su valiosa aportación a las letras del Archipiélago. Zoraida Rodríguez, por su parte, explicó que el acto del jueves constituía el primero de un programa de homenaje al poeta organizado por la Consejería de Cultura del Cabildo, que incluirá también una exposición que acogerá en abril la Biblioteca Insular, cuyo comisariado correrá a cargo de Javier Cabrera, y un recital el mismo mes de poemas de Millares, que serán leídos por destacadas personalidades del mundo cultural canario. Miguel Ángel Muñoz, por su parte, expresó en nombre de Calambur el orgullo por haber rescatado Liverpool “del injusto olvido en el que estaba”, y añadió, en referencia al fulgor de los versos de Millares, que “siempre que la poesía desea decir algo hace que se cruce en nuestro camino un signo. Entonces ese algo que hasta el momento nos era extraño se convierte en necesario y vivificador”. Muñoz hizo también mención en varias ocasiones a la figura del crítico canario afincado en Madrid, Jorge Rodríguez Padrón, y al papel decisivo que ha jugado su recomendación en la recuperación de Liverpool por la editorial capitalina. En su turno de intervención Antonio Becerra declaró que la edición de Liverpool en el año 1949 fue “una iniciativa valiente” por su carga de compromiso político, de contestación encubierta a la dictadura franquista. A decir de Becerra, “vivir en la poesía en la posguerra en Canarias en los años cuarenta, en aquel panorama podía parecer que la poesía estaba de más y sin embargo es en esas ocasiones precisamente cuando la poesía es más necesaria”. El filólogo declaró que Liverpool “cambió el lenguaje poético” y equiparó el libro de Millares con “otro título fundacional que es La esperanza me mantiene, de Pedro García Cabrera, publicado en 1950, que es un libro que muestra una verdad que escapa a cualquier control”. Elsa López, por su parte, tuvo palabras de emocionado recuerdo para la poetisa Pino Betancor, esposa de José María Millares, fallecida hace algunos años, y declaró que Liverpool “es un viaje hacia la libertad; un viaje que va más allá de una ciudad y un nombre; un viaje a lo imposible. Liverpool es un nombre real, un lugar real situado en un mapa; pero esa palabra encierra otras muchas lecturas. Liverpool es una muestra de la personalidad poética de José María Millares Sall, un poeta cuyos versos se balancean entre el discurso social y una muestra deliberada de su propia intimidad”. MARIANO DE SANTA ANA
31 de diciembre de 2008 http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2008/12/liverpoool.html Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida, sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros cristales de la niebla, está mi alma, están mis ojos, amigos, y sobre el último dolor de la tierra, y sobre el último dolor de mis manos, tanteando el duro cemento de una puerta vacía, y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón, señores, mi corazón. Con fraseo envolvente y poderoso, con una sintaxis progresiva y espiral que remite a la versión de Poeta en Nueva York que había editado Bergamín en México pocos años antes, Liverpool es uno de los libros más sorprendentes de la posguerra. Hay en sus poemas versos como estos: Sí, a vosotros, que sois como el número tres, me dirijo. Quisiera poder deciros cómo aborrezco cada latido de vuestros corazones de perro con librea, porque no tenéis la sangre suficiente para dirigir una palabra hacia esa altura desnuda en la paloma; sin que se acobarde y se estire como una lengua babosa por las ensortijadas manos que os consume; porque carecéis de espíritu, porque habéis nacido como un número, como el número tres, débil y rastrero, sin voluntad de hombres, sin voz Lo publicó en 1949, hace casi sesenta años, José María Millares Sall (Las Palmas, 1921), que inauguraba con ese título la efímera colección canaria Planas de Poesía. Su despliegue de imágenes visionarias, su fondo urbano (Liverpool, Hong-Kong), el tono airado y apocalíptico de los seis poemas que lo integran, su compromiso problemático con la realidad mantienen la vigencia de un libro que pasó casi desapercibido para los lectores y fue silenciado por la crítica en aquellos años de poetas celestiales y sonetos arraigados. Dos años después, la prohibición de Planas de Poesía por la censura y el procesamiento de José María Millares Sall acabaron de enterrar aquellos textos que enlazaban con la mejor herencia del expresionismo y el superrealismo de entreguerras: porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta, y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo. Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi sangre vuestras sonrisas de azufre, vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso. Lo acaba de recuperar Calambur en una feliz iniciativa, casi un descubrimiento, en una cuidada edición con un epílogo iluminador (Para volver a Liverpool con José María) de Jorge Rodríguez Padrón. SANTOS DOMÍNGUEZ
9 de diciembre de 2008 Liverpool rescatado
Es, todavía hoy, uno de los libros más sorprendentes de la posguerra. Se titula Liverpool y lo publicó en 1949, hace casi sesenta años, José María Millares Sall (Las Palmas, 1921) para inaugurar la efímera colección canaria Planas de Poesía. Pasó casi desapercibido para los lectores y fue silenciado por la crítica en aquellos años de poetas celestiales y sonetos arraigados. Dos años después, la prohibición de Planas de Poesía por la censura y el procesamiento de José María Millares Sall acabaron de enterrar aquel libro que enlazaba con la mejor herencia del expresionismo y el superrealismo de entreguerras: porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta, y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo. Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi sangre vuestras sonrisas de azufre, vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso. Lo acaba de recuperar Calambur en una cuidada edición con un epílogo iluminador (Para volver a Liverpool con José María) de Jorge Rodríguez Padrón. SANTOS DOMÍNGUEZ
Diccionario de Dudas
José María Cumbreño
ISBN: 978-84-8359-054-6
24 de mayo de 2009, Odiel Información Escrito en el río “Apuntar las dudas en un cuaderno, / colocarlas una detrás de otra / me ayuda a dormir, / aunque sé que me tranquilizo / con un engaño, / porque, cuando se ha estado cierto tiempo / inventándole límites / a la incertidumbre, / se acaba no distinguiendo / la verdad de la retórica. / También hay quien camina / tratando de no pisar / las junturas de las baldosas / o quien no cruza la calle / hasta que no pasa un coche rojo”. Vale decir que hoy trazamos poemas, entre otras expresiones, igual que “los ejemplares de homo sapiens peor adaptados se pasaban el invierno inventando símbolos que amansasen su miedo”. El poema no es el límite. El lenguaje lo es. El poema intenta, consigue, a veces, rasgar la marca del límite, decir más de lo que se pretendía. Es el lenguaje el que se para si no hay horizonte que alcanzar, duda que abrir. “La partitura se explica por oposición al silencio”. Bendita la duda que acelera el latido, que crea un paisaje de niebla, que pinta el aire de lo inesperado, que define el escribir como “enhebrar una aguja con los ojos cerrados”. Si sumamos a esto la dificultad que entraña al tratarse de Poesía, la duda hace que te sientas por dentro, que extrañes tu presencia en mitad del misterio de la vida, que te sitúes junto a “una señal donde se leen los nombres de varias ciudades y las distancias que hay que recorrer para llegar a ellas. Dividirse, bifurcarse, ramificarse. Un lugar que es ningún lugar y es todos los lugares a la vez”. A José María Cumbreño le ha editado Calambur su poemario Diccionario de Dudas: “El lado hacia el que miro delante del espejo no es el lado hacia el que mira mi imagen reflejada”. La duda habita en sus páginas, y el poeta, que sabe que “es posible irse de un lugar y no abandonarlo”, une duda y diccionario porque “una y otro intentan lo mismo: descarnar la palabra hasta llegar a su esencia”, aunque la más simple duda pueda eternizar un instante. Todo esto dicho en verso convierte el lenguaje en traducción simultánea del sentimiento, algo así como “oírse a uno mismo, hablar en otra lengua con la sensación de estar oyendo a otra persona”. La duda habita en el papel con “la tensión del arco y el arquero, / el blanco y la flecha”, con el temblor último, decisivo. De la tensión de la duda nace este hermoso libro: “el cuaderno abierto como una llanura sobre la que llevase años sin llover. Miro mi lápiz afilado entre el índice y el pulgar esperando que en algún momento tiemble”. El autor lo plantea entero sin que la gran sombra abandone una página, despejando la duda de que “estudiando las relaciones entre una consecuencia (si la hay) y sus causas (si existen) se puede llegar a una conclusión determinada y también a la opuesta”, señalando el ámbito de la indeterminación al decir que si “la forma más perfecta [resulta] ser la del cero probablemente no signifique nada y sea mi imperfección la que le otorgue un significado”. José María Cumbreño (Cáceres, 1972), Filólogo, ha sacado antes Las ciudades de la llanura (2000), Árbol sin sombra (2003), De los espacios cerrados (2006), Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas (2008) y Teorías da ordem (Antología bilingüe española-portuguesa), aparte de colaboraciones en varias revistas especializadas: Turia, El Extramundi, Reloj de arena, Müsu, Diversos o Espacio / Espaço Escrito. Es Premio de Poesía Ciudad de Badajoz y de Narrativa Breve Generación del 27. Es profesor y dirige la colección Litteratos en Littera Libros. Pero sobre los fríos datos, José María Cumbreño emerge como poeta, claro poeta a flote en el mar de la duda, de las dudas… esos imperceptibles puntos suspensivos que “según las gramáticas […] sienten temor, se asombran. Dejan frases a medio terminar. Son nerviosos, inseguros. Se colocan al final de las listas, enumeraciones e inventarios donde hacer recuento de lo que se tuvo o se ha sido, donde añorar lo que no se tiene o no se es”. “Al narrador, por si acaso, no conviene tomárselo demasiado en serio. Porque no siempre resulta fácil descubrir cuándo es él mismo y cuándo un personaje”. Lo cierto es que el lector comparte sus dudas convencido de que “mientras se traza un círculo se conoce la calma”, que viene a ser la sensación de que tanto somos lo que hemos hecho como lo que hemos dudado. ¿O no? MANUEL GARRIDO PALACIOS
Historias de la fatal ocasión
22 de febrero de 2009, Diario de León Carmen nació en el Bierzo más fronterizo, que es el del valle del Valcarce, apenas a unos metros de Galicia. Bajo el monte Capeloso, ayuntamiento de Barjas. Bierzo verde, remoto; uno de los más hermosos. Allí escuchó el viento y el río, el monte y los árboles. Luego esas músicas naturales, unidas a la palabra de los padres, de otras personas, de las lecturas más tarde, de la curiosidad y de vivir en otros lugares, fueron tejiendo su identidad. De la que surgió una revelación en algún lejano día de la adolescencia: Carmen era poeta. Ser poeta es algo que viene dado, que nadie puede ser si no lo es desde la raíz. Enigmas del arte; lo mismo sucede con los músicos, los pintores que tienen mirada propia. Carmen era poeta, empezó su vida civil, se licenció en filología, se abocó al oficio de ser profesora de literatura en la enseñanza secundaria. Vivió en Fabero, daba clase allí. Fue cuando muchos supimos de ella. Hará unos 30 años. Una chica emprendedora, que salía en los periódicos, que escribía, entusiasta. Recuerdo animosas entrevistas en la prensa. Una chica de Fabero que era poeta. Luego se me borró su senda, para reaparecer en León. Con sus libros nuevos, con su apellido topónimo, con su voz trazando ya vuelos más personales. Me empezó a mandar sus libros; cada uno diferente del anterior, pero todos en una misma línea. De autenticidad y búsqueda. Carmen es la búsqueda, eso se nota enseguida. Yo he ido conociendo sus veredas, sus descubrimientos, sus poemas exóticos, su bello canto a la marginación y al dolor. Libros de versos muy unitarios y líricos. Y no debo olvidar su excelente y documentado ensayo sobre Antonio Pereira ni su trabajo sobre el alzhéimer. Pero faltaba un escalón por cubrir. Crucial. Un salto difícil y venturoso, lúcido y de plena madurez. El paso que solo el talento confiere. La precisión nueva y antigua, la llegada adonde uno quería llegar. Secreta, intensamente. Carmen ha llegado a ser Carmen Busmayor. Ha alcanzado ese lugar del escritor donde la voz fluye. Donde se armoniza la memoria, la imaginación y el uso personal y artístico del idioma. Su nuevo libro, Historias de la fatal ocasión, publicado hace semanas en la prestigiosa editorial Calambur, es espléndido. Es un poemario breve, esencial, intenso. Tocado por el vértigo y la compasión, el respeto y la hondura. Un sabio y libre homenaje a cuarenta y un escritores suicidas. Carmen Busmayor, poeta, ha caminado con belleza y melancolía por la más humana flor del frío. Y del tiempo. CÉSAR GAVELA
Odiel Información,
domingo 14 de diciembre de 2008
Atrás queda la tarde “Nadie ama la poesía como un ruso”, dice Pasternak en Zhivago. Siempre se exagera un poco en cuestiones que se nutren de la pasión, misteriosa estancia que, a pleno oleaje o en playa serena, nunca falta donde habita el latido. Definir la poesía es otro cantar. Podría ser conectar con la belleza a través de cualquier sentido más allá de la palabra. Valga un silencio. Lo cierto es que el camino que venimos recorriendo para acceder a la poesía es el del verso, dicho, cantado o escrito, forma literaria que parece acaparar la intención del término, a pesar de ser tan amplio el horizonte abierto. Así las cosas, me hago con el libro de poemas Historias de la fatal ocasión, de Carmen Busmayor (León, 1952), premiada varias veces por su obra poética, obra en la que la autora, Doctora en Filología Hispánica, reflexiona sobre el siempre nebuloso “adiós”, esta vez, “de relevantes escritores suicidas”. Antonio Colinas dice en el prólogo que “hay dos maneras fundamentales de abordar un libro de poemas; una, acumulándolos en un proceso que arranca de ese momento mágico del que brota el primero de los versos, ése que al parecer alguien nos dicta; luego, planteándose un tema previo, predominante”. El libro de Carmen Busmayor “se decide claramente por esta última opción eligiendo un tema ambicioso y turbador: el del suicidio y los suicidas. Pero no nos encontraremos en él con anónimos suicidas, sino con (...) escritores excelentes”; es decir, el libro alude a “uno de esos grandes temas –amor, naturaleza, tiempo, más allá, muerte– que están presentes en la tradición literaria y que el poeta no puede eludir. Es la muerte el tema central de este libro”, pero más que de la muerte misma, por si no bastara, de “los instantes previos en los que, quizá, el suicida repiensa su vida y decide sobre ella”. Con la actriz Aída Peruzzi, compañera de Salgari, Carmen Busmayor comparte el saber “de la que es amada y pierde la razón entre espumas de luces heridas / por disparos de olvido. // Mis labios son la herida informe / que suscribe el duelo antes y después del rasear de los buitres. // He buscado caminos, muchas veces / patios hábiles para la claridad del consuelo y a menudo he encontrado / tan sólo las vísceras de la desolación”. A Antonia Pozzi, “poetessa italiana” le dice que “al caer la noche, en sigilo, ciego / en la turbiedad, no deserta. No. Desgarra, / precipita la rueca del aliento / tal si fuesen las veloces esquinas del aire / o la misma luna ebria de morfina y sueño / en la audaz insistencia de la debelación”. De Virginia Woolf escribe que “no fue el mar quien echó raíces en sus pies, pesadas piedras / en los bolsillos de su abrigo tampoco.// Porque el mar, enorme en el desacuerdo / y la misericordia, no posa sus ojos / en la lúgubre travesía de quienes suman cansancio / con sus dedos, / con su voz, / con sus piernas entrelazadas, / con la muelle sensación / de la riqueza, / con sus pupilas / teñidas de desencanto, / con todo, / con todo”. Para Mario de Sá-Carneiro, fundador con Fernando Pessoa de Orpheu, “atrás queda la tarde. Tendida en el cansancio. / Lisboa, el ojo circular de la amistad. / París, una parcela de orillas o el pálido temor de quien / evita su pesada certeza. La dudosa trinchera / de un cuerpo culposo. Esta hora de miseria / sin límites, de luz lastrada por doquier”. Gabriel Ferrater dijo que se suicidaría a los 50 años y lo hizo. Busmayor escribe que “podría ser en las proximidades del tedio / o en medio del beso oscuro de la desposesión. / Anonimado en cada sombra / sentado en la euforia / o sobre la enlutada transparencia de la luz / o mordido por el óxido de la desobediencia / derrumbado en estratos de hiel / o ungiendo su cordura sin una brizna de entusiasmo. // Sucedió. En la alegre república del aire / Como si fuese hoy mismo”. “Gracias a la vida” forma parte del legado de Violeta Parra, con la que Busmayor dice que “no resulta fácil desembocar en la belleza / inmarcesible ante la promesa d quien mata al mensajero. / Sin la poderosa caricia de lo pleno no hacer / de la sonrisa una intensa demolición o retener una dulce música // Con demasiada frecuencia la vida es un lugar / para la asfixia, y en tales momentos un rayo de luz, / ni siquiera una nota de estrellas al completo, / salva la impotencia. Una anemia profunda pone la esperanza / en fuga y ya no es posible poner en práctica el oficio / de mirarse a una misma con complacencia / o, al menos, con una arboleda benevolente / arraigada en el valle del corazón”. Sí; exagera Pasternak. Rozan la treintena las Historias de la fatal ocasión trazadas por Carmen Busmayor (Calambur, 2008), obra en la que “las horas han tejido esta certeza / con paciencia de isla”. Libro pura-esencia, de los de “asomarse al brocal del pozo del abismo / para escribir sobre el mar y las estrellas / porque alguien decide negarse el regreso / si nunca nos volverá a regalar su cara, su voz, / el oro existente bajo su piel”. La autora sabe que, como declara la cita de Albert Camus que encabeza su obra: “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Son palabras que se suman, aunque la belleza de lo escrito por Carmen Busmayor quizás ni necesite. MANUEL GARRIDO PALACIOS
La Crónica, 22 de noviembre de 2008
“Hoy mismo me han publicado otro libro sobre poetas suicidas” El acto literario de ayer, en el que se falló el premio González de Lama para Carmen Busmayor, sirvió asimismo para que recibiera su galardón el ganador de la edición del pasado año, Mariano Mayer, con su poemario Justus. El jurado de la edición de 2007 del galardón otorgó por unanimidad el reconocimiento a esta obra “por su original aportación a los lenguajes poéticos de la modernidad, una visión lúcida y transgresora de la cotidianeidad”. Sin embargo, el ganador no pudo desplazarse hasta León por un grave problema familiar y recibió el premio en su nombre un amigo. La finalista de la edición de este año ha sido Dolores Elvira Alberola Beltrán, por su obra Repertorio de sombras.
Por su parte, Carmen Busmayor había sido finalista en aquella edición y el libro con el que lo logró veía precisamente ayer la luz en la editorial Calambur. “Ya era un día muy bonito para mí, al salir este libro, que he titulado Historias de la fatal ocasión, que son historias de poetas suicidas, un mundo que me preocupa y que me inquieta”.
Carmen Busmayor ya ha publicado ocho libros y ahora le llegan tiempos de gran actividad. Entre su obra poética destaca Poemas de la urgencia (1985), Memorias y efluvios (1990), Árbol de carne y luz (1992), Epístola a Carmen (1993), Las flores de la lluvia (1999), Poemas del claustro (2000, junto con Leopoldo de Luis y Basilio Rodríguez Cañada) y Cuaderno de África (2002).
“El de Calambur será el noveno libro de poesía y he escrito dos en prosa, en breve saldrá otro de artículos en prensa en los ‘Breviarios de la calle del pez’ y el premiado ayer será el décimo. Eso significa que ya llevo tiempo y que he trabajado bastante. Tal vez sea significativa la frase con la que arranca el libro ayer premiado, de Picasso, aquella que dice: ‘Yo no busco... encuentro’; es decir, trabajo”.
Siembra, y recoge. F. FERNÁNDEZ LEÓN
León, 21 de noviembre de 2008
Carmen Busmayor, Premio González de Lama 2008: "Es un día muy dulce para mí"
Hoy ha sido un día especialmente "dulce" para Carmen Busmayor, la escritora que esta noche resultó ganadora del XXXVIII Premio de Poesía Antonio González de Lama, y que por la mañana supo que había salido a la luz su último libro de poemas, editado por Calambur. Tras conocer su éxito literario, Carmen Busmayor dijo a EFE: "ha sido una gran satisfacción; he concurrido en algunas ocasiones a este premio y el año pasado quedé finalista precisamente con una obra que hoy ha visto la luz; hoy es pues un día muy dulce para mí". "Por la mañana me llegó la noticia de que estaba en la calle Historias de la fatal ocasión, un libro de poemas dedicado a escritores suicidas, que quedó finalista el año pasado en el González de Lama, con la recomendación de que se publicase. La coincidencia del premio y la edición del libro anterior es algo muy satisfactorio". Tras ser informada de que la deliberación del jurado ha sido especialmente difícil, por el número y el nivel de los candidatos, Busmayor comentó: "Si esto es así, resulta doblemente satisfactorio". "No dudo de que al premio González de Lama han acudido buenos trabajos, porque es muy prestigioso", afirmó la escritora, quien este año presentó la obra "Mapa de encuentros". "Es un libro que se abre con una cita famosa de Picasso, "Yo no busco, encuentro"; y es un libro viajero, en el sentido de que tiene un recorrido alrededor del mundo y alrededor de mí misma, con una serie de reflexiones y de emociones donde me interesa el paisaje, pero sobre todo el paisaje humano."
EFE
La belleza del silencio
El Adelantado de Segovia 21 de enero de 2009 LAS PALABRAS Y LA VIDA Ya les he hablado en alguna ocasión de mi amigo el poeta. Un poeta que, de tarde en tarde, me llama por teléfono o viene a verme. Él, que viaja en tren, antes de nuestro encuentro ya ha estado en el bosque de San Rafael, ese mismo bosque que quizá le inspiró los versos "Los pinos / son reyes". La belleza del silencio se titula el nuevo libro del poeta, editado primorosamente por Calambur. Lo primero que me llama la atención en él es la brevedad de los poemas, alguno de los cuales solo consta de una línea con tres palabras: "Nada te gasta". Parece como si el autor, haciendo honor al título de su obra, quisiera que el silencio invadiera las páginas, hermosas páginas casi en blanco, para que el lector pueda seguir saboreando las pocas palabras que en ellas aparecen y que llegan al alma, quintaesencias sin fárragos. Al leer la poesía de Miguel Ángel Bernat, casi desnuda de metáforas, la mirada se vuelve más limpia y la serenidad se instala bajo la luz de una lámpara en el cuarto de estar: "Sobre el suelo verde claro, / la luz de la tarde; / la sombra del silencio / se extiende / más allá del tiempo, / todo aquí es descanso, / mi esposa en la cama, / yo en la cómoda silla, / no hay yo". Me vienen ecos de Antonio Machado: "Este suave azul del cielo / y las nubes delicadas / ¿Seré alguna vez así?" O de Juan Ramón: "¿Cómo será la luna / desde el paseo solitario / cerca de la montaña, / y en la casa vacía de mis padres, / o en aquel pueblo / en el que vives tú?" Habrá quien ante esta lírica de difícil sencillez diga: "Bah, eso lo hago yo". Pues no, querido. Llegar al grado de madurez, de sabiduría y de humildad que entraña la poesía de Miguel Ángel Bernat supone un largo recorrido, un viaje por muchos mundos y experiencias, hasta ofrecernos breves ráfagas de luminosa cotidianidad, que el poeta sabe convertir en permanencia, en esencias eternas, y descubrir que "La inmensidad está en mí, / mi vida verdadera no tiene fin / mi cuerpo verdadero es el universo". Claro que el poeta se da cuenta de la fugacidad y del dolor: "Qué poco viven los hombres / lágrimas / en mis ojos / como una revelación". Pero, en un quiebro de ironía y de imperturbabilidad, puede concluir afirmando: "Este sentimiento maravilloso / de que pase lo que pase / nunca pasa nada". ALBERTO MARTÍN BARÓ
Círculo de Bellas Artes, 15 de diciembre de 2008
El ciclo La voz y su sombra acoge la lectura del último libro del poeta Miguel Ángel Bernat, La belleza del silencio. Nacido en Madrid en 1954, Bernat es autor, además, de Petirrojos de los tiempos modernos, En el viento, En la tierra y El río.
Coordina Eugenio Castro, presenta Ignacio Castro y edita Calambur
Audio:
http://www.circulobellasartes.com/ag_humanidades.php?ele=79&mod=pasado
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Revista Integral, Diciembre de 2008
Querida haya:
no sabía
que iba a acabar siendo tú
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Este sentimiento maravilloso
de que pase lo que pase
nunca pasa nada
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Como no tengo dientes
como despacito
Como no tengo manos
escribo despacito
Como no tengo ojos
miro despacito
Como no tengo alas
vuelo despacito
y no dejo de volar
Poesía y edición en el Siglo de Oro
IGNACIO GARCÍA AGUILAR
Poesía y edición en el Siglo de Oro
ISBN: 978-84-8359-052-2
444 pp, 27,00 €
15 de junio de 2009 http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2009/06/poesia-y-edicion-en-el-siglo-de-oro.html
En su Biblioteca Litterae, Calambur publica Poesía y edición en el Siglo de Oro, de Ignacio García Aguilar, un acercamiento riguroso y documentado a los libros de lírica culta y profana del Siglo de Oro. Un acercamiento, añadamos, imprescindible porque se realiza desde una perspectiva inédita: la que conecta el proceso creativo de escritura con la recepción de la lectura a través del factor mediador de la edición. Son los tres vértices de una realidad literaria que no puede ser entendida en su totalidad si no se tiene en cuenta ese triángulo formado por el poeta, sus lectores y el editor-impresor-librero. El volumen fija su marco temporal en la plenitud del Siglo de Oro, entre 1543, fecha de la primera edición de la poesía de Garcilaso, y el Parnaso español de Quevedo, que apareció en 1648. Son unos años cruciales en los que la poesía desborda los espacios cortesanos y amplía su ámbito potencial a un grupo menos restringido de lectores. Ese salto cualitativo con el que la literatura culta pasa de la Corte a la ciudad repercute en todo el proceso de creación, transmisión y recepción de la poesía. Tiene mucho que ver, por ejemplo, con el paso de la poesía manuscrita a la impresa, con el momento en que desde el poema suelto se pasa a la edición del poemario y con la configuración de un nuevo público que determinará cambios sustanciales en la concepción de la obra, en el estilo o en la distribución de la obra. En esos cambios están las claves de los nuevos modelos poéticos y editoriales que se imponen desde entonces. Los textos y los contextos urbanos en los que se desarrolla la poesía española de ese siglo, los nuevos modos de producción y transmisión de la poesía, las vías de circulación del libro, la importancia de las licencias, tasas y privilegios, los formatos y la tipografía, los diseños de las portadas, la representación visual del autor, el mapa que fija la coherencia estructural del libro a través de los índices, tablas y grabados o la disputa por la autoría entre el autor y el impresor en los paratextos son algunos de los elementos con los que se construye esta magnífica historia interna de la lírica impresa del Siglo de Oro para la que su autor ha manejado un corpus textual de 193 poemarios. Desde la certeza de que el libro impreso es una realidad compleja en la que confluyen elementos no sólo literarios, sino mercantiles, ideológicos, jurídicos, tipográficos, políticos, Ignacio García Aguilar elabora una historia que se mueve entre la poética y el mercado para adecuarse a la peculiar relación que hay entre poesía e imprenta, tan diferente de la que tienen otros géneros como la novela o el teatro. Entre Amberes y Valencia, de Madrid a Sevilla, de Garcilaso a Quevedo pasando por Herrera o la mercantilización masiva de la poesía con Lope, los formatos, modos de producción, canales de difusión y peculiaridades de la recepción son las claves de este estudio, generoso en ilustraciones e iluminaciones, que se convertirá desde ahora en una referencia ineludible en cualquier análisis global de la poesía áurea española. Santos Domínguez
Si me quieres escribir. Canciones políticas y de combate de la Guerra de España
Edición de Maryse Bertrand de Muñoz
978-84-8359-038-6
19,00 € (con IVA)
17 de mayo de 2009, El Filandón, Diario de León
Si me quieres escribir. Canciones políticas y de combate de la guerra de España
Maryse Bertrand
Se incluye CD con varias canciones
“Este libro ofrece al lector, espigado entre un caudal que fue mucho más rico, cerca de un centenar de canciones políticas y de combate de la Guerra Civil Española de 1936-1939. Tanto del bando republicano como del bando de los sublevados”, con sus propias características y notables diferencias. Así inicia las páginas de este libro Maryse Bertrand de Muñoz, hispanista canadiense, que ha localizado más de cuarenta cancioneros, unos ciento cincuenta libros con músicas y letras de canciones, y más de cincuenta discos, casetes y CDs con canciones de política y combate de la Guerra Civil española. El contenido de este libro es una ordenada propuesta de todos estos materiales, en bloques muy bien sistematizados y claros. “Lo que pretendo yo ahora –explica la autora– es caracterizar de manera sintética estas canciones: dar cuenta de su origen, explicar sus circunstancias, ofrecer sus textos, y sus variantes cuando las haya, transcribir sus partituras y, finalmente, acompañar el conjunto con un soporte de audio que contiene más de treinta versiones de algunas de las obras más representativas que aquí afloran”. Conocer todo este material artístico “para que sea recordado con detalle y dignidad” es el objetivo esencial de la publicación. Nada debe caer en el olvido y por ello cualquier otro interés está, definitivamente, fuera de sitio. Se ha escrito, y se escribe, mucho sobre la guerra civil. En esta obra se recogen textos y música de mucho éxito en aquella etapa, y ha suscitado el interés y el entusiasmo –no debe olvidarse la pasión con que fueron pensados unos y otra– del pueblo y de excelentes compositores, cantantes y cantautores en su tiempo y posteriormente. Una buena ocasión para tenerlo a mano. A.G.
http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2009/04/si-me-quieres-escribir.html 25/04/09 Editado por Calambur y preparado por la hispanista canadiense Maryse Bertrand de Muñoz, Si me quieres escribir es una exhaustiva recopilación de casi un centenar de canciones políticas y de combate de los dos bandos que se enfrentaron en la guerra de España. Muy significativamente se ha elegido como título del volumen el de una canción que cantaban los dos ejércitos -con variantes, claro- en la batalla del Ebro. Al libro, que contiene las letras, las partituras y los comentarios de la editora, lo acompaña un CD con 28 canciones. A lo largo de sus páginas se hace una caracterización global que aborda la sociología y la poética de aquellas canciones, se describe su origen y las circunstancias a las que aluden o de las que surgen, se transcriben los textos y las partituras y se analizan y clasifican los temas fundamentales ( la guerra, la exhortación a luchar, las unidades y los lugares de combate, los héroes y los personajes) de unas creaciones que responden a la necesidad de expresar ideología y sentimientos bajo unas circunstancias extremas como aquellas. Algunas de esas canciones eran populares desde 1931, otras son canciones más claramente políticas o canciones infantiles y festivas, adaptadas a las circunstancias bélicas, y finalmente canciones de dolor y muerte o llamadas a la resistencia. Anónimas o firmadas, entre lo culto y lo popular, los romances, las coplas, las letrillas que se recogen y estudian en Si me quieres escribir son un conjunto significativo de testimonios que interpretan la banda sonora intrahistórica de aquel conflicto y forman parte de la memoria histórica, oral y sentimental de la guerra civil. Santos Domínguez
Las profundas aguas
Las profundas aguas
2008, 64 págs.
ISBN: 978-84-8359-037-9
8,00 € (con IVA)
Odiel Información, 14 de junio de 2009 “La poesía perpetúa el sonido de la vida” En un museo imaginario MANUEL GARRIDO PALACIOS A menudo, cuando el cartero llama una o dos veces, es para traerme un libro. Así que recorro el camino bordeado de adelfas, recojo el envío y el regreso se convierte en el rito de abrir el sobre y ojear las páginas, hasta que, como un pájaro que deja el vuelo, el libro se posa en mi mesa de trabajo y la estancia vuelve a su ser incorporando las palabras recién llegadas. De seguir describiendo el cuadro tendría que añadir que suena un piano, que la luz que penetra por el ventanal lo dora todo y que un tintineo de tazas y de platos pone un fondo sonoro inesperado. En el caso de hoy el libro trae dentro poemas, y ya dijo Krönan que “el desnudo del alma podría ser un manojo de versos”. En ellos se aprieta la simple complejidad de la vida, no siempre triste, no siempre alegre. Cierto que la comunicación sublime entre el poeta y el lector no siempre sucede, ni siempre falla. Lo que no admite un libro de versos es que algunos entendidos se atreven a valorarlo como “bueno” o “malo”. ¿A criterio de quién? Hay que dejar que el libro hable. Si no llega al oído interior podría ser cosa del lector, no del libro. Ninguna lectura requiere tanta atención como el verso, que no es una historia, sino el eco, el respiro, el pulso, la entraña, el humo que liberó la llama apagada. Calambur ha editado Las profundas aguas, del valenciano Alfonso López Gradolí, autor de El sabor del sol (1968), Los instantes (1969), El aire sombrío (1975), Una muchacha rodeada de espigas (1977), Las señales de fuego (1985), Una sucesión de encuentros (1997), y Los signos de la soledad (2000) y Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche (1971), “un conjunto de collages y poemas narrativos considerado por el suplemento literario de The Times de hace algún tiempo obra maestra de la poesía visual”. José Hierro dice que “escribir con miedo y sin demasiada fe es lo mismo que escribir por insoslayable necesidad. Y quien hace esto es ya un poeta. La poesía de Alfonso es necesaria y útil para el propio poeta, lo que equivale a decir que tiene que serlo también para el lector. Es necesaria, porque, él nos lo ha dicho, escribe cuando no puede más, cuando necesita entregarse a un regazo maternal en el que descansar, confesándose. Es útil, porque la claridad que necesita en su vida es posible alcanzarla por medio de la poesía. No olvidemos que si ésta tiene mucho de diario en el que se registran los acontecimientos espirituales, no menos tiene de hilo de Ariadna que enseña al poeta a conocerse a sí mismo. La poesía perpetúa el sonido de la vida y ayuda a desvelar su sentido”. La lectura es, precisamente, el nombre del primer poema, Gradolí lo enmarca en “el momento, vacío de consuelo grande, / en el que al borde de una copa llena / de este sabor que aturde, / sombría cautela del que espera golpes, / conmoción que procura la nostalgia. / Recordamos unos ojos, playas, / el ardor de la luz, el rito / de mirar los juegos de unos cuerpos ágiles / entre las barcas, en la arena. / Me vuelven versos de un gran poeta, / palabras quietas y colores malvas / como trémulos, suavísimos sonidos / que llueven sobre el llovido silencio / del campo en penumbra. Las ramas / se mueven, un soplo casi música. / Batir de alas en la pequeña plaza. / Renglones de poemas con la pureza toda / nos dan sus extensiones de ternura, / está aquí mi vida, mis años reunidos, / las columnas de tiempo dejado atrás. / Y llega la anochecida, una mezcla / de dulzura y desconcierto, agrisado / el cielo tibio, oscuro, con olor a brezo. / Y llegan los recuerdos de mi tierra, / interrogante vida antigua, vuelve como / brisa tras la llluvia de septiembre. / Unos trozos de tiempo, rayas de derrota, / la insistente erosión. La lejanía lleva / desplegadas velas de lo que nos importa. / Racimos de instantes, son las grietas / hechas por los años. Historias, años, / soledad. Alto silencio. Propicia hora / para leer al escritor que preferimos. / Árboles como oscuras hogueras, / ya sin fuego. Todo se une para / explicar las tardes, o intentarlo”. Pasa con el libro de Alfonso López Gradolí que la sensación de inicio pide tiempo y se hace necesario dejar la lectura para dentro de un rato con tal de saborear intensamente el aroma de cada poema.
Junio de 2009 El Ciervo, revista mensual de pensamiento y cultura Junto a su obra en verso, López Gradolí es autor de poesía visual y experimental, género en el que destacan sus libros compuestos en collage. Las profundas aguas reúne en el territorio del poema discursivo ambas facetas. Unos poemas remiten a la memoria de la juventud –“como un aroma levísimo el despliegue / de lo que para mí tuvo importancia”– otros evocan la tradición de vanguardia en la que el poeta se inserta (“Marinetti”, “Cadáver exquisito”), y algunos presentan una clara intención de arte poética, como “La palabra” o “Sobre el concepto collage”).
Los niños interiores
24 de febrero de 2009 lavozdigital.es Pilar Paz Pasamar presenta hoy en Sevilla su esperado nuevo poemario Los niños interiores es un libro “de consumación y madurez” en el que la gaditana alcanza “su plenitud literaria” con una “modernidad sorprendente”. La escritora andaluza Pilar Paz Pasamar ofrece una nueva entrega de sus poemas en el libro Los niños interiores (Calambur), que se presentará hoy dentro de la programación literaria en Sevilla diseñada por el Centro Andaluz de las Letras (CAL), organismo de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
En un comunicado, el CAL señaló que “con este poemario que llega a la plenitud de su obra, la literatura en lengua española renueva acaso una de las vías menos cultivadas y de gran vigencia en la actualidad, la de la mística en castellano”. Añadió que “desde esta asunción de la pérdida como hallazgo de sabiduría compartido, de enseñanza dolorosa pero necesaria de la vida”.
Pilar Paz Pasamar sigue escribiendo en Cádiz, donde fue nombrada Hija adoptiva de la ciudad el 21 de diciembre de 2004. Volcada totalmente en la literatura, tanto en la poesía, como en la narrativa y el periodismo, “sigue contemplando el mar que como la memoria, es ver volver, y sigue trabajando al dictado del canto de Philomena”.
Los Niños Interiores es un libro de “consumación y madurez, que sirve de perfecta última entrega de su obra poética, con una modernidad sorprendente, y corona una trayectoria en la que sus grandes temas y tonos, desde la senda juanramoniana de Animal de Fondo o Espacio y Tiempo, siguen siendo la memoria, la trascendencia, la preocupación por lo humano, y ese peso inmenso de la divinidad que palpita en lo cotidiano, en las cosas diarias e insignificantes, enviando sus mensajes y códigos cifrados”, indicó la editorial.
Asimismo, resaltó que “el Nobel Juan Ramón Jiménez no se fijó por casualidad en ella, pues desde su precoz primer libro, sintió esta búsqueda insobornable de lo inefable en cada uno de sus versos”. Este libro aúna esa “heterodoxia, esta mística de lo vital, esta teología de lo vivido, de lo sufrido y gozado, con una maestría difícil que vincula la ternura y la sabiduría, lo popular y lo culto, lo tamizado por la vivencia en un sentido lírico, biográfico y sublimado”.
Un poemario que pone en valor y hace vigente las tradiciones “más clásicas y las más contemporáneas, las secretas y reveladas, las de oriente y occidente, las de lo humano y lo divino”, apuntó y prosiguió afirmando que “la obra habla de la diversidad de la voz interior y de la exterior, de la relación con el mundo y el creador con la misma naturalidad e inocencia de esos niños que viven y hablan, si se les escucha, desde el fondo de nosotros”. Con este encuentro el CAL continúa con su programación literaria, que está llevando a cabo desde enero con actividades en todas la capitales de cada provincia, dedicado a la poesía, la ficción y al relato.
Los niños interiores
Odiel Información Domingo, 1 de febrero de 2009 Escrito en el río por Manuel Garrido Palacios Los niños interiores “De pronto los árboles se ponen a escribir / transforman sus raíces en plumas de escribir / los pájaros anotan con plumas de escribir / mientras otros colocan sus plumas y subrayan / Yahoo y punto es. / Arroba y punto net (todo se escribe) / Hotmail punto com (todos escriben) / Todos se comunican. La luna arroba arriba. / Redondo signo blanco. / El sol y punto net redondo y amarillo. / La tierra en su formato de polos aplastados. / El alma a solas. Qué”. Pilar Paz Pasamar (Jerez, 1933), gran dama del verso, publica Mara con 18 años, poemario que elogia Juan Ramón Jiménez y que Manuel Moya valora como “desacostumbradamente hondo para una adolescente”. A Mara le siguen Los buenos días (1954), Ablativo amor (1956), Del abreviado mar (1957), La soledad contigo (1960), Violencia inmóvil (1967), La torre de Babel (1982), Textos lapidarios (1990), Philomena (1994), Sophía (2003), La alacena (1986), Ópera lecta (2001) y los ensayos Poesía femenina de lo cotidiano (1964), La poesía femenina hispanoamericana (1992), Fernando Quiñones y José Luis Tejada en la época de Platero (2000) y En torno a Rafael Alberti y las Américas (2001). Para teatro escribe El desván (en colaboración con José M. Rodríguez Méndez, 1955), y Campanas para una ciudad (1987), y en relatos, La dama de Cádiz (1990), Historias balnearias (1999) e Historias bélicas (2004). Académica de la Historia Hispanoamericana de Cádiz y de la de San Dionisio de Jerez, da vida a la resvista Platero junto a Quiñones, Mariscal, Bonald y Tejada. De los niños interiores, editado por Calambur y galardonado por los Premios “El Público” de la RTVA como el mejor libro de poemas de 2008, se dice en la solapa que es libro de madurez, sorprendente, que corona la trayectoria de sus grandes temas”, como la memoria: “sucedió contigo / lo mismo que otro tiempo / sucediera en la etapa de las briznas / cuando el niñó llegó frente al tendero / con la hucha acariciada / y el hombre sopesó con las dos manos / su contorno de barro, como el de una granada / de recóndito jugo apetecible // ya rota la alcancía, desparramado el contenido... // Así guardé tu gesto y no te dije nada”; la trascendencia: “en la inocencia plena y absoluta, / en desnudez, en cueros, / ya solo el balbuceo nos precede // El tiempo nos reclama / el sitio que ocupamos”; lo humano: “El cuerpo, este preludio de lo eterno / lo siento y toco y miro y me pregunto / si no son demasiadas esas atribuciones / que le otorgamos siendo poca cosa. / Y sin embargo, es a través del cuerpo / con que te reconozco y te comprendo. / El tacto te vocea y te proclama. / En el placer la gloria y en el suave / contacto la armonía. / Bulbos acariciados somos en primavera, / unos con otros, sépalos / humedecidos, tiernos. / En la boca el pezón que se estremece”; lo divino: “Pinchos de alambre coronaban su frente, / taladraban las sienes. Apenas si podía / sostener en las manos el humillante cetro. Entre tanto dolor, el Nazareno / recordaba el olor de Batania // y el olor del perfume con que la Magdalena / ungió sus pies que luego secó con sus cabellos”; lo cotidiano: “Aguardo audiencia con su excelentísima / y con su serenísima ilustrísima / y con su nobilísima / y su presidencial y viceversa / y con el secretario / de la secretaría / y con el consejero / de la consejería, / con el cofrade de la cofradía, / con el notario de la notaría / frente a la ventanilla del cajero, / ante el lotero de la lotería”; la mística del vivir: “La casa es muda y ciega, blanca e imperceptible / su longitud de nieve, su ardido camuflaje, / oro de soledad renovado en las horas / tramo de la escalera prendido a su clausura / el interior absorto se inflama, hace reclamo”; lo sufrido: “Las aves migratorias que cruzan el Estrecho, / su cielo azul, avistan lejanos tenderos / donde van a secarse, flameando banderas / los restos de otros cuerpos, las prendas desprendidas / por el mar, de otros miembros / que ondean como algas, o caen en las rocas, / donde las aguas lamen los restos naufragados”; lo gozado: “El oro derretido, tan puro y tan caliente, / ebrio en la pleitesía de la estación dorada, / frente a tanta belleza, nos acerca al principio, / al amor inicial escondido en espera, a la alquimia del beso”; la ternura: “Si te dejaras sostener en mis manos / serías un libro abierto y al besarte / un labio y al moverte, / mis pies”; la sabiduría: “tu nombre no figura en la lista de accesos / al porvenir. Tú nunca lo tuviste. / Ya te vas, y no estás ni siquiera empezada”; lo popular: “La Palabra es la táctil / tarea que te impongo / tan rápida y tan fácil. / Primero fue el silencio, / La Palabra, más tarde”; lo culto: “Braschessi, descubierto en la dulce Florencia de los Médicis, en la galería Ufficci. Por ser amor platónico tardó más en borrarse de mi pensamiento”; la vivencia sublimada: “Cuando así me miró en aquella edad / que todo para él era sorpresa, / puro descubrimiento, hallazgos de tesoros / prohibidos, cerraduras y cofres, / fragancias y fragmentos para él inservibles, / digo que cuando aquella vez me miró, la primera / de un desvelar insólito por triste, / o amargo, no lo sé precisamente, / algo quedó por siempre en mi memoria”; las preguntas sin eco: “A través de los años no obtuvo las razones / del por qué de sus días en Auschwitz, las hambrunas... / Con los ojos abiertos, echado en el asfalto / aún seguía inquiriendo repuestas”; o la vinulación entre el creador y el mundo con la inocencia de la niñez que grita en los dentros: “Nido inmenso es el mundo / por donde nuestras bocas / insaciables asoman / como crías hambrientas”. Versos de Pilar Paz Pasamar que impulsan a volver al principio para saber que “los árboles hoy se han puesto a escribir / con plumillas de aquellas que portaban los cofres / de los niños pues quieren dedicar su madera / a estuches sapienciales, antes que ágrafo el mundo / olvida la escritura”. Me siento árbol. MANUEL GARRIDO PALACIOS
Diario de Jerez, 18 de enero de 2009 "Este niño nació desde una experiencia vital y de una gestación intelectual" La poetisa Pilar Paz Pasamar está hoy de enhorabuena. Esta noche recibe en Huelva el premio El Público de Canal Sur, en el apartado de poesía, por su último libro: Los niños interiores, un poemario editado por Calembur que ya se ha presentado en el Hotel Palace de Madrid, en la Feria del Libro de Zaragoza, casi coincidiendo con la apertura de la Expo, y en Jerez, la ciudad en la que nació un 13 de febrero de 1933. En un futuro el libro se presentará en Cádiz, el rincón en el que vive desde hace años y en el que ha bebido tantas vivencias y emociones. Admiradora y amiga de Juan Ramón Jiménez, a quien vinculó con la histórica revista Platero, publicó su primer libro, Mara –prologado por Carmen Conde–, con 18 años. Sus versos adquieren aún más consistencia unos años después con Los buenos días, poemario con el que logró el accésit del Premio Adonais. –¿Qué ha supuesto para usted el premio que recibirá hoy en Huelva? –Una gran sorpresa, aunque sea difícil de creer. Ni siquiera sabía que mi libro estaba en manos deliberadoras. Esta es la pura verdad. –Se trata de un premio que nace de un programa cultural de televisión, un género no muy abundante en la pequeña pantalla. ¿Tiene esto algún significado especial? –Creo que se debe a que eso que se ha dado en llamar “caja tonta” va ofreciendo posibilidades de cambios y alternativas, que no todo es evasión, sino invasión gradual de otras apetencias y otro público muy diferente. –¿Qué puede encontrar el lector en Los niños interiores? –Algo de sus propias experiencias personales con que identificarse. Lo considero como ese roscón de regalo de Reyes Magos, así que me conformaría con que mis lectores encontrasen tropezones tales como el del oficio, identificación con el tema y esa porción emocional, “El pellizco”, en el argot de nuestro cante. –Y usted, como autora, ¿qué ha encontrado en este poemario?, ¿cómo nació? –Como autora no encuentro, siempre busco hacerlo mejor. Este niño nació como todos los niños, desde una experiencia vital y un proceso de gestación, en este caso intelectual y, además, ha venido con el pan bajo el brazo de un reconocimiento que me hace muy feliz. –¿Cree que la crisis afecta también al mundo del verso? ¿En qué medida? -Si usted se refiere al mundo empresarial de las publicaciones, naturalmente aquélla incidirá en la venta. Pero si se refiere al verso como producto íntimo de un arte llamado poesía, no. Las grandes crisis individuales producidas por el destierro, las cárceles, el aislamiento o vacío son circunstancias que han enriquecido obras tan magníficas como las de Virgilio, san Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, Oscar Wilde o Rosalía de Castro, por ejemplo. –Usted nació en plena República, a escasos años del inicio de la Guerra Civil. ¿Qué piensa de la memoria histórica, de su ley y de las demandas judiciales o políticas que se están produciendo? -Sí, cuando se derrocaba la Ley Seca en Norteamérica, precisamente en Jerez de la Frontera y al filo de la guerra civil. Lo demás se sale del tema, pero contestaré a ello porque reafirma mi confianza, mi optimismo y mi fe profunda en los hombres y las mujeres de buena voluntad. Todo ser humano tiene derecho a ser depositario de una memoria histórica y verídica del tiempo que le tocó vivir, de los seres amados, sus antecesores, de una cierta y digna cercanía en sus lugares de reposo, una vez fallecido. Y repito que todos, sin excepción y en caso extremo, a recurrir a una demanda judicial cuando se sienta perjudicado en su honor, imagen o economía. Lo execrable y punible es utilizar este derecho con otras intenciones o movidos por odios o sentimientos personales. No digo nada que no sepamos todos y, repito, nada tiene que ver con el tema literario, aunque escoja para acabar la perorata el título de un admirable poema de Angela Figueras: “Creo en el hombre”. –Creo que empezó a escribir en los periódicos a los 12 años. ¿Qué supone para usted la colaboración periodística? ¿Qué le aporta? –Para mí es una gozada y, en cierto modo, una disciplina. Nada hay mas gratificante que el que alguien desconocido se acerque y te diga: “Me encanta lo que escribe, siga haciéndolo”. Por otra parte, la comunicación, sea desde el género que sea, es algo necesario para un escritor. –¿Qué le queda por escribir? –Mucho, mucho, si Dios quiere, que querrá. J.A.L.
Diario de Jerez, 17 de noviembre de 2008 Pilar Paz Pasamar muestra sus “Niños interiores” La escritora explicó en la Fundación Bonald los detalles de su nuevo libro El salón de actos de la Fundación José Manuel Caballero Bonald acogió ayer la presentación del libro Los niños interiores, del que es autora la escritora jerezana afincada en Cádiz Pilar Paz Pasamar, publicado en la editorial Calambur. En el acto, donde ejerció de “maestro de ceremonias” el poeta y crítico Manuel Francisco Reina, acompañado por el editor Emilio Torné, estuvo la propia escritora. Ésta se mostró muy satisfecha por la cuidada edición de su nuevo libro de poemas, para el que ha escogido como portada un niño renacentista de Bernardino Luini, un mofletudo con el que la autora dijo que “no hay que llevarse a engaño, porque la melodía, las cosas que toca con su flauta son bastante duras”. Con este libro Pilar Paz ha pretendido exponer “el interior de cada cual dentro de un espacio poético que puede ser o bien la casa de uno o bien el mundo entero”. Pero el libro también cuenta con una segunda parte, “Externidades”, que son como pequeños relatos poéticos. P.N.
La casa roja
Poeta de los poetas del Bierzo por el mundo, poeta de los mundos del Bierzo y del otro mundo, que está en este. Juan Carlos Mestre canta. Pájaro que está en el aire siempre, en vuelo hacia la palabra. Palabra que vuela. Hace mucho que supimos de él, en un tiempo de castaños, de praderas. Viñas y flores, y un Bierzo que también estaba fuera del Bierzo. Que era -es- universal: el suyo. Juan Carlos se hizo campo de mariposas y panaderías, de todas las piedras y las músicas donde habita la memoria. Por entonces estaba en Barcelona, donde se licenció en periodismo. Amores, libros, la transición. Una vez ganó el Adonais, el premio pórtico del poeta nuevo de cada año. De muchos años. Cuando leí aquel título sentí una inmensa emoción. Dentro había un universo; yo me perdí por él. Continúo avanzando: cada poema es una estrella. Y un instante. Comenzaba el Mestre de todos. Poco sabíamos del otro, del muchacho que iba a ver a Ramón Carnicer por las faldas del Tibidabo. Luego Juan Carlos se fue a Chile, allí conoció a Nicanor Parra y a Gonzalo Rojas. Viajes hasta Isla Negra, vivir lento en la ciudad de Concepción. Alejandra. Los últimos trenes de Neruda. Y los revisores parados de Antonio Pereira en viaje por el único país de la tierra que tiene las cuatro estaciones del año a la vez. España luego, el retorno desde de tan lejos, aunque venía mucho. Como ahora vuelve allí. España, empezar, Madrid, el artista seriamente enfermo de literatura. Y de plástica y de una luz honda, que se proyecta hacia los antepasados campesinos de las aldeas del Noroeste. Que se entrelaza con artesanos y locos cuerdísimos de las orillas del Burbia y del Sil. Que se entretela con la historia de los que dijeron no a las palabras del poder. Es el camino del escritor; lo siguen pocos. Pero Mestre no lo dejó nunca, continúa. Ahonda. Cada día más él, más en él. Y un poco en todos los que lo queremos, lo admiramos. Tanta luz que va con él La vehemencia de la verdad. La rebeldía con una sonrisa. Juan Carlos Mestre ha publicado un nuevo libro: «La Casa Roja», país de insurgencia y de ironía. Invención, límite que se queda atrás. Este libro es una nave espacial para dar vueltas al corazón y al planeta, a la historia y al tiempo. Sabio texto imprescindible. Agua que cae y que sube. Y la pequeña paz de un árbol en un campo de un pueblo. O las ciudades donde los cadáveres antiguos ahora son mujeres desnudas. Hombres que rompen las cadenas del lenguaje. Niños alas. Labios. Juan Carlos Mestre es el profeta que anuncia la libertad, único reino. Posible. Presente. Y siempre.
CÉSAR GAVELA http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2008/10/la-casa-roja.html 04.10.08 Nueve años después de La tumba de Keats, el nuevo libro de Juan Carlos Mestre, La casa roja, del que ya había publicado algunos adelantos, vuelve a explorar el espacio autónomo de la poesía y la palabra como ámbito de libertad, conocimiento y creación. Quien entra en La casa roja, que publica Calambur, entra en la casa de las preguntas, en el lugar en que la poesía se convierte en conciencia de lo oculto y en descubrimiento de lo secreto. Junto con esa misión reveladora de lo invisible, la poesía de Juan Carlos Mestre asume un importante componente ético y crítico, cumple una función testimonial que la convierte en conciencia moral del hombre. Imaginación y resistencia, conciencia y palabra son claves fundamentales en la obra de Mestre, en una creación que transcurre en el espacio de lo imprevisible para fundar un mundo que existe sólo en el poema: sucede el extintor de las rosas en el cortejo de las siemprevivas sucede el apostolillo verde de los semáforos sucede que voy a contarte las cosas de mi vida tal como eran sucede un telegrama de nitroglicerina en tu lápiz de labios sucede que yo te quiero un noventa por ciento más que tu novio El poeta conjura tradiciones heterogéneas en una invocación a la diversidad que refunde lo primitivo con la vanguardia, lo simbólico con lo visionario para proponernos no una imagen coherente del mundo, sino una lectura abierta de la realidad que hace del poema un lugar de encuentro. El fraseo intenso y alucinatorio con que discurre el verso torrencial y salmódico de Mestre, generoso en imágenes y más radical en este libro que en La tumba de Keats, va construyendo su propia realidad, reivindicando otra forma de ver y de mirar un mundo que parece recién descubierto o recién inaugurado, como en el modelo withmaniano al que se encomienda el poeta en La casa roja. La casa roja es la casa de la poesía, la casa de la palabra, la casa de las preguntas: Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante. Poesía como forma de conocimiento, palabra en libertad y compromiso ético son tres ángulos fundamentales de un libro que tiene sus referentes en el Lorca de Poeta en Nueva York o de El público, en Antonio Gamoneda, en Rafael Pérez Estrada. Otra línea persistente en La casa roja es la irónica, la que recurre a la parodia (“se acabaron los bedeles que iban por la estepa solos”) o al sarcasmo para criticar la realidad. La “Alocución en la Academia de los botones chapados” o la “Pequeña conferencia” son algunos de los muchos ejemplos que se podrían aportar. A uno de esos textos demoledores, “Las espinas de la mandrágora”, pertenecen estas líneas: Huelo las cátedras a cuarenta zancadas de platino iridiado, distingo su luto riguroso con las persianas bajadas. Preferible la Lírica y su batuta de gorjear cuando el mar se va de vacaciones y comienza el adoctrinamiento de los limpiabotas del corazón. En un poeta se da por supuesto un profesor, en un profesor se da por supuesto un crítico, en un crítico se da por supuesta la Virgen María. Hasta los fisgones con sangre de loro pueden ganarse la vida como mentalistas. SANTOS DOMÍNGUEZ 31 de agosto de 2008
http://afterpost.wordpress.com/2008/08/31/la-casa-roja-de-juan-carlos-mestre/
“Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja” pero lejos de situarse en el arrabal, este poemario de Juan Carlos Mestre se presenta en el centro de la poesía actual, si no por reconocimiento, sí por méritos. La casa roja no es un minipiso de treinta metros cuadrados –único espacio para un único inquilino–, sino la versión contemporánea de la Torre de Babel. En ella conviven y dialogan gran parte de las tradiciones y culturas que hemos conocido, y lo hacen a través de sus ya consabidas fórmulas discursivas y por medio de un cuidado ensamblaje salido del taller del poeta. Hace algunos días hablaba Alberto Santamaría en su blog de uno de los mayores prejuicios asumidos tras el Romanticismo; creer que la poesía acercaría al hombre a la verdadera esencia de las cosas, tras una especie de relegación de lo aprendido, y acompañaba esta reflexión de algunas palabras sobre el caso contrario al comentado. En cierto modo, el poeta Walt Whitman se instauró, o mejor, fue instaurado como el gran renovador de la vida, el nuevo cantor de lo natural y por ende como aquel que devolvería al hombre su ser en el mundo. Juan Carlos Mestre abre su libro diciendo: “¿Qué oyes, Walt Whitman?” y con esta pregunta irónica, según esta lectura, interroga a todos aquellos que quisieron ver en lo natural-opuesto aquí a algo que se ha dado en llamar artificial- la salvación de la humanidad. De ahí que Mestre dirija su mirada hacia lo cultural, lo civilizado, lo que se aleja del estado más primitivo, para demostrar que es en esa parcela de la existencia donde mejor podemos hacer un ejercicio de autoconciencia. Igual que hizo Whitman, el autor de La casa roja se sirve de las formas adoptadas por los shir hebreos (paralelismos, equivalencias, repeticiones, etc.), aunque en lugar de revestir a su literatura de un tono épico, más bien trata de desmontar algunos de los mitos de una tradición de la que se sabe heredero, y otorgarle a sus cantos la mirada crítica que todo poema de Juan Carlos Mestre lleva implícita. El poeta asume que su cultura es una construcción productora de “especies de verdades” con las que comunicarse; por eso en poemas como “Antepasados” y “El anzuelo de la libélula” el sujeto poético nos presenta una tradición, que siente propia y a la vez prestada, en tanto que artificio perpetuado a lo largo de los años: “antes de que me tomaran por un extraño, ya que no era el dueño de esa invención, me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos”. “El niño Jhon” es otro buen ejemplo de cómo las diferencias culturales pueden alejar las percepciones de niños que comparten hasta el signo que los identifica-arbitrariedades del idioma. Este poema además conecta con la temática de esta segunda parte del libro, en la que el aprendizaje y la adquisición de determinadas vivencias y valores se propone como el origen de todo proceso de socialización, ya que es en ese periodo de crecimiento donde el individuo se conecta con una u otra de las tradiciones de las que hablábamos al comienzo. El siguiente paso dado en toda civilización es el de la creación de las Instituciones. La Iglesia, una de nuestras madres protectoras, supo imponer su voz sobre la del resto y anular con ello cualquier libertad de conciencia. Pero La casa roja del yo poético no se somete, mantiene los cimientos de los Medici y de Bizancio, se sitúa en la encrucijada de las grandes formaciones sociales y “habla con alas” y con “lava de lo ardido”. Tampoco el poeta claudica ante la gran Institución literaria; vuelve a servirse del discurso de aquellos a los que cuestiona para ironizar sus tópicos metarrelatos y firmar una Historia de la literatura en la que los que triunfan son los “charlautores”… “vendiendo algún souvenir a la cátedra de los sentimentales”. La propia escritura de Mestre es sin duda una crítica al tan extendido afán del mundo literario por establecer categorías y modos a los que adscribir tal o cual práctica artística. El poeta transita los surcos de lo narrativo, la comunicación oral, lo imaginativo (en el sentido kantiano del término: la imaginación piensa y por tanto representa en intuiciones, en ideas estéticas), etc., para hacer de todo ello un camino propio y firme con el que recorrer el espacio del lenguaje. Difícil tarea ésta en un mundo en el que, como se afirma en este poemario, nadie es nadie, no existe el individuo, que sí el individualismo, y la literatura ha sido reducida a “mercado de pensamientos”. El oficio de poeta parece estar en peligro de extinción, y la poesía ha dejado de tener cabida en este ecosistema. Pero la puesta en cuestionamiento de Mestre no busca una esencia perdida (de ahí que la poesía no haya caído en desgracia), sino desacralizar a lo real; sus poemas representan realidades, no son el descubrimiento de una verdad última, muy por el contrario el lado de un prisma infinito. Por ejemplo, en el texto “Cavalo Morto” la concatenación formal sirve para otorgar concreción y existencia a aquello que podría parecer irreal, acercándosenos no como un ininteligible, sino como un mundo posible. De la misma forma en “Atrapasueños” la anáfora contribuye a reafirmar el ser de un yo poético en apariencia etéreo, sin consistencia, que acaba proclamándose “de acuerdo con lo irreal, soy la sombra única de la realidad” En el número 99 de la revista Letra Internacional decía Jordi Doce; “… creo firmemente que si nuestros novelistas leyeran más y mejores poemas algo cambiaría para bien en nuestra literatura. La buena poesía (…) renueva y clarifica el lenguaje y nos ayuda, por tanto, a pensar con más precisión y delicadeza, es decir, a pensar mejor”. Secundo la primera afirmación que, además, se corrobora con la segunda y queda probada con la poesía de Juan Carlos Mestre. En poemas como “Metamorfosis” el trabajo con imágenes alejadas de la superficialidad de mucha de la literatura actual, el poeta nos da una lección; programa un viaje para los que no saben de pensamiento en imagen o fracasan en su intento de producirlo. Íntimamente ligado a esto que hemos llamado imágenes está el concepto de belleza. Ésta que indudablemente depende de los ojos de quien la busca es para el poeta “por derecho mitológico esposa del trípode y el camaleón”; una cualidad cambiante y subordinada a la perspectiva. Mestre decide sacarle los colores a Pitágoras y a Platón, desterrando las bellezas ideales, y apostar en poemas como “La casa giratoria” por un habitar amado por “las nimiedades que no encuentran sitio en el Talmud, las bellezas que deletreo para que doblen la esquina de la ficción”. En esta casa roja encontramos, aunque en versión reducida, a “La mujer abstracta”, un poema anteriormente editado en la colección Compactos de poesía de la editorial El gato gris (que además incluía el trabajo como ilustrador del poeta). Éste viene a completar la mirada estética de un sujeto poético “Aburrido de las naturalezas muertas” y harto en cierto modo de esa pretendida universalidad del gusto, que cierra su reflexión con la proclama de “Me he enamorado por fin de una mujer abstracta”. Así, y porque todo fluye, la poesía de Mestre entusiasmada por la belleza de lo concreto y “la personalidad de las apariencias” crea un discurso desestabilizador, que ahonda en la realidad, no con un afán trascendente, sino con un resultado trascendental; el de poner en cuestionamiento el sentido común, la fastidiosa manía de vincular a la verdad con la idea. “El origen de las ideas, al igual que el de los ríos, está en las nubes”. ROSA BENÍTEZ
La casa roja
Diario de León 6 de octubre de 2008-10-27 Mestre avisa de la llegada de un nuevo fascismo “disfrazado de publicidad”. La crisis de la poesía actual y de la literatura “para mujeres”. Dos grandes de la poesía leonesa, española y universal, Antonio Colinas y Juan Carlos Mestre, fueron escuchados ayer con admiración y recogimiento en la última tanda de ponencias del Congreso de Escritores. El público abarrotó el salón en una muestra muy significativa del gran interés que suscitan estos dos consagrados creadores. El bañezano Antonio Colinas fue directo al grano cuando hizo ver que «hay un pensar, además de un sentir», y ese pensar es precisamente «lo que da coherencia al poema», precisó. Desde Unamuno a Leopardi, desde los hermanos Machado a Jorge Manrique pasando por Juan Ramón Jiménez, comentó Antonio Colinas con ayuda de muy abundantes citas que el género de la poesía, el lenguaje de los poetas, es también «una vía de conocimiento, un modo de interpretar y de valorar la realidad» que se atreve a formular, una y otra vez, las «preguntas esenciales» del ser humano. En todo caso, lo idóneo y perfecto resulta, a su juicio, el que pensamiento y poesía estén «equilibrados, en igual medida». Y dado que las preguntas que se hace la poesía son las mismas que se hace toda persona, resaltó: «Poéticamente vive el hombre». A continuación, a la manera de un oleaje de palabras que fluyen y refluyen, subió la marea poética del berciano Juan Carlos Mestre en una incontenible denuncia del mundo actual. Porque para este poeta y artista visual, la poesía, ese «lenguaje de la delicadeza humana», como lo llamó, tiene un poder inmenso que no se queda en la glosa del rocío sobre las violetas. Es «otra manera de estar en el mundo», la de los «desarmados y la de los inocentes» frente a las fuerzas del poder que todo lo atropellan. Un sinfín de frases magistrales apollaron esta idea. Y así, dijo que los poetas aspiran «a repoblar espiritualmente la tierra» y prefirió ser «perdedor con los perdedores» «al serrín de los juristas». Pidió formalmente «la abolición del sufrimiento humano», pues todos, como enarbola la poesía, «tenemos derecho a lo bueno y lo justo». Denunció que vivimos no en la utopía, sino en la «distopía», sobre una «cantera de cadáveres», rodeados de un «inadmisible censo de ciudadanos en busca de rostro» y en medio de la «destrucción moral de los sueños». Una «globalización de lo absurdo» que podría perdonar al criminal, «pero nunca al soñador». «Todo encantamiento ha terminado» -remarcó- en este mundo «dominado por un nuevo fascismo disfrazado de publicidad». Mundo que celebra «éxitos subjetivos a costa de algún que otro fracaso objetivo». Por otro lado, en la sesión de la mañana se pudo escuchar cómo la traductora y crítica literaria Amelia Gamoneda exploraba el campo de la «sensacción», es decir, los complejos resortes neuronales que regulan el proceso creativo, revelando que en este tipo de procesos el cerebro actúa de una forma impredecible, «no formalizada» y «abierto a todo tipo de posibilidades». La autora de origen maragato Marifé Santiago Bolaños, por su parte, invitó a todos los presentes a «vivir» la literatura en una intervención muy poética y llena de referencias metafóricas: «Crear es saltar la valla donde pone 'prohibido el paso'», dijo. En la última ronda de sesiones del octavo Congreso de Escritores de España, el catedrático de la Universidad de Valencia Pedro J. de la Peña fue muy crítico con la calidad -general- de la poesía actual española: «Ha ido decayendo a lo largo del siglo XX hasta llegar a un estado de crisis en los comienzos del XXI», aseguró. De la Peña comparó la «escasa originalidad» del verso, hoy, con la espléndida nómina de poetas de principios del XX, que ofrecieron clásicos universales de la talla de Juan Ramón Jiménez, Lorca, Alberti, Aleixandre, Salinas o Miguel Hernández. Animó, por tanto, a salir de la «poesía prefabricada» y a buscar «un horizonte propio y nuevo». Por su parte, la escritora Paula Izquierdo se embarcó en un viaje a través de la literatura creada por mujeres, desde sus trabajosos inicios hasta los «decepcionantes» libros hechos en la actualidad, prácticamente en serie, para mujeres, con los mismos mimbres de «sexo, humor y problemas cotidianos». Izquierdo echó en falta aquellas obras en las que las mujeres «retaban a su tiempo». E. GANCEDO
La casa roja
“Filandón”, Diario de León, 28 de septiembre de 2008 Soy el que camina sobre las aguas de la imaginación Un libro mayor es La casa roja, de Juan Carlos Mestre, abundante de poemas y palabras porque generoso es el corazón del poeta. Algunos poemas ya los conocíamos, como el que da título al libro, “Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja”, o el inolvidable “Cavalo morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo”. La poesía de Mestre, abierta a lo imprevisible, se nos presenta con contornos reconocibles, identificables como propios y exclusivos de su territorio poético. De una u otra manera, en las diferentes reseñas de sus libros he ido perfilando esos contornos con palabras como imaginación, fantasía, utopía, mito, libertad, etc. La palabra de Mestre tiene el ritmo amplio y solemne del vate, del adivino, del profeta: ¿cómo no recordar, por ejemplo, al “venerable Shitman” cuando leemos los versículos mestrianos? El ritmo de salmo (recuérdese el hermoso “Salmo de los bienaventurados”) se caracteriza por la reiteración de palabras o de versos: poemas enteros se construyen sobre la columna retórica de la anáfora, como otros cifran su luz poética en la concatenación: “Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa donde los cardenales negros sacrifican papagayos a la voz del diluvio. El diluvio tiene barbas blancas...”. Uno y otro procedimiento son el vínculo explícito entre elementos dispares de ese mundo singular que Mestre, como un “pequeño dios” va creando, nutrido de diferentes tradiciones que acaban siendo una sola leyenda, la del Mestre poeta, engendrador de fantasías líricas que no por llamarlas así se despegan del mundo, de su mundo, de esos antepasados que inventaron la Vía Láctea y resumen un mundo de hambre y aventura, o de “Los refugiados” y los desaparecidos de las guerras de nuestro tiempo. El mundo de Mestre es una semiosfera, en términos de Lotman, con sus propias leyes significativas. Acaso por eso es una poesía compleja para quien no dé con la clave que mueve cada poema. “Algún día lo que ahora escribo será inteligible”. Y así será, en todo caso, como ha sucedido históricamente con la poesía más altiva. A diferencia del poeta que busca la intensidad en la brevedad, la poesía de Mestre necesita campo para expandirse en largos meandros, en líneas que hallan en la reiteración la línea de unión. Esa necesidad de expansión es la que origina, probablemente, la indiferencia entre prosa y verso en esta poesía en la que dominan por igual el asombro y el deslumbramiento. En el texto de la solapa, Javier Bello habla de los múltiples y mutables sujetos de la poesía de Mestre como máscaras productoras de otredad. Es otro aspecto notable en La casa roja, cuyos poemas se alzan en la voz de diferentes sujetos que le toman prestada la voz al poeta, aportan diferentes puntos de vista, nuevos lenguajes y nuevos tonos, hacia esa polifonía que Bajtin negaba a la lírica y que enriquece el prisma poético del autor; poemas como “Alocución”, “Pequeña conferencia” o “Lince ibérico” son buenos ejemplos de distintas modalidades del discurso oratorio. Pero hay algo quizá más importante: estas voces (de apóstoles modernos, sindicalistas, economistas, etc.) y esos tonos (la ironía, la parodia, etc.) ensanchan el concepto de lo que podemos llamar “poesía” más allá de la tradición lírica e incluso de lo que en su momento hicieron las vanguardias. La casa roja y en general la poesía de Mestre precisa de un lector liberado de la realidad común a favor de otros mundos posibles. La posibilidad de combinar tiempos y lugares aparentemente ajenos entre sí es otra de las disponibilidades imaginarias de esta poesía. JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
Diario de León, 27 de septiembre de 2008 En lo que se refiere a la poesía no todo es claridad, y exactitud, y lógica, y orden, y tradición única, y academicismo: también hay irracionalismo, e imaginación sin paliativos, y abstracción, desorden estimulante e informalidades prerrevolucionarias... En lo que se refiere a la poesía también hay libros fuera de lo común como el recién publicado La Casa Roja (Ed. Calambur) que firma la pluma de urogallo de Juan Carlos Mestre.
Y es que cuando la corriente surrealista surge en el París de las vanguardias como reacción a la cultura francesa cartesiana, propone no sólo una forma heterodoxa e iconoclasta de vivir y ver el mundo; también un nuevo modo de crear, pues consideran, por ejemplo, que no se puede seguir escribiendo poesía del mismo modo después de Rimbaud y los descubrimientos de Freud.
Esta nueva manera visionaria y libertaria de escribir poesía apelando más a la intuición que al entendimiento cala hondo en Hispanoamérica. Simultáneamente llega también a nuestro país sobre todo a través de la Generación del 27, aunque ha proseguido con enorme altura gracias a la obra imprescindible de poetas de la promoción posterior como Antonio Gamoneda, Diego Jesús Jiménez y Carlos Edmundo de Ory (¿no es ya hora de que las altas jerarquías premien la trayectoria de Ory, el mesiánico príncipe de la subversión?).
Ya en los años ochenta del pasado siglo, y en medio de una supremacía cuantitativa del realismo que aún abunda en la poesía española, surgieron algunos nombres renovadores que, amparados en un lenguaje transgresor cercano a los postulados surrealistas, supusieron un soplo de aire nuevo para nuestra lírica: entre esos nombres destacó luminosamente el del poeta Juan Carlos Mestre.
Mestre había empezado a sorprender con un libro imaginativo y prolijo en intertextualidad y referencias culturales –La Visita de Safo–, para pasar a destacar con una conmovedora y original revisión nostálgica de la poesía arraigada –Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo–, a la cual siguió un deslumbrante libro de poemas en prosa –La Poesía ha caído en Desgracia–. La línea de la poesía en prosa, tan celebrada por la crítica, llega a una cumbre de hermetismo y lucidez en La Tumba de Keats, y se ve ahora acrecentada e intensíficada con este libro que acaba de llegar a las librerías diez años después del anterior –buena forma de huir de la indolencia creativa es la calma; ¡quién la tuviera!–.
La Casa Roja, en cuyo significativo título están presentes tres de los componentes temáticos más importantes del conjunto –la intimidad, la hospitalidad judaica y la verdadera ideología– es un libro extenso y de largo aliento en el cual aparecen en buena medida las claves que han caracterizado toda su obra poética salvo la ironía, que es el punto de giro sorprendente, desconcertante e iluminador que este nuevo libro aporta a la consolidada voz de Mestre. Pero se trata de una ironía sutil y aguda presente en ciertos poemas –aunque cruza transversalmente el conjunto–, la cual se convierte aquí en acerado instrumento crítico que barandea líricamente nuestras conciencias y posicionamientos sociales.
De todas formas, este toque nuevo en la lírica del autor no hace que su poesía deje de lado los puntos cardinales de su quehacer poético tales como la radiante imaginación, el cosmopolitismo panteísta y su constante y lúcido acercamiento a la tradición vanguardista, al judaísmo y a la revisada y actualizada poesía social.
Hay algo en la anterior poesía de Mestre que podríamos definir como una suerte de éxtasis lúcido. Además, ahora, en La Casa Roja, el lector encontrará cierta irreverencia liberadora capaz de desatar nudos mentales...
Oh, porque, como instrumento de control, abunda lo rutinario, lo estructurado, lo homogéneo, Juan Carlos Mestre nos invita a entrar en su libro; en su casa… Venga, pasen… El fuego está encendido e ilumina.
LUIS ARTIGUE
"Babelia", El País, 2 de agosto de 2008Ángel L. Prieto de Paula
En los primeros ochenta, el Premio Adonais recayó en ciertos títulos de textura irracionalista, uno de los cuales fue Antífona del otoño en el valle del Bierzo, de Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957). Sin embargo, su irracionalismo era más telúrico que verbal, más dado a la libertad que a la gratuidad del lenguaje. Su riqueza no provenía del automatismo psíquico sino de una simbología filtrada en una oralidad ancestral. De aquel poeta, que luego nos regalaría con La tumba de Keats (Hiperión, 1999), es La casa roja, anticipada en composiciones como “Cavalo Morto”, ejemplo de encadenamiento anafórico y entonación salmódica: “Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo. / Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga...”. Mestre ha tardado casi diez años en rematar La casa roja; por si alguien confunde el automatismo de receta con la minuciosidad de este autor: al cabo, el título de su antología Las estrellas para quien las trabaja puede servirle también de lema. Desparramado el libro en versículos que tocan a menudo la prosa, su enfatismo ocasional lo aproxima a Gamoneda, sus arquetipos a los bestiarios de Pérez Estrada, y la simbiosis entre denuncia social y vuelo imaginativo al lorquiano Poeta en Nueva York. Pero las influencias no hacen sino resaltar la originalidad de esta voz que se abre desde los adentros del ser hacia la naturaleza y los hombres, musitando o clamando, oscilando de la dicción coral al estupor íntimo, del registro de la conferenia al de la alocución civil. Un libro excelente de un poeta en quien resuenan, oraculares, los vates antiguos.
"El Cultural" de El Mundo, 4 de septiembre de 2008
A. Sáenz de Zaitegui
¿Y tú, que has escrito un verso en una lengua que piensa por ti, te haces llamar poeta?”. La cita no es literal, ni tampoco anónima, aunque no consigamos recordar a quién pertenece. Probablemente a alguien muy listo. Una cosa es segura: el poeta a quien van dirigidas estas palabras NO es Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957). La culpa de que hayamos recordado la frase (y olvidado al autor) es de La casa roja, precisamente porque no la habita ni un solo verso o línea que parezcan gratuitos, aleatorios o debidos a la intervención sobrenatural de la lengua española. Algo nos dice que aquí el único que piensa es Mestre: “Engañifa stop acepto gustoso este premio stop gracias le doy al espíritu santo stop no será un bombón envenenado stop un poeta debe ser más útil que ningún ciudadano de su tribu stop gracias isadore ducasse por echarme una mano en la caseta de feria stop tengo miedo a los aviones stop iré por tierra en un barquito de papel stop los mares están que arden stop tengan preparado el micrófono” (“Telegrama a la engañifa”). Antes, la poesía era inmediatamente reconocible por la rima, el cómputo silábico, los pies métricos. Ahora, lo es por los premios. Signos de pobreza, unos y otros. Acostumbra la cultura a matar al pájaro y quedarse con la jaula vacía: “El asesino contemporáneo ha fracasado seducido por la emotividad de su víctima. Antes lo había hecho el arte moderno disparando su rebaño de hazañas contra la multitud” (“La góndola de los bucéfalos”). Suele la poesía actuar como el perverso psychokiller que embellece el cadáver para sublimar el crimen: “Pulse asterisco. Espere a oír el evangelio de estas rosas en la nada. Marque el cero seguido de eclipse con oxígeno. Aguarde a oír su confidencia en la catedral de las ballenas. Marque luego el siete. Diga la palabra grillo y oiga al grillo. La voz del espectáculo le preguntará qué quiere. Deletree lápida para comunicarse con Bernini. Medite despacio en lo despacio, hay desierto” (“Instructivo para llamar al teléfono móvil de la eternidad”). Necesitamos incluir la razón entre los planes a extinguir antes de que ella nos declare a nosotros especie en extinción: “Entonces el poema se levanta y da por terminada la superficie del lenguaje, se apoya en la escalera de mano, digamos el punto de vista desde el que se asoma al vacío, a cierto grado de premonición equidistante a la agricultura de lo que llamamos destino, y ahí, destructiva, irreparablemente fragmentado por el mecanismo íntimo, tampoco alcanza a dar testimonio de la mano izquierda de Dios” (“La mano izquierda de Dios”). Lo dicho: Mestre es el cerebro; el lenguaje, un matón a sueldo. Y nuestra reseña es –para qué engañarnos– una pérdida de tiempo. Leernos a nosotros cuando puede leerse a Juan Carlos Mestre debe de ser ilegal en alguna parte. Así que menos Cultural y más Casa roja: ciento sesenta y cuatro páginas de divina locura y genialidad humana. Esto es lo que ocurre cuando ocurre la poesía.
Antropologías del miedo: Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón
Edición de Cerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa
ISBN: 9788483590492
PVP: 19 euros
12 de diciembre de 2008 adn.es / Cultura y Ocio MIRA DEBAJO DE LA CAMA ANTES DE DORMIR
Libros de monstruos de España y Antropologías del miedo se sumergen en los terrores autóctonos y les devuelven su carácter atemporal. Pocas cosas son tan humanas como pasar miedo y, a lo largo de la historia de la humanidad, no hemos parado de darle nombres al objeto de nuestros temores. En plena avalancha de vampiros cinematográficos y televisivos, dos volúmenes miran a nuestros propios monstruos, al sacamantecas o a las xanas, porque si de algo podemos presumir en nuestros bosques, rías o montañas es de la presencia de criaturas de todo tipo. "Nuestros monstruos corren un grave peligro de desaparecer porque la gente ya no los conoce, ni sabe cómo se llaman, ni qué forma tienen, ni dónde viven, ni cuáles son sus costumbres, ni cómo se convive con ellos". La escritora Ana Cristina Herreros publica en Siruela Libro de monstruos españoles, un repaso por las criaturas y leyendas de la península ilustrado por Jesús Gabán; mientras que la editorial Calambur presenta Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón, de corte más antropológico y en el que abre su mirada a Iberoamérica. En uno y otro caso, los protagonistas son más que reconocibles por nuestras tierras. "El miedo es, seguramente, inseparable de la experiencia de lo desconocido", arranca Antropologías del miedo. Herreros lo respalda con la siguiente afirmación: "Los miedos conectan con lo profundamente humano. Si no, no se perpetuarían". De hecho, los monstruos no son más que nombres que darles a nuestros temores. Qué es la leyenda del lobishome sino el miedo a "que te salga el animal que llevas dentro", se pregunta su autora. Libros de monstruos españoles, de aspecto más infantil aunque susceptible de una lectura adulta más profunda, recorre la geografía española para hacer una recopilación extensa de criaturas comunes y leyendas. Cada región cuenta con sus propias historias, aunque los protagonistas muchas veces son los mismos aunque con diferente nombre. Mouras, xanas o anjanas son la misma criatura y, la autora va más allá: "la mayoría de nuestros monstruos tienen su origen en la mitología grecorromana". La única expepción la protagonizan los mitos vascos. "No tienen nada que ver porque su lengua no es la misma. Por eso sus monstruos son más antiguos y más sorprendentes", argumenta Herreros. ¿En peligro de extinción o más vivos que nunca? Aún así, la escritora de Libro de monstruos españoles cree que estas criaturas pasan por horas bajas y así lo plasma en el prólogo: "Nuestros monstruos corren un grave peligro de desaparecer porque la gente ya no los conoce, ni sabe cómo se llaman, ni qué forma tienen, ni dónde viven, ni cuáles son sus costumbres, ni cómo se convive con ellos". Antropologías del miedo, sin embargo, es un ejemplo del interés por rescatar estar historias y mantenerlas vivas. De hecho, se fraguó en un congreso celebrado en la Facultad de Humanidades de Toledo el otoño pasado. ¡Que viene el Coco! El género de los asustachicos en España e Iberoamérica fue todo un éxito que sirvió para poner en común miedos comunes, a partir de los cuálesse animaron a plasmarlos en un volumen. Coordinado por Gerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa, este libro recorre con afán antropológico algunos de los mitos más frecuentes a uno y otro lado del Atlántico. Sin embargo, en cada caso se buscan explicaciones o conexiones con las sociedades que los propagaron. Los monstruos de Galicia ocupan un capítulo entero y otro, por ejemplo, se dedica al miedo a ser enterrado vivo. En unos tiempos en los que los avances médicos no estaban del todo logrados, era bastante frecuente que se diese sepultura a gente que todavía no había pasado al otro mundo. Es fácil ver la conexión, también, con toda clase de leyendas que podrían surgir a partir de eso. Los zombis o los vampiros tenían más razones que nunca para existir. Pero Antropologías del miedo también atiende a los nuevos terrores y las leyendas urbanas -la sonrisa del payaso o el chip de perro en la comida china incluidas- porque los terrores, por mucho que los queramos ocultar, están tan vivos como siempre.
CARMEN ÁLVAREZ
Cartas de Francisco de Quevedo a Sancho de Sandoval (1635 - 1645)
12 de febrero de 2009 Editan cartas de Quevedo, del periodo final de su vida Editorial Calambur acaba de publicar "Cartas de Francisco de Quevedo a Sancho de Sandoval (1635-1645), recopiladas por Mercedes Sánchez Sánchez, que recogen correspondencia epistolar del tiempo en el que el escritor estuvo preso en León. En 1639 Francisco de Quevedo fue detenido en casa del duque de Medinaceli y conducido a la cárcel de San Marcos de León, por razones de Estado, donde estuvo hasta 1643. Según la editora madrileña, el corpus epistolar publicado ahora sirve para acercar, de la mano de don Francisco de Quevedo, al periodo 1635-1645, en el que España se ve envuelta en guerras, con frentes en el interior y en el exterior, aunque el escritor no supo cómo acabaron la mayor parte de los conflictos que vio iniciarse. Quevedo comparte con Sancho de Sandoval, vecino en Beas de Segura (Jaén), sus preocupaciones sobre la marcha de los intereses de España, en unas cartas que reflejan al noble pendiente de las noticias de la Corte y al encarcelado que padece y sale de prisión, cuando ve acercarse la muerte. Mercedes Sánchez Sánchez es doctora en Filosofía y Letras. En el año 2003 obtuvo el Premio Rivadeneira de la Real Academia Española, y actualmente desarrolla su labor profesional en el Corpus del español del siglo XXI, en la Real Academia Española. Sánchez ha centrado su labor investigadora en el epistolario de Quevedo y ha localizado y editado varias cartas inéditas y autógrafas del escritor, y su tesis doctoral es el origen de este libro que ahora ve la luz. AGENCIA EFE (León)
Los senderos que se bifurcan
ANA MARÍA NAVALES
LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN
174 págs., 15 €
14 de junio de 2009 http://www.ambitocultural.es/ambitocultural/portal.do?IDM=23&NM=1&identificador=88 Los senderos que se bifurcan Escritores hispanoamericanos del siglo XX Ana María Navales, escritora, estudiosa y divulgadora de la literatura, dedicó su vida por entero a su mayor pasión, la palabra escrita. Desde su ciudad natal, Zaragoza, o desde sus numerosas colaboraciones con universidades americanas la voz de Ana María acompañó a todo aquel que quisiese adentrarse sin prejuicios en el tempestuoso mundo de la literatura iberoamericana. Poco antes de morir, nos brindó un pequeño regalo en forma de último libro donde, una vez más, dio voz y salida a algunas de sus obsesiones literarias y, sobre todo, a su incondicional amor por Iberoamérica, entregando todo su saber (que era mucho) y su habilidad narrativa y poética (además de lo dicho, Ana María fue autora de 8 poemarios, dos libros de relatos, tres novelas, dos antologías e innumerables artículos sobre el por qué y el cómo de los autores que admiraba) al análisis del famoso boom sudamericano y sus ilustres antecesores. A pesar de que se trate de un tema archiconocido y de la inmensa cantidad de tinta gastada en torno a sus autores, Ana María Navales supo esquivar con elegancia todos los tópicos construidos alrededor de este fenómeno editorial, analizándolos con precisión y dirigiendo su inquisitiva mirada hacia "los otros autores", escritores de altura indiscutible pero incomprensiblemente relegados por los catálogos oficiales. En 'Los senderos que se bifurcan' Navales nos permite seguir por última vez su estilo puntilloso y preciso, siempre acompañado por una envidiable capacidad de empatía hacia lo analizado, que tanto hizo disfrutar a los lectores del Heraldo de Aragón, donde escribió mucho y supo ganarse un hueco en el difícil mundo de la prensa de opinión. A través de pequeñas crónicas, muchas de ellas deliciosas, todas pertinentes y reveladoras, Ana María nos muestra al universo íntimo de algunos "abuelos" como Miguel Ángel Asturias, José Martí o Roberto Artl, sin olvidarse de los consagrados Márquez, Fuentes, Vargas-Llosa, Donoso o Infante. Pero lo verdaderamente importante en este libro de titulo borgiano es que, entre tanto nombre (merecidamente) ilustre, aparecen otros de similar enjundia, algunos casi desconocidos, como Mariano Azuela, el colombiano Álvarez Gardeazábal o el poeta salvadoreño José Roberto Cea, y que por fin ocupen un espacio importante las autoras sudamericanas, eternas olvidadas del brillante pero incompleto catálogo de escritores del boom: Nivaria Tejera, Peri Rossi, Armonía Somers, Marcela Serrano, Luisa Peluffo. Como se suele decir, no están todos los que son ni son todos los que están, pero todos (y todas) merecían que una pluma certera les cediese por fin un espacio en nuestro desconcertante mundo editorial y académico. Ana María Navales, que sabía que enseñar es aprender dos veces, se despide así de nosotros haciendo un último guiño y dedicándose a lo que mejor sabía hacer: abrir caminos intransitados, descubrir autores, revelar secretos; pues Ana María, que dedicó su vida a enseñar, conocía la lección del relato con el que decidió titular su último libro, que "esta trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades". "Ana María Navales supo esquivar con elegancia todos los tópicos construidos alrededor de este fenómeno editorial, analizándolos con precisión y dirigiendo su inquisitiva mirada hacia “los otros autores”, escritores de altura indiscutible pero incomprensiblemente relegados por los catálogos oficiales". "Lo verdaderamente importante en este libro de titulo borgiano es que, entre tanto nombre (merecidamente) ilustre, por fin ocupen un espacio importante las autoras sudamericanas, eternas olvidadas del brillante pero incompleto catálogo de escritores del boom: Nivaria Tejera, Peri Rossi, Armonía Somers, Marcela Serrano, Luisa Peluffo." ALEX GUZMÁN
Este libro recoge los artículos que Ana María Navales escribió durante años en El Heraldo de Aragón referidos a escritores latinoamericanos. De esta manera se establece, en conjunto, un hilo conductor que resalta con intensidad a lo largo de estas páginas: la incidencia en indagar qué sea, o fue, aquello del boom latinoamericano. Con claridad meridiana, Ana María Navales se refiere a ello saltándose lugares comunes e intereses espurios, y concluye que el boom fue el esperado resultado de la labor de unos antepasados recientes, escritores que van desde Leopoldo Lugones a José Martí pasando por Roberto Arlt, Miguel Ángel Asturias y Borges, que, combinando con el optimismo a que dio lugar la Revolución en Cuba, hizo que jóvenes escritores entonces como Mario Vargas Llosa, García Márquez, José Donoso, Carlos Fuentes o Guillermo Cabrera Infante fuesen conocidos por un amplio número de lectores formando parte de un bloque que, luego, se reveló falso. De todas aquellas facetas nos habla Navales en estos artículos nada académicos, muy periodísticos, pero plenos de rigor y saber hacer.
El telar de Penélope
Diario de Navarra, 24 de abril de 2009 En persona “La poesía necesita una pasión contenida” En un mundo tan frenético como éste, Margarita no tiene ninguna prisa. Su filosofía es que las cosas van paso a paso, como los versos que maduró para El telar de Penélope, con el que ganó los Encuentros 2007 en la modalidad de géneros literarios. Dos años después ve cómo sus poemas se imprimen con forma de un libro que presentará el próximo lunes a las 20 horas en Civican. Pero ojo con encasillar a esta polifacética y culta joven en el exigente mundo de la poesía, porque Margarita se siente muy cómoda con un género muy contemporáneo, el de los relatos. ¿Cómo vive una escritora novel la publicación de su primera obra? Es muy emocionante, sobre todo cuando pasas de verlo en fotocopia a las librerías, entre los autores de calidad, y piensas, “¿Quién lo ha puesto ahí, mis padres”? Y te das cuenta de que realmente es tuyo. Además, implica que la gente te lea, porque parece que la poesía es sólo para elegidos, y en ningún caso es así. Quería que saliese bien y que el resultado fuese perfecto y redondo. Has esperado dos años a la publicación del libro, y la espera marca también el carácter de Penélope en tu obra... Sí, este libro es la crónica de una espera. Penélope ve cómo Ulises se va a la guerra de Troya y le espera veinte años. Hay un poeta francés que dice que el verdadero viajero es el viajero que se queda. El de Penélope es un viaje íntimo de secano y soledad en el que la espera trae consigo un torrente de sentimientos contradictorios: el amor, la imaginación de cómo será el reencuentro, el sufrimiento o el deseo de venganza. ¿Qué lecciones podemos extraer de los clásicos? Que hay cosas que no cambian. Pueden pasar todos los siglos y los mitos seguirán existiendo: apelan a lo universal que todos tenemos, a la esencia de lo humano. Hay un átomo común que compartimos dentro de miles de años. Envidio a quien no haya leído La Odisea, porque la primera vez que lo lees es maravillosa. En el prólogo hablan de tu “inteligencia apasionada”. ¿La poesía despierta tus sentidos con tanta pasión? El prólogo es increíble, escrito por Amalia Gamoneda, una profesora mía de la Universidad de Salamanca que tiene una gran sensibilidad. Creo que no se necesita mucha pasión para escribir poesía, sino más bien una pasión contenida. No vale el mito del escritor romántico inspirado. Hay destellos de lucidez pero hay que recular un poco, dar un paso atrás y ver desde una óptica fría lo que se ha escrito. ¿Cuál es la poesía que te seduce? La que cuenta historias, con un principio, desarrollo y un final. Me gusta la literatura que no refleja una artificiosidad de palabras: ese autor que está en su torre de marfil me aburre. Quiero leer una poesía sensorial con imágenes y sonidos. En narrativa me gusta la escritura de la superficie, ser sutil y dejar que el lector tenga una posición activa. ¿Un poema que lleves siempre contigo? Al hilo de mi libro, el poema Viaje a Ítaca, del poeta griego Cavafis. Cuando lo descubrí lo llevaba escrito en el cuaderno de la universidad... ¡Es que en Filología estábamos todos pirados! ¿Y un autor que te emocione hasta lo inimaginable? Me gustan las emociones retenidas. Es más fácil apelar al sentimentalismo, pero lo que me emociona realmente es la sutileza, que mediante una palabra o diálogo el autor sea capaz de sugerir algo diferente de lo que está diciendo. Lo hace un autor de cuentos norteamericano, Tobías Wolff; no sé muy bien cómo pero logras entender a los personajes sin que te los desmonte. ¿Coqueteas con otros géneros pero tu gran amor es la poesía? No me gusta etiquetarme y en el tema de la escritura no quiero descartar ninguna posibilidad. Me siento a gusto en la poesía, pero tiene una exigencia de perfección terrible: se necesita mucha concreción, precisión y una dedicación total, y hay una gran tensión. Con la narrativa puedes relajarte un poco más y la forma del cuento me gusta mucho. Es muy estricta, y creo que es el género del siglo XXI. Tengo en mente recopilar unos cuentos que tengo escritos, pero la verdad es que no tengo prisa por publicar. MICHELLE UNZUKÉ
28 de abril de 2009, Diario de Navarra La espera del ser querido centra el primer poemario de la pamplonesa Margarita Leoz El telar de Penélope fue la obra literaria ganadora de los encuentros en 2007 El libro, en el que la autora reinventa el personaje de la esposa de Ulises en La Odisea, se presentó ayer en Civican PAMPLONA. La espera del ser querido, en este caso a través del personaje reinventado de Penélope, la esposa de Ulises en La Odisea, es el tema central del primer poemario de Margarita Leoz (Pamplona, 1980), El telar de Penélope. Se trata de la obra literaria ganadora de los Encuentros de Jóvenes Artistas 2007 del Gobierno de Navarra, publicada en diciembre del año pasado por la editorial madrileña Calambur y presentada ayer oficialmente en Civican por su autora. El telar de Penélope, a la venta en librerías de todo el Estado al precio de 10 euros, reúne alrededor de cincuenta poemas en los que la voz poética femenina va tejiendo y destejiendo las diversas facetas, a veces contradictorias, que adopta la espera del ser querido: desde el amor más incondicional al desencanto, de la esperanza ciega al recelo. El hilo conductor es el mito clásico de Penélope, pero recreado por Margarita Leoz desde su imaginación y sensibilidad poéticas. "Me inspiró este personaje porque en La Odisea queda en la sombra, se sabe muy poco de ella, sólo que es la esposa de Ulises y que cuando él se marcha a la Guerra de Troya, ella se queda esperando. Me pareció interesante recrear cómo experimenta esos veinte años de espera en que Ulises está fuera de Ítaca", cuenta Leoz, quien asegura que siempre le han interesado los mitos clásicos. El telar de Penélope, escrito entre 2006 y 2007, se divide en cinco partes y tiene una estructura circular, "con un principio y un final", dice su autora. Y el final no es la vuelta de Ulises. "En La Odisea Ulises regresa y se reencuentra con Penélope, que durante todo ese tiempo ha mantenido su fidelidad. Pero en mi obra ella vive esa espera de una manera mucho más destructiva, y el final es la desolación. He recreado a una Penélope mucho más guerrera, que se rebela contra los designios, contra su marido, contra la ausencia", explica Margarita Leoz, quien ha introducido en sus poemas, "de versos cortos, muy concisos y en los que busco la visibilidad de los objetos y los detalles", dice, elementos nuevos que no son propios del momento en que transcurre La Odisea y que actualizan la historia. "Por ejemplo, se habla de aspirinas o de disparos", cuenta. Y asegura que "para leer esta obra no es necesario haberse leído La Odisea , porque ésta es la excusa, el punto de partida para hablar de algo tan universal y que cualquiera ha podido experimentar como es la espera del ser querido, o la espera de algo que uno desea y que no llega". Margarita Leoz empezó a escribir cuando estudiaba 2º de BUP, motivada por las "primeras lecturas literarias adultas, como el libro Nada de Carmen Laforet", recuerda. En 2006, un año antes de ganarlos, quedó finalista de los Encuentros con una recopilación de poemas. PAULA ECHEVARRÍA
El cuarto día
Cecilia Quílez
Colección: Calambur Poesía
ISBN: 978-84-8359-026-3
9,00 € (con IVA)
Piedra del Molino, junio de 2009
La voz de Cecilia Quílez (Algeciras, Cádiz, 1965) es, en este poemario, ya madura, diferente, telúrica, a momentos la voz antigua del fondo del mar, “he vuelto a hacer de memoria peñones en la arena”, a versos, la de una mujer inmensa “una hermosa ánfora / que no quiere ser contemplada / ni tampoco bebida” o la voz de la inmensidad de lo femenino, “Negaremos lo que harían los hombres / con una mujer / cuando no hay hombres”. Pero es aún más. En círculos concéntricos, Quílez nos va revelando el profundo misterio de la existencia; que hay que morir algunas veces para abrir los ojos, dejarse arrastrar por la pasión para reconocerse en el espejo. Con un ritmo personal, la voz nos va envolviendo hasta el encantamiento “a la que yo daba cuerda a la que yo daba cuerda / a la que yo daba cuerda / para seguir estando cuerda y no recordar”. O nos clava el pUnzón del abandono o del deseo. Poesía hecha piel o carne de poesía. A.M.P.
Viernes, 19 de junio de 2009
http://aventura-humana.blogspot.com/2009/06/cecilia-quilez-define-la-belleza-de-la.html CECILIA QUÍLEZ DEFINE LA BELLEZA DE LA DESOLACIÓN EN EL RECITAL POÉTICO EN EL PALACIO DUCAL DE MEDINA SIDONIA EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA
La Aventura Humana
El mundo vertiginoso en el que vivimos requiere necesariamente un análisis pormenorizado en sus distintos rasgos antropológicos. Aunque centrados principalmente en el área de Sanlúcar de Barrameda y Doñana, aquí se recogerán las reflexiones de autores de distintas disciplinas, coordinados y dirigidos por Manuel J. Márquez Moy, reportero con amplia experiencia en muy diferentes campos de la naturaleza humana. Anuncian con relativa frecuencia el descubrimiento de algún elemento paleontológico, litográfico, bibliográfico, en las portadas de los rotativos de medio mundo como una revelación milagrosa. Los progresos en la genética también son dignos acontecimientos a destacar, sin lugar a dudas. Ayer, en el Salón de Embajadores del Palacio Ducal de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda para mí se produjo un hecho a destacar también muy seriamente. Nunca había escuchado definir la belleza de la desolación. Esto, que a primera vista pudiera parecer una contradicción tiene una explicación. Cecilia Quílez (Algeciras, 1965), protagonizó ayer uno de los recitales con más calidez de los que he asistido en mi vida, y no han sido pocos. Los que nos dedicamos a la poesía, tenemos nuestras tendencias o rarezas. Lo que yo estoy afirmando aquí pudiera parecer que Cecilia Quílez estuviera profanando el tabú de hablar de la desolación, de la desesperanza, con expresiva belleza. No es que profane ningún tabú, ni que atente con frivolidad nada al respecto de el lado oscuro de la condición humana, pero sí transgrede la costumbre cultural de regodearnos en nuestra propia miseria y depresión, sin proponernos encontrar las posibles perspectivas luminosas a la pérdida de un ser querido, o la muerte, o el sentimiento de fracaso. Esa perspectiva luminosa se puede expresar de muchas maneras, pero Quílez consigue con delicadeza, con una sensible crudeza, definir en su poesía esos momentos que nos marcan para toda una vida. Esto es harto difícil, pero las poesías de Cecilia Quílez deberían estar muy a mano de esta sociedad intoxicada por pandemias de desmemoria e indiferencia. Es como si el dolor lo diluyera en la suavidad de una caricia. Es como si describiera cómo resucitar de cada naufragio personal envuelto en un clima sensual, fresco y cadencioso. Cecilia Quílez es como si ayer expidiese recetas de alivio para el luto que todos llevamos, aunque en forma de poesía. A veces también sonaban a sentencias, con esa sensible crudeza, que iban directas a despertar nuestros sentidos existencialistas. Poesías de exquisita sencillez, nada barrocas, con lenguaje cercano e intimista. Esto son las cosas que tiene el ir a un recital de poesía de manera improvisada, que de pronto, cuando menos te lo esperas, hay alguien que te espera para acariciarte el alma. Felicitar a la Fundación Casa Ducal de Medina Sidonia por el acierto de estas jornadas de poesía que finalizan hoy Viernes 19 con la presencia de la poeta Ana Rosetti. En cuanto a Cecilia Quílez, tiene tres libros publicados de poesía: La posada del dragón, Un mal ácido y El cuarto día. Ayer también recitó poesías inéditas para un nuevo libro. MANUEL J. MÁRQUEZ MOY europasur.es
11 de mayo de 2009
Cita con las letras de Quílez y Álvarez
Visitan este mes el aula José Cadalso la poetisa algecireña y el novelista sanroqueño, del que la Fundación de Cultura de San Roque editará la novela “El crimen de la Alcaidesa”
El aula de literatura José Cadalso de San Roque despide su actividad este mes hasta después del verano. Lo hará con la visita de dos autores nacidos en el Campo de Gibraltar, aunque ambos residen en Madrid. La poetisa algecireña Cecilia Quílez, el viernes de la próxima semana, y el novelista sanroqueño José María Álvarez, el jueves 28, serán los invitados en el reducto de buena literatura en el que cíclicamente se convierte el Palacio de los Gobernadores.
Cecilia Quílez nació en Algeciras en 1965, aunque vivió en La Línea hasta los cinco años. Ya entonces se trasladó su familia a Madrid, donde esta autora sigue. Su primer poemario se publicó en 2004 y lleva por nombre La posada del dragón. A esta obra sucedieron los versos de Un mal ácido y su último libro, publicado el año pasado, es El cuarto día.
A propósito de la salida de Un mal ácido Quílez dijo unas palabras que pueden utilizarse de brújula para abordar su producción. “Yo he apostado siempre por la inmersión a pulmón en las mayores catástrofes de mis vivencias, sin oxígeno y portando lastres pesados para llegar cuanto antes hasta el fondo de ellas. Pero nunca me quedo, porque sé que después de ese viaje, de descubrir con asombro y decepción lo que en la superficie jamás hubiera conocido, hay muchas más opciones que en la soledad del peor abismo”, contó.
Quílez practica “una poesía muy auténtica”, considera Juan Gómez Macías, gerente de la Fundación Municipal de Cultura Luis Ortega Brú y responsable del aula de literatura. “Su último libro -añade- es magnífico, quizá el mejor que ha hecho. Es particularmente maravilloso y parece el primero de una saga, con el que abre una nueva línea poética”.
Como es habitual, la Fundación de Cultura sanroqueña editará un cuadernillo con una recopilación de los poemas más destacados de la autora. Un aspecto muy interesante es que, en el caso de Quílez, la edición también contendrá algunas composiciones inéditas.
José María Álvarez, por su lado, nació en San Roque, de padre jerezano y madre sanroqueña. Es hermano de un referente de poesía social como Carlos Álvarez, que no hace tanto también visitó el aula José Cadalso. Ahora será el veterano escritor –tiene 80 años– quien pasee su literatura por el Palacio de los Gobernadores.
Será una ocasión especial. La Fundación Luis Ortega Brú, en conmemoración del décimo aniversario de su servicio de publicaciones, va a editar la novela de Álvarez El crimen de la Alcaidesa, basada en el suceso del que informa el título, ocurrido en junio de 1913 y que acabó con la muerte de José Borrego Saborido. La obra, que presentará el escritor, permanecía inédita y el autor la ha puesto a cargo de la Fundación de Cultura de la localidad de manera desinteresada. La Ortega Brú mantiene cuatro líneas editoriales: Abalorios (poesía), Paralelo 36 (narrativa, la de El crimen de la Alcaidesa), Los pasos encontrados (memorias y biografías) y Albalate (temas sanroqueños).
“Es un magnífico novelista”, se refiere Gómez Macías a Álvarez, cuya primera publicación, en 1976, fue De la tierra sin sol, novela en la que se fabula sobre la proclamación de la II República en su pueblo natal. Editadas con posterioridad a esa obra iniciática fueron las novelas En la Jaula, Encíclicas del pescador, Vasijas de barro en pedazos y un libro de relatos, Soneto en prosas escoradas a babor, en el que figuran, entre otros, catorce cuentos premiados en su día en otros tantos concursos. Las dos últimas novelas mencionadas figuraron en su día entre las finalistas de dos premios Planeta. D. C. / San Roque http://www.europasur.es/article/ocio/418168/cita/con/las/letras/quilez/y/alvarez.html
Marzo de 2009-03-16 http://apuntaguia.com/content/blogcategory/23/24/ La página del Téllez “No quiero que amanezca / sin haber herido una noche / para mí sola”, escribe la escritora Cecilia Quílez (Algeciras, 1965), en su libro de poemas El cuarto día (Ed. Calumbur, 2008). Se trata, como ya le ha aplaudido la crítica, de profundizar en una poética de la que conocemos dos entregas anteriores. La posada del dragón (2002) y Un mal ácido (2006, mención especial del premio Francisco de Quevedo) y que la propia autora consideró como la muerte de una etapa vital. Su nueva obra ha sido reconocida por lo tanto como “una nueva resurrección”, en palabras de Inés Martín Rodrigo (Abc, 11 de febrero de 2009), una alegoría con la del Cristo, tal y como explica en el epílogo de la obra. Estructurado en tres partes –Columna de peces, El orden de las cosas y Propósito de enmienda–, su nuevo libro propone un viaje sentimental en donde van compareciendo emociones e impresiones, lecturas, obras de arte o máquinas de escribir, pero sobre todo un invitado poderosísimo: el lenguaje, cuidado y sugerente. Hay rasgos de humor – “Nunca volveré a celebrar más fiestas en la morgue”–, confesiones íntimas – “El infierno es un día de abstinencia”–, o cuentos para despertarnos en vez de dormir. Pero, sobre todo, hay mucho más: complicidad y alma. El pretexto último de estos nuevos versos suyos es el de la renovación del ser humano que soñara César Vallejo y que ella relata en primera persona, como síntoma tal vez de una experiencia personal que le marcara poderosamente. Cecilia Quílez, con José María Prieto o José Lupiáñez, entre otros, pertenece a ese grupo de autores nacidos en el Campo de Gibraltar pero que apenas han guardado relación posterior con esta comarca. En su caso, nació en Algeciras mediados los 60 y vivió en La Línea de la Concepción hasta los 5 años, edad con la que se traslada a Madrid, donde reside desde entonces. Incurrió inicialmente en el teatro, pero desde muy temprano escribió poemas. Con posterioridad, participa en el programa de radio Onda Sur con diferentes artículos e intervenciones de otra índole. Publica varios relatos cortos y poemas en revistas literarias –Álbum de las letras, La Cultura de Madrid, Microfisuras, Ágora–, pero publica su primer libro al borde de los 40 años, en 2004, lo que delata sin duda no sólo una prueba de madurez sino de autoexigencia. Al tiempo, ha coordinado y dirigido varias exposiciones y conferencias de pintura y escultura para diferentes instituciones y artistas. Colabora como ponente en la Fundación Alberti (Poesía Última 2006) así como en varias lecturas y conferencias en Madrid y fuera de España, dando a conocer su obra en programas de televisión y entrevistas en radio. En la actualidad, eso dicen, concluye la redacción de una novela y de un cuento infantil que no creo que tenga que ver con los penúltimos versos de su último libro: “¿Me entenderías si te dijera que guardo una bala de plata / en un nido de águilas imperiales, / que salgo al bosque con un fusil escondido en mi capa? / ¿A qué crees que viene un hacha tras la puerta / y esa extraña colección de patas de lobo disecadas? O por qué odio las manzanas rojas y adoro los espejos / o pregunto qué se hace por las noches / por miedo a que devoren mi lazo almidonado. / ¿Me creerías si te contara que olvidé sus rostros, / que no sé si fue una pesadilla el beso detenido / y el huso envenenado una legión de soldados fugitivos? / ¿Por qué crees que escapé de las nieves y la reina mentirosa? / Ha sido bueno recordar quién soy yo hoy, / dormir con un cántico recitado por tu voz / y el susurro celestial de las perdices / expirando en los fogones”. JUAN JOSÉ TÉLLEZ
El pájaro negro
1 de diciembre de 2008 www.juanjosetellez.com El pájaro negro Una novela moral de José María García López Habrá quien piense que El pájaro negro (Calambur, 2008) rompe la trayectoria novelística de José María García López (abulense del 45, afincado desde hace mucho en la Bahía de Cádiz), que en 1992 se dio a conocer con La ronda del pecado mortal, título al que seguirían El baile de los mamelucos (2002) e Infame turba (2006). Pero no es así: existe una coherencia en sus pretextos (ese oriente próximo a veces tan lejano) y en su trasfondo, aunque esta vez haya atenuado el barroquismo de su estructura, que mereció elogios contundentes de críticos como Miguel García Posada o de escritores como José Manuel Caballero Bonald, quien aseguró que practicaba “una literatura en estado puro”. En El pájaro negro mantiene la pureza pero se deja contaminar por el compromiso. El propio autor ha asegurado que esta obra, ambientada durante la matanza de Irak que todavía prosigue, es fruto de una toma de conciencia y, en cierto modo, se trata de una novela moral: “No me importa el resultado de las elecciones de Irak (afirma Rosa, la narradora, en la última página del libro)y sí el rosario de muertos para llegar hasta aquí, los que acaso ya calculan los carroñeros de Estados Unidos y aliados para su próxima invasión de Irán u otros países de Oriente”. Si en anteriores novelas García López había sido minucioso en la reconstrucción de la historia, ahora aplica esa misma técnica o esa misma devoción a la actualidad. No sólo recopila datos de esa masacre desde la invasión de 2003, sino que los analiza con la precisión de un periodista de los de antes o como un observador riguroso de lo cotidiano, desde el expolio del museo de Bagdad a la historia profunda del país. Hay un hilo conductor de esta narración, la música callada de Ziryab, también llamado El Pájaro Negro, que revolucionó las costumbres andalusíes del siglo IX y que desembarcó en las costas de Cádiz rumbo a Córdoba, desde Bagdad. Su ritmo palpita en el yisr as sirat, el canto que se oye en una de sus páginas como un “prodigio de melancolía y sobrehumana belleza”, en un mundo en llamas. Y subsiste un pesar constante, la muerte en atentado de Alejandra, la protagonista de esta peripecia cuya presencia y ausencia marcan su argumento: “Alejandra perdió su vida, o se esfumó literalmente de este mundo, el día 18 de noviembre de 2004 en los alrededores de la mezquita de Abu Hanifa, al noroeste de Bagdad. El hecho, que tuvo lugar a los pocos días de la muerte de Arafat y la ejecución de la cooperante Margareth Hassan, fue uno más de una serie que conectaba con los masivos ataques norteamericanos de por esas fechas a reductors zuñes localizados en ciudades como Tikrit, Ramada, Falluja, Bagdad…”, explica García López. Es una historia trágica, pero al mismo tiempo una historia de amor trágico, a punto del triángulo, una hipótesis que encierra mucho de parábola, porque quizá vivimos aislados de la realidad en una jaula de oro que sólo la muerte o el dolor abren a la vida y a la muerte. Pero lo que puede llamar poderosamente la atención de los lectores es la incorporación del periodismo como elemento narrativo a través de la publicación de una serie de supuestas entrevistas que no sólo explican acontecimientos, sino posturas individuales frente al conflicto que tanto ha marcado, por cierto, la historia española del último lustro. Quizá por ello, García López presentó oficialmente este título en la Asociación de la Prensa de Cádiz el mes pasado. JUAN JOSÉ TÉLLEZ
El boletín de la bahía, 05 de noviembre de 2008 Una novela moral de José María García López Habrá quien piense que El pájaro negro (Calambur, 2008) rompe la trayectoria novelística de José María García López (abulense del 45, afincado desde hace mucho en la Bahía de Cádiz), que en 1992 se dio a conocer con La ronda del pecado mortal, título al que seguirían El baile de los mamelucos (2002) e Infame turba (2006). Pero no es así: existe una coherencia en sus pretextos (ese oriente próximo a veces tan lejano) y en su trasfondo, aunque esta vez haya atenuado el barroquismo de su estructura, que mereció elogios contundentes de críticos como Miguel García Posada o de escritores como José Manuel Caballero Bonald, quien aseguró que practicaba “una literatura en estado puro”. En El pájaro negro, mantiene la pureza pero se deja contaminar por el compromiso. El propio autor ha asegurado que esta obra, ambientada durante la matanza de Irak que todavía prosigue, es fruto de una toma de conciencia y, en cierto modo, se trata de una novela moral: “No me importa el resultado de las elecciones de Irak (afirma Rosa, la narradora, en la última página del libro) y sí el rosario de muertos para llegar hasta aquí, los que acaso ya calculan los carroñeros de Estados Unidos y aliados para su próxima invasión de Irán u otros países de Oriente”. Si en anteriores novelas, García López había sido minucioso en la reconstrucción de la historia, ahora aplica esa misma técnica o esa misma devoción a la actualidad. No sólo recopila datos de esa masacre desde la invasión de 2003, sino que los analiza con la precisión de un periodista de los de antes o como un observador riguroso de lo cotidiano, desde el expolio del museo de Bagdad a la historia profunda del país. Hay un hilo conductor de esta narración, la música callada de Ziryab, también llamado El Pájaro Negro, que revolucionó las costumbres andalusíes del siglo IX y que desembarcó en las costas de Cádiz rumbo a Córdoba, desde Bagdad. Su ritmo palpita en el yisr as sirat, el canto que se oye en una de sus páginas como un “prodigio de melancolía y sobrehumana belleza”, en un mundo en llamas. Y subsiste un pesar constante, la muerte en atentado de Alejandra, la protagonista de esta peripecia cuya presencia y ausencia marcan su argumento: “Alejandra perdió su vida, o se esfumó literalmente de este mundo, el día 18 de noviembre de 2004 en los alrededores de la mezquita de Abu Hanifa, al noroeste de Bagdad. El hecho, que tuvo lugar a los pocos días de la muerte de Arafat y la ejecución de la cooperante Margareth Hassan, fue uno más de una serie que conectaba con los masivos ataques norteamericanos de por esas fechas a reductors zuñes localizados en ciudades como Tikrit, Ramada, Falluja, Bagdad…”, explica García López. Es una historia trágica, pero al mismo tiempo una historia de amor trágico, a punto del triángulo, una hipótesis que encierra mucho de parábola, porque quizá vivimos aislados de la realidad en una jaula de oro que sólo la muerte o el dolor abren a la vida y a la muerte. Pero lo que puede llamar poderosamente la atención de los lectores, es la incorporación del periodismo como elemento narrativo a través de la publicación de una serie de supuestas entrevistas que no sólo explican acontecimientos, sino posturas individuales frente al conflicto que tanto ha marcado, por cierto, la historia española del último lustro. Quizá por ello, García López haya decidido presentar oficialmente este título en la asociación de la prensa de Cádiz, el próximo viernes día 7 de noviembre, a las 20 horas. J. J. TÉLLEZ www.juanjosetellez.com <http://www.juanjosetellez.com>
Diario de Jerez http://www.diariodejerez.es/article/ocio/264138/quotamor/y/muerte/producen/una/implicacion/irracional/sentimentalquot.html 27.10.08 "Amor y muerte producen una implicación irracional, sentimental" El pájaro negro, publicado por Calambur, realiza un recorrido por el Iraq presente y perdido a través de sus símbolos y protagonistas. El autor define su última novela como un "compromiso moral" El último libro de José María García López (Ávila, 1945) es el resultado de una toma de conciencia, lo que el autor define como "un compromiso moral" ante la conmoción que le supuso la guerra de Iraq. El pájaro negro (Calambur) refleja, a través de la historia de amor de dos periodistas destinadas en zona bélica, la desolación del conflicto. -El libro hace referencia constante a las culturas mesopotámicas. ¿Cómo ha llegado a establecer las relaciones con la actualidad? -A mí me llamó la atención el expolio del museo de Bagdad, y todo el posterior desmantelamiento artístico, con obras únicas perdidas en los mercados internacionales o esperando su momento. Las protagonistas visitan el museo y sienten la necesidad de investigar no sólo sobre la guerra sino sobre las esencias históricas y culturales del país. -Curiosamente, dentro de ese callo emocional que han formado en nosotros los desastres, hay algo que siempre nos conmueve, y es lo relativo al Patrimonio. Llega un momento en el que pasas indiferente ante las muertes, pero te apena la destrucción de la biblioteca de Sarajevo o de los Budas de Afganistán... -Esa es una pregunta endiablada... aunque en mi caso no ocurre tan así. Llamamos Patrimonio de la Humanidad a aquel legado más fácil y visible, y muchas veces se olvida lo más importante, que es la gente, lo humano. Claro que el arte, huellas y vestigios de civilizaciones tienen un gran valor, un sentido simbólico y antiguo. Por supuesto que tiene importancia: a mí el arte me interesa, la historia me interesa. Pero se hace mucho alarde de la pérdida de cosas como el puente de Mostar o Dubrovnik... y pueden morir miles de personas que son olvidadas. Claro que el Patrimonio tiene importancia, pero con cuidado, porque hay como una especie de panoplia externa, de espectacularidad con el tema. -En la entrega del Planeta, Savater insistió en que había escrito una novela prodigiosa porque en ella no había templarios, griales ni catedrales... -Es verdad que existe algo de emblematismo con el mundo de lo oculto, y ya ha habido intentos de desmontar toda esa abundancia, por ejemplo, lo que hizo Benítez Reyes en Mercado de Espejismos. Pero siempre hay modas: es difícil que no haya un espectro que polarice el interés: si no es novela histórica, será de ciencia ficción, de misterio... -¿Y es difícil no sucumbir? -Seguramente, será imposible. Primero, para sucumbir hace falta que uno se enfrente... pero lo cierto es que las tendencias se te cuelan en el espíritu antes de que te des cuenta. Y hoy en día, que estamos hiperconectados, aún es más probable que aumente el contagio... Además, si uno escribe en una lengua y un momento determinados, no tiene más remedio que reproducir los clichés al uso de la cultura contemporánea. Se da un mimetismo muy fuerte y hay que ser humilde, porque tampoco es que te salves demasiado... Pero es saludable estar en guardia. -Esta novela, que tiene mucho de estilo periodístico, difiere de lo que ha venido siendo su escritura, en la que se nota el poso poético... -Sí, por primera vez he intentado escribir una historia que se condujera por territorios de reportaje, con lo que he debido que tener cuidado en no ser tan minucioso e ir escribiendo como lo hacen los reporteros en conflictos: con poco tiempo para rectificar y elaborar un estilo. Se incluyen entrevistas que hacen las dos periodistas destacadas en Irak, que se transcriben íntegras y que teóricamente, es lo que van a hacer. En ellas, se intenta abarcar un gran espectro de la sociedad: que aparezca una persona mayor, un joven sin adscripciones religiosas o políticas, o una mujer que tenga que ver con el mundo de los negocios o un suní. Una de las periodistas es la que cuenta su historia en primera persona, y aunque el estilo es un poco más culto que la media, intenté que tuviera agilidad de noticia. -La forma en que se desarrolla la historia de amor viene a subrayar lo terrible que es la pérdida gratuita de una vida. Se pierde un mundo, frente a unas cuantas piedras... -Sí, precisamente el otro día Maruja Torres dijo en la UCA que no creía que las transmisiones de los hechos produjeran una mayor concienciación y sirvieran de revulsivo, porque todo está ya muy manejado. Aquí, la historia de amor se vive de forma trágica, no es algo que relaten los profesionales desde cierta distancia, sino que el drama de los acontecimientos implica a ambas mujeres, con esa relación de amor entre ellas y la aparición de una tercera persona, el guía, que les sirve de nexo con el mundo que ven destruirse. Amor y muerte producen una implicación sentimental e irracional: subraya el hecho de que se pierde un mundo, el personaje se desintegra, se diluye la vida de una persona, como cualquier otra que este caso puede quedar perdida en el desierto, en todo el territorio, en la casa, en el arte, en las personas que están allí. Da un valor inmediato y sentimental. PILAR VERA
El cuarto día
Cecilia Quílez
Calambur Editorial
9 euros
68 páginas
Abc, 11 de febrero de 2009 Una nueva resurreción. Así es como debe definirse El cuarto día (Calambur), un nuevo, bello e intenso ejercicio poético que Cecilia Quílez ha regalado a sus sedientos lectores. Sedientos porque su cuidada lírica es recibida como un idílico manantial en medio del desolador desierto. Su andadura comenzó hace ya tiempo, pero su estela se ha ido haciendo intensa y amenaza con quedarse en el imaginario vital de todo aquel que se acerque a su poesía. No hay duda, El cuarto día engancha como la droga más potente e inofensiva, esa sustancia incorpórea que se diluye en la conciencia, a medio camino entre el raciocinio (el mismo que te aleja de la extraña sensación de felicidad) y el irrefrenable deseo de disfrutar de cada momento como si fuera el último. Ha sido un proceso largo, no sin cierto temblor esquizofrénico por la dualidad sentimental que supone cerrar un proyecto y verse inmersa, sin saber muy bien cómo, en uno nuevo y extenuante. Si para la autora su anterior libro, Un mal ácido, significó una muerte, El cuarto día la ha permitido respirar de nuevo, emerger «del agua de mis primeros recuerdos».Quílez sale al encuentro del mundo, se relaciona con él, lo colorea de dulces matices aterciopelados y regala otro mundo. Un mundo, ahora más que nunca, posible Un bello resurgir Como todo resurgir, en el camino ha dejado desolación y algo de tristeza, pero Quílez, decidida a derrotar con valentía «aquello que te ha devorado el alma», sale victoriosa de una lucha tan literariamente encarnizada. «Los poemas de El cuarto día recorren el camino de seguir buscando otros estados idílicos que nos sigan haciendo dichosos». Una euforia, consecución vital de la autora, que se contagia al lector verso a verso, palabra tras palabra, hasta cerrar la última de las 66 páginas que componen el libro publicado por «Calambur». Cecilia Quílez tiene claro cuál es el lugar que debe ocupar el poeta, en medio de la fangosa existencia que a día de hoy nos aturde hasta dejarnos sin respiración. «La poesía es el espacio que hay entre esa realidad y la aceptación de nuestro propio desenlace. En ese lugar domina la memoria y la ensoñación por lo pasado y lo futuro. Y la verdad, que es el presente, sea como sea». Una verdad, encadenada al presente, que Quílez dulcifica al lector para presentarle un pequeño (pero grande al tiempo) universo de intensos sentimientos, descritos desde «la llaga o la euforia». Se reconoce a sí misma como poeta solitaria y tiende a escapar de las multitudes líricas, pero en El cuarto día Quílez sale al encuentro del mundo, se relaciona con él, lo colorea de dulces matices aterciopelados y regala otro mundo. Un mundo, ahora más que nunca, posible. POR INÉS MARTÍN RODRIGO
13 de enero de 2009 Granada Digital La escritora Cecilia Quílez demuestra "su habilidad para jugar con el vocabulario" en su poemario El cuarto día La escritora andaluza Cecilia Quílez, tras llamar la atención en el panorama de la reciente poesía española con su poemario Un mal ácido, demuestra "su habilidad para jugar con el vocabulario" en su nuevo trabajo literario, el poemario El cuarto día, editado por Calambur. En una nota de prensa, la editorial destacó que "un aspecto que no ha cambiado en su literatura es la probada habilidad para jugar con el vocabulario y con el ritmo sintáctico, para construir con el idioma un edificio poético en una partitura musical que se deja oír tanto en su melodía como en sus letras". Esto lo consigue Quílez "no sólo por su capacidad para moldear la lengua", sino sobre todo gracias a un imaginario personal puesto en evidencia que se nutre de símbolos románticos que aparecen, "tales términos alegóricos" como pasadizos, sangre, tumba, calavera, cenizas, belleza, cuervo, morgue, tempestad y que "tiende a la trascendencia y elevación de lo evidente y de lo aparentemente cotidiano", subrayó la editorial. Temas como la pasión y el amor son una base fundamental del poemario, si bien, no el único, ya que también hay espacio y palabras para "plantearse un reducto de memoria y sobre todo un monólogo interior que quiere aclarar conceptos y proponerse pautas de actitud", señaló. Han pasado dos años desde que la escritora nacida en Algeciras (Cádiz) presentara Un mal ácido. Ahora, se edita una nueva entrega de sus textos líricos. En este nuevo proyecto "se asienta definitivamente la autora con una voz desasosegante que trasiega en la inmensidad del tiempo, de la realidad material y de las abstracciones de su entorno", según la editorial. La obra de Cecilia Quílez toma de la tradición "apenas las interpretaciones de cierta simbología y pone de su propia cosecha lo demás, su visión particular, a veces irracionalista, de cuanto elige mirar o descifrar, su estilo, su inapelable elección de temas y la creación de atmósferas", apuntó. Del conjunto de textos destacan "los más narrativos que impresionistas", como 'Prólogo' y 'Muy frágil' y la unidad de 'Cuatro misterios y una ofrenda'. La escritora gaditana tiene publicados dos libros de poemas, La posada del dragón y el citado Un mal ácido, este último ha recibido una mención especial del Premio Villa de Madrid de Poesía 'Francisco de Quevedo' y obtenido críticas favorables en El Cultural, ABC de las Letras, Diario de Ávila, Diario de Navarra y República de Letras. Ha colaborado en el programa de radio Onda Sur y coordinado y dirigido exposiciones de pintura y escultura en numerosas instituciones de arte y en los catálogos de éstas. Tiene varios relatos y artículos publicados en diversas revistas y publicaciones, como Álbum de las Letras, La Cultura de Madrid, El Mundo o Ágora, entre otras. También ha participado como ponente en diferentes jornadas sobre literatura y realizado recitales y presentaciones dentro y fuera de España así como en programas de televisión y radio. Acaba de ser incluida en una antología poética elaborada por la Editorial Espasa Calpe y en una selección de poetas españoles y portugueses. Actualmente trabaja en la finalización de una novela y un cuento para niños.
E.P.
La voz digital, 14 de enero de 2009 EUROPA PRESS La algecireña Cecilia Quílez presenta su libro de poemas El cuarto día. La escritora gaditana Cecilia Quílez, tras llamar la atención en el panorama de la reciente poesía española con su poemario Un mal ácido, demuestra «su habilidad para jugar con el vocabulario» en su nuevo trabajo literario, el poemario El cuarto día, editado por Calambur. La editorial ha destacado que un aspecto que no ha cambiado en la literatura de Quílez es la «probada habilidad para jugar con el vocabulario y con el ritmo sintáctico, para construir con el idioma un edificio poético en una partitura musical que se deja oír tanto en su melodía como en sus letras». Esto lo consigue la autora «no sólo por su capacidad para moldear la lengua», sino sobre todo gracias a un imaginario personal puesto en evidencia que se nutre de símbolos románticos que aparecen, «tales términos alegóricos» como pasadizos, sangre, tumba, calavera, cenizas, belleza, cuervo, morgue, tempestad y que «tiende a la trascendencia y elevación de lo evidente y de lo aparentemente cotidiano», subrayó la editorial. Temas como la pasión y el amor son una base fundamental del poemario, si bien, no el único, ya que también hay espacio y palabras para «plantearse un reducto de memoria y sobre todo un monólogo interior que quiere aclarar conceptos y proponerse pautas de actitud», señaló. Han pasado dos años desde que la escritora nacida en Algeciras presentara Un mal ácido. Ahora, se edita una nueva entrega de sus textos líricos. En este nuevo proyecto «se asienta definitivamente la autora con una voz desasosegante que trasiega en la inmensidad del tiempo, de la realidad material y de las abstracciones de su entorno. La obra de Cecilia Quílez toma de la tradición «las interpretaciones de cierta simbología y pone de su propia cosecha lo demás, su visión particular, a veces irracionalista, de cuanto elige mirar o descifrar, su estilo, su inapelable elección de temas y la creación de atmósferas». La escritora gaditana tiene publicado dos libros de poemas, La posada del dragón y el citado Un mal ácido, este último ha recibido una mención especial del Premio Villa de Madrid de Poesía Francisco de Quevedo y obtenido críticas favorables en El Cultural, ABC de las Letras, Diario de Ávila, Diario de Navarra y República de Letras. Actualmente trabaja en la finalización de una novela y en un cuento para niños. Revista Mercurio Trascendencia del símbolo A penas han pasado dos años desde que la escritora Cecilia Quílez (Algeciras, 1965) llamara la atención en el panorama de la reciente poesía española con su poemario Un mal ácido, que publicó Torremozas. Ahora, la editorial Calambur edita una nueva entrega de sus textos líricos bajo el título El cuarto día. En este nuevo libro se asienta definitivamente la autora con una voz desasosegante que trasiega en la inmensidad del tiempo, de la realidad material y de las abstracciones de su entorno. Porque el cuarto día es el primero de un presente en marcha (de hecho, predomina en el discurso el uso del tiempo presente sobre el pretérito) que se dirige hacia un futuro incierto, como consecuencia lógica de haber dejado atrás o haber sobrevivido a tres días (o décadas o edades) que han constituido el sedimento fósil de una nueva capa de existencia en formación. O eso al menos parece deducirse de la lectura: “El cuarto día es el primero / después de mi resurrección”, nos dice a modo de conclusión en el poema “Epílogo”, que no en vano cierra el libro, dividido en tres partes diferenciadas. Es preciso señalar que la inquietud, las sombras, el reverso de lo tangible o la pregunta inquietante ya estaban presentes en aquel Mal ácido, pero forman la columna vertebral del contenido y la forma en esta última publicación. Ahora bien, un aspecto que no ha cambiado en su literatura es la probada habilidad para jugar con el vocabulario y con el ritmo sintáctico, para construir con el idioma un edificio poético original que hunde sus cimientos en una partitura musical que se deja oír tanto en su melodía como en sus letras. Todo esto lo consigue Quílez no sólo por su capacidad para moldear la lengua, sino sobre todo gracias a un imaginario personal puesto en evidencia, que se nutre de símbolos románticos (aparecen términos alegóricos como pasadizos, sangre, tumba, calavera, cenizas, belleza, cuervo, morgue, tempestad) y que tiende a la trascendencia y elevación de lo evidente y de lo aparentemente cotidiano, como la pasión y el amor, tema por excelencia del poemario si bien no el único, ya que también hay espacio y palabras para plantearse un reducto de memoria y sobre todo un monólogo interior que quiere aclarar conceptos y proponerse pautas de actitud; como cuando declara la intención de “No dejarse asesinar poe el miedo”. La obra de Cecilia toma de la tradición apenas las interpretaciones de cierta simbología y pone de su propia cosecha lo demás: su visión particular, a veces irracionalista, de cuanto elige mirar o descifrar; su estilo, su inapelable elección de temas y la creación de atmósferas (sin duda lo más conseguido). Del conjunto de textos destacan los de largo aliento, más narrativos que impresionistas, como “Prólogo” y “Muy frágil” y la unidad de “Cuatro misterios y una ofrenda”. El cuarto día no dejará indiferente al degustador de poesía es estado puro.
El cuarto día
Noviembre de 2008 Revista Leer Cecilia Quílez Lucas (Algeciras, Cádiz, 1965) tiene publicados dos libros de poemas: La posada del dragón (2002) y Un mal ácido (2006). Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas, al tiempo que ha difundido su obra en diversos países a través de conferencias, recitales y programas de televisión y radio. Actualmente trabaja en una novela, un cuento para niños y otro poemario. Precisamente es el poema “El cuarto día” el que, epílogo, culmina este poemario y en el que de algún modo se desvela la clave de su significado: “El cuarto día es el primero / después de mi resurrección”. Leemos en la solapa: “En el cuarto día todo símbolo que recuerde al caos es renovado y entregado a las aguas como una antigua reliquia desgastada. La conciliación con nuestros orígenes ofrece el lugar ideal donde descansarán las cenizas. Un cuarto día que será el primero de una nueva etapa donde todo encaja con la imprecisión del tiempo. Un tiempo eterno, real e impredecible, rescatado en el mito de las fábulas donde nada parece tener fin”. El poema “Ave Málaga”, en su cierre, corrobora: “Nuestra historia está escrita repetidamente / sobre venas de hierro que unen ciudades / inquebrantables en las ausencias”.
“Abcd las Artes y las Letras”, ABC
9 de agosto de 2008
Nuevo ciclo
El cuarto día es el tercer libro de poemas de Cecilia Quílez (Algeciras, Cádiz, 1965), que con anterioridad había publicado La posada del dragón (2002) y Un mal ácido (2006, mención especial del Premio Francisco de Quevedo). Su reciente poemario conecta, de algún modo, con el anterior, y a la vez inaugura un nuevo ciclo en su trayectoria. Se trata de un libro unitario cuyos poemas giran precisamente en torno a la idea de la resurrección, el tiempo cíclico o el renacimiento; asimismo, presenta una cuidada estructura, con un poema prólogo, tres partes o secciones («Columna de peces», «El orden de las cosas» y «Propósito de enmienda») y un epílogo, donde se hace explícito el sentido del título: «El cuarto día es el primero / después de mi resurrección. // Cantan ya los apóstoles». No son estas las únicas referencias al imaginario cristiano; en la tercera sección, por ejemplo, hay un texto titulado «Cuatro misterios y una ofrenda». En su conjunto, estos poemas plantean una original indagación existencial, la búsqueda de un nuevo sujeto femenino, lo que implica también un cuestionamiento y una reinvención de los sentimientos («Cuántas veces cuántas tendré que decirte / que esta forma tuya de querer me está matando», leemos en «Amor letal»), así como una concepción distinta del tiempo. En el poema titulado «La invención del tiempo», vemos cómo el desajuste temporal va ligado a la propia disolución del yo: «Mi reloj no se acompasa, / va dos vidas retrasadas / y una muerte por delante. / (?) / Pasado mañana se ha quedado / leyendo los posos del futuro, / y ayer ocurrió que yo estaba / en cualquier parte. / O puede que todo esto no sea nada / porque yo ya me haya ido». Todo ello, además, guarda una gran coherencia con su poética, expuesta de forma fragmentaria en algunos versos del libro: «Destrozas las palabras porque no las conoces. / La insuficiencia ha hecho de ti un molesto antecedente. / También es poesía lo que no consta: Reinventemos el desorden», nos dice en el titulado «Regresar desde el agua». En lo expresivo, destacan la ironía, el irracionalismo, las imágenes visionarias («un camposanto de pájaros resucitados»), el ritmo fluido y la variedad de tonos y registros. En ocasiones, los poemas tienen un aire sentencioso; en otras, más bien onírico; en los textos más breves –algunos de ellos cercanos al haiku–, lo más relevante es su capacidad de sugerencia y el intento de fijar el instante. El resultado es un libro maduro y distinto. LUIS GARCÍA JAMBRINA
“El Aullido”, Diario de León 5 de julio de 2008
El cuarto día, de Cecilia Quílez
Cecilia Quílez representa y resume una forma de entender la poesía y la feminidad. Y ya que en lo femenino está el origen de la lírica –por eso hoy leemos a Safo como regresando a donde todo empieza– esta poeta bien cimentada en sus clásicos escribe y exhibe su intimismo no sólo para defenderse y proclamarse, sino también para redefinirnos a todos nosotros. Cada vez está más claro que ha quedado obsoleto el tradicional y sobreactuado modelo masculino mayoritario y, como nos enseña ese elogio de la convivencia que siempre es la poesía, urge una evolución en la forma de ser hombre. Por eso hay que leer mucha poesía escrita por mujeres. En este sentido la poesía de Celicilia Quílez, perfectamente insertada en la tradición selecta de la poesía escrita por mujeres a lo largo de toda la historia de la cultura, e imbricada igualmente en las más actuales poéticas del realismo, propone indirecta pero decisivamente una revisión del modelo dominante de masculinidad. En esta clave puede leerse su primer libro –La Posada del Dragón– atendiendo especialmente a poemas como “El chico del Cosmopolitan”, “El traje nuevo del emperador” o “El infiel”– y también así el segundo titulado brillantemente “Un mal ácido” –ahí deslumbran temáticamente poemas como “El milagro de los peces” o “Llegas de nuevo”–. Pero si en La Posada del Dragón había una poesía fresca, con voz, con imaginación y ritmo, muy preocupada por construir un discurso poético sin salirse de los márgenes del realismo postmoderno –lo mejor de ese libro es, como se ha dicho, el logrado ritmo y la alternancia de poemas breves y otros de largo aliento–, en Un mal ácido esta poeta incorpora otro valor que ya caracteriza su obra: el ingenio. Y esos dos componentes –el talento rítmico y el ingenio metafórico– llegan a su cenit en su nuevo poemario recién publicado por la Editorial Calambur y titulado El cuarto día –colección de poemas que sorprende por la naturalidad con la que efectúa un impactante streep-tease emocional–. El cuarto día es, pues, un libro intimista de cuidado ritmo donde, gracias al peculiar ingenio de la autora, se llega a una plasticidad casi radical en las metáforas. Además, las referencias culturales que salpican los poemas dan hondura al texto y, a la vez, configuran un mundo poético denso y apetecible (junto con “Prólogo”, merece especial atención el poema “Regresar desde el agua”, bello alegato que nos demuestra que toda poética es una forma de ver la vida). Se trata de un libro duro, catártico, con voluntad de contención en lo formal –aunque no rehuye los poemas largos cuando es necesario– y en el cual llama la atención el ritmo construido mediante la intuición y la repetición, como en el jazz. Pero, de nuevo, temáticamente fulgura esa forma panteísta de entender lo femenino y lo poético para convertir este libro en un necesario testimonio. He aquí pues el último libro de la poeta más próxima que hay en España, en mi opinión, al tono y al mundo de Anne Sexton y Marianne Moore, las poetas dolorosas y desairadas, las reencarnaciones de Safo, las mujeres-dragón, mujeres-jaguar, madres del minotauro, flores hermosas con pétalos de mil colores y no monocromáticas... No es cierto que hay que leer mucha poesía escrita por mujeres para entender a las mujeres. Hay que leer mucha poesía escrita por mujeres para entendernos a nosotros mismos y mejorar la convivencia en nuestro mundo; para saber que necesitamos un nuevo modelo de hombre más allá del que nos muestra el cine, los estadios de fútbol y la prensa rosa, para un mejor acercamiento entre hombres y mujeres y para un mayor grado de felicidad doméstica que es la base, en mi opinión, de la felicidad.
LUIS ARTIGUE
http://franciscocenamor.blogspot.com/2008/06/artculo-de-luis-luna-sobre-el-poemario.html 4 de junio de 2008 Artículo de Luis Luna sobre el poemario de Cecilia Quílez, El cuarto día Cecilia Quílez (Algeciras, 1965) publica en Editorial Calambur El cuarto día, el tercer poemario que nos entrega. La suma de ambos números ofrece el siete, cifra perfecta para la numerología cristiana. Bajo ese signo El cuarto día se alza como una resurrección o, mejor, como un renacimiento después de ese descenso al infierno que supuso Un mal ácido (Ediciones Torremozas). Esta afirmación la hacía la misma autora en la presentación llevada a cabo en el Ateneo de Madrid el 25 de abril de 2008. Estamos, entonces, un día después de la resurrección, y es tiempo de hacer balances. Quílez se muestra madura, y su voz también alcanza esa madurez. La regularidad de los textos que nutren el libro es innegable y conforman, además, una estructura muy meditada y trabajada. Esa meditación, que se intuye al través de cada texto, se concreta en la contención que centra cada poema. El caballo sigue galopando en libertad pero ahora, tal vez más experimentado por tan larga carrera, prefiere retenerse un poco, logrando así un efecto ralentizado que detiene el tiempo o, mejor, se sitúa fuera de él, en una memoria capaz de abarcar todo el espectro temporal, incluso aquel que se sale de la linealidad para entrar en la circularidad. Dentro de ese círculo los recuerdos aparecen fragmentados, entrelazados a sensaciones y palabras capaces de mostrar la fatiga del paso existencial y, al mismo tiempo, una especie de sabiduría sin doctrina que los textos de Quílez desprenden. Este refrenamiento o contención del que hablábamos se hace patente desde la primera sección, donde encontramos poemas esenciales, cercanos a poéticas a priori muy alejadas de la autora. Así, por ejemplo, el breve e intensísimo:
VIII De un vaso de sangre mana una flor. ¿Es esto la belleza? Esa belleza se subsume en el poema –afirmación que hiciera María Fernanda Santiago Bolaños– que queda como índice de lo que pueden dar de sí muy pocos versos tratados con destreza. La segunda sección, ‘El orden de las cosas’, ofrece una sucesión de imágenes poderosas trenzadas de erotismo y carne viva, rebeldes contra la pose y el amaneramiento que supone todo intento de fijar algo tan fugaz e inaprensible como la realidad, ese concepto pantanoso. Hay también esbozos de poética, dispersos, fragmentarios, pero que suponen auténticas tomas de postura:
Libre de pecado (…) Tras la pose se esconden pruebas como cuchillas que delatan el hastío de tener que dar nombre a las mismas cosas, hacer que parezcan diferentes y auténticas. La tercera sección, ‘propósito de enmienda’, es casi un grito, un alzar la voz frente a la existencia; es, también, una reelaboración ritual de esas procelosas relaciones con la existencia. Supone, entonces, dos abordajes de lo mismo: la cotidianidad problemática a la que el creador asiste desde una perspectiva ambigua, la de ser actor y, al mismo tiempo, espectador de los hechos que le ocurren. Cecilia Quílez no se niega a vivir, pero opta, claramente, por lo segundo:
Muy frágil Son las cosas que se le deberían haber haber dicho o hecho a una poeta que gritaba que era frágil en letras rojas desde el cabecero de su cama. Esa opción se desliza finalmente hacia el simbolismo de una espiritualidad ajena a lo religioso, centrada en lo mistérico que cada iniciado en lo cotidiano debe experimentar y aprender:
II. Misterio luminoso Estaba cansada. Las espinas empezaban a hacer mella y una daga seguía hundiéndose en mi pecho Una vez experimentada, el camino culmina en la pequeña muerte, en la catarsis previa a la iluminación. En su ‘Epílogo’ la autora re-significa ese camino vital –con un guiño también a su libro anterior– y ofrece claves para descodificar el sentido último de cada poemario: no hay error y si lo hay no se pide perdón, bastante penitencia ha llevado incluido, suficiente dolor. Ese dolor gracias al lenguaje queda atrapado, fosilizado y, en cierto sentido, acallado a fuerza de gritarlo. Tras él queda la lucidez. La lucidez de El cuarto día.
LUIS LUNA
La vida de otro modo
6 de diciembre de 2008 ABCD las artes y las letras La voz de la mirada El 25 de noviembre fallecía en Badajoz Ángel Campos Pámpano (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1957), víctima de una cruel y repentina enfermedad. Apenas unas semanas antes, había comenzado a distribuirse la edición de su poesía reunida, La vida de otro modo (1983-2008), un título que ahora adquiere nuevas resonancias. Por otro lado, le acababan de conceder en su segunda patria, Portugal, el Premio Eduardo Lourenço -que al final no pudo recoger- por su impagable labor de embajador de la cultura española en tierras lusitanas y de la portuguesa en nuestro país. No en vano fue director de la revista Espacio/Espaço escrito, coeditor de Hablar/Falar de Poesía y excelente traductor de Fernando Pessoa y Eugénio de Andrade, entre otros muchos poetas de ese lado de la raya. Su propia obra poética le llevó a figurar en antologías tan exigentes como Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000). Estructura de TANKA. La vida de otro modo recoge las obras publicadas a lo largo de veinticinco años, convenientemente revisadas y, en algunos casos, modificadas. Se trata de un libro único perfectamente articulado donde es fácil distinguir algunas constantes, lo que no impide que, como plantea Miguel Ángel Lama en su esclarecedor prólogo, podamos clasificar sus poemarios en tres grupos bien diferenciados. En primer lugar, estarían los cuatro libros principales del autor: La ciudad blanca (1988), Siquiera este refugio (1993), La voz en espiral (1998) y La semilla en la nieve (2004). El primero, compuesto, como los dos siguientes, por poemas en prosa y en verso, constituye un homenaje a la ciudad de Lisboa; con él se funda su autónomo territorio poético. El segundo toma su título de Camões; en él destaca una serie de poemas que siguen la peculiar estructura del tanka, composición de origen japonés que volveremos a encontrar en otros libros del autor. La voz en espiral es un libro fundamental en su trayectoria; es “la voz de la mirada como noción vertebradora” de su poesía, puntualiza, a este respecto, Lama. Su último libro publicado, La semilla en la nieve, representa la culminación de su obra poética. Hermosa elegía. Es un libro escrito en torno a la ausencia, al silencio, al vacío -hondo, rotundo, irreparable- que ha dejado la desaparición de la madre: “Mientras pueda pensarte / no habrá olvido”, proclama el poeta al comienzo del poemario. Estamos, pues, ante la memoria cierta de lo perdido, de lo condenado a ser “materia del olvido”, y ante el regreso a los lugares y momentos de la infancia. Una hermosa y conmovedora elegía. Después están los libros publicados en colaboración con fotógrafos o artistas plásticos. El titulado Cal i grafías (1989) consta de dos partes; en la primera, el poeta recrea algunos motivos del pintor Javier Fernández de Molina, al tiempo que éste se ocupa de un motivo recurrente en la obra de Campos Pámpano: “El espacio del poema, su propia autonomía”. Los poemas de El cielo sobre Berlín (1999), integrado luego en una de las secciones de La voz en espiral, se complementan con dos viñetas y una serigrafía de Luis Costillo. Por aprender del aire (2002 y 2005) presenta, de nuevo, dibujos de Javier Fernández de Molina, mientras que Jola (2003), compuesto por siete poemas -o fragmentos- en prosa y la correspondiente traducción al portugués de Ruy Ventura, incorpora fotografías de Antonio Covarsí. Página en blanco. En todos, la parte plástica no es una mera ilustración del texto, sino un discurso convergente con el que los poemas dialogan. Por otra parte, conviene subrayar el carácter visual de la propia escritura de Campos Pámpano, bien visible en la disposición de algunos poemas sobre la página en blanco o en el empleo de acrósticos (La voz en espiral, El cielo casi), pero también en su marcada predilección por los tankas, caracterizados por la percepción instantánea de la realidad, el asombro y deslumbramiento ante la visión de la naturaleza y la tremenda capacidad de sugerencia. Se trata, en definitiva, de momentos de iluminación a través de los cuales captamos o intuimos de forma gráfica la esencia misma de las cosas. Por último, habría que mencionar los llamados “libros de familia”, Como el color azul de las vocales (1993) y De Ángela (1994), agrupados más tarde, junto a nuevos poemas, en El cielo casi (1999), donde los acrósticos de los títulos revelan los nombres de su mujer y de sus hijas (Carmen, Paula, Ángela). La antología se completa con una serie de inéditos recientes en los que rinde homenaje a unos cuantos amigos y creadores, entre ellos el poema que da título a esta recopilación, que tiene como dedicatario a Javier Fernández de Molina, autor de la ilustración de cubierta. A punto ya de concluir el libro, no he podido evitar un estremecimiento al leer los versos finales del dedicado a la memoria de la escritora Dulce Chacón (fallecida también de forma repentina el 3 de diciembre de 2003, a los 49 años), ya que esas mismas palabras -incluida la célebre cita de Gil de Biedma con la que se cierra- le son ahora aplicables al propio Ángel Campos Pámpano: “Una dulce palabra para el mal de palabra. // Hoy al recordar este verso caigo en la cuenta / que al igual que su autor tú has muerto joven / como dicen que mueren los que han amado mucho”. LUIS GARCÍA JAMBRINA
Hoy, domingo 7 de diciembre de 2008
Poesía completa de Ángel Campos
La obra recoge todos los poemas que el poeta consideraba definitivos en los cinco lustros últimos Poco antes de que Ángel Campos partiese rumbo a otros límites, aparecía este volumen antológico, beneficiado con beca a la edición otorgada por la Consejería de Cultura de Extremadura. Incluye estudio preliminar de Miguel Ángel Lama y ha sido formalmente cuidado por Emilio Torné, maestro en tales lides. La obra recoge todos los poemas que el poeta consideraba definitivos entre los que escribiera durante los cinco lustros últimos. Se recogen también un buen puñado de inéditos, que el autor confiaba convertir en un libro próximo. Según explica él mismo en iluminadora nota final, introdujo no pocas modificaciones en varios de los textos originales (reescritura e incluso incorporación de otros trabajos), debiéndose, pues, considerar como versión definitiva la que aquí se entrega. Precisamente el título se toma de un poema que hasta ahora no se había publicado en libro, dedicado a Javier Fernández Molina, el pintor con quien Ángel Campos tantas creaciones produjo al alimón, como aquella inolvidable ‘Cal i grafías’, hoy auténtica joya bibliográfica. No es el único artista plástico a los que admiraba y quiso rendir homenaje. En estas páginas figuran los que dedicara igualmente a Juan Barjola, Luis Ledo, Luis Costillo, Antonio Covarsí, Domingo Frades o Toto Estirado, aquel bohemio iconoclasta de los bares pacenses. Como se reproduce el tributo a los traductores y poetas con quienes más se identificó a lo largo de su vida: Juan Antonio Llardent, Aníbal Núñez, Juan Manuel Rozas, Fernando de Assís Pacheco, Eugénio de Andrade, Al Berto, António Ramos Rosas y un largo etcétera. Sobresalen, sin duda, los versos dedicados a los dos territorios más queridos, simbolizados por Lisboa y Jola, la aldea rayana, donde se habrían de distribuir sus cenizas. Seguramente es cierto que pocos han hecho más por la aproximación cultural entre Portugal y España. Aunque cuatro de las obras nucleares del autor –La ciudad blanca, Siquiera esta refugio, La voz en espiral y la turbadora elegía La semilla en la nieve– se publicaron en la valenciana Pre-Textos, una de las firmas editoriales más prestigiosas, otras no eran hoy fácilmente asequibles por causas de todos conocidas. La vida de otro modo divulgará los versos y la prosa poética del recién desaparecido, “una de las voces más sugerentes y equilibradas de la poesía española contemporánea”, según aseveración del prologuista, que suscribimos sin reservas. Amante tenaz de la desnudez expresiva, depurador sin descanso del lenguaje, al escritor de San Vicente le gustaban los metros cortos y las composiciones breves, donde dibujar el relámpago de una intuición feliz o de una mirada rápida. Gustó del tanka y el haikús japonés como modelos líricos. No obstante, sobre todo en los años últimos, parecía preferir los poemas de amplio aliento, donde desarrollar más explícitamente tantas hermosas imágenes y tan profundos sentimientos como se le acumulaban. Los que hacen referencia a sus seres más queridos (hijas, madre, mujer, amigos-hermanos) son sencillamente conmovedores. Dejó de cantar el ruiseñor, pero sus trinos siguen escuchándose. Ignoro al posible heredero que pueda mantener la altura de sus traducciones; el calor de tantas empresas culturales o la calidad de revistas como Espacio/Espaço Escrito. Sí es seguro que la poesía de Ángel Campos, salvada aquí para la inmensa minoría, proporcionará ánimos e inspiración para cuantos se le acerquen.
MANUEL PECELLÍN LANCHARRO
Hoy.es http://www.hoy.es/20081003/sociedad/poeta-extremeno-angel-campos-20081003.html El poeta extremeño Ángel Campos Pámpano ha sido galardonado con el premio Eduardo Lourenço, de Guarda 03.10.08 El poeta y traductor extremeño Ángel Campos Pámpano ganó la cuarta edición del premio literario Eduardo Lourenço 2008 que concede el Centro de Estudios Ibéricos de la ciudad portuguesa de Guarda. El rector de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, anunció en la localidad lusa el fallo del jurado, que como subrayó reconoce los méritos de Campos Pámpano (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1957) como escritor, traductor y crítico de autores portugueses. Alonso recordó también la labor del galardonado en la revista literaria bilingüe 'Espacio/Espaço', que contribuye a la divulgación del trabajo de los escritores españoles en Portugal y de los de este país al otro lado de la frontera. El rector de la universidad castellanoleonesa ensalzó además el significado del galardón, destinado a distinguir personalidades o instituciones de los dos países ibéricos que contribuyan a la cooperación cultural entre España y Portugal. El poeta leonés Antonio Colinas, miembro del jurado, destacó la labor polifacética de Campos Pámpano y su esfuerzo por divulgar a los autores portugueses en España. El poeta portugués Vasco Graça Moura -también miembro del jurado- insistió en el papel del premiado como difusor de la cultura lusa a nivel internacional. El jurado estuvo compuesto, además, por el citado Ramón Alonso y el rector de la Universidad de Coimbra, Fernando Seabra Santos. Otros de los distinguidos en pasadas ediciones fueron la pianista María Joao Pires, la catedrática de la Universidad de Coimbra Helena da Rocha o el antiguo corresponsal de Televisión Española Agustín Remesal. La entrega del premio tendrá lugar en el Ayuntamiento de Guarda el próximo 27 de noviembre. Ángel Campos tiene ya tras sí una interesante obra poética que le ha llevado, entre otros, a ganar el premio Extremadura a la Creación. EFE
Control Remoto
La verdad, 17 de enero de 2009 Dependencia Sobre si alguien puede controlar a los demás a través del móvil versa esta novela, con la que M.ª José Codes ganó el último Premio Río Manzanares. Pero Jana, su protagonista, termina por no saber si es ella quien maneja los hilos de las vidas de Martín, su amante, y de Elena, la esposa de éste, o si por el contrario son sus teléfonos los que espolean su ansiedad y la van dejando cada vez más sola. Codes también habla, y mucho, de relaciones humanas, y de la capa de oscurantismo, a veces de hipocresía, que puede teñir la convivencia con los demás. ANTONIO PARRA SANZ
11 de septiembre de 2008
http://www.ambitocultural.es/detalle_entrevista_0918id01.html
Nos reunimos con María José Codes, la última sensación de la literatura en España
Un día del mes de mayo, el mundillo literario amaneció con la súbita aparición de un nuevo nombre que inmediatamente se convirtió en actualidad. Aquél día, una escritora desconocida en los medios conseguía dos importantes premios de novela con dos obras diferentes. La noticia se acogió sin extrañeza entre los que la conocíamos, pues aquél día se confirmaba oficialmente lo que algunos sabíamos que llegaría. Quien llegó fue María José Codes, una escritora que dará mucho que hablar. Pocos escritores se merecen el reconocimiento como la escritora y fotógrafa María José Codes, cuya prosa exacta y arriesgada en Control remoto se ha convertido en una de las mejores satisfacciones literarias del año. Dos meses después, a las puertas del verano, con el calor del verano creciendo detrás del calendario, María José nos recibió en su casa con una sonrisa y empezó a hablar de literatura. Allí, entre vasos de limonada y a la sombra, rememoramos con ella el proceso de escritura de Control remoto. AMBITO CULTURAL: Control remoto es una novela de introspección psicológica, que analiza el tema de la infidelidad desde una mirada a medio camino entre el drama y la comedia. ¿Por qué decidió contar esta historia?
MJC: La novela está narrada en primera persona, por lo que todo en ella se ve a través de los ojos de Jana, de su mirada particular, de su método analítico. Es lógico, por tanto, que de sentir empatía por algún personaje, el lector tienda sentirla por ella, a quien sigue de cerca en el tejer y destejer de sus pensamientos y de sus acciones. Además, Jana es una mujer que trata de hacer las cosas bien, aunque dentro de su particular jerarquía de prioridades. Hay una cierta honestidad en su actitud, a veces contradictoria, a pesar de todos los errores que comete. Pienso que eso la hace respetable.
RUBÉN SÁEZ / CÉSAR GONZÁLEZ
Control Remoto
El faro de las letras
Control remoto viene avalada por el X Premio Río Manzanares de novela, que convoca el Ayuntamiento de Madrid, y, sobre todo, por el renombre del jurado que lo otorga, presidido por Luis Mateo Díez. María José Codes plantea una indagación en la intimidad de su protagonista, arquetipo de los intrincados laberintos en que se adentran con frecuencia las relaciones afectivas en la contemporaneidad. La autora ha acertado al dejar la palabra a Jana, narradora-protagonista con un conocimiento muy parcial de cuanto sucede a su alrededor y que se va desvelando a medida que avanza el relato. A través de Jana y de otros personajes no por secundarios menos interesantes, ‘Control remoto’ suscita temas esencialmente relacionados con las relaciones de pareja: la soledad, la infidelidad, el deseo y el desprecio. Si bien María José Codes no demuestra un exceso de perspicacia para proponer nuevos interrogantes ante temas tan literarios, su planteamiento posee dosis elevadas de ingenio, una impoluta composición, una aquilatada mezcla de “humor suave” y dramatismo y un lenguaje muy conforme con el tono de su relato.
La historia se enmarca en una semana de verano en Madrid y sus suburbios. A través de saltos atrás limitados a lo esencial, Jana introduce su complicado mundo sentimental al lector. Mantiene desde hace años una relación sentimental con un hombre casado y ha aceptado con mansedumbre las consecuencias de tal relación: la soledad, la incertidumbre y su condición de subalterna, ya que Martín, su amante, nunca dejará a su familia. La curiosidad de Jana la ha llevado a conocer a Elena, la mujer de Martín, y ha surgido una inopinada amistad entre ambas. Los días en los que se desarrolla esta historia, Martín está de vacaciones en Grecia con su familia y Jana intenta mantenerse conectada con Elena y Martín a través sendos teléfonos móviles. En la distancia, Jana ha creído hallar en ellos los dispositivos que le permitan conservar un ilusorio control remoto sobre su propia identidad. Obsesivamente espera una llamada y en ocasiones, cree haber adquirido gracias al pequeño aparato un poder sobre su relación que hasta entonces había sido incapaz de ejercer. En ‘Control remoto’, los teléfonos móviles aparecen como símbolos de la fragilidad del mundo afectivo de la protagonista: se estropean, fallan, cae la cobertura... y sirven también de trampa, de equívoco, de engaño, de intermitencia en la comunicación y, sobre todo, de destructiva dependencia afectiva. La estabilidad de los vínculos amorosos tan trabajosamente edificados por Jana se revela a través de ellos totalmente deleznable y quebradiza. Y la vigilancia a distancia con la que ella intenta sostener su relación se torna caprichosa, pues, paradójicamente, es ella la finalmente controlada por un azar en el que se va diluyendo su voluntad a medida que avanzan las páginas. La referencia mítica a Penélope en su paciente espera de Odiseo que la narradora traza intermitentemente –y también a través de algunos elementos intertextuales y paratextuales– tiene un propósito desmitificador. Porque en la espera de Jana a Martín el tesón se convierte en indolencia, el ingenio en dejadez y la fidelidad en costumbre.
Hay en ‘Control remoto’ una sobresaliente contención tanto en el protagonismo de los teléfonos como en la expresión sentimental de Jana. Llamadas perdidas, rechazadas, mensajes de voz, sms... pasan a ser elementos simbólicos de la comunicación, plenos de significación. A través de ellos se transmite una historia en torno a las relaciones afectivas y, sobre todo, en torno a la infidelidad en la que –lejos de cualquier tufillo moralista al que en ocasiones parece estar abocada la historia–, como decía al principio, sin aportar prodigiosas novedades acerca del tema se ofrece una historia original, contada con suma habilidad. Además de un constante control sobre su escritura –mucho menos fortuito que el que la protagonista ejerce sobre su amante y la esposa de este– sin apenas deslices a lo largo de todo el libro, el ingenioso tratamiento de la tecnología como paradigma de las relaciones humanas en el laberinto de la contemporaneidad supone un refrescante aliento sobre asuntos tan manidos en la literatura y alejan a ‘Control remoto’ del tópico fácil y monótono.
FERNANDO LARRAZ
"El Cultural" de El Mundo, 24 de julio de 2008
Una nota en la contracubierta de esta novela señala que la obra contiene una metáfora sobre la infidelidad. Es cierto que nos encontramos ante la historia no de una sino de varias infidelidades encadenadas –como si la autora pretendiese advertirnos de que la infidelidad sentimental o amorosa es el estado natural del ser humano–, pero creo que el alcance de la obra va más allá y presenta un conjunto de personajes cuyo principal problema, el núcleo del que derivan sus comportamientos, radica en una agobiante sensación de soledad. Es lo que le sucede a Jana, la narradora, amante clandestina de Martín durante siete años; pero un mal semejante aqueja a su amiga Carmen, con un matrimonio roto por un brutal accidente y buscadora de fugaces encuentros furtivos; y a Julián, tío de Jana que sobrevive difícilmente a la viudedad. Los tipos masculinos, como Martín o Álvaro, se caracterizan más bien por su actitud predatoria ante la mujer. La visión general de los personajes, los supuestos psicológicos sobre los que se asientan, no ofrecen demasiada novedad. El único rasgo innovador de Control remoto reside en un aspecto de la historia que abre ciertas posibilidades narrativas, acaso explotadas aquí sólo en parte: Jana, impelida por la curiosidad de conocer de cerca el entorno familiar de su amante, ha hecho lo posible por conocer a su mujer, Elena, y, con la falsa identidad de Luisa, llegar a establecer relaciones amistosas con ella. Separados los amantes por miles de kilómetros durante unas vacaciones estivales, Jana opera con dos teléfonos móviles para comunicarse por separado y clandestinamente con Martín y con Elena, que se encuentran con sus hijos en Creta. Las coincidencias frecuentes de llamadas –porque cada cónyuge telefonea, como es lógico, cuando el otro está ausente– podrían haber dado lugar a hilarantes situaciones de vodevil –y algo se apunta en la escena del aparato que se precipita al inodoro–, pero no era éste el propósito de la autora, que opta más bien por ir detallando la progresiva obnubilación de Jana, su creciente supeditación a mensajes y llamadas, su afanosa vigilancia de ambos aparatos, siempre a mano y encendidos en cualquier situación, ese “control remoto” que da título a la novela y que se refiere, naturalmente, al que padece el personaje.
El asunto está bien planteado, el desarrollo se aclara en alguna ocasión con un pertinente resumen narrativo (véanse las páginas 229-222) y la historia principal se enriquece con tramas secundarias sugeridas y –con buen criterio– apenas desarrolladas, como todo lo referido a las relaciones de Carmen, o de Claudia y Julián, incluso a la misma historia remota de Jana. Pocas objeciones cabe hacer a la construcción narrativa de la obra, en general medida y eficaz. Esta eficacia se reduce, sin embargo, en buena proporción a causa de una prosa no siempre adecuada por su excesiva premiosidad, por su acumulación de explicaciones y detalles innecesarios y con frecuencia reiterados que desembocan a veces en enunciados poco nítidos: “Odié a Martín por demostrarme ser lo que nunca fue conmigo. Por hacerme ver que sí era capaz de lo que yo consideraba que no lo era” (p. 254). O en símiles y acuñaciones poco afortunados, como el “pequeño faldón de espacio entre la persiana y el alféizar” (p. 185), o bien: “Observaba el ir y venir de la gente mientras la campana de los ecos vibraba en mi cráneo con el fragor de una cacerola estereofónica” (p. 249). Otras veces las acciones narradas resultan desmedidas: “Bajé a darme un baño a la piscina, pero estaba tan consternada que olvidé quitarme la ropa” (p. 64). También hubiera sido oportuno evitar algunas fórmulas tautológicas (“Martín era mi prioridad número uno”, p. 51; “se lo conté […] por autojustificarme”, p. 105) o poco recomendables, como las “vacaciones al borde del mar” (p. 215), a la francesa, en lugar de la forma autóctona “a orillas del mar”. Ricardo SENABRE
Proteger las moradas
7 de diciembre de 2008 Diario de León, “Finlandón” Sigo soñando protección de sábanas Proteger las moradas es el nuevo poemario de José Luis Puerto, con ecos teresianos. El texto final, en prosa, nos habla del encargado de dar la luz, con la hermosa imagen de la bombilla que desde un vano común ilumina dos estancias: luz de la niñez, de la pobreza antigua, de la memoria, de la palabra poética que salva lo perdido; luz que protege de las sombras, de la noche: “Protege las moradas de lo que más importa. Y quien hace posible esa misión no es otro que el poeta. El encargado”. ¿De qué moradas nos habla el poeta? “Proteger las moradas / Salvar los territorios primordiales / Frente a cualquier devastación”; muchos versos podríamos traer a cuento relativos a esas moradas que hay que resguardar de la intemperie existencial del hombre: “Protege la memoria...”. Y el poeta lo hace desde la depuración y la transparencia. No es extraño que poetice un cuadro de Tàpies (son muchos los poemas sobre pinturas y pintores en el libro de Puerto) en el que la sobriedad de trazos puede entenderse como purificación e inmersión en el núcleo más recóndito de uno mismo, donde reside lo más secreto. Proteger las moradas es preservar ese territorio anímico y vital, y sólo la memoria resuelta en poesía puede hacerlo. Muchos son los signos a los que se agarra la memoria de los “días niños”: los seres cercanos (madre, padre, abuelo), el candil, la niebla, la nieve..., sin que la idealización a que propende el poeta haga olvidar la precariedad real de “aquel tiempo hermoso y mítico”. Ocurre que esos signos lo son también del rumor de lo que fuimos y de lo que somos como destino, de las pérdidas sucesivas, con la conciencia de no poder escapar de la urdimbre del tiempo. La poesía de Puerto se va llenando de señales que alumbran nuestro entendimiento de la misma. En este poemario destaca el símbolo de lo blanco, que, en último extremo, se identifica con la luz, y ésta con la plenitud, aunque no duradera, sino sujeta al flujo temporal. Lo blanco (claridad y transparencia) es un anhelo vital de honda presencia en la poesía de Puerto, anhelo de despojamiento interior; de ahí que vaya unido a signos como el desnudamiento invernal, y sobre todo a la nieve, que crea un ámbito pacífico y virgíneo, de levedad y silencio propicios para la meditación y el recogimiento. Las sábanas protectoras resultan otra recurrencia, como lo es la ropa tendida “con su blancura intacta”. “Caligrafías blancas del invierno”: signos que hay que descifrar de un tiempo precario, pero con “frutos de oro”, signos de la “memoria primordial” que en la intemperie del vivir sirven de consuelo, calor y compañía. De ahí que el poeta los rescate. Quizá otros lectores puedan entrar en Proteger las moradas por otros caminos: el que lleva hacia el jardín, otro símbolo esencial de Puerto, o el que impregna de un aroma de fraternidad, de compartir la pobreza, etc. Si tal aroma se origina en aquellos seres que acompañan en la infancia (abuelo, padre, etc.), el poeta podrá entregar el calor recibido a los desvalidos, a los humildes y desposeídos que viven en la precariedad desde la dignidad interior. Quizá por todo ello la palabra de Puerto acaba siendo nuestra palabra y la memoria rescatada también nuestra memoria. JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
Proteger las moradas
El diario montañés 25 de octubre de 2008 Castillo interior Proteger las moradas, último libro de José Luis Puerto, se presenta hoy en la librería santanderina Gil Afortunadamente aún existe un tipo de escritores, de poetas –es verdad, cada vez menos frecuente– que entiende la experiencia poética como un hecho trascendental en su forma de relacionarse con su entorno, como un peldaño más en la aspiración del ser humano a entenderse en su esencialidad, es decir, a contemplarse como un eslabón en la cadena universal de la existencia. El itinerario que el poema propone al autor para enfilar ese camino de salvación en el que se convierte la poesía no carece de sinuosidades y desórdenes, pero es esa invasiva incertidumbre la que provoca la aparición de la palabra primera, esa palabra germinal que en sí encierra el alfa y el omega, la luz y la oscuridad, la imposibilidad del decir y lo ya significado en su materialidad. Infiel depositaria de una expectativa de comprensión del mundo, generalmente defraudada cuando se enumeran las pobres conclusiones de esa percepción, la palabra es, sin embargo, el puente que nos ayuda a salvar el abismo de la nada. La obra de José Luis Puerto se puede insertar sin duda alguna entre aquellas que tratan –mediante escenas trascendidas de su biografía, escarbando en la memoria– de iluminar las zonas más oscuras de la conciencia, ésas que gracias a un riguroso ejercicio de introspección permiten reflexionar sobre la existencia, sobre el paso del tiempo, sobre una realidad histórica cuyos sedimentos perduran aún en el pensamiento, tal vez porque el niño que era entonces, sumido en la penuria del medio rural, sentía cómo se volvían ajenas las nuevas circunstancias o, quizá, porque el hombre que el poeta es en la actualidad, afortunadamente, no está dispuesto a romper con su pasado. La palabra busca, para Puerto, «trascender vivencias, emociones, experiencias, sentires efímeros del hombre, y darles un alcance duradero», celebra la existencia, es un ferviente canto de devoción y de asombro. Su trayectoria poética se inicia con el libro El tiempo que nos teje, accésit del Premio Adonais y publicado en 1982. Hasta llegar al volumen que hoy nos ocupa ha publicado numerosos libros de poesía, aunque también ha dedicado su empeño a escribir libros de etnografía sobre diversos lugares de Castilla-León, comunidad en la que nació (La Alberca, Salamanca, 1953) y en la que reside en la actualidad. Proteger las moradas, el libro recientemente publicado por Calambur, no hace sino confirmar la confianza que el poeta deposita en la poesía como fuente capaz de alimentar el espíritu del hombre y de ponerlo en contacto, gracias al agua de la vida, con el cosmos. En una clara referencia a 'Las Moradas del Castillo Interior' de Teresa de Ávila, Puerto, desde una humildad a veces vacilante en su cruda sinceridad, ha tratado de acotar el "espacio de salvación”. Espacios íntimos El propio poeta lo aclara en estos términos: «Lo que he pretendido ha sido definir ámbitos, moradas concebidas como espacios íntimos para salir indemnes, para impedir que la devastación del mundo contemporáneo nos afecte». Una mirada reflexiva, serena, sosegada, impone una particular forma de decir en la que el yo se despoja de toda vestimenta inútil, innecesaria, para mostrarse tal cual es, en su pura esencia y, a través de ese desnudez, de ese mirar distinto y penetrante, logra el autor acceder a zonas no contaminadas de la memoria, a inviolados recuerdos, a incorruptos paisajes de la infancia, de ahí la profusión del adjetivo «blanco» que se prodiga en numerosos poemas: «sudario blanco, sueño blanco, barro blanco, etc., porque Vuelve / Ese blancor que purifica todo» y nos acerca a la plenitud, acaso a una felicidad sin asomo de impaciencia («He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz», escribe la Santa), sencilla pero no insensata, perecedera como todo lo placentero, porque Puerto es consciente de que la orfandad o « ese desamparo / Que me acompaña siempre») son habitual moneda de cambio en la sociedad mercantilista y uniformada que padecemos con mayor o menor resignación y sólo desde la desubicación, desde la intemperie, desde la sacralización de lo cotidiano, se puede acceder a ese espacio primordial, aunque el propio poeta afirme que 'Todo lugar es pérdida', en donde el ser se reconoce como tal. Cuatro son las secciones del libro: 'Protección de lo blanco', 'Once motivos semíticos', 'Signos que graba el tiempo' y un relato final titulado 'El encargado'. Todos los poemas llevan el titulo en minúscula, situado entre paréntesis y, además, salvo en la sección final, en todos ellos predomina un verso de arte menor. Estas dos circunstancias no carecen de importancia, porque trasmiten al lector sensación de levedad, pero también de elemental observación, de presentimiento más que de convicción y reflejan perfectamente la modesta tentativa de aprehensión del mundo que los sentidos ambicionan. Puerto ha acomodado su retórica, cercana a la poesía meditativa en el sentido que le otorgó Unamuno, su decir a la flexibilidad de un discurso discontinuo y fracturado, fiel reflejo de la experiencia sensible, lo que no impide que adopte los ritmos sincopados de la oración o la plegaria, de la liturgia, en suma, que consiguen trasmitir una delicada emoción, una fragilidad de cristal, similar en intensidad y aliento a un cuarteto de Messiaen. La identificación con el mundo, el vínculo con la realidad del hombre de su tiempo, se trasforma en reflexión poética. Ajena a la confrontación Dolor, precariedad, pobreza, sustantivos que se repiten a lo largo del libro, hacen reflexionar al poeta sobre el sentido de su vida; sin embargo, no encontramos en estos poemas ningún afán de adoctrinamiento, ninguna voluntad moralizante, por el contrario, señalan los límites entre los cuales Puerto establece pactos consigo mismo y con su conciencia. Es por tanto ésta una poética ajena a la confrontación, lo que no impide que, como en voz baja, edifique con ella esos muros capaces de proteger el espacio de su intimidad. La trayectoria literaria de Puerto no está patrocinada mediáticamente por escuela o tendencia alguna, todo lo contrario, la sustenta un modo de concebir la escritura que nace del más hondo y auténtico clamor, el que provoca la angustia existencial; y es esa común angustia en la que reconocemos, como semejantes y cómplices, nuestra propia vulnerabilidad. http://www.eldiariomontanes.es/20081025/cultura/poesia/castillo-interior-20081025.html CARLOS ALCORTA
Norte de Castilla, 24 de agosto de 2008
Entre la gracia y la herida
El escritor salmantino José Luis Puerto publica Un bestiario de Alfranca y Proteger las moradas, su última entrega poética
El tiempo de la publicación y el sustrato inicial de la escritura han unido en las librerías las dos últimas obras de José Luis Puerto (La Alberca, 1953): 'Un bestiario de Alfranca', editado por Los libros de Camparredonda, colección editorial dirigida por Gregorio Fernández Castañón, y 'Proteger las moradas', que saca el sello Calambur.
El primero es un curioso bestiario situado en un lugar mítico de la memoria por el que desfilan insectos, aves, reptiles y esos animales que acompañan a una infancia situada en el medio rural. Son recuerdos unidos al descubrimiento de la Naturaleza que Puerto hilvana para escribir una suerte de memorias de la infancia situadas en un lugar que se corresponde y no con La Alberca. El nombre 'Alfranca' no es sino el resultado de unir la primera y la última sílaba del nombre de su pueblo natal con otro territorio mítico para su obra: la Peña de Francia.
Alfranca se convierte así en ese lugar primordial de la memoria en el que el encuentro con las golondrinas, los lagartos, los pardales o los pavos está también unido al recuerdo de su familia. Así, en el fragmento dedicado a los luceros de julio: «Mi abuelo me traía en su boina dos o tres luceros para que los viera, cuando volvíamos ya de noche del huerto. Y los depositaba en el cuenco de mis manos (...) Aquella maravilla en el anochecer de los días de julio, en aquella placidez que irradiaba el aire, convertía el cuenco de mis manos en bóveda celeste, con aquella constelación luminosa de insectos (...)».
Territorios contrapuestos
Dividido en cuatro partes, el libro comienza con 'Protección de lo blanco' un color que el autor relaciona con la seguridad. El color de las sábanas, que protegen la intimidad del hombre, el de la cal de las paredes de la casa, el del cordero de Zurbarán, el de las telas que le recuerdan el mundo de la madre y la vida como un tejido que se va construyendo ('El tiempo que nos teje' tituló su primer libro). Y se cierra con un pasaje de prosa poética, cuyo título, 'El encargado' también hace referencia a su infancia.
Iluminar con las palabras
Escribir como escupir
13 de septiembre de 2008
Santos Domínguez
Escribo como escupo. Contra el suelo /.../y contra el cielo, explicaba Blas de Otero en un texto de Ancia (1958), que ahora cumple medio siglo.
La expresión la retoma Leopoldo María Panero como punto de partida del poema que da título a su última entrega, publicada en Calambur.
No sé si se trata del recuerdo difuso de un verso que forma parte de la memoria literaria de Leopoldo Mª - tan proclive a fundir vida y literatura, a confundir fantasía y realidad - o de un aprovechamiento consciente, pero el hecho es que ese texto que da título al libro muestra una sorprendente relación entre dos poetas tan distintos a primera vista.
En Escribir como escupir la palabra alucinada de Panero, sorprendente en su irracionalidad salmódica, y la fuerza de sus imágenes se despliegan en series de versos que se suceden como en una letanía pensada para la recitación y acaban confluyendo en torno a una serie de ejes temáticos.
Algunos de ellos, a fuerza de frecuentarlos –se cumplen ahora cuarenta años de Por el camino de Swan, su primer libro-, son característicos de la literatura de Leopoldo Mª Panero, desde los sioux a Alicia, la reina de corazones o el conejo blanco. Otros, como la angustia, la fugacidad, la rebelión ante el padre o la divinidad, el tema de España, el vacío existencial o la imagen del ángel en caída por el abismo, lo acercan en este libro a la poesía de Blas de Otero.
Perplejidades y renuncias, certezas y desolaciones (Soy el emperador de la Nada) alimentan una poesía apocalíptica que es a la vez conjuro y maldición, trazan una poética de la caída, la ceniza y la destrucción, una descripción del pájaro en la sima.
A través del despliegue de sus imágenes visionarias Panero levanta un mundo poético tan coherente como perturbador en su delirio. Una poesía que es experiencia del límite, cruce de fronteras, anticipo de la muerte (Como si la mano de un muerto me acariciase/así es el poema), vivencia de la locura, ese látigo atroz que embiste al hombre como un toro en la sombra.
Imágenes sucesivas, tono salmódico y revelaciones oraculares coinciden ejemplarmente en uno de los mejores textos del libro, Visión, una letanía alucinada, implacable con el mundo y con la palabra, un excelente ejemplo de la poesía de Leopoldo Mª Panero, hecha sólo de aullido y de lamento, y escrita
Antes de que hiele
Antes de que la nieve caiga borrando las flores
Antes de que hiele
El monje y la hija del verdugo
AMBROSE BIERCE The Monk and the Hangman’s Daughter / El monje y la hija del verdugo Traducción e introducción de Sonia Santos Vila, Madrid, Calambur, 2006, 208 pp. La editorial Calambur Narrativa nos presenta la edición bilingüe inglés-español de la novela The Monk and the Hangman´s Daughter del escritor y periodista norteamericano Ambrose Bierce, traducida por Sonia Santos Vila. Con este nuevo libro, Santos Vila continúa con su trayectoria emprendida hace años sobre el estudio de la obra de este desconocido y olvidado escritor estadounidense. La presente edición viene acompañada de una interesante introducción, donde la propia traductora nos explica que El monje y la hija del verdugo (The Monk and the Hangman´s Daughter) es la única novela corta del escritor norteamericano Ambrose G. Bierce (1842-1914?) y que, sin embargo, él no es el último redactor. Se hace aquí eco del largo litigio que existió entre Bierce y Danziger, conocido por el nombre literario de Adolph De Castro, en torno a la autoría del escrito, ya que De Castro, tras haber llevado a cabo una traducción al inglés de la obra en alemán Der Mönch von Berchtesgaden de Richard Voss, propuso a Bierce una revisión de la misma. Según nos explica la traductora, De Castro trata este tema en un capítulo de la biografía que dedicó a Bierce, a la vez que éste también lo menciona en alguna de las notas en la edición de la novela. La obra aparecería primeramente por entregas en el periódico The Examiner en 1891, y finalmente, la versión definitiva de la novela es publicada en 1892 por la editorial F.J. Schulte and Company en Chicago. Como era de esperar, todo este asunto acabó por enturbiar la relación entre ambos escritores, hecho que deja entrever el talante profesional y personal de esta figura de las letras norteamericanas conocida como “Bitter Bierce”. Ambrose Gwinett Bierce nació en el condado de Meigs (Ohio) en 1842. Era el más pequeño de una familia numerosa. Se conocen pocos detalles de su infancia, aunque sabemos que estuvo influido por el calvinismo familiar y por la lectura de novelas góticas y poemas románticos que tenía a su alcance en la biblioteca de su padre. Ambrose se empleó en diversos oficios antes de alistarse como voluntario en el ejército al estallar la Guerra de Secesión, tomando parte en numerosas batallas. La guerra se convertiría en un episodio definitivo en su vida; lo que vio y experimentó en ella tuvo un profundo impacto en él. Las heridas recibidas en la batalla de Kennesaw Mountain no le permitirían seguir en el servicio activo y este hecho propició su llegada a San Francisco, donde empezaron sus primeras incursiones, primero, en el mundo del periodismo y, seguidamente, en la literatura, ámbitos que lo van a definir de por vida. Otro aspecto que marcaría su vida fue la situación familiar, poco favorable, que vivió en sus últimos años. Contrajo matrimonio con una joven californiana de familia acomodada, fruto del cual nacieron tres hijos. El trágico fallecimiento de dos de ellos, unido al divorcio de su esposa, amargaron su carácter aún más y esta acritud se va a manifestar en las cartas, artículos, ensayos y relatos del escritor. Quizás el capítulo más intrigante de la vida de Bierce sea su final. No se conoce exactamente la fecha de su muerte, ya que la guerra le seguía atrayendo tanto o más que la literatura, y se le pierde la pista a comienzos del año 1914 durante la revolución zapatista en Méjico. Ambrose Bierce pertenece a la romántica tradición gótica norteamericana de finales del XIX, cuyas raíces las encontramos en los trabajos de autores como Hawthorne, Poe y Melville. El goticismo de Bierce está presente en toda su literatura ficcional destacando, sus dos volúmenes de narraciones: Tales of Soldiers and Civilians (Cuentos de soldados y civiles) (1891), y Can Such Things Be? (¿Pueden existir tales cosas?) (1893). El monje y la hija del verdugo se considera una novela gótica, rodeada de misterio y de lo sobrenatural. La novela narra el amor prohibido y fatal que siente un joven monje franciscano, llamado Ambrosio, por una muchacha, Benedicta. Ambrosio, junto con otros dos monjes franciscanos, es enviado por sus superiores al monasterio de Berchtesgaden, cerca de la ciudad de Salzburgo. Ya casi al final de su viaje se topan con un cadalso, de cuya horca pende un ajusticiado. En los alrededores de tan macabro lugar hayamos a Benedicta, la hija del verdugo, de cuya belleza va a quedar prendado nuestro protagonista. Pese a lo insólito del encuentro, Ambrosio va afianzando la fraternal atracción que siente por Benedicta al ver los continuos desprecios que sufre la joven ante los habitantes de la población, debido al oficio de su padre. Ambrosio no sabe si se trata de un amor terrenal y se encomienda a San Francisco, para poder distinguir la senda correcta y no desviarse. Pero esta situación no es ajena a los ojos de sus compañeros franciscanos, ni de los jóvenes del lugar, e incluso llega a oídas de sus superiores. Nuestro monje, siempre dispuesto a defender a la muchacha, se gana las amenazas de un joven, Roco, el tercer elemento en esta historia de amor. Se trata de un muchacho un tanto fanfarrón del cual están encaprichadas casi todas las mozas y, además, es hijo de la máxima autoridad del lugar, el patrón de la mina de sal. Las reprimendas también se hacen llegar por parte de su superior, quien le envía a vivir a las montañas en soledad para que indague en su corazón. Esta situación no va a hacer más que afianzar los sentimientos de nuestro protagonista y desencadenar un trágico y triste final. Encuadrada en un paisaje exacerbado, los ingredientes que destacan en la narración son el miedo, el horror, el terror, la culpa y los desengaños amorosos, elementos todos ellos muy presentes en lo que se conoce con el nombre de novela gótica. A su vez, las descripciones de la naturaleza contribuyen a dignificar este marco. La traducción al castellano de la obra, que nos ofrece en esta ocasión Santos Vila, continúa el camino de su dedicación e investigación sobre este autor estadounidense, encontrando claros ejemplos de las mismas en su Memoria de Licenciatura: Análisis de la dinámica narrativa en los relatos fantásticos de Ambrose G. Bierce (1995), en su Tesis doctoral: El relato fantástico en la literatura occidental durante el siglo XIX: E.T.A. Hoffmann y Ambrose G. Bierce (1997), en la monografía: La narrativa fantástica de Ambrose G. Bierce (2000), en la traducción de tono misceláneo: Ambrose G. Bierce. Escritos desconocidos (2002), así como en diversos artículos y ponencias donde siempre reivindica la figura del autor norteamericano dentro del panorama de la Literatura Universal Contemporánea. Su preparación filológica y el amor que siente hacia los idiomas le han permitido realizar en este libro un buen trabajo de traducción, que viene acompañado por unas palabras introductorias que muestran la gran admiración y conocimiento que posee sobre la obra de este escritor. Bierce es un autor atractivo, a la vez que olvidado, dentro de las letras anglosajonas. La traductora confía en que esta obra ayude a fomentar el conocimiento de este escritor en España e igualmente su valía, especialmente entre los lectores que no pueden acceder a la producción de Bierce en inglés. Es el deseo de esta traductora, como ella misma escribe en las palabras introductorias: que el lector quede impregnado por la pasión que en nosotros ejerce este marginado escritor norteamericano. (11) La presente edición, al contener una traducción bilingüe inglés-español, permite al lector reconocer en el original al maestro de la pluma que fue Bierce, siendo patentes algunas de sus características, como su humor, a veces feroz, su inteligencia, la originalidad de sus planteamientos, su imaginación fecunda, díscola y sorprendente. En definitiva, podemos hacernos eco de su destilada sátira, presente en la precisión quebradiza de su lengua y, sobre todo, en sus historias realistas del horror. Asimismo, en la traducción podemos comprobar el máximo respeto a la esencia romántica de la novela, donde se puede apreciar la familiaridad de la profesora Santos Vila con la obra del escritor de Ohio. En referencia a la posible audiencia que puede beneficiarse de esta edición bilingüe, esta obra puede abarcar un amplio espectro de receptores; puede resultar provechosa tanto para estudiosos en materia de Literatura inglesa, profesores de inglés, estudiantes universitarios de filologías o traducción, como para cualquier otro lector interesado en la literatura en lengua inglesa. Además, es una obra especialmente recomendable para todos aquellos interesados en los clásicos de la edad de oro de las letras estadounidenses y, en concreto, para aquellos que se decantan por la literatura de terror. En conclusión, no dudo en recomendar esta obra, presentada en edición bilingüe, además de por la magnífica narrativa que presenta (las descripciones son dignas de mención), como por su argumento entretenido y lleno de suspense hasta el final. La estructura de la obra, dividida en XXXVI “capítulos” (aunque en la obra original se hace esta división, en ningún momento se habla de capítulos), ayuda fácilmente a seguir y comprender el hilo argumental. ANA MARÍA CALVO MONTAÑA Universidad de Valladolid
La voz original
La voz original ofrece la versión original de estas obras en catalán e incluye dos poemas nuevos. «Éste será mi último libro de poesía», afirma el escritor
La noticia, además de la aparición de este volumen, es la decisión de Jean Serra de abandonar la poesía para dedicarse a la prosa en exclusiva, y lo anuncia sin redobles de tambor. «Quiero dedicar mis últimos años exclusivamente a mis libros en prosa. Si surge algún poema, lo escribiré, pero La voz original será mi último libro de poesía», asegura rotundo, a pesar de que sólo tiene 55 años. La palabra, con la que trabaja, tiene para él suma importancia. «La palabra es lo más delicado del ser humano. Somos humanos porque tenemos palabras. Trabajar con ellas implica una responsabilidad enorme. Los escritores somos servidores de la palabra», sentencia con su característica gravedad.
La voz original incluye dos poemas inéditos de Jean Serra escritos en 2005 y una selección de poemas de sus libros anteriores, como Illa i altres poemes, Memòria trencada, Lleure i crepuscle de noces, Mester d´amant, Història, Poemes del port, Temps de treva, Poemes en prosa, Àmbit humà y otros. «Yo he intervenido poco en la traducción de estos poemas, sólo dando alguna orientación al traductor, si consideraba que no había interpretado bien mis palabras, pero sí que soy responsable de la selección de los poemas», informa el escritor.
En su opinión, la traducción al castellano «está muy bien hecha». «Soy un poeta ibicenco que trata de hacer su trabajo lo mejor que sabe y puede dando la vida y la sangre, si es preciso». «Quiero compartir este libro con los buenos ibicencos, que hay muchos, que me han apoyado y hacer junto a ellos el camino», remata.
JOSÉ MANUEL PIÑA
Fiesta de disfraces
Odiel Información, 12 de noviembre de 2008. “Parece que fue ayer”, dice Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) en el primer verso de su libro Fiesta de disfraces, Premio Internacional de Poesía Los Odres, de la Fundación López Rejas. Publicado en Calambur, el editor anota en la solapa que la obra es “una reflexión sentimental sobre la identidad, las caretas, el fingimiento”, con su pátina de “melancolía encubierta” dentro de un “festín poético de lenguajes y metros”. Y el poeta confiesa (por cierto, ¿con quién se confiesan los poetas?): “Yo tengo un rostro aquí y otro mañana; / tú tienes otra máscara debajo”. Es así que el rostro es la máscara que nos ponemos cada amanecer como foso a veces insalvable en la relación humana, algo que “nos protege de los otros y de nosotros mismos”, a sabiendas de que “cada hombre es él, y su continuación / y la continuación de otro”. “A todos, todo, nos parece que fue ayer”. Y al decir “ayer” vemos que la palabra se diluye como azúcar en el café que reposa en el velador, en ocasiones, cabal confesionario. Nos atamos al ayer porque no hay otro amarre. A lo demás lo llamamos esperanza, pero la estela no está en la proa del camino, sino en la huella del paso, en el ayer, en el pasado. Hablamos del presente y el presente no existe. Lo que se dice ya no es presente. Hablamos del pasado y el pasado no existe. Lo dicho ya no se recupera. Hablamos del futuro y el futuro no existe. Nadie sabe si podrá decir algo mañana. Sólo tenemos sensaciones de lo vivido y las llamamos pasado; de lo que soñamos vivir y las llamamos futuro; de lo que se nos escurre entre los dedos y las llamamos presente. Al final la vida es 'eso' que pasa sin que percibamos que pasa. Y removiendo ese primer café que nos despierta nos sorprendemos al descubrir que sólo somos ese pasado más un sueño. Machado pone en la voz de Juan de Mairena que “hoy es siempre todavía” y otros, como Arcensio, hacen de este pensamiento copla para que se cante: “Vamos viviendo, / que tiempo habrá de sobra / para ir muriendo”. Para Alexis Díaz Pimienta, “ayer es la categoría más exacta del tiempo”, porque “hoy es un sitio abstracto” y “mañana es conjetura”, un hablar por hablar, un a ver qué pasa. “Ayer es el sitio en el que todo / parece haber sido”. Ese ayer tiene sus recodos, matiz que él versifica diciendo que “hay una curva del destino / en la que se bifurcan los recuerdos / nadie sabe hacia dónde / en la que es necesario atarse al mástil”. Alexis Díaz Pimienta estuvo en Huelva un sábado y se marchó un domingo. Acudió a una lectura de poemas que le había pedido Uberto Stabile sobre el libro premiado. Uno de ellos dice: “Después de tantos años / diciendo que mis días favoritos son los jueves / que me gustan la lluvia, las palomas / los rones vespertinos, los boleros, / después de tanto tiempo confiando en el azul / y en las ventanas transparentes / resulta que amanezco con fotos rotas / en un charco de lágrimas / con las córneas llenas de colillas y cactus / con palomas muertas sobre los aleros / como si fuera viernes o domingo”. Llueven lágrimas en todo tiempo a poco que se remuevan las nubes del alma, y le surge la pregunta: “las ganas de llorar cómo se quitan. / No el llanto, sino las ganas de llorar incontrolables, / cuando la soledad se llena de rostros ausentes, / de seres queridos que en algún sitio de otra ciudad / preguntan también cómo se quitan las ganas de llorar”. Ausencias; trozos de un pasado que talló al ser humano: hoy es lo que era, pero más crecido el cuerpo, igual de tamaño el alma: “De niños nos preguntábamos / dónde empezaban las líneas del tren, / siempre inabarcables con la vista. / Nos aburríamos de nuestros trenes de juguete / que daban vueltas y más vueltas / en el suelo del cuarto; / soñábamos con escaparnos algún día / en un tren verdadero, / hacia la nada. / Ahora sabemos que todo tren / parte de un pañuelito húmedo / que alguien agita en su memoria”. Alexis Díaz Pimienta ha sacado a la luz otros libros de verso y prosa, como En Almería casi nunca llueve, Pasajero de tránsito, La sexta cara del dado, Los actuales habitantes de Cipango, Yo también pude ser Jacques Daguerre, Confesiones de una mano zurda, Prisionero del agua, Maldita danza o Salvador Golomón, que le han valido, aparte del Premio Los Odres, otros internacionales, como los de novela Luis Berenguer y Alba/Prensa Canaria, o los de poesía Emilio Prados o el Ciudad de las Palmas de Gran Canaria. “Todo parece que fue ayer”, o que por pasar tan rápido, es como si no hubiera sido. En palabras del poeta: “pero si a todos, todo, nos parece que fue ayer, / entonces habrá sido ayer, / y punto”. MANUEL GARRIDO PALACIOS
La herencia invisible
La grácil lírica de Sebastián Mondéjar
Santiago Delgado
Con su libro La Herencia Invisible, Sebastián Mondéjar ha conseguido el Accésit del prestigioso Premio de Poesía Los Odres (2008), de la Fundación López Rejas. Un libro que sabe a naturaleza, pero con lo humano dentro.
Andamos calles y playas, carreteras lluviosas, terrazas con macetas, junto al poeta, pero siempre notamos su mano en la nuestra. Mondéjar busca mostrarse a sí mismo, como humano y poeta, para llegar a nosotros. Es un poeta que no autodestina sus poemas, para que, por simpatía con ese otro, nosotros podamos acceder a gustar sus poemas. Esa poesía endogámica, no es la suya. Sebastián busca que la expresividad sea compatible con la comunicación. Y se lanza a abrazar al lector. Y empieza por sus amigos, a los que dedica prácticamente todos sus poemas: Pepe Rubio, Pedro Marín, Sánchez Rosillo, García Montalvo… Luego, continúa por cada uno de sus lectores, a los que invita en esos dísticos breves característicos del libro.
Hay un Mondéjar meditativo, casi filosófico, que encara, sobre todo, el paso del tiempo, preferentemente circular, y un Mondéjar narrativo, en donde nos asomamos a un realismo encantado. Es el poeta que canta a sus hijos, ternura inmediata, o a su viejo amigo que eligió irse… Y es un poeta que no descree de su realidad ciudadana, y hace verso al Malecón murciano, tan de todos.
Estamos ante poemario de diversos registros. Descifrando sus logros más sencillos, y luego, volviendo a esos poemas breves, crípticos en apariencia como haikús, podemos exprimir todo su zumo lírico al libro.
Esperemos que la Editorial Calambur, honestidad y prestigio, haga buena difusión de esta poesía hecha desde Murcia, pero con la hondura precisa para ser universal. Vale.
No es nada
ANTHROPOS Nada es una gran palabra. Decimos nada para indicar que la realidad es tan escasa que no se ve, nada para restar importancia a las cosas que pudieron tenerla, nada para disculpar al otro –a una mismo– del error cometido, del daño hecho. Una lección que da la vida es que nada es lo que parece. Por eso, Kepa Murua ha elaborado un primer balance de su vida en No es nada, su último título, publicado a finales de este invierno por Calambur. Es un libro más extenso de lo habitual donde el poeta vasco reflexiona, propone, medita y resuelve el nudo que la vida pone delante de nuestra cara cada día. Aunque a veces resolver es decir demasiado. Desde el título queda claro que el poeta moderno, si lo es, es humilde en su tono y prudente en su certeza. La humildad se demuestra en el tono bajo de voz; la prudencia, en la forma de caminar despacio. Y en un libro, eso se nota cuando las palabras rebuscadas dejan sitio a las simples, cuando las grandes frases se pronuncian sin énfasis y las verdades se realzan por la niebla de la duda. Si el título anuncia una conclusión que parece definitiva, el último poema, con ese todavía que nos remite a una lectura provisional de la vida, deja abierta una labor que resulta incesante: la de pensar y repensar lo que nos sucede. Así es No es nada, con sus cambios de tono como un crepúsculo entre luces o una canción donde el oro y la plata, el pasado y el presente, se dan la mano en los recuerdos del escritor. Los poemas de este nuevo Murua destellan por su intimidad, y por una meritoria limpieza formal. Construcciones exigentes y medidas, con poemas de estrofas iguales que sugieren al lector oficio, inquietud y templanza. Imagino a Murua mirando la vida por una ventana, hablando con su amigo en voz baja, escribiendo despacio en una mañana de sol. Y comprimiendo todo ello en un libro que supone un gran avance en forma y fondo sobre anteriores. El amor, la culpa, el perdón, la amistad o la muerte son tratados sin solemnidad, como sucede siempre en la existencia, donde nadie tiene la palabra definitiva. Los libros de poesía deben sugerir al lector una voz y darle vida en el espacio y en el tiempo. Poner al hombre ne su casa, en un funeral, en una sobremesa de platos sucios y migas de pan. Cuando lo logran se convcierten en obras de arte donde la música de la palabra se hace palapitación y conocimiento, emoción y verdad. No es nada lo consigue si se lee también a media voz, recreando a Murua en su ventana, en su mañana, en su vida diaria que es la de todos, con esa mezcla de alegría y terquedad que tiene la vida que pasa, el tiempo que llega. PEDRO TELLERÍA
Piedra de Molino, Otoño de 2008
KEPA MURUA, No es nada.
Editor, ensayista y, sobre todo, poeta, Kepa Murua (Zarautz, 1962) alcanza en este su noveno libro de poemas una voz de alta temperatura lírica. Con una amplia variedad temática que recoge y recorre el clamor del recuerdo, las alas del amor, la piel de la muerte o la levedad del tiempo y del espacio, continúa su proceso de búsqueda creativa y humana: “La vida como la poesía / es una cosa que no se sabe / si llegará a buen puerto”. Desde la conciencia de nuestra efímera existencia, se interroga el autor donostiarra por su propia naturaleza y razón de ser y por el poder único de la palabra. La sencillez expresiva de su cántico se aúna a la riqueza y precisión de su lenguaje, en una suerte de summa intuitiva, testimonial y certero: “El cuerpo envejece con calma / El alma pierde su rumbo. / Lento es el silencio de los ojos”. Jorge de Arco
Revista Espacios de Creación
NO ES NADA
Kepa Murua
Edit. Calambur
Leer la poesía de Kepa Murua no es sólo sentirse reconocido en lo que habla y reconocer, en cada poema, los diferentes sentimientos de amor, dolor, pérdida, soledad, traición, olvido y hacerlos tuyos. También es disfrutar de su estilo rápido, casi siempre corto y de su ritmo a golpes, aunque esta vez más suaves, que lo hacen todavía más profundo.
No es nada es el título elegido para su último poemario y sin embargo es mucho lo que el lector encontrará en estos más de doscientos poemas que nos obligan a pensar sobre el tiempo que pasa y las verdades que llegan y que deja entrever detrás, la mano nerviosa, sabia, peculiar y complicada de este poeta.
Kepa Murua (1962) combina su actividad como escritor con la editor de Bassarai. Su obra comprende varios libros de poesía: Abstemio de honores; Cavando la tierra con tus sueños; Siempre conté diez y nunca apareciste; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante y Cantos del dios oscuro. Asimismo han visto la luz libros de ensayo como Del interés del arte por otras cosas y La poesía si es que existe; así como el libro de aforismos La poesía y tú, y varios libros de artista, entre los que destacan Cuando cierras los ojos, Itxina y Flysch.
Beatriz Celaya
Nº 1. Segundo Trimestre de 2008
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Espacio Luke
Reseña escrita por Iñaki Beti, profesor de literatura de la Universidad de Deusto. Por su extensión, remitimos al enlace:http://www.espacioluke.com/2008/Mayo2008/beti.html_______________________________
El auténtico uso de la palabra
Kepa Murua publica el poemario 'No es nada'
La madurez, la enfermedad del padre o los amigos ausentes marcan el nuevo trabajo del zarauztarra
Carlos González
DONOSTIA. Tal vez sea complicado saber cuándo habla el editor de Bassarai y cuándo el poeta. Lo más seguro es que ambos no se puedan diferenciar. Y tampoco importa mucho. A estas alturas, Kepa Murua (Zarautz, 1962) no necesita, ni en un lado ni el otro, mayores presentaciones. Los libros de otros que publica y las palabras que nacen de su mente ya se encargan de ello. Ahora, el autor afincado en Gasteiz vuelve a encontrarse con el lector gracias a sus versos de la mano de su último poemario, un trabajo amplio, tan sencillo como complicado, vivo y a la vez calmado. No es nada (Calambur) es el título detrás del que se esconden uno y mil mundos. "El ser humano, el hombre y la mujer, pasamos a lo largo de las 24 horas de cada día por sentimientos contradictorios. El amor, el desamor, la alegría, la tristeza, la soledad... están aquí. La única constante en todo el poemario es el título, que funciona como algo filosófico que sirve para diluir la pena, para no acusar a nadie, para relativizar lo que pasa. Es un libro con los pies en la tierra", explica el autor, seguro de haber construido páginas interesantes, maduras, divertidas, conceptuales, dramáticas... Lo cierto es que hay unos 200 escritos en esta nueva propuesta que acaba de ver la luz. pasado y presente Hay una mirada al pasado, a esa generación perdida de la que algunos nombres ya se han descolgado pero que merecen el homenaje del escritor. Existe también un presente, un ahora en el que el juego sentimental también quiere tener su partida en esta demostración de que Murua es capaz de dominar todos los campos de la escritura en verso. Después, cada uno obtiene del poemario lo que le interesa, lo que le estimula, ya sea una reflexión, una imagen, un pensamiento. "Me gustaría que al final del texto, la persona que lo tenga entre las manos, en primer lugar, se sorprendiera por lo que le cuento y por cómo lo hago. Y que descubra que aquí no hay artificio, que de la misma forma que el poeta es capaz de ponerse en el dolor del otro también muestra su propio dolor. Ahí está la verdad", apunta el autor. La madurez marca este nuevo trabajo, así como vivencias como la enfermedad del padre o los amigos que ya no están. Pero la esperanza no escapa a No es nada, porque, como recuerda Murua, la vida sigue por momentos malos que existan. Y en este punto, el poeta reivindica la soledad y el silencio como esos huecos donde cada uno se siente de verdad él o ella, donde no hay nadie que diga cómo se tienen que hacer las cosas o cuál es la manera de sentir. Incluso el humor toma el protagonismo en ciertos momentos, una risa que mira al creador de la palabra, del que Murua llega a escribir la fecha de su muerte. Por no hablar del sexo o el erotismo. "Cada uno de mis libros siempre ha sido diferente al anterior, pero de la misma forma que siempre hay algo distinto, Kepa Murua está en todos ellos. La voz es la misma aunque haya evolucionado", describe el creador de obras como Siempre conté diez y nunca apareciste, Un lugar por nosotros, Cardiolemas , Del interés del arte por otras cosas , La poesía y tú y La poesía si es que existe . libros que viven. "Tengo la suerte de que mis libros viven, no paran de reeditarse, y ello hace que los lectores se acerquen. No es nada es mi última tarjeta de presentación y creo que quien me conoce va a disfrutar, mientras que el que no sabe de mí se va a sorprender todavía más". Andando sobre la belleza y la ternura, el autor va dando pasos tranquilos y pausados. Ni siquiera el lanzamiento del poemario le ha conseguido alterar. Tal vez porque ha llegado a ese punto en el que sabe que no hay vuelta atrás pero sin estar de vuelta de todo. Con este libro, además, el poeta regresa a una editorial que conoce bien, Calambur, pues a Murua no le gusta sacar sus creaciones en Bassarai. "Es la firma que me lanzó y tengo una relación especial con ella, aunque también trabaje con otras empresas", recuerda.
Diario de Noticias de Álava. lunes 17 de marzo de 2008
http://www.noticiasdealava.com/ediciones/2008/03/17/mirarte/cultura/d17cul73.867287.php
Noticias de Gipuzkcoa, lunes 24 de marzo de 2008
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/ediciones/2008/03/24/mirarte/cultura/d24cul66.969894.php
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Diario El Correo, 12 de marzo de 2008
Kepa Murua aborda la experiencia vital en su poemario 'No es nada'
http://www.elcorreodigital.com/alava/20080312/cultura/kepa-murua-aborda-experiencia-20080312.html
Biblioteca de Autógrafos Españoles I (Siglos XVI-XVII)
Dir.: Pablo Jauralde
Biblioteca de Autógrafos Españoles I (Siglos XVI-XVII)
Colección: Biblioteca Litterae, 15
Madrid, 2008. 256 páginas
ISBN: 978-84-8359-025-6
22,00 euros (con IVA)
Diario Público, 26 de marzo de 2008
Se reúnen los autógrafos de los literatos del siglo XVI
P.C.MADRIDHay quien sueña con los autógrafos de los futbolistas o los actores más famosos. Sin embargo, mientras que los de los deportistas y artistas todavía no están recopilados, en la editorial Calambur sí han reunido los de los literatos más famosos del siglo XVI, desde Lope de Vega a Fray Luis de León pasando por Garcilaso. Una joya.
El libro, cuyo título exacto es Biblioteca de Autógrafos Españoles, ha sido elaborado por el equipo de investigación de la Biblioteca Nacional dirigido por Pedro C. Rojo (se trata de una confusión; debería decir Pablo Jauralde Pou), y en él se inlcuyen no sólo las firmas, sino también textos con los que evaluar las diferentes caligrafías. Así, se constata que la letra de Fray Luis de Granada “acusa aún la pervivencia de la escritura humanística cursiva, con el tamaño uniforme de las grafías”. También se resalta la claridad de la escritura de San Juan de la Cruz y todo lo contrario en Santa Teresa de Jesús, cuya caligrafía era “de trazo rápido, con abundantes abreviaturas y algo descuidada”.
Lope de Vega tampoco pareció contar con una gran caligrafía, puesto que sus textos y su propio autógrafo “tienen una presentación descuidada, con márgenes derecho e izquierdo variables y con el superior ausente”. En definitiva, un trazo nervioso, quizá acorde con una personalidad que dio lugar a varias obras maestras en el XVI y XVII.
Diez poetas, diez músicos
Por Luis García Jambrina.
Hace seis meses, tuve ocasión de reseñar aquí el libro Poesía visual española (Antología incompleta), preparado por Alfonso López Gradolí y publicado, por cierto, por la misma editorial que acaba de dar a la luz el que ahora me ocupa. Si aquel ponía de relieve las formas de poesía que rechazan el verso como unidad rítmico-formal y se mezclan con la pintura y otras artes visuales o se aproximan de alguna forma a ellas, la muestra recogida en Diez poetas, diez músicos nos recuerda que hubo un tiempo en que la poesía se componía para ser cantada -lírica viene de lira-; para el oído, y no para la vista; para ser palabra en el tiempo, y no para el espacio de la página en blanco. Al fin y al cabo, los grandes poetas siempre han aspirado a desentrañar en sus versos el sentido del mundo reproduciendo en ellos la música de las esferas.
Métrica tradicional. Este libro-disco pretende reconciliar la palabra poética y la música, en este caso la clásica contemporánea. Los poetas elegidos para ello pertenecen a muy diferentes estéticas y generaciones: María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Ilia Galán, Antonio Gamoneda, Félix Grande, Clara Janés, José Jiménez Lozano, Vanesa Pérez-Sauquillo y Diego Valverde Villena. Diez son también los compositores actuales encargados de musicar los poemas: Ramón Barce, Zulema de la Cruz, Carlos Cruz de Castro, Consuelo Díez, Jacobo Durán Loriga, Carlos Galán, Tomás Marco, Claudio Prieto, Juan Manuel Ruiz y Mercedes Zavala. Mientras que los intérpretes son la soprano Raquel Lojendio, el barítono Alfredo García y el pianista Jorge Robaina. Tomás Marco, además, desempeñó un importante papel en la organización, gestión y seguimiento del proyecto.
Tal y como explica Ilia Galán en la presentación, el sistema de trabajo seguido para llevar a cabo este reencuentro fue que cada autor entregara siete poemas o fragmentos a su correspondiente compositor -que son los que ahora se recogen en el libro-, con el fin de que éste eligiera uno o varios de ellos, según los casos, para desarrollar su música. Por lo general, los textos seleccionados por los poetas son más bien breves y, en muchas ocasiones, próximos a la canción; unos se acogen a la métrica tradicional, otros al verso más o menos libre. «Que hoy se escriba de forma generalizada en verso libre -puntualiza Galán- no implica que no haya música ni ritmo interno. Que no haya tonalidad o melodía en sentido clásico no impide la misma música». No en vano los propios conceptos de poesía y de música han cambiado mucho a lo largo del tiempo.
Estructuras musicales. Recordemos, por otra parte, que algunos de estos poetas han tenido relación con la música. Félix Grande es guitarrista, letrista y un conocido flamencólogo. Luis Alberto de Cuenca fue, en su día letrista, de la Orquesta Mondragón y de otros grupos y cantantes. Y Clara Janés ha escrito un «Planto», en doce partes, por la muerte de su padre, para ser cantado; de hecho, se ha editado con una partitura en su libro Vivir (1983 y 2006), del que también procede, por cierto, el texto aquí musicado. Otros son conocidos por haber experimentado en sus poemas con formas y estructuras musicales, como es el caso de Antonio Gamoneda, en Blues castellano, escrito entre 1961 y 1966, o el del ya citado Félix Grande, en Blanco spirituals (1969).
Los resultados de este interesante proyecto se presentaron en un concierto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 5 de octubre de 2007 y se registraron en un CD, con la colaboración de la Fundación Autor. Gracias a esta grabación, podemos escuchar el temblor de «Aún nieva», de Antonio Gamoneda/Mercedes Zavala; la elegía celebratoria de «El precio», de José Jiménez Lozano/Consuelo Díez; la infinita capacidad de sugerencia de «Círculo de Hai Ku», de Luis Alberto de Cuenca/Tomás Marco; la delicadeza de «Canción para Clara», de Antonio Colinas/Zulema de la Cruz; la intensidad de «Parábola op. 29», de Félix Grande/Carlos Galán; el misterio de «Luz muriente», de María Victoria Atencia/Claudio Prieto; la materialidad de «Convite», de Clara Janés/Carlos Cruz de Castro; el dramatismo y la exaltación de «Iconos», de Diego Valverde Villena/Juan Manuel Ruiz; la emoción a duras penas contenida de «El contestador», de Vanesa Pérez-Sauquillo/Jacobo Durán Loriga; o el esplendor de «Frutos», de Ilia Galán/Ramón Barce.
He aquí, pues, un libro que canta. Ojalá la experiencia se repita, con otros autores y compositores, para que al menos una parte de la poesía vuelva a sonar en alas de la música.
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El Mundo, 21 de febrero de 2008
Tomás Marco coordina un libro-disco en el que la poesía y la música contemporánea se dan la mano
Luis ALberto Álvarez
MADRID.- Salvar la brecha que existe entre los compositores y los poetas. Ésa es la intención de los artistas que han particpado en el libro y el CD 10 poetas, 10 músicos, presentado ayer en la Fundación Autor de Madrid. El maestro Tomás Marco, crítico de música clásica de EL MUNDO y uno de los impulsores del proyecto, cree que rapsodas y sinfonistas han vivido de epaldas después de la estrecha colaboración de la Generación del 27 con los músicos de la época”. El resultado de la iniciativa ha sido un volumen y una grabación donde 10 autores españoles de música contemporánea de primer nivel, como el propio Tomás Marco, Ramón BArce, Carlos Cruz de Castro, Juan MAnuel Ruiz o Carlos Galán, componen las estrofas de otros 10 poetas, como Antonio Gamoneda, Clara Janés, Luis Alberto de Cuenca o Diego Valverde. El lied es la estructura elegida para la ejecución musical: la soprano Raquel Lojendio y el barítono Alfredo García interpretan los versos con el acompañamiento al piano de Jorge Robaina. Luis Alberto de Cuenca dijo que “la canción alemana está muy de moda en España”, lo que proviocó en el poeta ilia Galán la apreciación, no exenta de un cierto tono burlón, de que con este proyecto vamos a poner de moda el lied español”. 10 poetas, 10 músicos fue presentado como recital el pasado octubre en el Círculo de Bellas Artes de Madrid antes de editarse el disco y el libro. “La intención era haber grabado el disco allí, pero ahbía much oruido de fondo”, apuntó Tomás Marco, quien indicó que el concierto “se va a repetir este verano en la Semana de la Música de Ronda y en Nueva York”.
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Encuentros de lectura y lectores. Revista de literatura (http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2008/03/poesa-y-msica.html), 2 de marzo de 2008 Santos Domínguez
Poesía y música
En un reciente libro-disco, coordinado por Ilia Galán, Calambur reúne la palabra de diez poetas y la armonía de diez compositores actuales que pusieron música a diez de sus textos.
Interpretadas en el CD Diez autores con diez obras (Fundación Autor) por Raquel Lojendio (soprano), Alfredo García (barítono) y Jorge Robaina (piano), las partituras de Tomás Marco, Ramón Barce o Claudio Prieto han tomado como punto de partida poemas de María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Gamoneda, Félix Grande o Clara Janés.
Los poetas seleccionaron de entre su obra aquellos textos que por su levedad, su tono o su estructura ofrecían más posibilidades como eje de una partitura.
Con esa base, cada uno de los compositores le ha puesto música a un poema, pero el libro va más allá de las diez pistas del disco y ofrece una selección de textos de los diez poetas.
Se trata de una iniciativa que pretende el reencuentro de dos actividades artísticas que nacieron juntas para irse separando progresivamente desde que la imprenta y el libro empezaron a favorecer la recepción solitaria y callada, no oral ni memorística, de la poesía.
Unidas poesía y música en Homero y en los orígenes de la lírica, en el Cancionero de Palacio y en el Romanticismo alemán que aunaba a Goethe o a Schiller con Beethoven y daba sus mejores frutos en las óperas de Wagner, la famosa definición de Verlaine (la poesía como música con palabras) era también una declaración autosuficiente de independencia.
Este proyecto de integración que se ha hecho realidad en las diez composiciones del álbum mira hacia atrás, toma como referencia la colaboración de músicos y poetas en el 27, y tiene voluntad de futuro. Es sólo el primer paso de un recorrido que requiere continuidad y talento en la aproximación de las dos artes.
El primer resultado es este CD de palabras con música o de música con palabras.
Lo mejor de la poesía amorosa china
Madrid, 2007. 208 páginas
ISBN: 978-84-8359-022-5
16,00 euros (con IVA)
http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2008_05_11_archive.html
18 de mayo de 2008
Ya en el principio, una tiende a observar ciertas muestras de entusiasmo conmovedor desde el título del libro: Lo mejor de la poesía amorosa china. Tal y como nos indica su editor, traductor y responsable de la selección de los poemas, el propósito de este libro es el de llegar a un lector universal —no necesariamente habitual—. Para ello, como nos refiere en la nota preliminar ha decidido «evitar las alusiones y metáforas muy propias de la lengua y de la literatura china, difíciles de entender para el lector español a causa de la enorme diferencia de cultura, y expresar al mismo tiempo, en una forma u otra, la idea que el autor quiere sugerir en cada circunstancia concreta, reduciendo así las notas en la medida de lo posible».
El libro tiene dos prólogos, uno en el que Luis María Ansón canta las bondades de la poesía y otro en el que el autor, hispanista y profesor de formación, nos da una somera visión de la historia de la poesía china con el fin de justificar los criterios de su selección y al mismo tiempo rebatir algunos lugares comunes en el ars belli que supone cualquier filología (también la sinóloga). Los poemas que encierra el libro abarcan desde los albores de la documentación de la escritura china hasta autores prácticamente contemporáneos como Gu Cheng o Bian Zilin.
Esta antología, por lo tanto, se mueve alrededor de dos polos: la conciencia de la lejanía de la cultura china y la intuición de que existen universales comunicables accesibles a todos: entre ellos está el amor, tal y como defiende Guojian Chen. Uno de los argumentos que Guojian Chen ofrece es la similitud entre un poema de Bécquer, «Podrá nublarse el sol eternamente (...)», y un poema de Feng Menglong, Inseparables. Se ha comparado también, me indica un amigo latinista, ciertos poemas de la china clásica con la poesía de autores latinos como Ausonio, dada la tendencia a la esencialidad y sensualidad al mismo tiempo de estas poéticas.
Un total de ciento veintiséis poemas en los que parece cumplirse el vaticinio de Michaux respecto a la lírica china: «La poesía china —dice Henri Michaux— es tan delicada, que jamás hospeda una idea (en el sentido occidental de la palabra). Un poema indica y los rasgos que indica no son lo más importante; no tienen una evidencia alucinante, la evitan, y ni siquiera la sugieren. Más bien, se deduce de ellos el paisaje y su atmósfera. Un poema chino es siempre demasiado largo; está ahíto de comparaciones. En la palabra azul está el signo de partir leña y el del agua, sin contar el de la seda. En la palabra claro, la luna y el sol a un mismo tiempo. En la palabra otoño, el fuego y el trigo».
En esta compilación, pese a que el traductor ha querido eliminar en la medida de lo posible la distancia cultural, las referencias a la vida cotidiana, al calendario, a la iconografía china son, evidentemente, numerosas. En los últimos poemas, los más recientes en la cronología se observa un desplazamiento hacia el paisaje urbano en poemas como “Paseando por la vieja ciudad” o “Calleja bajo la lluvia”.
En el resto del poemario aparecen imágenes asociadas al sentimiento amoroso, siempre subordinadas a la referencia al universo de lo vivo. El ser humano participa de la naturaleza. A su vez la naturaleza acoge al hombre, tal y como refirió para la pintura François Cheng en Vacío y plenitud en la misma línea que la apreciación sobre la creación de la atmósfera en el poema chino hace Michaux:
«Sin cabellos, ni sombrero, tampoco poseo refugio donde huir de este mundo. Me transformo en hombre dentro del cuadro, con una caña de pescar en la mano, en medio de aguas y cañas. Donde sin límites, cielo y tierra no son más que uno. (...)»
"Palabras sobre la pintura"
Shitao, en Vacío y Plenitud
Las imágenes naturalistas son, en consecuencia, las que articulan la expresión de la mayor parte de los poemas del libro, un naturalismo que traza relaciones con el todo y que no resulta en absoluto un artilugio vacuo para la enunciación. La presencia además de una serie de melodías específicas de la cultura china sugiere las altas posibilidades líricas de estos textos ya que podemos imaginar que su modulación depende de la música a la que se adscriben, un punto de referencia que, por desgracia, no se encuentra dentro de nuestras posibilidades interpretativas para poder disfrutar de estos poemas.
Uno de los grandes hallazgos de esta selección de textos es, también, presentarnos la poesía en diálogo. De esta manera conseguimos no sólo establecer una relación de correspondencia entre los diversos fragmentos del libro sino también nos permite concebir la lírica como una expresión que necesita del otro. Más aún teniendo en cuenta la temática que da sentido al volumen. Esta decisión implica la incorporación de poetas chinas de las que se preservan testimonios poéticos en la correspondencia con sus esposos, tal y como nos indica Chen: «En esta edición he prestado especial importancia a las obras de las poetisas, que durante milenios han sido menospreciadas, como consecuencia de una sociedad feudal en que el machismo se manifestaba no sólo en lo político, económico y social, sino también en lo cultural, en la literatura. El papel de la mujer era despreciado hasta tal grado, que en algunos casos, aunque las obras se conservan y llegan a nuestros días por ser bien valoradas, no se conoce la autora sino como "esposa de fulano" o "señora de mengano" y es imposible averiguar su propio nombre y apellido».
El amor que da sentido a la antología no es en la mayoría de las ocasiones un motivo de celebración. Encontramos, sin caer en lo melodramático —dada la tendencia a la contención— rupturas, duelos, pérdidas. Incluso un poema como nota de suicidio y despedida se ha conservado y nos es legado por Chen en las páginas de este libro. La violencia que late detrás de esa China de guerras, de desplazamientos, de burocracias aniquilantes nos recuerda la China de los héroes de la escritura que han dibujado cineastas como Zhang Yi Mou o Chen Kaige.
Lo mejor de la poesía china amorosa es un buen volumen que viene a completar el esfuerzo que se está haciendo por conocer la todavía no demasiado diáfana en español tradición poética china. Frente al conocimiento del jaiku y al intento de incorporar sus soluciones expresivas en las posibilidades líricas del idioma, gesto que practicaron entre otros Ezra Pound o Tablada, tal vez sólo conozcamos bien a autores como Li Po o Du Fu. Ofrecer una perspectiva más amplia de esa gran nación literaria es el propósito de Chen en esta antología que al mismo tiempo nos demuestra que no llegamos a ser tan diferentes:
ENVIADO A MI ESPOSO
Las ocas mensajeras se han perdido
entre nubes y montes.
Mi carta debe de llegar,
a los tres meses, a tus manos.
No digas que no pesa nada
esa hoja de papel,
ya que lleva la carga
de mil tristezas por tu ausencia.
La Razón, 14 de febrero de 2008, sección Cultura (página 46)
Amor y desamorLos libros se amontonan en la mesa de trabajo llegados no se sabe cómo, enviados muchas veces no se sabe por quién. Esta vez sí conozco su origen, lo remite Guojian Chen, un conocido traductor al español de la poesía china.
Leo sus páginas de modo asistemático y encuentro un poema curiosamente titulado «En contestación a mi esposo», escrito por una poetisa del siglo XVI conocida como La Esposa de Guo Hui: «Bajo la ventana de verde gasa / abro tu carta con gran alegría. / Me quedo con la boca abierta: / no encuentro ni una sola letra. // Pero no tardo en comprender tu idea: / la hoja del todo blanca dice más, / ya que no existen palabras humanas / para expresar tu amor y tus añoranzas».
Una amenaza
Es un hermoso poema de amor que, como es habitual, se escribe desde la ausencia. La felicidad no es una situación poética. Por eso son tan extraños los poemas de amor matrimonial. Llaman la atención, por ejemplo, las «Cancioncillas del amor honesto», que gustaba escribir un poeta español contemporáneo, ideológicamente nada conservador, por cierto: Ramón de Garciasol.
Cuando se escribe desde la felicidad pareciera que una amenaza se cierne sobre el poeta y la tragedia, hecha abandono, desamor o traición, suele efectivamente producirse.
La obra literaria gusta de plantear el deseo de la traslación desde una situación insatisfactoria a otra que pudiera colmar los deseos. Se busca el paso desde el no ser (no amar, no experimentar felicidad, no compartir) a ser plenamente, amorosamente, compartidamente. Para la estructura profunda del texto literario, que el paso conlleve o no una crisis matrimonial resulta irrelevante.
Los esposos de Guo Hui no pueden disfrutar de la compañía uno del otro y, como el amor que se tienen es inexpresable, se envían cartas en blanco. Las cartas importan en cuanto signo de presencia o de recuerdo. Qué diferencia con Enma Bovary quien supondrá, en cambio, que su vida sería más satisfactoria con el noble hacendado vecino. La ausencia de amor se significa en este caso, precisamente, por la presencia del esposo.
Jorge Urrutia
ABC, 4 de febrero de 2008
A esta página no le es ajena la poesía china. En más de una ocasión ha llegado hasta aquí gracias a la porfiada tarea con la que Guojian Chen -nacido en Vietnam en una familia de chinos- se entrega a ese género literario. Traductor, hispanista y profesor de español, reside en nuestro país desde 1991. Lo mejor de la poesía amorosa china (Calambur) es el nuevo libro con el que ahora acerca a los lectores una primorosa selección de poemas procedentes de una de las naciones en las que surgieron, según expertos, en el siglo XVIII a.C., cuando reinaba la dinastía Xia. Para abundar en esta opinión, Chen cita al célebre sinólogo británico Robert Payne, que aseguró que «los chinos han escrito más poesía que todas las demás naciones de la tierra juntas». No está mal, pero el interés aumenta si la cantidad no ha ahuyentado la calidad. Creadores como Goethe, Rubén Darío, Alberti o Paz se encuentran entre sus entusiastas. Tanto lo fueron que se aplicaron a la tarea de traductores. La abundancia poética puede deberse, en parte, a la circunstancia que señala que, desde el siglo VII, para aprobar en los exámenes imperiales y obtener un cargo público era imprescindible conocer bien la poesía y saber versificar. Aún hoy, en la China del siglo XXI, hay 230 portales dedicados a ella en Internet. Como dice Chen, la poesía ha penetrado en la vida social de la población. El primer libro dedicado a ella, Shi Jing, tiene precisamente como motivo principal el amor y el matrimonio. Señala, también, que la poesía amorosa oriental tiene peculiaridades que la diferencian de la occidental, sobre todo, en cuanto a la poesía clásica. ¿Cuáles? «Por regla general, se expresa de manera moderada, sugerente y elíptica, sin que deje por ello de ser profunda y emotiva. El carácter chino -poco apasionado, tranquilo y reacio a exteriorizar sus sentimientos en público- influye en los resultados, ya que lo erótico se consideraba a menudo como algo inmoral, impropio en un género literario ennoblecido y venerado». De ahí que el lector deba recurrir a la imaginación. No hay que pasar por alto que las ideas confucionistas predicaban la superioridad del hombre sobre la mujer. Así pues ellas tenían menos espacio para la creatividad, aunque a costa de eso, los varones adoptaban la actitud de la mujer enamorada. Chen ha decidido sacarlas de la sombra, aunque, desdichadamente, no figuran con sus nombres propios sino como «esposa o señora de». El libro reúne 126 poemas de 90 autores y abarca desde el siglo XIV a.C. hasta el siglo XX. Chen puntualiza que su labor está dirigida al lector común aficionado a la poesía de amor, razón por la cual ha intentado evitar alusiones y metáforas propias de la lengua china. «Mi traducción es libre, pero no por ello deja de ser fiel». No obstante, compara unos versos de Bécquer y Fen Menglong con el fin de mostrar que los sentimientos igualan a todos los seres humanos sean de donde sean. Trinidad de León-Sotelo
www.icatfm.cat/picatfm/accessible/item.jsp?item=wcc_noticia&idint=34115
POESIA D'AMOR XINESA
Calambur ha publicat "La mejor poesía amorosa china", un volum antològic que ha traduït i seleccionat Guojian Chen, un hispanista nascut al Vietnam i gran estudiós de la poesia xinesa.
Tots sabem que l'amor ha estat i és un dels grans motors de la vida i de la literatura i, és clar, la tradició xinesa no viu gens aliena a aquest sentiment. Prova d'això és la selecció que Chen ha fet de 126 poemes pertanyents a 90 poetes de la Xina i que abasten un període que va del segle XVI abans de Crist fins a l'actualitat.
Queda clar que les dues tradicions, la xinesa i l'occidental, són dues manifestacions poètiques força allunyades l'una de l'altra, però tampoc no hi ha dubte que la temàtica escollida resulta un punt de contacte força bo.
A partir d'aquí, la lectura del llibre i del pròleg de Chen ens permet descobrir poetes com el gran Li Po, que escrivia els seus versos a les cendres i després les llençava al riu i que va morir ofegat perquè volia agafar el reflex de la lluna.
"La mejor poesía amorosa china", un llibre que facilita aquest coneixement intercultural gràcies a un tema del tot universal. La selecció l'ha feta Guojian Chen, l'edita Calambur i val 16 euros.
JORDI CERVERA
Los puentes rotos
Los puentes rotos Colección: Narrativa, 34
Madrid, noviembre, 2007. 296 páginas
ISBN: 978-84-8359-023-2
18,00 euros (con IVA) Ganadora del IX Premio Río Manzanares de Novela
NUESTRO PEDRO A. GONZÁLEZ Y SUS PUENTES ROTOS
“¿Qué ríos y qué recuerdos y qué campos limitan con la infancia?... La memoria no tiene geografía.” Esta es una de las numerosas, bellísimas y profundas reflexiones que el escritor Pedro Antonio González Moreno nos regala en su novela Los puentes rotos, (Editorial Calambur). Es la primera que escribe y ha sido galardonada con el prestigioso premio “Río Manzanares” de Novela de la Comunidad de Madrid. Los certámenes siempre suponen un reconocimiento importante de una obra y un impulso para el autor, por supuesto. Pedro Antonio ya está acostumbrado, también fue finalista, por ejemplo, del Premio Adonáis de poesía, entre otros. Aunque, en este caso, quien debe sentirse complacido y obsequiado con esta novela, es el lector. Por eso hay que agradecerle a este escritor, natural de Calzada de Calatrava, que nos haya dado la posibilidad de cruzar estos puentes, deteniéndonos e introduciéndonos de lleno en sentimientos y aspectos de la vida tan reales y cotidianos como la búsqueda del triunfo, la inconformidad laboral, la adolescencia, los caminos tan gratos como amargos que puede atravesar la amistad, el desamor, los amores tardíos pero posibles, las relaciones familiares y el desarraigo que pueden conllevar muchas veces, la esclavitud que pueden suponer los recuerdos... En estos tiempos en que la banalidad es un “valor en alza” tanto en los medios de comunicación como en la literatura, y en los que tanta gente, de la noche a la mañana se convierte en un escritor, es aún más loable que se escriban y publiquen obras tan necesarias y hermosas como Los puentes rotos. En esta sociedad con tantas prisas, es indispensable pararnos a reflexionar sobre esta vida que tan rápido habitamos, para quizás así aprovecharla de un modo más adecuado. Pedro Antonio, desde esas páginas, nos enciende esas luces del alma que a veces apagamos, para hablarnos, por ejemplo del “traje, o la armadura, o la máscara: todo eso que uno necesita para saberse invulnerable, para sentirse protegido cuando cierra la puerta de la calle o se ve de reojo en el espejo del ascensor.” Y seguro que todos nos hemos puesto esa máscara alguna vez o quizás la llevemos todos los días, aunque no nos hayamos parado a pensarlo. Así, en estos personajes que el autor retrata con una magistral destreza y con grandes dosis de lirismo, el lector puede verse fielmente reflejado, porque la vida no es otra cosa que un conjunto de puentes que debemos atravesar, sorteando todos los obstáculos que dificultan nuestra llegada hasta esa orilla final, tan llena de incertidumbre. Con esta novela Pedro Antonio González Moreno se reafirma como uno de los grandes escritores que ha dado nuestra provincia, capaz de asomarse a la realidad y describirla con una perspectiva distinta y bellísima. En resumen, él es uno de nuestros tesoros, de esos de los que es necesario presumir.
Elisabeth Porrero La Tribuna de Ciudad Real (7-I-08)
PUENTES ROTOS
Los puentes rotos es el título de la novela con la que Pedro Antonio González Moreno, natural de Calzada de Calatrava (Ciudad Real), ha conseguido el IX Premio Río Manzanares, siendo editada por Calambur. Es su primera novela publicada, pues los anteriores libros son de poesía, cuatro en total, que han obtenido otros tantos premios importantes, incluso un accésit del Adonáis. Pero aunque hasta ahora era más conocido como poeta que como narrador, él reivindica ambas facetas, incluso afirma que sus primeras imágenes literarias las plasmó en prosa. Los puentes siempre fueron elementos evocadores en la historia de la literatura, del cine..., y se consideraron en sus distintos aspectos: Elementos objeto de contemplación, útiles de acercamiento, salida hacia mundos diferentes, incitación para llegar a lo desconocido, simple tránsito o, como ahora, plasmación de una ruptura vital. En Los puentes rotos, Pedro Antonio nos aproxima a su mundo, sus mundos, que intenta unir o dejar irremediablemente superados ante la imposibilidad de integrar lo vivido en su hábitat rural de infancia y adolescencia con lo encontrado o intuido en su más tardío escenario urbano, que se concreta en Madrid y su realidad cotidiana de trabajo, relaciones personales, desencuentros, rebeldías... A los dos mundos pertenece el autor, como Pablo, el protagonista principal de la novela y, como él, se mueve en los ambientes de poetas más o menos exitosos que nos ofrecen todo el repertorio clásico de las tertulias literarias en donde se conjugan envidias, recelos, amistades sinceras y triunfos compartibles. Aspiración de gloria y cruda realidad cotidiana en donde es necesario ganarse el pan en quehaceres más prosaicos: funcionario, enseñante..., a la vez que siguen buscando el norte definitivo que les redima de su desorientación permanente y que, en ocasiones, sólo encuentran puentes rotos que no conducen a ninguna parte. Los personajes principales están bien dibujados, definidos, y ayudan a que el protagonista adquiera unas aristas y contornos claros. En presente, o rememorando tiempos vividos, vamos conociendo el ambiente rural, poblado de tradiciones y costumbres, de esperanzas y temores, de repetición de roles que pasan de padres a hijos y la misma muerte parece rubricar el mimetismo. Queda claro que de poco vale rebelarse contra la fuerza de la vida y las tendencias que ésta marca en el carácter de cada una de las personas. La cadena familiar puede romperse y no sirve ejercer la violencia para conjurar peligros. Cambian los tiempos, los medios, las aspiraciones y los compromisos asumidos. Puede haber viajes de ida y vuelta en los que se ajusten cuentas con el pasado, se clarifiquen recuerdos difusos, o se afronten situaciones inaplazables. Lo hace Pablo y, con dolor, emprende de nuevo la marcha en busca de lo que cree ha de encontrar, desea conseguir. En ese peregrinar personal van quedando cadáveres en el camino, plásticos, como el de su padre, que cierra violentamente la línea sucesoria de los antepasados, o referenciales, como su anciana madre, “dejada” en el asilo; como Laura, la novia eterna e inédita, o como tantos otros. Tal vez sea inevitable, pero con ellos perdemos jirones de nosotros mismos, si damos el salto de personalizar lo novelado. No existen demasiados personajes en esta novela, pero sí los suficientes como para configurar un retablo significativo en donde los ambientes de cada lugar y contexto queden definidos. Es la vida misma que discurre, como el agua del río, bajo los puentes, útiles o rotos, posibiliatores o para configurar barreras infranqueables. Compañeros de trabajo, amores circunstanciales, amigos de juventud, contertulios, tiranos a los que combatir y neutralizar antes de que logren su objetivo, arribistas, perdedores... Todas las máscaras necesarias para el reparto de la representación. Pedro Antonio González Moreno ha abierto un nuevo cajón de su desván particular y nos hace partícipes de una entrega diferente. Tal vez sea sólo el principio y, en el futuro, podamos encontrar un doble cauce, maneras diferentes de plasmar imágenes, pensamientos, historias...
Esteban Rodríguez Ruiz La Tribuna de Ciudad Real (14-I-08)
FELICIDAD Y OTROS PUENTES
Este artículo me ha sido inspirado en la lectura de Los puentes rotos (1), libro que le proporcionó a su autor el IX Premio de Novela Río Manzanares. En él el escritor y poeta manchego, Pedro A. González Moreno, nos presenta magistralmente y con un lenguaje bellísimo unos personajes que, infructuosamente, buscan la felicidad.
Hemos de comenzar afirmando que la sociedad actual, con su entramado de conflictos humanos, la proliferación mediática hacia niveles inferiores del hombre, el rechazo de miras elevadas y espirituales, así como la alocada búsqueda del hedonismo a ultranza, entre otras nubes, tormentas y sombras, hace cada vez más difícil hallar la felicidad humana que en la tierra puede encontrarse. No es extraño que los tres personajes principales de la novela, que no son sino fiel retrato de tantos y tantos hombres y mujeres con quienes convivimos a diario, o somos nosotros mismos, anden descarriados y solitarios por las calles y casas de las grandes ciudades.
Dejando a un lado la pretensión de entrar en las diversas teorías filosóficas sobre felicidad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que no hay felicidad sin placer. Mas surge otra cuestión y es ver qué entendemos cada uno por placer, o mejor, qué placeres pone cada hombre en el punto de mira de su consecución. Así, aunque la realidad del hombre es hedónica, no en todos se da la uniformidad en el fin ni en los actos para conseguirlos.
La mayor parte de las veces, ponemos expectativas vitales tan enormes que ni siquiera la vida puede darnos, y ello nos lleva a la frustración, lo que es lo mismo que decir infelicidad. La vida es como naranja cogida a comienzo de temporada: agridulce. En ella hay luces y sombras, amaneceres y atardeceres, risas y lágrimas, éxitos y fracasos. Para alcanzar la felicidad que el mundo puede darnos es necesario tener conciencia de hasta dónde puede ofrecernos. No exigirle más de lo que nos puede dar. De lo contrario seremos “como puentes rotos que no llevan a ninguna orilla”. Porque la auténtica felicidad también es un puente que nos lleva a la consecución de la Perfección, del Bien Supremo, dicho con palabras del de Aquino.
Los bienes de la vida son finitos, limitados. No satisfacen plenamente. Es como un agua que no quita la sed. Lo que la vida da de sí sume, por tanto, en el descontento, incluso cuando todo nos haya salido bien, por lo que la felicidad intrahumana es esencialmente problemática, sin contar con la muerte que se vislumbra en el horizonte. Por lo que es necesario poner el objetivo del logro de la feliciad en el plano de lo espiritual y, si me apuran, diría que en lo sobrenatural. Hay que descartar los bienes materiales. Lo que nos lleva al Ser Infinito, al Sumo Bien es otro camino muy distinto.
Los hombres y mujeres de nuestra sociedad actual, que son los que aparecen en la novela que da pie a estas reflexiones, no creen en nada y esto los convierte en puentes rotos que conducen a ninguna parte. Todo esto dicho sin pretensiones dogmáticas. Son nada más que teorías, creencias, esperanzas fundadas en experiencias intrínsecas nunca basadas en las ciencias positivas. Sin embargo es de agradecer que escritores como González Moreno, pongan el dedo en la llaga del diario acontecer y nos motiven estas reflexiones.
Francisca Mena Cantero Lanza Digital de la Mancha (www.lanzadigital.com)
(1) González Moreno, Pedro A., Los puentes rotos, Ed. Calambur, Madrid, 2007.
El día, los días
Col. Calambur Poesía, 72
ISBN: 978-84-8359-013-3
Revista Leer, nº 189, febrero de 2008
Entrevista de Aurelio Loureiro a Marifé Santiago Bolaños El día, los días (Calambur), reciente entrega poética de Marifé Santiago Bolaños, coloca una pieza más en la formación de un mundo literario muy personal donde se imbrican sin fisuras las raíces de la memoria y la filosofía con las materias del sueño y la imaginación; pasado, presente y futuro; tierra, mar y fuego.
A. L. ¿De dónde es uno; de donde nace o de adonde le arrastra la memoria?
M. F. S. Uno es de lo que va siendo con él y él va siendo con el tiempo y con el espacio. Y en ese tiempo y en ese espacio, evidentemente, está la memoria. La memoria que no siempre es memoria propia; a veces es memoria de otros, en el sentido de que somos quienes somos, pero también somos el cúmulo de ideas, sensaciones, sentimientos, frustraciones y gozos que otros nos ofrecen. No sé si como patrimonio o como lacra, pero, desde luego, no estamos solos. En cualquier caso, la memoria no es sólo la memoria personal, sino la memoria compartida en una Historia, en un país, en una familia, en unas lecturas, en unas vivencias, que a veces son vivencias interiores, no exteriores...
A. L. ¿Qué aporta su formación filosófica a su actividad literaria?
M. F. S. Yo elegí estudiar Filosofía, precisamente, porque quería ser escritora. Y entendía que la Filosofía podía ofrecerme (si es que hay una oferta en el saber, y no una entrega y un regalo más que una oferta) el ser consciente de que todo es importante, que las cosas y las personas se definen no por lo que uno a veces quiere, sino por lo que se te exige. La Filosofía es un inmenso baño de humildad y, por lo tanto, de búsqueda. En el momento en el que hilvanas la humildad y la búsqueda lo que brota es la palabra, que es donde yo quería estar, donde yo quería encontrarme.
A. L. ¿En qué territorio literario se encuentra más a gusto?
M. F. S. En el de la belleza en general. Pasa desde el territorio literario de los grandes poetas al territorio literario de los grandes narradores y al territorio literario de los grandes autores dramáticos. Es el territorio de la belleza y en él hay a veces nacionalidades que se llaman teatro, narrativa, incluso ensayo. No creo como vivencia personal en las clasificaciones, salvo para entendernos y simplificar todo lo que tendríamos que decir detrás y dar explicaciones. Me pasa igual como ciudadana que lee, y como escritora, exactamente igual.
A. L. Supongo que la trastienda intelectual es la misma; pero ¿tiene algún clip secreto que le dice cuándo debe hacer novela o entregarse a la poesía o al pensamiento puro y duro?
M. F. S. Mandan las palabras. Son ellas las que deciden qué es lo que quieren ser y, sobre todo, cómo quieren ser. Y yo en eso soy muy obediente. Creo que parte del gozo absoluto que la creación supone en todas sus manifestaciones es que es el reino de la libertad total y por eso las reglas valen para el que lo está viviendo en ese momento. Es
exactamente igual que el amor. De hecho pienso que es una demostración de nuestra capacidad de amar, porque amamos y también creamos, inventamos y soñamos.
A. L. ¿Qué ha significado María Zambrano en su evolución creativa?
M. F. S. A mi generación, educada en democracia, le ha sucedido un fenómeno dolorosísimo respecto a los grandes maestros, como es el caso de María Zambrano, y es que consideró que el hecho de que regresaran, más que un logro, era una especie de culpa que tendríamos que expiar entre todos. A María Zambrano la empecé a leer con ese sentimiento y la sorpresa surge cuando empecé a descubrir que muchas de las vías que tu propia sensibilidad te exige descubrir estaban ya en ella. Es un poco fuerte, porque hemos llegado a ella en diferido. Hemos llegado a ella a través de lecturas, no ya de traducciones y reflexiones, sino de las lecturas de los grandes filósofos que nos interesaban y que hablaban de ella. Yo llego a María Zambrano agradeciendo que ofrezca la posibilidad de que también la forma sea un componente vivencial de convivencia y creación y no sólo el fondo: que la forma es también ya crear, que hay algo que se llama cuerpo en el que estamos o es lo único que tenemos y que se piensa con el cuerpo y que, dado que se piensa con el cuerpo, todo lo que ocurre alrededor de los sentimientos y la sensiblidad es importante.
A. L. Para una doctora en Filosofía que transita con tanta naturalidad entre el ensayo, la novela y la poesía, ¿qué es más importante: la palabra exacta o la metáfora?
M. F. S. La metáfora nos lleva de un lado para otro. Es lo que quiere decir la palabra. La metáfora te hace viajar, te saca del espacio concretoen que te encuentras y te ofrece la posibilidad de que haya otros itinerarios posibles. De tal manera que, transportándote, te saca de tu ensimismamiento. Ese es el componente misterioso, terapéutico y grande que tiene la palabra poética. Hace ya mucho tiempo que la Filosofía supo que no podía estar sola y que la división, incluso entendida como lucha, entre lo que aporta el dios Dionisos y lo que aporta el dios Apolo o la diosa Atenea era un error y no llevaba más que a la frustración y la desesperación. La palabra exacta no existe más que dentro de un código determinado. Y la metáfora es quizá la máxima aliada del pensamiento, porque el pensamiento es justamente el gran misterio de superar lo que tienes en el instante en el que se te ofrece y concebir la posibilidad de otra cosa y trabajar por ella.
A. L. ¿Nos redime la palabra o hay que buscar otras soluciones?
M. F. S. Nos empeñamos, probablemente porque no nos queda otro remedio dado lo efímeros que somos, en buscar asideros. A veces esas balsas de náufrago se llaman prestigio o atesoramiento de muchas cosas, colecciones, víveres de todo tipo, una especie de almacén donde vamos acumulando cosas por si alguna vez nos vemos solos y desamparados. ¿La palabra redime? Digamos que redime saber que podemos intervenir en el mundo, que por mucho que nos dé la impresión de que las circunstancias son algo que se impone, un cierto esfuerzo hace que las cosas puedan variar. María Zambrano decía que una actitud cambia el mundo.
A. L. ¿Qué nos libra del naufragio?
M. F. S. Supongo que mirarnos al espejo y reconocernos con nuestrascarencias y con nuestros logros. Y quizá también saber que no nos podemos librar y no estar todo el tiempo tratando de superar cuestiones que, a lo mejor, una vez que te apropias de ellas, es mejor convivir con ellas, porque se convierten en tus aliados naturales.
A. L. ¿Qué es el hombre: un ser de regresos o de huídas deliberadas?
M. F. S. El ser humano es un complejo ser vivo que tiene la capacidad de inventar y, en ese sentido, puede escribir grandes obras y escribir otras mediocres, que pasen a la Historia, que decidan qué tiene que ser esa Historia o, evidentemente, que sean intrascendentes.
A. L. La memoria es la gran seductora de los escritores; pero ¿se aparece de improviso o hay que buscarla, seducirla a ella también?
M. F. S. Yo creo que la memoria es nuestro ADN creativo. Somos lo que somos y lo que nos dan y lo que vamos inventando y eso hace memoria. No nacemos con esa tábula rasa a la que se referían los optimistas racionalistas franceses. Nacemos con un montón de elementos de otros, que nos ceden como el regalo de los cuentos de hadas: el regalo bueno o malo, porque a veces es un regalo envenenado, precisamente es esa memoria. Esa memoria tiene que ver contigo y a veces no tiene que ver contigo, pero es tuya también.
A. L. ¿Es la enfermedad, más que un argumento, un acicate literario?
M. F. S. La enfermedad, como todo lo que son acontecimientos, es la constatación de que la inmortalidad, que todos nos suponemos durante nuestra vida, es un invento u otra tabla de náufrago. La enfermedad te hace tomar conciencia, si no la tenías todavía, de algunas preguntas que has demorado responder o incluso hacerte, algunas preguntas que nunca te
habías hecho.
Aurelio Loureiro
ABCD Las Artes y las Letras, semana del 18 al 24 de junio de 2007
Palabra sanadora
Marifé Santiago Bolaños (Madrid, 1962) es autora de una extensa obra literaria que abarca varios géneros y que tiene un importante elemento unificador: el diálogo entre pensamiento y creación artística, entre filosofía y literatura. De eso hablan sus ensayos sobre María Zambrano y Buero Vallejo o los titulados Lo que guardan las musas: literatura y filosofía (2002) y Mirar al dios: el Teatro como camino de conocimiento (2005). Y a eso apuntan los poemarios Tres Cuadernos de Bitácora (1996) y Celebración de la espera (1999), y las novelas El tiempo de las lluvias (1999), Un ángel muerto sobre la hierba (2001) y El jardín de las favoritas olvidadas (2001), que sin duda podríamos encuadrar dentro de la tradición de la novela lírica.
El día, los días es un libro de carácter fragmentario compuesto por textos de largos versículos, por lo general, y poemas en prosa. Estructurado externamente como si se tratara del diario de una semana, su doble título alude, por un lado, a una dimensión temporal, referencial y existencial y, por otro, a una dimensión mítica, sagrada y trascendente, inseparable de la anterior. El «Primer día» se inicia con una especie de epístola en la que se funden diversos planos temporales («Acaso esta carta la estés escribiendo tú, / hace siglos»), mientras que en otro fragmento se habla de un tiempo mítico y originario: «Llego de un tiempo -dices- donde los pasos no dibujan huellas, donde las aves cantan silencios y la sonrisa no se ve con los ojos».
En los pequeños fragmentos del «Segundo día», se reflexiona sobre el cuerpo y la enfermedad, la identidad y la alteridad: «¿Cómo explicarlo? Es como si el cuerpo estuviera formado por restos de otros; como si fueras una suma de experiencias ajenas a tu biografía». El «tercero» gira en torno a la ciudad como escenario de la infancia y la memoria, esa ciudad del alma -real y onírica, a la vez- que cada uno lleva dentro: «Hay un regreso al vientre de la ciudad más mía: donde fuimos niños y soñamos; donde los libros ilustraban los sueños con ojos llenos de manos y de torres y de dedos amantes».
El sur del mundo. El «Cuarto día» está formado, a su vez, por cuatro «jornadas» y constituye un homenaje a las mujeres ancestrales, en primer término las de la Maragatería, una tierra vinculada a la infancia y a la familia de la autora («Voy a hablarte de aquellas mujeres de la infancia de mi abuela maragata, de su primera juventud, que iban juntas al río para bañarse, para lavarse el pelo»), pero también las de Nairobi y otros lugares del «sur del mundo»: «Oh, sacerdotisas sin dientes, mujeres sabias que tejéis para nosotras felicidades íntimas / (...) / Oh, mujeres cuya riqueza es serlo: con cuánta generosidad lo comparten».
En el «Quinto día», complementario del precedente, nos encontramos con uno de los momentos más emotivos del libro, un extenso poema en tres partes y una coda titulado «Retrato de la dulce Dulcinea». En él, se hace una relectura del mito de Don Quijote y su célebre amada, al tiempo que se va dando voz a diferentes mujeres o encarnaciones de ese símbolo universal que es Dulcinea («Hablo en ti, mujer que eres todas las mujeres»): una judía errante y perseguida a lo largo de los siglos -llamada Ruth y Fátima y Ella-, una emigrante condenada a la prostitución y una mujer maltratada. En la parte final, retoma la palabra Dulcinea para dirigirse a su enamorado.
Humo y oscuridad. El «Sexto día», dedicado al poeta indio Subhro Bandyopadhyay, tiene un tono evocador y elegíaco -marcado por la figura del padre ausente/presente en el poema- y una atmósfera misteriosa y ritual («Cada noche abro la ventana y apago, entonces, la vela: dejo que el humo sueñe con la oscuridad»). Por último, el «Día séptimo» se cierra con un final expectante y esperanzador: «Agradeces el canto del pájaro que, cada mañana, descubre tu rostro. En días como hoy, esa voz conocida salva la Casa del Sueño... / ...¡Tan atroz ha sido el Viento esta Noche!...» Ese canto del pájaro es la poesía, esto es, la palabra sanadora, redentora y salvífica.
Pero lo más importante es que esa profunda mirada ética y trascendente es inseparable de un riguroso planteamiento estético. A este respecto, destacan, entre otras cosas, la fuerza y la musicalidad de su peculiar aliento rítmico, basado en la reiteración de elementos y estructuras (anáforas, paralelismos, aliteraciones...), así como el carácter visionario de una buena parte de sus imágenes, rasgos que nos hacen pensar en Antonio Gamoneda, una de las principales referencias poéticas de la autora. El resultado es un libro de una gran madurez, intensidad y belleza.
Luis García Jambrina
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- http://www.abc.es:80/hemeroteca/historico-25-06-2007/abc/Cultura/los-poetas-logran-que-el-olvido-no-venza-jamas-marife-santiago-_-poeta_1633901124160.html
La prisión delicada
Col. Calambur Poesía, 74
ISBN: 978-84-8359-019-5
Cultura, Suplemento de La nueva España 26 de marzo de 2009 De buena tinta De cuartos a prisiones. Beatriz Russo es una de las poetas que se dejan la piel en cada latido de papel. Literalmente. La prisión delicada (Calambur) lo demuestra desde la primera página y no cesa en su empeño de recorrer un laberinto de sentimientos y emociones que tienen mucho de confusión confesa, o de confesión confusa, y por ello extraordinariamente transparente: su sencillez es tan compleja que sólo entre líneas se encuentra la clave a muchos de los misterios expuestos. Están en juego nada menos que las cartas de la sangre poética, evocaciones que anhelan la incineración de las almas, besos agazapados en las trincheras del aire, deliciosas desdichas en los harapos de las noches. Se habla de amor y de odio, de misterios y perdones, de conciencia y pieles al rojo muy vivo. De vestidos y desnudos que no renuncian al pasado pero necesitan el presente. Un libro de poemas con aromas y sonidos, sonoro y perfumado: pasiones y prisiones en los que el erotismo se camufla de placeres prohibidos, preguntas de respuesta trémula que se formulan los cautivos en naves arrastradas por el sexo de las sirenas. Poesía en estado puro: la salvación está en la condena. TINO PERTIERRA
Revista Digital Letras/nº6/diciembre 08/ Mujeres Creadoras Literatura/Poesía Beatriz Russo Esta es mi prisión delicada. No me salvéis. Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia. Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo. Tengo algo que evocar. ¿Qué hay más allá de los veinte centímetros que miden tus ojos en esta prisión delicada? Un encierro luminoso donde la belleza se prueba los disfraces de las mujeres que una vez se rebelaron contra lo convencional, como en un simulacro escénico. Un canto sensible secundado por antiguas voces que reivindican su contemporaneidad. Porque al fin y al cabo todo permanece igual; el amor, el odio, las miserias, la conciencia, el perdón y el erotismo. Nada cambia lo humano, salvo su lenguaje y su vestido. Beatriz Russo nace en Madrid en 1971. Poeta y narradora desde que viviera un encierro de varios años, sus años luminosos, y descubriera que para ser poeta no hay que morir. En 2004 publica su primer poemario En la salud y en la enfermedad, a partir del cual no cesa en el empeño de encontrar su propia voz hallada por fin en esta La prisión delicada (Calambur, 2007). La obra poética de Beatriz Russo aparece en diferentes antologías: La voz y la escritura, 80 nuevas propuestas en los viernes de la Cacharrería del Ateneo de Madrid y en las Actas de la Fundación Alberti. Como narradora ha obtenido un premio de novela erótica con La versión de Eva Blondie, al que decidió renunciar. Su segunda novela, La montaña rusa, será publicada en breve. La prisión delicada fue escrita a 15.000 pies de altura, entre los meridianos 4º y 81º longitud oeste. Y ya vuelve la voz de espinas, Ya vuelve el clamor alado de quien vierte cada verso, Una gota de sal, Un temblor en los raíles del tiempo, Un rompecabezas desangrándose en la arena revuelta por el halcón de mármol. Es vuelca el contenedor de las trufas celestes y caen sobre mi rostro, Amurallándome. He derribado el muro que la vida erigió sobre mi memoria. No mires atrás, no mires a Eurídice, escucho. Y sin embargo, escombros Sólo escombros de un castillo de arena solitario. Me he tatuado una serpiente en mis piernas con tu nombre y a veces siento que está viva, como tú, y asciende mis muslos hipnotizados por algún Himno a la belleza, y se desliza, pontífice de un rito que no suelo entender, pero me sigue, como si de pronto mi voz fuera un salmo penitente, y entonces tú me obedeces, mártir de tu fe en mi cuerpo y asciendes un poco más hasta llegar a la antesala de mi sexo, allí donde esperas la vehemencia de tu nombre, el sentido de ser tú el llamado y no otro, tú en comunión con tu nombre a la espera de mí. Doscientos años de vida tiene tu nombre y sin embargo, tatuado en mi pierna se ha hecho serpiente y a tientas busca mi cuerpo.
SALVADOR MORENO VALENCIA
“Abcd las artes y las letras”, ABC
Alucinógena voz
La prisión delicada es el segundo poemario publicado por Beatriz Russo (Madrid, 1971), que se dio a conocer con el titulado En la salud y en la enfermedad (2004). Se trata de un poema extenso, un canto continuado en el que los versos que aparecen al principio («Ésta es mi prisión delicada. / No me salvéis. / Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia. / Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo. / Que nadie incinere mi cuerpo. / Tengo algo que evocar») se repiten –con alguna variante– a lo largo del mismo, lo que le da unidad y una intensidad creciente. Nos encontramos ante una exaltación de la poesía y del arte y ante un homenaje a las tres mujeres que figuran como dedicatarias del libro: Lizzie Siddal, Fanny Cornforth y Jane Morris, esposa y amantes del pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti; musas y modelos de la Hermandad Prerrafaelita. Son muchas, en efecto, las alusiones a estas musas de origen humilde y a algunos de los cuadros para los que posaron, en una época, la victoriana, en la que ser modelo de artista era algo casi tan bajo como ser prostituta (de hecho, Fanny lo había sido). Naturalmente, la autora trasciende lo anecdótico y lo culturalista para convertirlas en símbolos de la condición femenina y de su papel en el arte. En este sentido, destaca la figura fascinante y trágica de Lizzie Siddal –la «Ophelia» del famoso cuadro de Millais y la «Beata Beatrix» de Rossetti–, que se suicidó con una sobredosis de láudano, dejando inédita una colección de poemas. «¿A quién le importa la lengua de los muertos? / ¿A quién, la alucinógena voz que se pronuncia entre los versos de Lizzie Siddal?», se pregunta un yo lírico femenino en el que convergen diferentes máscaras y, en especial, la de la propia Siddal. El adjetivo alucinógena le conviene también a la voz de Beatriz Russo. A este respecto, cabe señalar que, a través del lenguaje, ésta logra producir una visión alucinada y, por lo tanto, sorprendente y nueva de las cosas. De ahí su tono visionario, onírico, irracional y, en ocasiones, surreal. La suya es, además, una poesía de largo aliento, torrencial, envolvente y expansiva; escrita, por lo general, en extensos versículos y organizada en torno a una serie de recurrencias de todo tipo. Su estructura es, a la vez, cíclica y progresiva.
Pero, sin duda, lo más destacado es su carácter vigoroso y exaltado, de una gran fuerza rítmica e imaginativa. He aquí, pues, la obra madura de una autora que, según ha confesado, accedió no hace mucho a la poesía, tras un período de encierro que, al final, resultó deslumbrante y revelador. LUIS GARCÍA JAMBRINA
Adamar. Revista de creación
http://www.adamar.org/ivepoca/node/395
LA QUE PUDO HABER SIDO OPHELIA
Un encuentro inesperado y grato para este final de 2007 que no acaba de despedirse…
Pequeño y denso poemario nada común en los últimos tiempos entre las publicaciones líricas en España. Poema extenso en apenas cuarenta y cinco páginas de distancia corta, de confidencia, de secreto, de reserva que, sin embargo, se desborda como si de una cascada caudalosa se tratase.
Lizzie Siddal –la que pudo haber sido Ophelia-, protagoniza cada verso; pero Lizzie Siddal era tan solo la poeta, la hermosísima mujer/esposa enamorada de Dante Gabriel Rossetti pintor y poeta “Prerrafaelista”, no demasiado atento o consciente de las emociones y sentimientos de su amante compañera, y antes modelo inspirador del magistral retrato de Ophelia del pintor Sir John Everett Millais (1829-1896), que finalizaría su no muy dichosa vida con una sobredosis de láudano, y siendo enterrada junto a su colección de sonetos por expreso deseo de su esposo, Rossetti, quien años más tarde llegaría a profanar la tumba de Lizzie para recuperar y editar sus poemas.
Al comienzo de la lectura de La prisión delicada, Beatriz Russo me llevó a un retroceso en el tiempo de movimiento poético, y de alguna forma creí estar reencontrándome con sedimentos del preciosismo y erudición de “Novísimos” y “Venecianos” –más estos últimos con sus características y rasgos-; y algún segmento, también, de la primera Blanca Andreu en su manejo del surrealismo, aunque de menor evidencia que en “la niña de provincias que habitó el Chagall”.
A lo largo de la lectura esas primeras impresiones fueron debilitándose, y aunque no niego por completo esas sustancias en su escritura, es cierta en Beatriz Russo una voz, un decir personalísimo, que ha sabido crear una forma y un fondo sutil, comprometido, transparente y a la manera de Rimbaud: “absolutamente moderno”.
Beatriz Russo (Madrid, 1971) con esta su tercera obra poética, creo abre caminos que sin duda tendrán piernas dispuestas a recorrerlos, y a recrearse en ese paisaje, sobre todo sugestivo e insinuante, que con trazo sólido y estable nos da cita.
C. Dolores Escudero
Esta es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Tengo algo que evocar.
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Blog “Escritores”: http://escritores.wordpress.com
Con setenta y cuatro títulos en el mercado, Calambur Editorial va haciéndose cada vez más su sitio en el panorama editorial. Ese prestigio se consigue gracias, en parte, a la publicación de textos necesarios para la correcta interpretación de lo amplia que puede ser la diversidad poética de nuestros días. En ese contexto, la edición de La prisión delicada, de Beatriz Russo (Madrid, 1971) supone un nuevo intento de sacar a la luz voces no suficientemente conocidas, en permanente estado de construcción.
El poemario, en efecto, reivindica una voz propia a través de voces muy diversas, del rescate de figuras que, gracias a la atmósfera que sabe crear la autora, puedan expresar aquello que tiene intención de decirse. Construido bajo el signo de la amplificación, La prisión delicada nos ofrece un continuado discurso poético (a modo de long poem) en el que se entrecruzan diversos caminos, resueltos en encrucijadas donde una misma estrofa con pequeños cambios da paso a un nuevo estadio del poema, propiciando así su continuación. Cada una de estas estrofas estructurantes introduce un cambio no sólo temático sino tonal, un sutil cambio de ritmo que conduce dignamente hacia el final, hacia el “descanso” necesario para la correcta intelección del poema.
A través de estos jalones, Russo propicia una poesía no de certezas sino de ambigüedades, dotada de una lectura abierta, o, lo que es lo mismo, de una lectura múltiple que concede la última palabra al lector.
Respecto del lenguaje, el magisterio de Juan Carlos Mestre es indudable y se revela a cada paso. Su brillantez y recursividad así lo indican. Es notable también la introducción de formas dialogales en el discurso que acercan el poemario a la hibridez, a los géneros fronterizos a los que es conveniente atender. Las asociaciones oníricas -de raigambre expresionista y surrealista- proporcionan imágenes de gran belleza y resuelven de manera acertada los, tal vez, excesivos paralelismos.
Nos encontramos, entonces, ante una “medida” expresión poética en la que las diversas piezas encajan una tras otra, expresando una inusitada confianza en el lenguaje como si éste pudiese expresar de manera suficiente la “realidad” a que hace referencia. Así, La prisión delicada no pone en ningún momento el lenguaje bajo sospecha, ignorando este aspecto tan importante para la poesía actual en su intento por avanzar formalmente con los escurridizos materiales de que dispone. La prisión delicada se centra, más bien, en ofrecernos una visión expandida de fenómenos necesarios para entender el devenir y lo hace desde un punto de vista periférico, como si más bien, en un intento por no deshacer la ambigüedad, por mantener la no certeza, todo fuese una cuestión –pictórica y vital- de perspectiva.
Luis Luna
Cartas Consulares
Col. Calambur Poesía, 69
ISBN: 978-84-96049-96-3
ABCD de las Artes y las Letras
Entre la duda y la esperanzaNo hace mucho, teníamos la oportunidad de leer unos textos en prosa de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán (Madrid, 1961)
incluidos en el último libro de Juan Carlos Mestre, El universo está en la noche (2006); eran comentarios de un poeta
sobre un poeta afín en los que demostraba estar familiarizado con los relatos míticos y legendarios y las literaturas ancestrales.
Tras la publicación de Una extraña tormenta (1992) y Las fronteras (2001), nos ofrece ahora su tercer poemario,
Cartas consulares. La epístola en verso, como es sabido, es un género poético que ha gozado de una gran tradición en
la literatura occidental, desde los grandes maestros, Horacio y Ovidio, pasando por Petrarca y algunos grandes poetas áureos
españoles, hasta llegar al chileno Gonzalo Rojas, por poner un ejemplo reciente y no ajeno a Muñoz Sanjuán. Las Cartas
consulares están llenas de referencias y resonancias clásicas, pero, a la vez, están escritas en un lenguaje moderno y visionario.
Como las de Ovidio, también éstas son cartas de un desterrado («Gracias por acogerme como se abraza a un desterrado»;
«consciente soy de mi condición de extranjero en esta tierra»), de un «extraño en tránsito», de un viajero, como el héroe Jasón,
condenado a vagar por el espacio y por el tiempo y a separarse de los suyos («Primera carta consular o parlamento sobre Jasón»).
De hecho, estas diecisiete epístolas conforman el relato mítico de un alma errante y en pena que quiere recordar y ser recordada,
reconocerse y ser reconocida por su familia, antes de despedirse definitivamente del mundo: «Esta es la historia que habita mi existencia;así da comienzo el silencio,y solamente él lo sabe, pues cada corazón teje su propia leyenda y describe sus desconocidas cartas topográficas». Se trata, pues, de rememorar a través de la escritura, dado que la memoria es una carta póstuma que, desde el pasado, nos envían
nuestros antepasados, para que no los olvidemos, y así no morir del todo («pues un padre nunca reside en una tumba, / su lugar son
los telares del pasado»); también para que podamos recobrar nuestra propia identidad («Si un hombre halla los restos de su propia
tumba, / y en ellos no sabe reconocer los huesos de su padre. / Si de esa arcilla se es y en ella no se desea estar, / quién es el que fui
y el que ahora me siento…»). Se trata, en cualquier caso, de «retornar», no de volver, puesto que retornar es «ser de nuevo el que
fuimos» en la memoria y en la vida de los otros. Y así ha de ser, de generación en generación:«Los muertos hablan antes de morir.Pronuncian palabras como las que mi padre dijo,como las que yo también un día pronunciaré».Los últimos versos del libro resultan, en este sentido, muy reveladores:«Aquel hombre regresó diez días después de muertopara volver a mirarlo,y su nieto lo sabe».Así pues, no es extraño que, en estas cartas, se mezclen y se superpongan el pasado y el presente, la vigilia y el sueño, la realidad y el mito,
la historia y la leyenda, y, por supuesto, la vida y la muerte; de hecho, en buena medida, podría decirse que son cartas de ultratumba
(«A la muerte hay que hablarle con sus palabras. / Mas si alguien me pregunta: qué palabras son esas, yo le diré: / soy un hombre, y traigo
a la muerte de la mano. / En el reino de Hades, la vida es un perro tratado a patadas»). En cuanto al yo que habla en estas cartas familiares,
cabe decir que es un sujeto desdoblado –en un padre y un hijo, en un yo y un otro, en el personaje y su doble– y habitado por numerosas
voces, un hombre, por tanto, que habla «como un pueblo entero». Estamos, pues, ante una poesía visionaria y elegíaca, caracterizada por un
profundo aliento épico y un tono profético u oracular. Su discurso, por lo demás, no es lineal ni lógico ni enunciativo, sino fragmentario,
irracional y autorreferencial («Y así también podría comenzar esta historia, / sabiéndose reescrita como otras muchas cartas»). Y sus poemas,
generalmente extensos y compuestos por versos largos, casi versículos, están llenos de reiteraciones rítmicas, de inquietantes antítesis y
paradojas («Qué pequeñas las Casas de la vida, / qué grande la Morada de la muerte». «Todo era extraño y por ello normal») y de
sorprendentes imágenes («Porque así son los árboles, / vestiduras sagradas para el corazón de los pájaros»). Una voz, en fin, madura y
original, y un libro que se mueve «entre la duda y la esperanza».LUIS GARCÍA JAMBRINA
Revista digital Encuentros de lecturas y lectores el día 3 de septiembre de 2007
Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, dueño de una de las voces más auténticas y limpias de la poesía española actual, acaba de publicar en Calambur Cartas consulares, un espléndido libro que confirma la excelente impresión que dejaron Las fronteras hace cinco o seis años.
Diecisiete cartas de un tono visionario, llenas de aciertos y revelaciones que nos hablan desde un territorio minado, desde un riesgo asumido y salvado con brillantez y verdad por un poeta como Muñoz Sanjuán.
Es este un libro que empieza invocando al futuro, hablándole al hijo y anunciando la separación para acabar evocando al abuelo en el pasado. Entre la invocación y la evocación, entre ese comienzo y ese final, se suceden diecisiete cartas, diecisiete intensos poemas de un tejedor de palabras, de un mensajero de la sed, el viaje de quien regresa para volver a ser quien fue.
Entre un nacimiento y una muerte, este es el rito verbal de un desterrado en tránsito, de quien habita en un territorio extranjero, un paisaje de cenizas. Una exploración verbal en la frontera del sentido, allí donde la poesía se transforma en pregunta sobre el pasado, el presente, el futuro y la identidad.
Cartas que se dirigen al pasado y al futuro que delimitan nuestro presente incierto. Cartas en las que el amor y la muerte son dos experiencias que construyen la memoria y la conciencia de la posición del poeta en un mundo que explora e ilumina con la fuerza de estas palabras de quien se confirma con este libro como uno de los poetas más verdaderos y exigentes, que plantea su ejercicio como un medio de conocimiento del mundo y de sí mismo, como una bajada a las profundidades de la memoria, la conciencia y el ser para hablarnos desde allí del tiempo y del valor de la palabra, tal vez con la idea de que la lengua es un ojo, como escribió Wallace Stevens:
Estas son las pupilas del que escribe.
SANTOS DOMÍNGUEZ
Ver enlace:
http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/
Sms-ak
http://www.diariovasco.com/20081028/cultura/idazkera-poesiaren-mailara-angel-20081028.html
FELIX IBARGUTXI
28/10/08 Noticias de Gipuzkoa Poesia eta mugikorren hizkuntza batu ditu Daniel Aldayak 'SMS-ak' liburuan IRUÑEKO IDAZLE GAZTEAREN POEMA BILDUMA ANGEL ERROKEUSKARATU BERRI DU Donostia. Daniel Aldayaren esanetan, "sms-ak eta poesia zerikusi haundia daukate; ahal den hitz gutxiekin ahal den gehiena esatea da". Horregatik, biak lotu zituen iaz Calambur argitaletxeak kaleratu zuen SMS liburuan. Dagoeneko, Angel Errok lana euskaratu du eta atzo Donostian aurkeztu zuten. Liburuaren ezkerreko orrialdetan poemak agertzen dira eta eskuinekoetan, berriz, poema bera sms-ko hizkuntzan azaltzen dira. "Erakargarriagoa egiteko era bat da", azaldu zuen Aldayak. Bere poesiak maitasunaz, bakardadeaz eta, batez ere, bizitzaz dihardu. Iruñeko idazle gaztearen asmoa era guztietako publikoari poesia hurbiltzea izan da. Liburu osoan zehar hizkera "ironikoa" erabili du, baina amaierako poeman tonua guztiz aldatu eta irakurlea bihurtu du protagonista. "Irakurleek nire liburuari zer gehitzea nahiko luketen pentsatzen idatzi dut", azaldu zuen Ahots postontzia poemari buruz. Calambur poesia argitaletxearentzat euskaraz argitaratzen duen estraineko lana baldin bada, Errorentzat ere euskaratzen duen lehen poesia bilduma da. Itzultzaileak azaldu zuenez "ahaleginak" egin izan behar ditu, batez ere, sms lengoaia euskaratzeko. Hala ere, lan honetan ez dela bakarrik sentitu esan zuen esparru honetan Kike Amonarriz bezalakoak aritu baitira.
“MAITASUN ISTORIOA” Gainera, bere irakurketa pertsonala azaldu zuen. Angel Erroren ustez, SMS-ak "guztiaren gainetik, maitasun istorio bat" gordetzen du. "Akaso beste norbaitek ez luke ikusiko, baina nik hori uste dut. Hasieran bikotea aipatzen da eta liburua aurrera joan ahala maitale hori irakurle bihurtzen da. Metamorfosi hori atentzioa deitu zidan", zehaztu zuen. Tekonologi berriek hizkuntzan daukaten eragina agerian gera-tzen da liburuan. "Mugikorrak maite ditugun pertsonekin elkar-tzen gaitu eta ez da moda igarokorra", hausnartu zuen Aldayak. I. MILLÁN
SMS
Col. Calambur Poesía, 67
ISBN: 978-84-96049-95-6
Fábula, nº 23, otoño-invierno de 2007
DROGADICTO CON MONO DE SINTAXIS Daniel Aldaya Marín (Pamplona, 1976) ha publicado anteriormente dos poemarios, Poema en York, en el que reflexiona sobre los atentados del 11‑S en Estados Unidos, e Inventario de panes y peces. Y, a pesar de su juventud, ha sido galardonado en múltiples ocasiones, así, entre otros, recibió el Premio a la Creación Literaria de Navarra en 2006, el Premio Francisco Ynduráin de las Letras para Escritores Jóvenes, Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, Primer Premio ex aequo IV Concurso de Poesía El Libro.En SMS el poeta abandona la imagen tópica del creador encerrado en una habitación con la única compañía de una pluma y de una hoja en blanco para transformar el código lingüístico de los mensajes cortos en una manera de expresión poética ‑no se asusten los no iniciados en las nuevas tecnologías, pues cada SMS viene acompañado de su traducción‑. Esta característica convierte el poemario de Aldaya en una buena herramienta para atraer al mundo poético a los jóvenes no interesados por el verso, porque son quienes con mayor frecuencia utilizan esta nueva vía de comunicación.¿Pero el valor de SMS radica exclusivamente en el empleo de los mensajes cortos como vehículo poético? Sin duda, no. Y es que tras cada poema encontramos la voz profunda de un escritor capaz de comprimir una idea o un sentimiento en unos pocos versos; además, éstos vienen impregnados de ese difícil tipo de humor que no busca herir, sino provocar una sonrisa cómplice en el lector. Daniel Aldaya se dirige a su amada ‑a quien define como un “metro setenta de ojos oceánicos”‑, le habla del deseo de casarse con ella, de sus celos –“Lo que es pasado”‑. Pero también trata de asuntos menos poéticos, como la relación de poder que se establece dentro de una pareja –“Elecciones democráticas”, “Decisión inútil”‑ o de la dificultad de adquirir una vivienda –“Campanas de boda” ‑; respecto a este último apartado, no puedo obviar el guiño irónico del autor cuando nos recuerda los pisos de “treinta metros cuadrados” propuestos por la ministra de vivienda. Sin embargo, el tema preferente en el último poemario de Aldaya es el acto de la escritura y todo lo que lo rodea. Descubrimos a un creador que es, ante todo, un apasionado de la lectura ‑se define como “un drogadicto con mono de sintaxis”‑ y de la relectura, hasta el punto de personificar al libro, de cuyos “brazos” habla como si fueran los de su amada‑“...Y el libro se precipitó de la estantería”-; en esta faceta de autor‑lector reivindica la importancia de autores que, como Manuel Machado, han quedado olvidados –“Compañeros de pisó”-. Aldaya reflexiona también sobre la especial relación que se establece entre autor y lector: el poeta utiliza la escritura como medio para mostrarse a los demás –“Autoteatro”‑, pero, al mismo tiempo, sus versos esconden un retrato del lector –“Intercambio de experiencias”‑; por otro lado, el autor, que ha cedido su obra al lector –“Testamento”‑,siente una soledad enorme cuando dejan de leer su obra –“De lo que pasa cuando el libro se cierra”‑. Por último, bajo el velo de un humor que le lleva a reírse de sí mismo, trasluce el miedo al fracaso –“Venía por lo del anuncio”‑ y ala crítica –“Pena de muerte”‑. El ingenio de Daniel Aldaya lo hemos descubierto ya en la práctica del humor y en el empleo del lenguaje característico de los SMS. Pero se muestra, ademas, en otros dos puntos. En primer lugar, a lo largo del poemario el autor juega con las palabras, dotándolas, así, de un doble significado –“Autoteatro”, “Autonasia”, “crítica eléctrica”,...-. En segundo lugar, la tipografía, unas veces, acompaña a las palabras dibujando su significado ‑así ocurre, por ejemplo, con el paracaídas o los brazos en “...Y el libro se precipitó de la estantería” o la letra que se distancia al tiempo que se alarga la mano en “Pequeña diablura”‑; y, en otras ocasiones, los espacios en blanco resaltan la nota humorística o la conclusión del poema –“Elecciones democráticas”, “Pacto entre autor y lectora”, etc.-. Los últimos dos poemas del libro forman un bloque aparte del resto de la obra. Continúan presentes las nuevas vías de comunicación, aunque ya no hay traducción al código de los mensajes cortos. Y, sobre todo, aparece la profundidad de un poeta que ya intuíamos, pero que, ahora, muestra sin velos una nueva voz, más pura, más honda, que nos habla de los problemas que han acompañado siempre al ser humano ‑la búsqueda de Dios, la muerte, el dolor, la ausencia‑ y que el desarrollo tecnológico no ha sabido resolver. Ascen Jiménez
ABCD de Las Artes y las Letras, semana del 26 de febrero al 4 de marzo de 2007
Daniel Aldaya (Pamplona, 1976) es autor del poemario Inventario de panes y peces. En breve verá luz su segundo poemario, SMS, en Calambur. Premio Francisco Ynduráin de las Letras para Escritores Jóvenes, Premio a la Creación Literaria de Navarra, Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, Primer premio ex aequo IV Concurso de Poesía El libro, Mención de Honor en el María del Villar, Concurso de Poesía Joven de Alzira, y ha sido seleccionado con otros autores en la Ciudad de Getafe. En narrativa su currículum incluye el segundo premio en el VII Certamen de Cartas de Amor de Leoia, el XIII Certamen de Cartas de Desamor de Lleida, un accésit en el XI Concurso de Narraciones Cortas Villa de Torre Pacheco y el tercer premio, modalidad de castellano, en el Ciudad de Eibar; también fue finalista en el El Fungible de Alcobendas. Pertenece al Consejo de Redacción de la revista Río Arga y ha formado parte del Consejo de Redacción de la revista Luces y Sombras. Letrista del grupo de música folk Keltiar Aldea. Ha organizado recitales, colabora en diversas revistas y está incluido en varias antologías.
AMALIA IGLESIAS SERNA
Ver más reseñas:
http://www.elcultural.es/Historico_articulo.asp?c=20222
http://www.diariodenavarra.es/actualidad/noticia.asp?not=2006110817242552&dia=20061108&seccion=culturaysociedad&seccionB=navarra
Desde más luz
José Manuel Suárez
120 págs.
9,00 euros
19 de diciembre de 2008 El mundo, Cultura José Manuel Suárez gana el Premio de Poesía Ciudad de Salamanca A esta edición del certamen se han presentado 266 obras El poeta José Manuel Suárez ha ganado hoy el XII Premio de Poesía "Ciudad de Salamanca" por su obra Tras la huella de un ala, según anunció el alcalde de Salamanca, Julián Lanzarote, tras las deliberaciones de un jurado presidido por Antonio Colinas, Premio Nacional de Literatura y de las Letras de Castilla y León. José Manuel Suárez, que reside en Madrid y es profesor universitario de Filosofía, recibirá 2.000 euros, además de la publicación de la obra a cargo de la editorial Algaida. Ha publicado los siguientes poemarios: En sigilo de llama (Adonais, 1994), Desde más luz (Calambur, 1996), La tierra en tantas manos (Fundación Jorge Guillén, 1998), Que en pan crecía (Calima, 2002) y En sed de alianza (Adonais, 2006). A esta edición del premio Ciudad de Salamanca de Poesía se han presentado 266 obras. Un 14% de los poemarios a concurso se recibieron desde Iberoamérica y otro 1% de países europeos. El jurado presidido por Antonio Colinas ha estado integrado por Clara Janés Nadal, José Luis Puerto Hernández, Juan Antonio González Iglesias y Asunción Escribano. JOSÉ MANUEL BLANCO
Signos y segmentos
Col. Calambur Poesía, 68
ISBN: 84-96049-94-9
Cuadernos Hispanoamericanos, nº 688, octubre de 2007
Llantos histéricos Desesperación Hermenéutica sine nómine vulgus Pan espacial para los que desfallecen Los gladiolos se están marchitando
Ver reseñas:
http://sevilla.abc.es/20070514/cultura-cultura/jesus-fernandez-palacios-muestra_200705140334.html
http://www.lavozdigital.es/cadiz/prensa/20070520/cultura/prefiero-esperar-viene-estar_20070520.html
http://www.diariodesevilla.com/89018_ESN_HTML.htm
http://www.diariosur.es/prensa/20070504/cultura/serio-juego-poesia_20070504.html
http://www.diariodecadiz.com/84624_ESN_HTML.htm
Concierto del desorden
Col. Calambur Poesía, 73
ISBN: 978-84-8359-010-2
Babelia, EL PAÍS, sábado 14 de Julio de 2007
Una espiritualidad laica Leopoldo Alas huye de la carne y sus pompas pero conserva el tono elegiaco y confesional en su último libro: Concierto del desorden. Un poemario en el que trata de reubicar la vida de un no creyente para conseguir espiritualidad o trascendencia
Aunque en los años ochenta apareció como una clara promesa de nuestra nueva poesía (ello le llevó a cerrar mi antología Postnovísimos), Leopoldo Alas (Arnedo, La Rioja, 1962) pareció optar desde hace algunos años por una suerte de marginalidad, si voluntaria o no siempre es difícil decirlo, que ha hecho que sus últimos libros (como El triunfo del vacío de 2004) editados además en ediciones de corta o mala circulación, modo no infrecuente en poesía, hayan pasado casi inadvertidos.
Ahora sale su último poemario, Concierto del desorden en condiciones mejores si no enteramente distintas. Y, sin embargo, Leopoldo Alas nunca ha dejado de ser un buen poeta, siendo sin duda la poesía lo mejor de su plural producción. En un tiempo jugó a desmarcarse de la etiqueta "poesía de la experiencia" por considerarla poco menos que la poesía del poder, sin embargo, es ese estilo de realismo meditativo lo que caracteriza la mayor parte de su producción: habla siempre un yo tembloroso y dolido, que hace del "miedo" una palabra-eje. Si antes no faltó una audaz poesía homoerótica, este libro se desliga (o eso parece) de la carne y sus pompas, y trata como de reubicar la vida de un no creyente con ansias de espiritualidad o trascendencia. Véase el poema El ermitaño. Considerando la crueldad de los hombres y la vanidad y horror del poder mundial, parece soñar en una fratría de amigos como manera de vivir solo. Así A salvo de la furia de los hombres (uno de los buenos poemas del libro) se complementa bien con Una lengua común, donde se habla de esa comunidad, siempre algo marginal, en la que cuentan asimismo los amigos muertos, a los que alude en varios poemas elegiacos. Confieso que he creído es la declaración de un laico que nunca ha perdido un inexplicable y peculiar atisbo de fe. Y choca con el poema más virulento del libro: Urbi et orbi, que es una descripción desde el desprecio de la muerte del papa Pacelli (Pío XII) que nunca condenó el nazismo.
Tierna, honda, llena de serena y nítida verdad humana, la poesía de Leopoldo Alas no merece el silencio. Aunque no crea mucho en los demás quien escribe: "Es mi manera de amar: tener miedo".
L. A. DE V.
El corazón cruel de la ceniza (Antología poética, 1975-2006)
Col. Calambur Poesía, 71
ISBN.: 978-84-8359-014-0
El Cultural de EL MUNDO, semana del 14 al 20 de junio de 2007
Son nada menos que doce libros, uno de ellos inédito, los representados en esta antología de la poesía de Javier Villán (Torre de los Molinos, Palencia, 1942), a quien además se deben varias otras publicaciones de narrativa y que ejerce también como crítico taurino y de teatro. Y completa el volumen una selección de las reseñas que en su momento se publicaron.
Se trata, pues, de un libro de libros que pone de relieve la gran variedad de escrituras que conforman la producción de Villán, tanto en lo que se refiere a los asuntos como a las formas. Y si bien lo más característico es el verso libre y en no pocas ocasiones con una cierta diseminación dispositiva, están también los libros de sonetos, donde hay que resaltar que el poeta muestra una singular peripecia, y Memoria de insomnios, que es caso aparte al ofrecer combinaciones de prosa y verso, forma ésta de una rara originalidad, síntomas además todos ellos de una personalidad poética que se despreocupa de las modas y responde sólo a sí misma.
En cuanto a lo que se refiere a aquello de lo que se habla, Parábolas palestinas o Sonetos de la impostura son marcadamente políticos, aunque difieren en el tono: de denuncia más tradicional el primero, mientras que la colaboración del segundo es lo burlesco y, al dibujar tipos generales, sus pinturas siguen siendo actuales y de poderosa comicidad. No falta la temática taurina ni lo amoroso, y destacaré Indicios y desmemorias, done se medita sobre la construcción del individuo o la muerte, sobre la conducción humana, algo que se continúa en Memoria de insomnios, en el que también tiene su lugar la enfermedad, sin caer en ningún momento en patetismo.
En conjunto, El corazón cruel de la ceniza resulta una escritura sellada siempre por una exigencia moral, sin vanidades ni banalidades, que abarca a lo social y a la desazón, o la perpejidad, de ser y siempre evitando la grandilocuencia. La relectura, o lectura de esta obra, a la que acompaña un excelente prólogo de Jaime Siles que la sitúa en la poesía contemporánea y resalta sus valores, debería provocar un nuevo lugar para ella, injustamente ausente de las antologías generales y sin la atención de los estudios académicos que merece. Porque lo que es indudable es que aquí hay una auténtica voz poética y una resonancia moral de elevada talla.
TÚA BLESA
Ver más reseñas:
http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=7626&dia=&sec=32
Poesía Visual Española (Antología incompleta)
Col. Calambur Poesía, 70
ISBN: 978-84-8359-004-1
Poesía visual Modernísimo arte entre la plástica y la lírica
EL poeta Alfonso López Gradolí, autor de poemarios como El sabor del sol (1968), Los instantes (1969), El aire sombrío (1975), Una muchacha rodeada de espigas (1977), Las señales de fuego (1985) y, entre otros, Los signos de la soledad (2000), ha reunido obras de 57 artistas vivos en Poesía visual española (Antología incompleta), que la editorial Calambur ha publicado recientemente. El antólogo, arte y parte, asimismo ha creado una obra de referencia vinculada a la poesía visual: Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche (1971), compuesta por 31 collages dedicados a la escultural actriz francesa.
«El libro incluye cuatro obras elegidas por sus autores -señala López Gradolí a ABC-, que se acompañan con una nota bibliográfica y una breve «poética» en la que expresan sus planteamientos teóricos». Sólo se ha tenido en cuenta a los artistas vivos, «porque quería abordar lo que se está haciendo ahora, aunque ello me ha hecho dejar fuera a autores tan importantes como Joan Brossa o Francisco Pino». Bien es verdad que se le murieron dos de sus antologados: José María Iglesias y José Carlos Beltrán, fallecidos en 2005 y 2006, cuando la elaboración de este libro ya estaba en marcha.
Bombardeo publicitario
Aunque estamos acostumbrados al inclemente bombardeo icónico de la publicidad moderna, tan vicaria y parasitaria de la poesía visual, los orígenes de este «género», que tiene, en palabras de Gradolí, una «frontera de humo» entre las artes plásticas y la lírica, se remontan a la Edad Media: «Allí pueden señalarse un laberinto compuesto en el siglo VII por el obispo Teodulfo y una colección de poemas figurados del monje Vigilán, hecha en el siglo X y cuya intención era decorativa o laudatoria. En siglos posteriores -añade-, cabe citar los «acrósticos esféricos», cuyos versos van desgranando las letras del nombre del rey o la reina, de forma que todos finalizan en el centro de la misma letra o sílaba y cuya disposición imitaba al sol».
Más cercanos en el tiempo, «ya se cuentan los «laberintos» de letras o de versos. El poeta escribía en un papel ancho todas las letras que deseaba resaltar y dejaba unos espacios que luego iba rellenando con tercetos, octavas o redondillas». Sin embargo, es a finales del siglo XIX y en los albores del XX cuando el género se va configurando: «Sus precursores fueron los Caligramas del gran poeta francés Apollinaire (1912-17) y antes, la experimentación tipográfica de su compatriota Mallarmé en el poema Un coup de dés (Un golpe de dados)» (1897).
Por entonces puede fecharse en Cataluña, allá en 1916, su adopción en la Península, cuando Junoy publica sus primeros poemas visuales que aparecen en la revista Troços. «Aquella vanguardia catalana barajaba ideas futuristas (como el rechazo al pasado y las palabras en libertad), con otras cubistas (como el caligrama y el poema-conversación), aunque el movimiento llegó pronto a su fin con la muerte de Joan Salvat-Papasseit, en 1924», precisa Gradolí a ABC. El creacionismo, el futurismo y el ultraísmo también dieron «experimentos de naturaleza tipográfica, ahí están los poemas del chileno Vicente Huidobro».
Dadaísmo y surrealismo
Pero quizá sea con el dadaísmo y con el surrealismo, «aunque algunos teóricos, como Díez Borque, y artistas de la poesía visual lo rechazan», cuando la moderna poesía visual se configura definitivamente. «Si a los dadaístas se debe el collage (técnica que se basa en la apropiación de objetos y fragmentos de papel, cartones, telas o maderas troceadas que se incorporan a superficies muy variadas), el surrealismo dio paso a la ruptura de las leyes de la asociación significativa. Uno de sus hallazgos, la «escritura automática», supuso la liberación del poema respecto a las normas básicas de la comunicación humana».
Sin embargo, la pregunta del millón sigue siendo «¿Qué es «poesía visual»?», pregunta a la que dos grandes de sus artistas españoles han aproximado -como nos recuerda Gradolí- una tentativa de respuesta: «Para Joan Brossa, la poesía visual es «un cambio de código» y la considera «la poesía experimental de nuestro tiempo, porque en nuestra sociedad la imagen es muy importante. Me interesa la rapidez y síntesis que comporta -dice Joan Brossa-... Es una herramienta y no veo por qué el poeta ha de ser siempre prisionero del libro... La poesía se encuentra en todos los sitios». Para Bartolomé Ferrando, «integra el espacio que rodea al signo, y articula y da forma a conjuntos de éstos»», concluye el antólogo.
Soberbia de los artistas
En fin, confiesa Alfonso López Gradolí que llevar a buen puerto esta antología no ha sido camino de rosas. «Alguno de los artistas contactados se descolgó porque se había incluido a otro con el que no se hablaba. Uno exigía que el libro se publicara... ¡en papel reciclado y sin usar colas! Hubo quien rechazó la idea de compartir espacio con otro medio centenar de artistas y sólo aceptaban la compañía de cinco o seis. Creo que los artistas visuales suman, sumamos, la susceptibilidad y la pequeña soberbia de los artistas plásticos y de los literatos», concluye Gradolí con divertida ironía.
TULIO DEMICHELI
Ver más reseñas:
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070701/palencia/ojala-moda-poesia-visual_20070701.html
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070122/cultura/poetas-visuales-estamos-todo_20070122.html
http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=7900&sec=32
Río eterno
Col. Calambur Poesía, 66
ISBN: 84-96049-36-1
Babelia, EL PAÍS, sábado 28 de Julio de 2007
Un río que no se agotaEl poeta y crítico Ángel Rupérez publica un ensayo y su sexto libro de poemas. Si el primero medita sobre sentimiento y creación, el segundo es un volumen en el que la mirada se convierte en vía para construir un mundo en el que conviven la naturaleza y la memoria.
Casi una década separa Río eterno del anterior poemario de Ángel Rupérez (Burgos, 1953), Una razón para vivir, publicado en 1998. Ese paréntesis, infrecuente entre los poetas contemporáneos, pone de relieve una dedicación pausada y un acercamiento a la creación poética desprovisto de urgencias.
Estamos, como en sus libros anteriores, ante una poesía serena, meditada y reflexiva, que descansa, ante todo, en la mirada hacia (y en) la naturaleza. En una naturaleza animada por la presencia del hombre, de un hombre que descubre, recuerda y medita. En ella, el poeta encuentra las señales que hablan de la vida, de la duración, de la permanente confrontación de la vida con sus límites existenciales. Es sobre ese equilibrio frágil donde los poemas de Rupérez construyen un mundo hecho de fragmentos de memoria -una memoria más de las sensaciones que de las anécdotas, aunque éstas sean, a veces, reconocibles-, de lugares y paisajes, de interrogantes sobre el sentido de lo contemplado: tanto de aquellos elementos que remiten a la huida y a la muerte (estelas, caminos, vientos, ríos) como de los que nos hablan de la vida y de su continua renovación (la luz, las estaciones, la lluvia, los pájaros, los bosques).
Todos esos ingredientes, combinados con inteligencia en cada poema, se convierten en indicadores de estados emocionales, en escenarios hechos de palabras -de lenguaje-, en los que la vida permanece. Decir "permanece" significa que se impone en un estado nuevo, a compartir por el lector: es poema, lugar de salvación.
Desde ese punto de vista, Rupérez enlaza, de un lado, con la poesía anglosajona más implicada en indagar en los misterios de la naturaleza y en sus vínculos con la subjetividad y con la memoria (Yeats, Thomas, el primer Eliot), una poesía que ha traducido y antologado y a la que homenajea en el poema "En la biblioteca", y, de otro, con la vertiente más grave y existencial de la poesía de Claudio Rodríguez, inspirador del poema final, un poema en el que no sólo hay una afilada reflexión sobre la muerte y sobre el río como vieja metáfora de la vida (también sobre el "río duradero" claudiano), sino una apelación rotunda al poder de la poesía más allá de la propia muerte. Libro denso y complejo que ronda lo metafísico y en el que, sin embargo, apenas hay oscuridad.
Parecidas impresiones son, por otra parte, las que produce Sentimiento y creación, un ensayo que, como reza el subtítulo, indaga "sobre el origen de la literatura, un ensayo" y sobre la relación entre las artes. Y lo hace partiendo de la hipótesis romántica de que la obra literaria tiene su fuente más profunda en la experiencia interior de su autor, sea éste poeta o pintor, Keats o Morandi.
Treinta minutos de libertad
Col. Calambur Poesía, 65
ISBN: 84-96049-35-3
ABC de Las Artes y las Letras, semana del 2 al 8 de diciembre de 2006
Treinta minutos de libertad
El poeta José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, Badajoz, 1946), presenta un nuevo libro al que dota de una estructura en tríptico. De esta manera, en él aparecen treinta poemas, agrupados de forma simétrica en tres partes, con diez composiciones cada una.
Treinta minutos de libertad, título que hace referencia al tiempo mínimo necesario para su lectura, combina desde reflexiones sobre su propia obra hasta comentarios sobre la importancia de la escritura, el amor, el recuerdo del pasado o el propio ser ante su devenir. A todo lo anterior hay que sumar un exquisito y prolijo cuidado en la elección de cada palabra y un gran sentido del ritmo. Sin embargo, el punto esencial de esta obra radica en la interpretación de la poesía como un espacio de libertad y de esperanza.
Como menciona en la introducción del libro José Luis Bernal: “Estos Treinta minutos… en realidad no son otra cosa que el `viaje poético de toda una vida´, treinta años con la poesía que nos remontan a aquellos lejanos versos de Al lado de nosotros, que formarían parte de la conocida antología Poesía extremeña actual”.
JUAN PATRICIO LOMBERA
Ver más reseñas:
http://www.hoy.es/prensa/20070207/sociedad/para-tiempo_20070207.html
http://www.elcultural.es/historico_result.asp
